Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 3 de abril de 2017

03 de marzo / 2017

RELATOS DE UN CAZADOR
Ivan Turguenev



Sobre los culos y los asientos

“Aquí, en Alemania, lo único que uno consigue es falsearse a sí mismo”. Cita de Carlos Marx, del joven Karl Marx que decide, no sin ayuda de las coetáneas autoridades y editores, abandonar Alemania y, sobre todo, el que había sido hasta entonces su círculo de amistades universitarias y políticas (también juerguista), aquellos jóvenes y menos jóvenes conocidos como ‘neohegelianos’, con Bruno Bauer a la cabeza.

Ese constatar que uno se está falseando a sí mismo, es algo que a quien esto escribe le ha tocado en plena lectura la fibra sensible porque es algo que le ha sobrevenido en las propias carnes más de una vez, y también, en muchos casos, ha resuelto en consecuencia “Tomar las de Villadiego”. Aunque conviene matizar que no por completo en el sentido literal que se decía en “La Celestina” y otros textos clásicos. No es que uno huya de algo o alguien por el delictivo o inconfesable motivo que sea, sino que se descubre a sí mismo   harto de soportar, a algo o a alguien, y, por consiguiente, cae en la cuenta de que su auténtico ‘yo’ ha sido prácticamente abducido precisamente por ese ‘algo más ese alguien’ concreto que, tras haberle atrapado, le viene forzando a traicionarse, su ideología, sus valores éticos, políticos y morales, cada día.   Suele ocurrir que uno, de pronto, en uno de esos días se pregunta, ¿qué hago yo aquí con esta gente? O, ¿por qué estoy haciendo aquí las mismas cosas que está  haciendo esta gente aquí? Por supuesto que el ‘aquí’ no es en lo fundamental el espacio físico y geográfico, que también, sino el más crucial espacio económico-político-social. Y ya se sabe que dentro de esas complejas, y en cierto modo determinantes relaciones sociales (de dominación y subordinación), ocupan un destacado lugar las lógicas y congruentes relaciones de amistad, ocupación y camaradería.

En una célula del PTE (por poner un conocido y concreto ‘aquí’) podías coincidir, en plena clandestinidad antifranquista, con el hijo de un general fascista, con la hija del rector de la universidad, de un teniente coronel, de un gobernador civil… y, entre otros muchos perfiles sociales, con muchos obreros o artesanos semianalfabetos que, resultaban ser inadvertidos poseedores de una peculiar y terrenal cultura práctica (‘proceso social total en el que los hombres definen y configuran sus vidas’) caracterizada, no digo en todos los casos ni niego la existencia de necios e indolentes, por una rica y extraordinaria profundidad y extensión, y que, por contraste, resultaba fatalmente desconocida y, en la realidad práctica, inalcanzable para bisoños estudiantes (o profesionales en las nubes que aunque han visto fotos nunca han pisado el fango) de, en el mejor de los casos, vaporosos saberes exclusivamente librescos. Y eso que el ‘aquí’ era un partido (al mismo tiempo corroído y corrosivo) de autoproclamada ideología ‘marxista-leninista-pensamiento mao tse-tung’. Ya se pueden imaginar las contradicciones a todos los niveles y de todos los colores, pesos y tallas… y capas y clases sociales… y si además lo relacionamos con aquello que también escribió, años después, ¿el mismo? Marx:

“No es la conciencia lo que determina la vida, sino que es la vida lo que determina la conciencia”

(La concreta vida: sobre el concreto territorio y con la concreta tribu)

Y como escribió Raymond Williams:

“Las comunidades específicas y los sitios específicos de trabajo ejercen presiones inmediatas y poderosas sobre las condiciones de vida: enseñan, confirman y en la mayoría de los casos refuerzan los significados, valores y actividades (hegemónicas)”.



Pero de lo que se trata, independientemente de cual sea el concreto  ‘aquí y la compañía o el barrio y la tribu’, es de analizar y conocer cómo (y desde dónde, ¿dentro o fuera de lo hegemónico, ideológicamente hablando?) y en base a qué se ha llegado a concebir, definir y decretar cuál es nuestro auténtico ‘yo’. Y a partir de ahí por qué ese supuesto auténtico ‘yo’, que hasta ahora mismo participaba, digamos que estaba incorporado ‘voluntariamente’, de una muy determinada manera en el proceso social, y que lo hacía en ‘ese determinado lugar y en la compañía fraternal de esa determinada gente’, resulta que en un momento dado se ha caído (el ‘yo’ auténtico), de la burra y ha concluido tras el batacazo (‘he descubierto nuevas luces que no me desagradan’) que hasta aquí hemos llegado, y proclama alto y claro a los cuatro vientos que se haya harto de esa determinada práctica social llevada a cabo en compañía y colaboración de esa determinada gente (¿relación que se tenía por indiscutible e inmutable, como si los pensamientos y las amistades se trataran de productos terminados y posiciones fijas?), o sea, que declara estar cansado de falsearse, hastiado de ese vínculo directo con ‘ese aquí y ese alguien’ que le falsea, aunque, cierta y paradójicamente, no sin nuestra propia, imprescindible e inestimable ayuda.

ELOTRO



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