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viernes, 24 de marzo de 2017

21 de febrero / 2017

Sobre los diarios de Ricardo Piglia

327 Cuadernos (Andrés Di Tella-2015)



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A propósito de “El talismán” de Paul Sérusier

Uno se ha pasado algunas (muy placenteras) horas de su vida mirando pinturas (o grabados, dibujos, collages, serigrafías…), obras originales colgadas en las paredes de galerías y museos o también  reproducidas en catálogos de exposiciones o libros de arte. Se trata de dos experiencias igualmente gratas pero, en cierto sentido, muy distintas entre sí, como ya analizó de manera muy perspicaz y brillante el muy inteligente mirón llamado Walter Benjamin.

Experiencias de mirar y ver muy distintas, frente al original o su reproducción, que en ciertas ocasiones se pueden complementar de manera maravillosa. Al menos ese es mi caso concreto en relación con la pintura de Paul Sérusier titulada “El talismán”.  No puedo recordar en concreto cuál fue el primer encuentro, digo la primera vez que pude ver la obra, por supuesto reproducida, y dónde. Supongo que llegué a conocer esta ‘minúscula’ pintura, rápidamente y, quizás exageradamente, convertida en ‘grandioso e histórico icono’ de la pintura moderna y, por cierto, realizada con la técnica del óleo sobre la tapa de una caja de madera que unos traducen de cerillas y otros de puros (27 x 21 cm.), en algún libro sobre el gran Gauguin o sus fervorosos discípulos, el grupo de los Nabis (‘los profetas’, en hebreo).

Sobre la realización de la obra en cuestión, según la cuentan algunos testigos ‘directos’ que vinieron al mundo, según puedo calcular aproximadamente unos ochenta años después, resulta que, prácticamente, el pobre Paul Sérusier no fue más que el estricto amanuense que pintó “El talismán” al fiel dictado de su maestro y guía Paul Gauguin.

Dicen que Maurice Denis contó que Gauguin dijo a Sérusier:
"¿Cómo ve usted los árboles? Son amarillos. Pues bien, ponga amarillo; esta sombra, más bien azul, píntela de color ultramar puro; ¿esas hojas rojas? ponga bermellón".

El lector atento ya habrá adivinado que la pintura que nos ocupa es un paisaje (de hecho el título original del cuadro, hasta que fue definitivamente rebautizado por el colectivo, era ‘Paisaje del Bois d’Amour’), un paisaje probablemente situado en los alrededores de un pueblecito de la Bretaña francesa de nombre, también mítico en la historia de la pintura, Pont-Aven

Sobre ‘El talismán’ (recuérdese, obra de 1888) se han repetido hasta la saciedad algunas cositas, exageraciones y medias verdades: “Que constituyó la base teórica de los Nabis”, “Que sentó las bases de toda la pintura moderna”, “Que rompió radicalmente con los patrones establecidos por la  pintura tradicional y liberó tanto las formas como el color, dando vía libre al  arte moderno”…

Maurice Denis: "Recordar que un cuadro, antes que ser un caballo de guerra, una mujer desnuda u otra anécdota, es esencialmente una superficie plana recubierta de colores reunidos en un orden determinado"



Sin ir más lejos, el propio Maurice Denis, que por cierto cumplía sólo 24 años cuando se pintó “El talismán”, conoció suficientemente la obra de Cézanne (al que por cierto homenajeó en un famoso cuadro de grupo), y su cronología, como para saber que los méritos ‘rupturistas y vanguardistas’ que se adjudicaban ‘en exclusiva’ a la icónica obra de Paul Sérusier, eran, cuando menos, excesivos, desmesurados, interesadamente hinchados. En cualquier caso, lo que nos enseña la historia es que Paul Cézanne fue, (entre otras pero la principal) la fuente nutricia y primigenia de Paul Gauguin que a su vez alimentó la obra de Paul Sérusier.

Pero ya basta, por esta vez, de historia y de historias encuadernadas… lo que pretendo es contarles mi particular historieta con “El talismán”, obra a la que desde el primer encuentro, que repito fue con una reproducción, miré con arrebatadora fascinación. Fascinación que se multiplicó cuando por fin tuve el privilegio de encarar el original en el Museo d’Orsay. La secuencia habitual suele ser esa, primero la reproducción y luego el original, ya con su aura, que decía Benjamin. No sé que pude ver, o percibir, ‘de especial’ en la reproducción de ‘El talismán’ que me impactó y cautivó con tal intensidad. Es seguro que por entonces no tenía ni idea de quien era su autor ni de quienes eran los Nabis, pero aquella obra, repito, aquella reproducción fotomecánica en cuatricomía, dejó en mi mente una huella, tan placentera como indeleble, que la posterior visión del original acabó por profundizar y enriquecer. Sabido es que ciertas imágenes nos seducen y cautivan, como suele decirse ‘al  primer golpe de vista’, y como es el caso que relato, mientras que otras, ni mejores ni peores pero sí evidentemente distintas, exigen, cuando menos y sin ningún compromiso por su parte, insistir y repetir.

Salta a la vista la existencia de imágenes, entre las que yo también situaría “El talismán”, que muestran, o en su caso no pueden ocultar que, por detrás, por arriba, por abajo o en su acorazado interior, atesoran ‘historia’ y que, por lo tanto y si se desea acceder a ella, a sus misterios o revelaciones, hay que penetrar su cáscara y proceder a husmear, oler, escuchar o palpar  minuciosamente entre sus múltiples capas y pliegues.  Y en sentido desigual u opuesto, también es corriente que hallemos imágenes menos dadas, al menos en apariencia, a las ocultaciones, secretos y enigmas, y que, a priori,  ni explican ni interrogan, imágenes hueras o sustanciales que, en cierto sentido o sinsentido, parece que se agotan en un pis-pas.

‘El talismán’ es una pintura que, sin ser en sus formas y tonos una copia o reflejo mimético de la naturaleza, nos muestra de manera casi abstracta pero aún así reconocible: un bosque, un camino, una  hilera de árboles al borde de un río, y un molino. Cada uno de estos elementos (que forman parte de un conjunto lleno de contrastes dinámicos y tan vibrantes como armoniosos), está configurado por una mancha de pintura plana compuesta de sugerentes  y evocadoras formas y colores. Y hablando de sugerentes formas y colores tengo a mano esta cita del libro de Nabokov que estoy leyendo: “Un Picasso de la primera época que me gusta mucho: un muchacho color tierra que lleva un caballo color lluvia”.
¡Qué bien suena eso de ‘color lluvia’!, pues sí, por ahí creo que se puede explicar en parte mi gozoso deslumbramiento primero y el posterior, mantenido y entusiasta apego que siento por esta, en muchos sentidos,­­ extraordinaria pintura.

Me parece una pintura perpetuamente inconclusa, por eso generosa e inclusiva, que pide o permite al mirón su colaboración, y que se arremangue y tome el pincel y cree su propia paleta de formas y colores, y que plasme a su manera y sobre la versión original o su reproducción, en la esfera virtual o real, la suya propia, la versión, por supuesto siempre abierta e inacabada, del que, en cada caso sucesivo,  mira y se mira en la escena…

ELOTRO



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