Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 1 de abril de 2017

01 de marzo de 2017

EL REINO DE ESTE MUNDO
Alejo Carpentier


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“No me sorprende que digan que morir de frío es la manera más agradable de morir. Pero lo que no entiendo es quien ha podido decirlo”
(Stig Saeterbakken)


No es fácil escapar de la gravitación del discurso dominante, pues ya se sabe que el poder de atracción va en razón proporcional con la masa de cada ‘cuerpo’ en cuestión, y que por eso la superior magnitud resulta dominante. A veces es precisamente esa poderosa atracción fatal la que impide, al cuerpo de inferior masa e  involuntariamente atraído, la distancia idónea que le permita la, según el caso, adecuada observación y posterior y consiguiente evaluación crítica. Lo anterior, osease la medida de la distancia relacional apropiada y lógica, vale también para el efectivo nexo o conexión, o no, entre cualquier  escritor y cualquier lector, entre quien habla/emite y quien recepciona/escucha. Porque puede ocurrir que, quien habla o escribe, tenga el mismo  propósito que en su día tan brillantemente explicitó Hemingway, al hilo de su teoría del iceberg: “Hacer sentir al lector algo más de lo que ha comprendido”, o, lo que podría ser  lo mismo dicho así como de carrerilla: unir o combinar la relación intelectual y la conexión sensorial, desafiando de paso a las mecánicas tendencias dicotómicas que al tiempo que ensalzan la una, desdeñan la otra. Con lo que tratan, casi siempre con éxito, de fragmentar la realidad, de cosificarla, de reificarla cada vez más.

Pero sabido es que todo lo que ocurre en el organismo, que incluye evidentemente lo que incumbe al intelecto más lo que aqueja a los sentidos, puede convertirse en materia de experiencia (sea mimética, verbal, escrita, gráfica… gestos, estímulos táctiles o luminosos, movimientos del cuerpo), porque todo puede adquirir valor semiótico, hacerse expresivo y, por lo tanto, ideológico y comunicativo.

Todo lo que ocurre en el organismo ‘corporal’ y, aquí podemos y debemos añadir, todo lo que ocurre en el organismo o engranaje social. Anoto otra cita, en este caso de Faulkner, que quizá puede ampliar el horizonte de esta pequeña reflexión: “El campo de batalla está en todos los sitios para revelar al hombre su propia locura, y desesperación, y violencia.”

Por mi parte  agregaría, en el sentido de ir más allá (y con la intención de  tratar otros intereses materiales que no están incluidos, que ni siquiera fueron nunca excluidos, en el sistema ideológico del autor norteamericano. Pero que, en cambio, sí obedecen a lo que Marx llamó ‘el mandato de la áspera realidad’), del excluyente reduccionismo subjetivista aplicado por Faulkner (‘la miserable subjetividad que tiende a corroerlo todo’), la palpable constatación de que revelan o emergen bastantes cosas más, de que  aparecen o se perciben más nítidamente todas aquellas sensaciones y experiencias dialécticas (que facilitarían en su caso la sustitución de las inaprensibles ideas abstractas por las palpables ideas de carne y hueso) que se originan, o se transforman, o se reproducen inmersas en las distintas esferas y, en ellas contextualizados, todos aquellos procesos interactivos que se dan de continuo en el seno de las relaciones sociales y de producción. Es precisamente ahí, donde la fecunda vida social acontece, donde no es difícil constatar que entre los llamados ‘hombres’, así, en general, median algunas más que notables y profundas diferencias de carácter muy concreto. Y es justamente ahí, en esa arena de lucha antagonista, donde a la mayoría asalariada y explotada, le duele todo: el cuerpo y la mente. Todo.

ELOTRO



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