Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 7 de abril de 2017

07 de marzo / 2017



“De cuanto hay vista, oído, ciencia, aquello honro yo ante todo”.
(Heráclito)

Piglia: La teoría del iceberg de Hemingway: los hechos están pero faltan los nexos. (La ausencia de explicaciones).


Una de Valentín N. Voloshinov:
(…)
La teoría de la expresión que sustenta la primera corriente de pensamiento en la filosofía del lenguaje es fundamentalmente insostenible. El elemento vivencial expresable y su objetivación exterior se crean, como sabemos, a partir de la misma materia. La experiencia fuera de su corporización en signos no existe. En consecuencia, la verdadera noción de una diferencia cualitativa fundamental entre el elemento interno y el externo no es válida. Además, el centro organizador y formativo no se localiza internamente (en la materia de los signos internos) sino exteriormente. La experiencia no organiza la expresión, sino a la inversa: la expresión organiza la experiencia. La expresión es lo que primero da a la experiencia su forma y especificidad de dirección. Desde cualquier aspecto que se lo considere, la expresión-habla es determinada por las condiciones reales de un habla determinada, principalmente por su situación social inmediata. El habla, como sabemos, se construye entre dos personas socialmente organizadas, y en ausencia de un destinatario real, se presupone uno en la persona, diríamos, de un representante normal del grupo social al cual pertenece el hablante. La palabra se orienta hacia un destinatario, hacia quien ese destinatario debe ser: un miembro o no-miembro del mismo grupo social, de situación superior o inferior (el status jerárquico del destinatario), alguien relacionado con el hablante por lazos sociales estrechos (padre, hermano, marido, etcétera) o no. No puede existir algo así como un destinatario abstracto, un hombre "en sí", por así decir, con quien no tendríamos por cierto un lenguaje en común, ni en sentido literal ni en sentido figurado. Aunque a veces tenemos pretensiones de experimentar y decir cosas urbi et orbi, en realidad vislumbramos este "mundo infinito" a través del prisma del medio social concreto que nos rodea. En la mayoría de los casos, presuponemos cierta esfera social típica y estabilizada hacia la cual se orienta la creatividad ideológica de nuestra propia época y grupo social, suponemos como destinatario a un contemporáneo de nuestra literatura, nuestra ciencia, nuestros códigos morales y legales. El pensamiento y el mundo interno de cada uno tiene su auditorio social estabilizado, que comprende el entorno en el cual se forman las razones, los motivos, los valores. Cuanto más culta sea una persona, más se acercará su auditorio interno al auditorio normal de la creatividad ideológica; pero, en cualquier caso, clase específica y época específica son límites que el ideal de destinatario no puede sobrepasar. La orientación de la palabra hacia el destinatario tiene muchísima importancia. En realidad, la palabra es un acto de dos caras. Está tan determinada por quien la emite como por aquel para quien es emitida. Es el producto de la relación recíproca entre hablante y oyente, emisor y receptor. Cada palabra expresa el "uno" en relación con el "otro". Yo me doy forma verbal desde el punto de vista de otro, y en definitiva, desde el punto de vista de la comunidad a que pertenezco. Una palabra es un puente tendido entre yo y otro. Si un extremo del puente se apoya en mí, entonces el otro se apoya en mi interlocutor. Una palabra es territorio compartido por el emisor y el receptor, por el hablante y su interlocutor. ¿Pero qué quiere decir ser el hablante? Incluso si una palabra no le es totalmente propia, como si constituyera la zona límite entre él y su interlocutor, en parte le pertenece. Hay un caso en que el hablante es indudablemente el poseedor de la palabra, a la cual, en esta circunstancia, tiene plenos derechos. Este caso es el acto fisiológico de realización de la palabra. Pero mientras el acto se considere en sus términos puramente fisiológicos, la categoría de posesión no es pertinente. Si, en vez del acto fisiológico de producción de sonido, consideramos la producción de la palabra como signo, entonces el problema de la propiedad se hace muy complicado. Aparte del hecho de que la palabra como signo es un préstamo que toma el hablante del repertorio social de signos disponibles, la manipulación realmente individual de este signo social en una emisión concreta está totalmente determinada por las relaciones sociales. La individualización estilística de un enunciado, de que hablan los vossle-rianos, representa un reflejo de las interrelaciones sociales que constituyen la atmósfera en que se forma un enunciado. La situación social inmediata y el medio social más amplio determinan totalmente —y desde adentro— la estructura de un enunciado. En efecto, cualquier clase de emisión que consideremos, aun aquella que no es un mensaje referencial [comunicación en el sentido estricto) sino la expresión verbal de una necesidad —hambre, por ejemplo— podemos estar seguros de que está orientada socialmente en su totalidad. Principalmente está determinada de modo inmediato y directo por los participantes del hecho de habla, participantes tanto explícitos como implícitos, relacionados con una situación específica. Esta situación da forma al enunciado, estableciendo que debe sonar de cierta manera y no de otra: como exigencia o como súplica, insistencia en los propios derechos o pedido de clemencia, en estilo florido o llano, de modo seguro o dubitativo, etcétera. La situación social inmediata y los participantes sociales inmediatos determinan la forma "ocasional" y el estilo de un enunciado. Las capas más profundas de su estructura se determinan por conexiones sociales más fundamentales con las que el hablante está en contacto. Aunque tomáramos un enunciado todavía en vías de generarse "en el alma", en el fondo las cosas no cambiarían, puesto que la estructura de la experiencia es tan social como lo es la estructura de su objetivación exterior. El grado en que una experiencia es perceptible, distinta y formulada es directamente proporcional al grado en que está socialmente orientada. En realidad, ni siquiera la aprehensión más simple y confusa de una sensación —la sensación de hambre, por ejemplo, no expresada exteriormente— puede evitar algún tipo de forma ideológica. Cualquier aprehensión debe tener lenguaje interno, entonación interna y rudimentos de estilo interno: se puede aprehender la propia hambre de modo apologético, irritable, enojado, indignado, etcétera…”

Valentín N. Voloshinov “El signo ideológico y la filosofía del lenguaje”


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