Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 22 de abril de 2017

22 de marzo / 2017



Escalada nuclear en Europa: Estados Unidos ensaya la bomba B61-12
por Manlio Dinucci


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De la manita de Raymond Williams…

Un ‘presente’, históricamente hablando, desconectado del pasado no es, no puede ser en ningún caso: ‘presente’; sería en cualquier forma un presente mermado, mutilado, un ‘presentito’ o un ‘estadio’ postizo de ‘presente’. Se trataría  como mucho de una pequeña abstracción de ‘presente’ (adiciones, supresiones y modificaciones realizadas con la burda intención de sustituir el todo por la parte, además con una parte aislada, desnaturalizada e inerte), un fragmento, un trozo, un cacho (¿fundamental, secundario, marginal?), perteneciente a un primigenio ‘todo’ que, sólo como tal totalidad si fuera el caso y únicamente tratado como proceso total (que no es en modo alguno un proceso aislado y que incluye todas las  complejas interrelaciones dinámicas de sus diversos elementos con el, digámoslo así, pasado que no acaba de pasar, que se hace presente además con sus remanentes ‘áreas de experiencia’ y que resulta ser, también   en cierto modo aunque nunca como producto ‘acabado’, pasado residual en cuanto conlleva valores y significados reales e imperantes) se podría denominar, ya en un sentido propiamente cabal, ‘presente’ con todas las letras.

Sin embargo, y aunque la evidencia práctica en su contra es abundante, resulta ser el profundamente deformado y jibarizado (reducido y disecado) concepto de ‘presente’, sutilmente desconectado del pasado, el que se muestra sobre el terreno como verdaderamente hegemónico. Es por eso que se suele dar un conflicto, una discordante tensión entre la interpretación recibida (desde los sistemas influyentes de explicación y argumentación) y la propia experiencia práctica. Y es aquí donde quizás venga a cuento insistir en  aquello de que la ‘conciencia práctica’ (sentimiento en oposición al pensamiento) es lo que verdaderamente se está viviendo, y no sólo lo que se piensa que se está viviendo.

El presente, visto como proceso total y por tanto este sí conectado al pasado y al futuro, deviene pues en una conceptualización alternativa (más que opositora porque esta, de hecho, no suele pasar la mayor parte de las veces de ser otra forma velada de aceptación de lo dado), que sólo tiene lugar fuera o contra el modo dominante.

Conviene clarificar la separación entre lo social (relaciones, instituciones, formaciones…) y lo personal (esto, aquí, ahora, vivo, activo, subjetivo…). Y en esa esfera de análisis teórico aceptemos pues que lo social es siempre pasado, en el sentido de que siempre está formado. Pero no olvidemos contar (para el completo análisis del incesante proceso en su conjunto), con la innegable ‘experiencia’ del presente.

La experiencia, en oposición a la creencia, es así mismo un ininterrumpido proceso formador y formativo y, por tanto, presencia viviente en continua transformación. Por ejemplo la producción de arte no se halla nunca ella misma en tiempo pasado. Es siempre un proceso formativo dentro de un presente específico. Y desde el mínimo rigor es bien sabido que lo viviente no puede ser reducido a formas fijas e inertes, so pena de incurrir en...

ELOTRO



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viernes, 21 de abril de 2017

21 de marzo / 2017



El desorden de mi orden. Frente a mí, además del monitor, el teclado, el escáner/impresora, los altavoces y un disco duro,  tengo una estantería abarrotada de libros (y de cachivaches). Digo abarrotada porque prácticamente no queda hueco que aprovechar ya sea este vertical, horizontal o diagonal y también por el desorden de temas y autores. Concretemos algunos puntos periféricos del mural: arriba a la izquierda se sitúa “Los ojos de Rembrandt” de Simon Schama. También en el extremo izquierdo pero en el estante inferior tenemos a Miguel Sánchez-Ostiz y su obra “El Escarmiento”. Y en la balda de más abajo: “Los ensayos” de Michel de Montaigne”. Bajando otro escalón: “El juguete rabioso” de Roberto Arlt. Y por fin sobre la mesa de la computadora en horizontal obras de Céline, Lukács, Franco Moretti, Canetti, D.H. Lawrence, Brecht… Y si pasamos a la parte derecha de la estantería y de abajo hacia arriba tropezamos en sus extremos con: “El Capital” de Marx. “Soberanos e intervenidos” de Joan E. Garcés. “Por el bien del Imperio” de Josep Fontana. “Marxismo y literatura” de Raymond Williams. “La era del imperio” de Eric Hobsbawm. “Antonio Gramsci, Antología” de Manuel Sacristan y “Poesía completa de César Vallejo”. Debo añadir que, con el mismo desbarajuste y parecida mezcolanza tengo en la pared de mi izquierda y colgadas sobre un costado y a los pies de la cama otras dos pequeñas estanterías y a mi espalda cubriendo toda la pared y desde el suelo hasta el techo la librería más grande. Calculo un tumulto de unos mil libros en total y de ellos quizás más de un tercio sin leer.
En fin, una muy escueta y muy parcial muestra del pandemónium a que me refiero, y por supuesto una referencia que creo que  puede ilustrar, al menos en parte, el  caos de mi mente y que, a su vez, puede colaborar a explicar o al menos clarificar el fárrago de este diario de lecturas, con alguna cosilla más, que anoto en este blog.

Pero este particular introito realmente sólo viene a cuento debido a la mareante y confusa sensación que tengo en este preciso momento en mi propia mente tras la diaria y ‘obligada’ lectura, finalizada hace escasos minutos, de la prensa digital, en concreto quiero destacar la de ‘eldiario.es’ (el diario del filántropo Soros en Spain), hoy 6 de marzo de 2017, y que a continuación comparto en  sus titulares con el amable lector:

“Ciudadanos baraja las opciones de "moción de censura o elecciones" como salida a la situación en Murcia.”

Ángel Gabilondo
"El PP ha probado su propia medicina con la Lomce"

“El hallazgo de unos restos en Canadá pone en cuestión la fecha en que se originó la vida.”

“Luis Delso contradice la versión de los cabecillas de Gürtel sobre 'Luis el cabrón”

“Ken Loach: Corbyn no debe pagar por los pecados de Blair, Brown y el Nuevo Laborismo”

“El padre Román niega los abusos sexuales ante el juez y dice que era "amor cristiano"

“El Corte Inglés traslada al juzgado la lucha de poder entre los clanes del grupo”

Iglesias, sobre el equipo de Errejón: "Hay compañeros que dentro defendían una cosa pero fuera no decían nada"

“El sueldo medio en la cúpula de TMB alcanzó los 139.000 euros en el último gobierno PSC-ICV”

“Dimite el presidente de la falla que quería homenajear a la Fundación Franco.”

“Peugeot-Citroën confirma la compra de Opel por 2.200 millones de euros.”

“El Gobierno sigue privando a los trabajadores temporales de la tarjeta sanitaria europea.”

“Condenados a tres meses de cárcel por protestar en la universidad contra un profesor homófobo.”

“Trump pide al Congreso que investigue el supuesto espionaje de Obama a su campaña electoral.”

“Jane Fonda revela a Brie Larsson que sufrió abusos sexuales y fue despedida por no acostarse con su jefe.”

“Una foto 'delata' a Marhuenda, tras llamar 'frikis' a Hazte Oír en 'la Sexta Noche”

¿Por un casual, han oído ustedes hablar, en medio de este bien diseñado y tumultuoso jaleo, de eso que el, según dicen los amos del altavoz, redomado estalinista y pedantesco Lukács llamó reificación? Yo por mi parte pienso que, ante tanta fragmentación de la realidad ya previamente ficcionada y tantísima cosificación de ficciones ya refritas, sobran más comentarios, ¿no les parece?

ELOTRO



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jueves, 20 de abril de 2017

20 de marzo / 2017




La "misma mierda es" denuncia y piropea  a la "misma mierda es"...

Cuando a un demagogo, pongamos a cualquier cerebrito de PODEMOS, se le calienta la boca… y es que la ‘maldita retórica’ les permite ir desde la extrema izquierda hasta la derecha más rabiosa sin hacer transbordo (¿será la línea nº 6 del subte, la circular?). Y el trayecto de la prédica de estos agentes colaboracionistas del sistema, ‘sobradamente preparados’, suele ser invariablemente ese (ellos, a pesar de circular en círculo, nunca confunden el punto de partida con la meta), el que parte desde el fervoroso y entusiasta ‘piropo de boquilla’ disparado con mucho tino al oído de un supuesto radicalismo revolucionario con más o menos ardor juvenil y fanático, para acabar, con las redes de arrastre ya atiborradas de primero encandilados y luego rendidos ilusos, en las más sensatas playas donde siempre reina:
‘la necia confianza del filisteo en las reformas pacíficas por vía legal’.

Los sobradamente preparados, que conocen sobradamente la Historia, porque la han (en su mayoría escrito) leído y estudiado  sobradamente, saben, también sobradamente, dos cosas: la primera que los incautos radicales revolucionarios no han leído, porque no han podido (se les ha escamoteado fácticamente) en la mayoría de los casos, ni estudiado ‘críticamente’ la Historia, luego las criaturitas adolecen, para la práctica cotidiana, de su valiosísimo magisterio. Y la segunda cosa es que, precisamente gracias a la sobrada ignorancia que en su inopia  disfruta puerilmente la plebe (trabajadores en general se tengan o no por miembros del semi-exclusivo club ‘clase media’) sobre las batallitas de la lucha de clases (otra cosa es el fútbol, el tour, el tenis, la fórmula uno, los videojuegos, las app…), sus tácticas y estrategias, que se han venido dando con más o menos fortuna práctica a través de los tiempos, como el tosco y viejo ardid de acariciar con una mano el lomo de la bestia y colocar simultáneamente el yugo con la otra, sigue siendo un engaño social-político-cultural  sobradamente eficaz. Para ellos y su bolsa, que sobradamente se lo curran.

Resulta evidente pues que el desconocimiento del acontecer histórico (desconocer de dónde venimos es ignorar dónde estamos y por lo tanto camino de dónde vamos) condena al trabajador a la animalidad intelectual y física. Por mucho móvil (teléfono inteligente) que tenga a todas horas entre sus garritas. O precisamente, en estos tiempos de incomunicación globalizada, también y a más a más por ello.

No debemos de infravalorar el poderío de ese, ya prácticamente indispensable, artefacto ‘sobradamente preparado’. A través del llamado ‘smartphone’ los súbditos-productores-consumidores permanecemos conectados al mundo (relaciones con las administraciones del Estado, comerciales, laborales…) y a nuestro mundo (relaciones sociales, de producción y consumo, familiares, personales…). Conectados a Internet recibimos puntual y desinteresadamente toda, entiéndaseme, la desinformación (por supuesto que en magnitudes absolutamente inabarcables) fabricada a conciencia por los todopoderosos medios hegemónicos de producción y avituallamiento ideológico. Se trata, aparentemente, de lo nunca visto contra el raquitismo cultural que de siempre caracterizó las mentes de  las masas trabajadoras y, a la par, y aquí está el documento de barbarie, la causa de la bendita, entiéndaseme, ignorancia enciclopédica que, por el bien del amo explotador y opresor, las aqueja.

Comprenderán ahora, digo salvo el que por ventura o privilegio llegase sabido de casa, por qué los sobradamente preparados (y generosamente patrocinados y subvencionados, demagogos de PODEMOS, como antes, históricamente, ocurrió con los ‘colaboracionistas’ del PSOE, los del PCE y los charlatanes socialdemócratas, trotskistas y reformistas de todo pelaje que les precedieron), encuentran un terreno tan bien abonado y propicio para su delicada y traicionera labor en el seno de la, inevitable, lucha de clases. Lucha de clases que, con móvil o sin smartphone, sigue siendo, por muy eficazmente que lo oculten, la rueda motora del proceso histórico. Ese que a los obreros, por la cuenta que nos tiene, no nos conviene desconocer…

ELOTRO



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miércoles, 19 de abril de 2017

19 de marzo / 2017




Por lo que se ve, a veces les conviene desligar la causa del efecto. Y en algunas ocasiones se puede comprobar que les basta con contraer una y/o dilatar la otra. Lo que no quita que, llegado el caso, si resulta imprescindible mutilar, amputen sin más miramientos. En ocasiones se les ha visto apoyarse y con sumo desparpajo en la teoría de la relatividad, y a partir de ahí  intervenir ‘simultáneamente’ en ambos sentidos terminológicos  y campos espacio-temporales. 
Siempre encuentran un clavo ardiendo (y si no lo fabrican) al que asirse cuando se trata de expresiones sin sentido, puramente verbales, no verificables.  Según convenga, promueven o impiden el uso lingüístico inexacto, defectuoso. Una prueba de que, en ciertas circunstancias, lo eficaz puede ser lo defectuoso. Paradojas semánticas. Es conveniente diferenciar entre el lenguaje ‘del que’ se habla y el lenguaje ‘en que’ se dice algo. No debemos olvidar que el lenguaje no es sólo el instrumento de la investigación filosófica, sino también su objeto.
Demasiados efectos, ‘no deseados’, son el resultado de un uso lingüístico inadmisible… desde el punto de vista del oprimido.

Una muestra: El efecto que se consigue tras simplificar un hecho histórico puede ser el de enturbiarlo, puede consistir tras esa ‘intervención’ en empujarlo o hacerlo caer ‘casualmente’ en el cieno de la metafísica. Nada como la inseguridad y la inexactitud del lenguaje para el (des)conocimiento humano.

Otra ‘turbia’ manera de enturbiar puede basarse en (por ‘ligar’ un ejemplo causal), derramar sobre y desde los ‘media’  un verdadero mar de tinta, imágenes y sonidos para, aparentemente, poder analizar correctamente el asunto en cuestión, y de esa manera hacer surgir una ingente cantidad de literatura (y sobre todo ruido) especializada que prácticamente no se pueda ya dominar.

¡Qué efectos, Dios mío, tiene la causalidad programada!

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Una de Gonzalo Torrente Ballester:

“El profesor Andrew había sido crítico literario, especializado en Shakespeare. Solía, sin embargo, rechazar semejante atribución. “Yo no soy especialista en Shakespeare, sino en un verso de Shakespeare, en uno solo, y con tan mala fortuna que se trata de un verso ambiguo, con dos interpretaciones posibles o contradictorias, tan racional y concluyente la una como la otra. De modo que no sé con cuál quedarme.”

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De Rosa Chacel en “Memorias de Leticia Valle”:

“…antes no había hecho más que enseñarme lo que yo ya sabía, en aquel momento se me hizo evidente. Todas sus explicaciones habían tomado siempre como base puntos centrales cuyo conocimiento poseía yo profundamente y él a aquello le añadía ramas por donde corría una sustancia que nunca era extraña para mí. De pronto cambió, aunque no de un modo ostensible. No me daba lugar a preguntarle por qué las cosas eran diferentes, pues, es más, si yo hubiera intentado demostrar que percibía la diferencia, no me habría sido posible señalar en qué consistía. El caso es que cuando todo parecía marchar por sus cauces habituales, con un inciso abordaba regiones desconocidas, sin prevenirme, como dando por sentado que aquellas regiones habían sido siempre dejadas al margen por condescendencia suya o más bien por certidumbre de que mis fuerzas eran escasas para penetrar su intrincamiento. Así, al abordarlas, lo hacía siempre con una frase neta, precisa y tan compleja que en un instante proyectaba delante de mí todas las perspectivas de mi ignorancia. La frase no era nunca una explicación ni tampoco una pregunta brusca, pues con esto hubiera descubierto su nueva táctica: era generalmente una alusión a cosas de las que se podía decir mucho y de las que no había ni por qué preguntar…”


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martes, 18 de abril de 2017

18 de marzo / 2017


Emory Douglas: The Art of The Black Panthers


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Leo  por vez primera ‘Memorias de Leticia Valle’ de Rosa Chacel (y el caso es que tenía en casa, lo acabo de descubrir, y desde hace años dos ediciones diferentes del libro en papel y una en formato pdf pero…) y por mi parte comparto la sorpresa y el entusiasmo de Jorge Valotta (Mario Levrero) por esta inteligente y transgresora (1946) novela de memorias en la que, por mostrar algunos ejemplos entre muchas otros pasajes,  uno puede tropezar con párrafos tan sugerentes como el siguiente:

“Yo pensaba que me faltaba el principio, que nunca llegaría a comprender sin haber oído lo que habían dicho antes, pero no momentos antes, sino días antes, siglos antes…’

Dentro de mi particular lectura y en un sentido en el que quizás, y digo quizás, la Chacel (una escritora que, al menos en esta obra, dice mucho y muy bien dicho) no pudo siquiera ni sospechar , este fragmento me parece o más bien me sugiere un hermosísimo, y reivindicativo, canto a la historicidad, un vivo llamamiento a la necesidad imperiosa de ir a conocer, más allá de la naturaleza del asunto, los primigenios orígenes, de comparecer a la ineludible cita (desde el criterio del rigor, con la concreta verdad de la totalidad, es un decir, de los hechos, individuales y/o colectivos, en el transcurso de todo su proceso social) con las primigenias raíces o fuentes para de ese modo conocer y poder comprender, aprehender,  en toda su extensión y profundidad, junto con el complejo aporte del vivo  presente, la ‘cosa’ que sea (en la cita que nos ocupa se trata, digo la ‘cosa’, de una inefable conversación entre dos hombres adultos que es comentada y valorada –mediante habla memorística interior- por una niña de doce años de edad, y por muchos motivos rarita, a la que, quizás a la defensiva, las mujeres adultas e iletradas que la rodean  reprochan ‘que lee demasiado, pasea poco y habla como un libro’ –en el texto lo hace vía Leticia Valle adulta, la narradora que repasa sus recuerdos-).

Y aquí pego otro fragmento:

“…con lo que yo pensé en el trayecto de la cocina al despacho podría llenar cientos de páginas; envejecí diez años en ese momento…”

Supongo que un poquito picará la curiosidad por el (histórico) antes, el precedente-resorte, el hecho ocurrido en el inmediato  pasado que provocó en la niña ‘marisabidilla’  aquel arrebatado y caudaloso torrente de pensamientos que, suponiendo el caso de que a la tal Leticia le hubiese dado por fijarlos negro sobre blanco,  ocuparían lo que una novelita de César Aira o similar. Aunque seguro que no con su cansina, insignificante y estulta pirotecnia imaginativa.

Añado un trozo más:
“…las palabras del libro que había intentado tragarme seguían delante de mi como una masa sin forma, como un fango donde iba hundiéndome; sin embargo sabía que otros habían avanzado por ellas; luego, aquella blandura, aquella viscosidad que yo notaba no estaba en el terreno que pretendía atravesar, sino en mis propios pies”.

Y qué me dicen de este otro, e igualmente  deslumbrante, fragmento:

“…leer un párrafo y no comprender, volver atrás, seguir adelante y encontrar una frase que se tambalea porque más de la mitad es incomprensible, encontrar aquí y allá las palabras del uso diario y, entre unas y otras, puentes o callejones oscuros por donde no se puede pasar y, si se pasa, es como si no se hubiese pasado.
¿Por qué no le advertirán a uno algo de esto? Tienen por sistema quedarse a la orilla; así les sentía yo, parados detrás de mí, a ver si nada uno en esta agua turbia o si se va al fondo.
(…)…pausadamente, como cuando quiere uno convencerse a sí mismo de que no tiene miedo, cogí el libro otra vez y lo abrí…”


Claro está que no todos los renglones de la novela tienen el altísimo nivel que lucen estos cachos (palabras, frases, pensamientos… forma y significado) que he abstraído de ella, aunque algunos de ellos les puedo asegurar que más, muchísimo más. Igual que la valoración que me merece el magistral conjunto, el contenido total entre tapa y contratapa. Por lo tanto creo que ya sobran más comentarios, ¿no les parece?
Si no tienen nada mejor que hacer, léanla y disfruten a mente suelta.

ELOTRO



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lunes, 17 de abril de 2017

17 de marzo / 2017

Simon de Beauvoir


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Marx, al que apodaron “el Moro” (‘mi pequeño jabalí’ lo llamaba su prometida y luego única esposa, Jenny) debido seguramente a su tez morena, ojos negros y pelo negrísimo y abundante también en sus mejillas, brazos, oídos y nariz, presentó su tesis “La diferencia entre la filosofía de Demócrito y la de Epicuro” en la Universidad de Jena. 
En 1841, a la edad de veinte y tres años, Karl Marx consiguió su título de doctor. Pero lo que quiero destacar, porque aquí me parece lo realmente importante, es que Marx fue durante toda su vida, un insaciable autodidacta. Prefirió siempre el estudio organizado a su exhaustiva y crítica manera; los libros, siempre muchos, que él consideraba necesario no sólo consultar sino resumir y anotar; y los debates, también las juergas y ‘perfomances’, con sus ‘pares mayores’ fueran alumnos o profesores, porque poco o nada aprendió en las reglamentarias clases, a las que por cierto terminó por no asistir. No le gustaba al joven Marx desperdiciar el tiempo y tampoco tenía vocación de coleccionista de títulos académicos. El caso es que no tardó mucho tiempo en ver cómo su flamante doctorado no conseguía ser siquiera condición suficiente, claro que adjunto a su ya inquietante e ‘indeseable’ persona, para que la reaccionaria institución universitaria prusiana le concediera un pequeño  hueco remunerado.



Yo, que nunca he pisado un aula universitaria, a pesar de haber tratado, con más o menos intensidad, a mucho ganado que sí lo ha hecho y por cierto con notable nota y abundante  cosecha de diplomas (incluso algún catedrático y algún rector en ejercicio), siempre he profesado, ‘a priori’, cierto respeto, claro que en la mayoría de las ocasiones acababa por resultar  absolutamente infundado, por lo que consideraba, de forma evidentemente acrítica ante el imponente decorado y la deslumbrante parafernalia del ‘establecimiento’, auténticos santuarios del saber.

Quizás por eso me hizo tanta gracia conocer que la famosa frase (según leo ahora en la red, matizada en su significado contextual, negando la mayor en propio interés, por algunos funcionarios de la institución que no dudan en denunciar a los citadores necios –a bote pronto recuerdo a Baroja- y en autoproclamarse listos, diplomados y deshacedores de entuertos potencialmente insurgentes), “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, fue pronunciada por un  rastrero capitoste universitario de Cervera, allá por el siglo XIX, para tranquilizar al puntual amo patrocinador, conocido entonces y después como ‘el rey Felón’, Fernando VII.

Por supuesto que la peripecia muy particular y el ejemplo de Marx en su concreto contexto histórico, véase que Hegel había sido años antes profesor en Berlín, no es más que uno entre muchos de los casos sobre los que, ‘luego’, aunque no demasiado tarde, he tenido noticia.

Por abundar en el asunto y sin ir más lejos acabo de escuchar al profesor Josep Fontana, en un fragmento de una conferencia, enumerar el contenido, digamos el temario, que compone la carrera de historia y que los alumnos deben cumplimentar, hablamos en la actualidad, en algunas de las más prestigiosas universidades británicas y, por consiguiente, del mundo. Subraya Fontana que, el alumno que supere con un simple aprobado ese a todas luces raquítico temario, podrá considerarse a sí mismo y ser considerado por la comunidad un licenciado  en Historia (con las salvedades de rigor conozco de primera mano idéntico caso, para nada singular, en ‘Historia del arte’ y en la UCM), a pesar de no ‘conocer’ más que cuatro (es sólo un decir no me vengan con pendejadas aritméticas), fragmentos salteados, aislados e inconexos de ciertos, y muy arteramente escogidos, acontecimientos o simples accidentes históricos convenientemente vaciados de su verdadero sentido y significado ‘real’. Y añade Fontana un dato interesante: ni Hobsbawm, probablemente el autor historiador más leído del siglo XX, ni ninguno de sus compañeros  ‘marxistas’ del grupo de Birminghan (Cristopher Hill, E.P. Thompson, Rodney Hilton…) fueron nunca admitidos como docentes en las grandes instituciones universitarias británicas.

Porque efectivamente de eso se trata, de bajar de las algodonosas nubes de la abstracción teórica y poner los pies en el suelo, enfangado o no. Es esa buena manera de descubrir que la tan cacareada ‘naturaleza humana’ no es otra cosa, digo en la realidad, que la concreta naturaleza social del hombre.



Resulta, al menos en mi caso, raro enterarse cómo el ya doctor Marx, allá por el año 1842 y a la fuerza desengañado de su probable futuro como brillante docente universitario, que -lo que es más paradójico aún-,  gracias al ejercicio del oficio periodístico ‘sobre el terreno’, se vio obligado, en sus propias palabras a: ‘hablar de lo que suele llamarse intereses materiales”. Chocó el brillante teórico con lo real. En concretó se trataba de un asunto a priori de escasa trascendencia: el robo de leña en bosques de propiedad privada. Pero resultó que el fino olfato del ‘pequeño jabalí’ lo empujó a escarbar, a escarbar y escarbar hasta que por fin salió a la luz esa otra realidad (de relaciones sociales, de producción y propiedad) que, a modo de iceberg socio-económico-jurídico-político, permanecía oculta -también para él-, y bien ocultada, a la potencialmente indiscreta vista de los estudiantes díscolos, los profesionales progresistas, los intelectuales críticos y, digámoslo así, la sociedad en su conjunto (salvo claro está los hábiles autores del camuflaje y los  directos implicados: beneficiados –terratenientes- o perjudicados –campesinos pobres-).

Por hoy, suficiente.

ELOTRO


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domingo, 16 de abril de 2017

16 de marzo / 2017

Entrevista sobre Venezuela
a la socióloga Ángeles Diez



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Ricardo Piglia
“Por un relato futuro”
(Conversaciones con Juan José Saer)

Libro completo aquí:


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Cuento de Ricardo Piglia:
“Hotel Almagro”



“Cuando me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial. Le preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a Purdy y con lo que me pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en Buenos Aires. En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La Plata dictando clases. Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar.
Lo que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de “tener” una vida personal, de no tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar cuartos. La dueña de la casa estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo en el hospicio de Las Mercedes.
La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un techo altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata, encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas. Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la sensación de que se estaba despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie conocía a ninguna Angelita.
Por supuesto me olvidé del asunto pero un tiempo después, en Buenos Aires, tendido en la cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata.
Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce.
La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires. También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.”

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Conversación entre Ricardo Piglia y Roberto Bolaño



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sábado, 15 de abril de 2017

15 de marzo / 2017


“Desde Italia, el ataque contra Siria”
por Manlio Dinucci



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“La filosofía es un afán que siente el hombre por saber de sí mismo”.
(Sócrates)




“Pobreza no es vileza”.
Está muy bien. Pero ellos sin duda envilecen al pobre. Lo hacen, y lo consuelan con ese refrán. Uno de esos refranes que se podían aceptar en otros tiempos, pero cuya fecha de caducidad llegó hace mucho. Igual que aquella frase tan brutal: “el que no trabaje, que no coma”. Cuando había trabajo para dar de comer a la gente, existía también una pobreza que no envilecía a quien la padecía si su causa había sido una mala cosecha u otra desgracia. Pero sí que envilece esa miseria en la nacen millones de seres humanos y en la que acaban cayendo centenares de miles de personas que empobrecen. Hoy la suciedad y la miseria crecen en torno a ellos como muros construidos por manos invisibles.”
(…)
“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.”
(Walter Benjamin)




Aforismos de Flaubert

Un recuerdo es algo hermoso, es casi un deseo que se extraña.

Es necesario leer, meditar mucho, pensar siempre en el estilo y escribir lo menos posible, sólo para calmar la inquietud de la idea que nos pide tomar forma y no regresa a nosotros hasta que le encontramos una expresión exacta, precisa.

Estamos hechos para la infelicidad.

Sí, trabaja, ama el arte. Entre todas las mentiras, sigue siendo la menos falsa.

Tengo mis dudas sobre el espíritu artístico de esta época, es decir, sobre los pocos artistas que hay. Si nosotros no realizamos nada que valga la pena, cuando menos habremos preparado el camino para una nueva generación que tendrá la audacia (estoy buscando otra palabra) de nuestros padres, más nuestro eclecticismo. Sin embargo, me extrañaría que lo lograran: el mundo se va a convertir en algo muy tonto. De ahora en adelante, y durante mucho tiempo, todo será bastante aburrido.

La crítica está en el último escaño de la literatura; casi siempre como forma, y sin duda como valor moral, es inferior al estribillo y al acróstico, los cuales exigen, al menos, cierto esfuerzo de invención.

Pintarás el vino, el amor, las mujeres, la gloria, siempre y cuando no seas ni borracho, ni amante, ni marido, ni soldado. Vemos mal la vida si nos mezclamos con ella, sufrimos por ella o la disfrutamos demasiado. El artista, desde mi punto de vista, es algo monstruoso, algo contra natura…

Lo que distingue a los grandes genios es la generalización y la creación: sintetizan en una persona caracteres dispersos y aportan a la conciencia del género humano personajes nuevos. ¿Acaso no creemos en la existencia de don Quijote como en la de César? Shakespeare era algo formidable en este sentido. No era un hombre, sino un continente; en él había grandes hombres, multitudes enteras, paisajes. Los genios no necesitan tener estilo, son fuertes a pesar de todos sus defectos y a causa de ellos. En cambio nosotros, los pequeños, sólo valemos por la ejecución impecable.

La melancolía es un recuerdo que se ignora.

Un alma se mide por el tamaño de su deseo, así como, de entrada, juzgamos a las catedrales por la altura de sus campanarios. Por eso odio la poesía burguesa, el arte doméstico, aunque yo lo practique; en el fondo me da asco.

‘¿Cuál es tu deber?: La exigencia de cada día’. Esta frase es de Goethe: hagamos nuestro deber, que es tratar de escribir bien.

El hombre no es nada; la obra, todo.

Lo que nos falta son principios. A pesar de todo lo que se diga, hacen falta, aunque habría que saber cuáles. Para un artista sólo hay uno: sacrificarlo todo al arte. Debe considerar la vida sólo como un medio y nada más, y debe burlarse, en primer lugar, de sí mismo.


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viernes, 14 de abril de 2017

14 de marzo / 2017

Felisberto Hernández
“Selección de Cuentos”

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“Felisberto, el naïf “
 Juan Carlos Onetti

Felisberto Hernández fue uno de los más importantes escritores de su país. Muy poco conocido en España –según estoy comprobando-. Esto no debe preocupar, cuanto la ignorancia de su obra es también comprobable en el Uruguay. Hace poco tiempo la editorial montevideana Arca inició la publicación de sus escritos completos. Tal vez esto mejore las cosas, aunque Felisberto nunca fue ni será un escritor de mayorías. Desgraciadamente murió demasiado temprano para integrar ese fenómeno llamado boom y que todavía no logro explicarme de una manera convincente.
En este silencio o eco escaso de su obra pueden haber intervenido, además de lo que será dicho, factores políticos. Felisberto –siempre se le llamó así– era conservador, hombre de extrema derecha, discutidor de alta voz en reuniones con sus colegas, tanto en peñas como en domicilios más o menos privados. Esto ocurría cerca de la guerra del 39 y sus consecuencias. Y en aquel Uruguay de su tiempo le era imposible tropezar con adherentes.
Una vez más el hombre era juzgado por sus ideas políticas y no por lo hecho en el terreno de su vocación literaria. Lo que me recuerda que Noruega se embanderó, de frontera a frontera del país, para celebrar el centenario del nacimiento de Knut Hamsun, nazi declarado y entusiasta defensor de la invasión alemana a su patria. Y, al revés, ¿cuál es hoy el destino de los intelectuales que no creen que sus gobiernos les hayan devuelto el paraíso perdido?
Pero Felisberto político no tiene ningún interés en este momento. Nos debe interesar, sí, el escritor y alguna anécdota que ayude a conocerlo dudar.
Lo vi por primera vez hace años, antes de la segunda etapa, cuando escribía para sí y no parecía ser acuciado por ningún demonio. Lo sentí tan descentrado, tan sinceramente inseguro de los pequeños libros que había publicado. Me dijo que le faltaban temas, que no podía inventarlos o perseguirlos. En aquellos tiempos Felisberto se ganaba la vida golpeando pianos en ciudades o pueblos del interior de la república, acompañando a un recitador de poemas. Es fácil imaginar sus públicos. Le dije que los temas literarios caen del cielo cuando a éste se le antoja y que era inútil reclamarlos. Agregué que sus giras pianísticas por lugares inconcebibles podrían, tal vez, proporcionarle material para su literatura; me contestó que tenía en su recuerdo muchas anécdotas pero que él andaba buscando otra cosa (como todo el mundo).
Su inocencia de aquellos días le hizo preguntarme al despedirse: –¿Usted en qué café habla?  Le dije la verdad: en ninguno, no tengo nada trascendente que decir, a veces veo una mesa con amigos, entro y escucho, a veces discuto e intento ganar discusiones como si estuviera jugando ajedrez. Me dio las gracias, indeciso, pensando acaso que yo no decía verdad, que buscaba esquivarlo.
Antes de seguir recordando, antes de hablar –por fin– de Felisberto escritor, debo decir que era un pianista excelente. Claro que sin posibilidades de pagarse buenos maestros ni aspirar al premio Roma. (Y un detalle tal vez desdeñable pero que a mí importa: cuando se produjo la entrevista recién contada, Felisberto era más flaco que yo.)
Por amistad de alguno de sus parientes pude leer uno de sus primeros libros: La envenenada. Digo libro generosamente: había sido impreso en alguno de los agujeros donde Felisberto pulsaba pianos que ya venían desafinados desde su origen. El papel era el que se usa para la venta de fideos; la impresión, tipográfica, estaba lista para ganar cualquier concurso de fe de erratas; el cosido había sido hecho con recortes de alambrado. Pero el libro, apenas un cuento, me deslumbró. Porque el autor no se parecía a nadie que yo conociera; porque me contaba su reacción, sus sensaciones ante la muerte. Y era difícil –e inútil– encontrar allí lo que llamamos literatura, estilo o técnica. Para resumir, era necesario desgastar otra vez la maltrecha frase: un alma desnuda. Felisberto, sabiéndolo o no, no perseguía el malentendido llamado fama. Los elogios sobre lo ya hecho lo dejaban, al parecer, indiferente.
Después fui consiguiendo, en ediciones similares a la descrita, otros títulos: Libro sin tapas, La cara de Ana, Caballo perdido, y su libro –es una opinión– más importante, Por los tiempos de Clemente Colling. Después publica Las hortensias, ya con calidad literaria aceptable para el público, pero alargado sin necesidad o por empeño en la inocencia.
Pero había un círculo que lo admiraba, exageraba, protegía y a veces ejercía mecenazgo. De allí surgió, para Felisberto, el adjetivo naïf. Es que por entonces ya le habían hecho saber que era un naïf y estaba condenado a seguir siéndolo. Leía mucho y disparejo, no lo confesaba, y persistió en el naïfismo. Recordemos que cuando se hablaba frente a Picasso de la ingenuidad del aduanero Rousseau, éste comentaba amistosamente: –Sí. Pero no olviden que el aduanero se conoce el Louvre de memoria.
Los amigos de Felisberto lograron regalarle una de sus ambiciones: conocer personalmente a Jules Supervielle, poeta, diplomático y banquero, que vivía alternativamente en Montevideo y en París. De acuerdo con las cartas de Felisberto publicadas por Pauline Medeiros, el poeta uruguayo, que escribía en francés, no se mostró, en un principio, a la altura del entusiasmo que deseaba Felisberto. Pero gradualmente las cosas se entibiaron. Supervielle influyó para que la Editorial Sudamericana, de Buenos Aires, publicara una selección de relatos de Felisberto, escrupulosamente naïfs, titulado Nadie encendía las lámparas. Después vino el milagro: una beca para vivir en París, un contrato con Gallimard. Sueño de todo americain sauvage. Otra vez en Montevideo, escribió una novela –La casa inundada–, sucesión de situaciones absurdas que mostraban, con exceso, la deliberación de conservar la pureza, la sinceridad de sus primeros libros.
Haciendo balance de su obra total, retorno al principio: fue uno de los más importantes escritores de su país y mi admiración por él se mantiene fresca pese a los avatares mencionados.
Y ahora un casi nota bene para explicar por qué señalé la flacura del Felisberto inicial. Cuando pasaron los años de aquel encuentro, después del viaje a París, el escritor comenzó a engordar, a pedir en los restaurantes cantidades asombrosas de platos. Llegó a deformarse físicamente y eran muchos los amigos del pasado que no lograban reconocerlo a primera vista.
Agrego que se casó seis veces y con mujeres disímiles. Doy estos datos en homenaje al malhumor de Saint-Beuve, que estropeaba cada lunes el apetito de los Goncourt y sostenía que era imposible hacer buena crítica sin conocer la vida íntima de cada víctima. Y lo demás es silencio.


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jueves, 13 de abril de 2017

13 de marzo / 2017

Rosa Chacel
“Memorias de Leticia Valle”


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“Aquel pasaje, a la entrada de la calle del Obispo, se torcía en el medio para salir a la de la Sierpe, y en el ángulo que formaba había una rotonda con montera de cristales, que tenía cuatro estatuas representando las estaciones, y en medio una de Mercurio. ¡Qué luz caía sobre aquella pequeña plaza encerrada! A cualquier hora, en cualquier época del año, había allí una luz que le hacía a uno comprender. Yo, desde allí, comprendía, no sé por qué, la historia. La historia que no me gustaba estudiar en los libros desde allí me parecía algo divino. Dando vueltas entre aquellas estatuas, bajo aquella luz, yo pensaba según fuese el día. Cuando era en verano, poco antes de las doce, el sol era terrible, era irritante, trágico. Yo pensaba entonces en los gladiadores que morían en el circo de Roma. Veía sobre todo aquellos que caían al pisar la red, veía los cuerpos arrastrados por la arena, y también algo leído no sé dónde: dos que morían a un tiempo, atravesándose mutuamente con sus espadas. Bajo aquel sol, bajo aquella luz desgarradora, veía siempre aquella escena: dos hombres desnudos que se mataban uno a otro al mismo tiempo. Cuando era la hora de la siesta, pensaba en cosas de América, pensaba en colibríes, en hamacas. Veía a una mujer vestida de blanco, dormida a la sombra de un cañaveral, con una mariposa negra posada en medio del pecho. Si era por la mañana temprano, pensaba en Grecia, sobre todo cuando el pasaje estaba recién regado y quedaban pequeños charcos con una frescura que era como una música; entonces pensaba sobre todoen Narciso. Otras veces, cuando llovía, pensaba en el Rey de la Cerveza. No sé por qué le llamaba así, ni sé de dónde había sacado aquel personaje, pero me encantaba. Cuando la luz era gris y se oía el ruido de la lluvia en la montera de cristales, yo le veía sentado en un sillón de respaldo muy alto, con hojas de vid talladas en la madera. Estaba en una habitación inmensa con ventanas góticas, y en un rincón se veía un tonel precioso, con una panza tan perfecta que parecía vivo. ¡Pero él!… yo sabía cómo era en todos sus detalles. Iba vestido de terciopelo, no siempre del mismo color, pero siempre ribeteado de martas cibelinas. Sin eso no podía imaginarle. Bajaban las dos franjas de piel por sus hombros, y entre ellas se le veía el pecho maravillosamente sonrosado y anchísimo, con una camisa de encajes que le dejaban un escote cuadrado bajo la barba rubia. Entre los pelillos de su barba, su boca brillaba cuando se reía, y sobre todo cuando comía unos pescaditos fritos que cogía con las puntas de los dedos por la cabeza y la cola. En esta actitud es como más frecuentemente le imaginaba: sentado ante una gran mesa y comiendo uno de aquellos pescaditos. Los mordía en el lomo, iba quitándoles la carne con los dientes, y siempre yo veía el primer mordisco que era en el medio, como en la cintura del pez. Mientras lo comía, miraba al espacio con sus ojos azules que casi sonreían, no sé a quién, porque le veía siempre solo en aquella gran habitación. Otras veces estaba con las rodillas separadas y los pies juntos en un cojín, sentado junto al tonel, viendo caer de la espita un chorro dorado sobre un bock, y entornaba los ojos como un gato que se adormece. No sé si a todas estas cosas que yo imaginaba en el pasaje se les puede llamar la Historia. El caso es que yo sentía que allí aprendía mucho. Porque en todas partes tenía estos ensueños, pero fuera de allí eran muy diferentes. Unos eran los que me acompañaban en las visitas, otros en la cama antes de dormirme, otros en la iglesia…”

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Una de Juan José Saer sobre Onetti:

“(…) Estas novelas breves no se agotan, por cierto, en las primicias estructurales que ofrecen al lector. Un cuadro apasionado y viviente se despliega en ellas; la desgracia y la crueldad, la resignación y el fracaso, la rabia y la autodestrucción son sus temas predilectos, pero también el amor, la culpa, la nostalgia, y, sobre todo, la compasión. Un personaje, chapaleando en las aguas chirles y oscuras de la más lúcida vileza, se abandona sin embargo a un último estremecimiento de piedad no únicamente por los hombres sino también por las fuerzas sin nombre que rigen su destino: 
“Lástima por la existencia de los hombres, lástima por quien combina las cosas de esta manera torpe y absurda. Lástima por la gente que he tenido que engañar solo para seguir viviendo. Lástima (...) por todos los que no tienen de verdad el privilegio de elegir”. 

Como los de toda gran literatura, los personajes de Onetti tienen un rostro que tarde o temprano terminamos por reconocer: es el de cada uno de nosotros.”


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