jueves, 30 de marzo de 2017

27 de febrero / 2017

Pierre Bourdieu
CAMPO DE PODER, CAMPO INTELECTUAL


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“Ayer todavía un héroe, y hoy nada más que un canalla.”
(H. Heine)


Leo que “los sentidos te dicen que el sol no tiene más que dos pies de diámetro” y que, en otras palabras, menos mal que el intelecto, si se da el caso de un espíritu inquieto, puede ayudar a corregir la trayectoria del tiro. Epicuro más Kant, se lee también y como conclusión en el mismo papel impreso… lo que, según mi corto pero atrevido entender, parece sostener la idea de la esencia complementaria, nada de  contradicciones antagónicas o excluyentes, de las diversas, y en cierto sentido implícitamente parciales, insuficientes o fragmentarias, escuelas o tradiciones filosóficas.

¿Se imaginan un puzle, por supuesto que ahistórico y adialéctico,  donde cada pieza, (es decir, cada escuela filosófica ya sea idealista, materialista o, simplemente que no sea…), encaje con absoluta precisión (hasta disolverse en el conjunto, fundirse y terminar por hacerse uno) y así agregue su parte, o sea, su específica y exclusiva aportación a esa ¿imaginaria? forma perfecta y acabada del rompecabezas:  ‘todo’ filosófico?
Sería ‘ideal’, o quizá mejor dicho ‘idealista’, ¿no es cierto? Pero, ya se sabe cómo va la cosa: que las ‘equivocaciones’ teóricas (irreal agudeza filosófica y real miopía política), siempre pensando en la realidad práctica, sean duraderas.
O, para que PODEMOS entender: el filisteísmo puro (OTAN, EURO, UE…) bajo el demagógico disfraz de un supuesto pensamiento que, mediante necias declamaciones (estupendamente difundidas ‘urbi et orbi’), farda, en el más deplorable sentido de la palabra, de plural, moderno e …innovador que te cagas por la pata abajo.
(¡Hecho histórico nunca visto hasta ahora… que PODEMOS gracias a PODEMOS!).

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Escucho a Chirbes reflexionar sobre su experiencia de lectura en los soportes digitales, el libro electrónico o la pantalla de la computadora. Cuenta que salvo los titulares de la prensa digital, prefiere leer en papel, y que cualquier artículo que, en principio le pueda interesar, lo manda inmediatamente a la impresora. Comenta de la lectura en pantalla que los contenidos se le olvidan casi completamente al poco rato, que prácticamente al cabo de las pocas horas descubre que no ha retenido prácticamente nada, a todos los efectos como si no hubiera leído. Lo achaca en parte, su inadaptación a los susodichos soportes, a factores como la edad o los hábitos y costumbres de lectura adquiridos y cultivados desde la niñez. Refiere que su manía de anotar, de subrayar, de volver a una página anterior, de repasar una nota a pie de página,  frente a la pantalla se le hace cuesta arriba o prácticamente imposible… y añade argumentos sensoriales, de interrelación o manejo del objeto, el acariciante tacto sobre las cubiertas o las páginas, el olor y la visión del papel, las tintas, la encuadernación… y sin embargo no dice nada sobre la roja e irritada sequedad y el cansancio de los ojos.

(Me acuerdo que alguien en cierta ocasión quiso regalarme, en papel, el libro de Tanizaki: ‘El elogio de la sombra’, y se lo agradecí pero rechacé el obsequio arguyendo que ya lo tenía en formato electrónico y además, añadí muy hinchado, ‘de gratis’ vía Internet. No es lo mismo, me previno, y menos aún en el caso concreto de este libro (colmado de vibrantes colores, texturas, sabores, luces, sombras, olores…), que ella ya había leído y sentido y que el pomposo que ustedes saben no. Y ya se pueden imaginar que, página tras página digital, pude comprobar que mi generosa, en todos los sentidos, amiga tenía toda la razón. Si no han leído aún el libro de Tanizaki, quedan avisados, aunque también es bien sabido que nadie escarmienta en pantalla ajena…

Recuerdo haber leído en Levrero argumentos parecidos a los de Chirbes, aunque Mario si enfatizaba los temitas de la iluminación (la interna del aparato y la externa del ambiente) y el mortificante sufrimiento de ojos. Por mi parte y a la hora de valorar procuro deslindar según qué pantallas. Ocurre que con el libro electrónico, que nunca leo con la luz retroproyectada, no noto que canse o fastidie aún más mis ya de por sí muy castigados ojos. Y aunque comparto casi las mismas quejas de Chirbes y Levrero en todos los demás aspectos, resulta que siempre ando sin un cobre en el bolsillo y que a través de la red suelo conseguir libros electrónicos que me interesan y no encuentro en las bibliotecas públicas que, por cierto, cada vez están peor abastecidas y más desatendidas y caducas (hay ejemplares que, a corta distancia,  apestan y con tal cantidad de mugre encima que ni con guantes, mascarilla y traje de buzo).

Sin embargo la pantalla de la computadora al poco rato se me hace literalmente insoportable. Por eso he reducido al máximo la lectura, y la propia estancia frente al monitor. Lo siento además de por ciertas lecturas que he suprimido, especialmente por las gozosas horas que me pasaba navegando y copiando imágenes y tratándolas con las herramientas del prodigioso photoshop. Mi recurso para seguir leyendo aquello que me interesa de la red no es el mismo que emplea Chirbes, ya que el precio de los cartuchos de tinta de la impresora me resultan absolutamente  prohibitivos. Lo que hago (todo de gratis: la lectura y el archivo), es copiar el texto, transformarlo en EPUB y cargarlo al lector electrónico. No es lo mismo que en el papel pero…

ELOTRO



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