miércoles, 29 de marzo de 2017

26 de febrero / 2017

Macedonio Fernández - De Andrés Di Tella - (1995)


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“La buena letra es el disfraz de las mentiras”
(Rafael Chirbes)


Y quien dice la ‘buena letra’, bien puede decir ‘El gran estilo’. Proust, por su parte, aunque con toda lógica ‘formal’ (¿no todo está relacionado bajo la bóveda celeste?) se pueda pensar que no existe la menor conexión con lo anterior, escribió en ‘Sodoma y Gomorra’: “Las teorías y las escuelas, como los microbios y los glóbulos, se devoran entre si y con su lucha aseguran la continuidad de la vida.”
Luchan (y todo apunta a que no lo hacen sólo por pasar el rato) y se devoran entre sí, luchan a vida o muerte, y el vencedor lógicamente acaba con su víctima y, a renglón seguido: lo engulle o no, ¿somos lo que comemos que decía Feuerbach?

Y hablando de engullir y devorar, Freud escribió lo siguiente, de nuevo no sé si concordante o no con las citas anteriores:

“Un padre despótico, celoso, que guarda para sí toda mujer y que expulsa a los hijos que van haciéndose adultos, sin más” (…) “Un buen día se alían los hermanos expulsados, y matan y devoran al padre, con lo cual dan fin a la horda paterna. Unidos se atreven a llevar a cabo lo que por separado les hubiese resultado imposible… E despótico primer padre fue con certeza el modelo temido y envidiado por cada miembro de la grey fraterna. Ahora, en el acto de devorarlo, logran identificarse con él, apropiándose cada uno de ellos una parte de su fuerza. El banquete totémico, quizás la primera fiesta de la humanidad, sería la reproducción y la conmemoración de este memorable acto criminal, en el cual tantas cosas tienen su origen, como por ejemplo las organizaciones sociales, las limitaciones morales y la religión.”

Fue Nabokov, lo que, dicho sea de paso, no deja de tener cierta gracia dada su autoproclamada condición de ‘ser superior’, quien escribió, y lo haría con toda probabilidad en un inusual momento de tristeza y confusión mental, el siguiente aforismo que él mismo se apresura a calificar, con su acostumbrada y farisea malevolencia, de antidarwiniano:

“El que mata es siempre inferior a su víctima”.

Seres superiores y seres inferiores, el opuesto binario preferido del señorito de mierda apellidado Nabokov, al que, según él mismo cuenta en sus aristocráticas memorias, los bolcheviques despojaron de las canchas de tenis familiares, y unos modestos terrenitos con una chabola valorada en unos dos millones de dólares de la época (la propiedad privada, a lo ‘superior’, debe de ser un acontecimiento fortuito), en las que se ganaban el mendrugo ciertos jóvenes zoquetes ‘inferiores’ que, descalzos, sucios y malolientes, le “recogían’ las pelotas al acicalado niñato y familia. Me repito sí, pero a sabiendas.
Las obras del muy reaccionario y muy elitista Nabokov (cualidades ambas en parte de origen natural y en parte cultivadas), técnicamente perfectas o casi, apestan a rancio clasismo aristocrático, a un demagógico racismo y, por no cansar, a un ridículo anticomunismo infantiloide. 
En “Pálido fuego” el genial Vladimir borda la faena:

…cómo y por qué alguien es capaz de destruir a uno de sus semejantes (este razonamiento exige, lo sé, que concedamos temporalmente a Gradus la condición de hombre)?

El parrafito, en mi modestísima opinión de ser inferior, no tiene desperdicio. El que así se expresa no es otro que un Rey o un Zar o el propio Nabokov que para el caso es lo de menos, al que los infames rojos extremistas, bolcheviques por supuesto (el tal Gradus), han tratado de asesinar porque sí, bien que con la peculiar torpeza e ineptitud de los malos de las series de dibujos animados… lo que lamentablemente obligó al cultísimo, humanísimo y superior ‘semejante’ a exilarse en una culta, humanista y superior  universidad radicada en el paraíso anticomunista de los USA. Nabokov, en esas mismas páginas, llega a negar con su habitual jeta de granito y su usual elegancia poética teñida de  elitista displicencia, ni más ni menos que la propia existencia del macartismo en esos mismos años cincuenta, los de la caza de brujas comunistas. Digo yo que sus millones de ‘superiores’ lectores (lo de los críticos propagandistas del anticomunismo es harina asalariada de otro costal) o no caen en la cuenta del burdo engaño o se tragan con sumo gusto la rueda de molino ‘ideológica’ gracias al rico y sabroso envoltorio made in Nabokov.
Recuerdo a mi admirado Piglia (de quien resulta cuando menos curioso el paralelismo ‘profesional’, no digo vínculo laberíntico, con el prota de ‘Pálido fuego’, digo en el paraíso universitario USA, aunque en su caso sea Princeton o Harvard o la golosa Beca Guggenheim), admirado igualmente como autor y lector, alabando la exquisita técnica, casualmente una vez más de matriz  ‘borgiana’, que empleó Nabokov en su novela “Pálido fuego”, y aunque me consta que Piglia no solía olvidar hacer alusión al carácter políticamente reaccionario de escritores como Borges, Gombrowicz, Faulkner o Nabokov, en mi opinión lo hacía de forma demasiado breve y superficial que no me parece ni ‘mijita’ equiparable con la concienzuda profundidad y extensión que por el contrario empleaba en el enaltecimiento elogioso e incondicional  aplauso del aspecto (así, separado) técnico y formal de sus obras, e insisto porque puedo y me da la gana, ‘política e ideológicamente reaccionarias’.
Supongo que a veces (cuatro amplios programas de la TV pública argentina sobre Borges, imposibles sobre el ‘semianalfabeto’ Arlt, ¿no es cierto?), incluso los mejores olvidan, o prefieren oportunistamente olvidar, lo que ellos mismos nos han enseñado, a leer con calma y atención, con sentido crítico, sin olvidar que esos signos, que esos conjuntos de signos que habitan entre tapa y contratapa, poseen formas y significados concretos y convencionales (‘toda forma de arte se levanta contra la convención’ dijo Zola), de marcado carácter político e ideológico, que no sólo vienen de una historia y tradición sino que al mismo tiempo están insertos en su propio  contexto histórico y proceso social, y, en plena lucha (de clases sociales, entre ‘eruditos superiores e iletrados inferiores’, entre ‘acicalados explotadores y mugrientos explotados’…) y que ‘se devoran entre si y con su lucha aseguran la continuidad de la vida.’…o quizá algo por ‘el estilo’ (ya sea ‘estilizar lo inmoral hasta que pueda ser percibido como cierta ética’ o también ‘combinar una belleza exquisita en las formas con una extrema indigencia moral en los temas’) a lo que dijo ‘el mariquita’ Marcel, que diría el último maridito, por ahora,  de Isabel Preysler.

ELOTRO



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