Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 2 de marzo de 2017

30 de enero / 2017





Memorias del subsuelo / Fedor Dostoievski



“Dostoievski ha sido el único que me enseñó algo de psicología”
(Nietzsche)

“¿Cómo ocurren las cosas en los que son capaces de defenderse y algunos incluso de vengarse? Cuando el deseo de venganza se apodera de ellos, no hay espacio en su espíritu más que para ese deseo. Se lanzan hacia delante en línea recta, baja la cabeza, como toros furiosos, y sólo se detienen cuando llegan ante un muro. Por cierto, que, ante un muro, estos señores, estos seres sencillos y espontáneos, los hombres de acción, se desmoronan y ceden con toda sinceridad. Para ellos, este muro no significa en modo alguno lo mismo que para nosotros, que pensamos y, por consiguiente, no obramos; es decir, no es excusa. No, para ellos no es en modo alguno un pretexto que les permite desandar lo andado, pretexto en el que nosotros no solemos creer pero del que nos aprovechamos gustosos. No, ellos ceden de buen grado. El muro es a sus ojos un tranquilizante; les ofrece una solución moral definitiva, e incluso me atrevería a llamarla mística.”

Sobre estas “memorias” y su autor, quiero decir algunas palabras. Sobre el nihilista moral, según algunos estudiosos trasunto del propio Dostoievski, que en esta obra “inacabada” expresa su cínica concepción del mundo, y que lo hace, explícitamente, desde una hipócrita e indecente posición (de observación y arbitraje) situada más allá del Bien y del Mal (Nietzsche, no piropea sin recompensa), y que además, en parte,  resulta reconocible boceto previo del Raskolnikov de “Crimen y castigo” o el Stavroguin de “Los endemoniados”, y que sostiene, entre otras, que “los hombres de acción no tienen conciencia, mientras los hombres de conciencia no actúan jamás”. Y claro está, nuestro lúcido y malicioso bufón, a ratos subversivo y siempre demoníaco, se autoproclama de forma campanuda, mientras todo lo rumia y todo lo escribe, “hombre de conciencia”.

“Lo que la mayoría de la gente llama fantástico y excepcional
 -escribió Dostoievski a su amigo Strajoff -, para mí es la más profunda realidad. No es la novela lo que me interesa esencialmente, sino la idea.”

Quizás por eso Dostoievski, su personaje, se inventaba aventuras y se forjaba una vida, para vivir al menos de alguna manera. Y añadía con intencionada impertinencia: “Observaos con más atención, señores, y lo comprenderéis”. Huía del tedio, que lo abrumaba, encontraba muy pesado permanecer pasivo, inactivo y por eso se ponía a hacer… ¡cabriolas! Ese tedio que, en sus propias palabras, no era otra cosa que el fruto directo y legítimo de la conciencia que permanece con los brazos cruzados, y que, así lo repite una y otra vez, no actúa jamás.

Estamos ante un ‘bípedo ingrato’ que (cuando menos te lo esperas te hace la más indecente jugarreta) se vuelve loco a propósito por liberarse de la razón (la certeza matemática es una cosa intolerable, afirma, una gran insolencia). Es el deseo permanente de salirse por la tangente (simplemente por antipatía al camino trillado, se sitúa muy lejos de poder obrar conforme a los dictados de la razón y la ciencia.) o, como decía aquel, cierto que estaré meando fuera del tiesto (texto) pero al menos la meada es mía. La razón, alega, sólo satisface el lado racional de la naturaleza humana, pero la voluntad lo abarca todo, la razón y los estímulos. ¿Qué es, se pregunta, un hombre sin deseos, sin voluntad libre y sin arbitrio? Hay que vivir, se responde, para satisfacer todas las capacidades de vida y no sólo la capacidad de razonar. Y a renglón seguido y desde lo que parece la trinchera contraria: ‘Tratad de dejaros llevar por vuestros sentimientos, a ciegas, sin reflexión, sin causa primaria, resistiendo a vuestra conciencia, siquiera por algún tiempo…’ lo consciente frente a lo inonsciente, lo racional contra lo irracional, para terminar: ‘os concedo que soy un charlatán, un charlatán molesto e inofensivo, como todos vosotros’.



‘Hay tales cosas que uno teme revelárselas a sí mismo’ confesó Dostoievski, el mismo hombre que vivía atormentado por lo que consideraba pecados propios, más secretos que públicos, y que además no distinguía de las culpas ajenas; que deseó la muerte de su padre pocas fechas antes de que éste fuera asesinado por sus mismos criados ya hartos de sus crueles y constantes maltratos; que pasó unos años deportado en Siberia acusado de subversivo por la policía zarista; que padecía constantes crisis epilépticas; que vio morir a su hermano de alcoholismo y huir a su amante Suslova cuando quedó, una de tantas veces, sin un céntimo y muchas deudas y mucho vicio con la ruleta; que sostuvo que toda conciencia es una enfermedad; que en 1867, en Ginebra, asistiendo a un Congreso sobre la paz y la libertad, se indignó con el discurso anti-ruso de Bakunin; que conoció y se entusiasmó y tradujo a Balzac; que exclamó: ¡Soy un proletario de la literatura! (porque carecía de bienes, nada que ver con su conciencia… de clase.)
Y esto, como pueden imaginarse, no pone fin a ninguna cuestión… ni mucho menos a ese infierno de deseos insatisfechos que se agitan incesantemente en nuestro interior… ¿No queda otra que hundirse en el cieno, que meterse ignominiosamente en el agujero? Pero no reñiremos por eso, aunque soy suspicaz y propenso a ofenderme como un jiboso o un enano.
‘Resoluciones tomadas para siempre y abandonadas momentos después…’

ELOTRO


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