Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 5 de abril de 2017

05 de marzo / 2017

LA SOCIOLOGÍA DE LA CULTURA
Pierre Bourdieu


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A veces uno no sabe muy bien lo que está haciendo cuando escribe, no me refiero ahora a lo que está escribiendo. O quizás a eso también, sí. Levrero escribió: “escribo para escribirme yo; es un acto de autoconstrucción”. De Marx se solía decir que creaba destruyendo y construía derribando. Paradojas, contradicciones y, en ciertas ocasiones, enfrentamos antinomias.

De los epígonos ‘hegelianos’, dicen que se decía con cierta razón, que no sabían de nada y escribían de todo. Cuenta Marx que Prouhdon se pasó noches enteras tratando de explicarle la filosofía de Hegel; quizás también por eso, en cuanto tuvo ocasión,  Marx se vengó sacándole por la boca las asaúras en su ‘Miseria de la filosofía’. Hay escritores, de esos que se las dan de revolucionarios, que tienen siempre en el tintero mil máximas y aforismos para justificar la inacción. O sea, la cómoda acción contrarrevolucionaria.

Volviendo a Levrero, en su ‘Diario de un canalla’: “…sigo escribiendo sólo con una finalidad caligráfica” (…y dos líneas más abajo) “…también se fue al diablo mi pretensión caligráfica; veo que la letra no ha mejorado nada”. Ejercicios de caligrafía manual de un adicto al teclado de la computadora, otra paradoja, otra contradicción o, quizá, otra antinomia si no separamos forma y contenido.

A través de su mala caligrafía Levrero nos muestra su íntimo desprecio por sí mismo: “Todo lo que estoy disfrutando tiene un precio atroz”. Se había doblegado, según propia confesión, tiempo atrás abandonó la bohemia de Montevideo por un trabajo de oficinista en Buenos Aires (‘uno pasa a ser un desconocido para sí mismo cuando sale del lugar habitual’), dejó aquella existencia  y se sometió a la de sobrevivir, subsistir o subexistir.  A cierta edad, caligrafió o tecleó el viejo Mario, ya no se está para piruetas salvadoras.

Me hice un canalla, anotó en el diario, y sólo me cuestiono en ratos perdidos y sin mayor énfasis. Fue por entonces, nos sigue contando, que el puñetero azar de las lecturas le puso delante de sus cansados ojos esta cita de Bernard Shaw: (El artista) debe matar de hambre a su mujer y a sus cinco hijos y hacer que su anciana madre de setenta años trabaje para él; todo, antes de claudicar”.

Se ha escrito, y por eso yo he podido leer, que la ventaja de la contradicción es que siempre acaba por encontrar solución o superación, mientras que la, más lógica, antonomia, no. Aunque el ‘pensamiento hegemónico’, y ya se sabe que las prácticas hegemónicas se auto-generan, suele encontrar tan poco reconfortante una compañía como la otra. Véase la clásica antinomia de Kant: “El mundo tiene comienzo; el mundo no tiene comienzo”, y, si no es mucho pedir,  reflexiónese sobre su función alentadora o desalentadora sobre la ‘funesta manía de pensar’. Da  que pensar, a pesar de todo, cómo ciertas formulaciones nebulosas, precisamente por esa condición, se prestan  a interpretaciones tan parciales e interesadas como abusivas. Ellos buscan, tratando de esconder sus interesadas y específicas  intenciones, la cuna de la Historia en el reino etéreo de las nubes, en vez de en la realidad terrena, que es la que les delataría. No les interesa, en su particular interés de clase, la relación del signo (palabra, idea, pensamiento) con la realidad que refleja, mejor refracta, ni con el individuo que la origina. Es su manera, como se puede comprobar muy eficiente, de renovar, recrear, defender o, en su conveniente caso, modificar la práctica y el pensamiento hegemónico.
De modo que conviene tener siempre presente -escribió Raymond Williams-  que, aunque la hegemonía sea dominante, jamás lo es de un modo total o exclusivo. Y que la contrahegemonía, también siempre, es un elemento real y persistente en la realidad práctica. Así que, tomemos nota y cuidemos la caligrafía, entendámonos.

ELOTRO



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