Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 21 de marzo de 2017

18 de febrero / 2017

“La novela familiar del neurótico”
Sigmund Freud


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Para mi propio bochorno, he comprobado que hasta las máquinas se acaban por rebelar, que hasta a una ‘cosa’ le llega el día en el que dice ‘No’. Hoy mismo mi vieja y sufrida lavadora ha dicho aquí estoy yo y así (cierto que por primera vez) me las gasto:  ha inundando el tendedero y la cocina con litros de agua con olor a rosas de la especie ‘Vernel’. Agua además con clara vocación viajera que rápidamente ha encontrado el camino para rendir protocolarias visitas de cortesía, primero al vecino de abajo y luego al de más abajo y hasta ahí, de momento, llegan las noticias del vecindario…

El caso es que mientras que por su parte el frigorífico o la misma torre de la computadora emiten sus singulares jadeos, quejidos o protestas  preferiblemente de forma vibrante y sonora, la muy discreta lavadora, repito hasta el día de hoy, nunca había manifestado, que yo pueda recordar, descontento alguno, nunca había dicho esta boca es mía ni para bien ni para mal. Ella siempre había tragado sumisa y silenciosamente con toda la mierda que diariamente se le introducía sin ningún miramiento por su agujero frontal y, al poco rato, reintegraba la colada limpia y perfumada. Incluso los radiadores de la calefacción y sus circuitos de tuberías que cubren las paredes de habitaciones y pasillos suelen emitir de vez en cuando un ruidoso lamento, una especie de gemido o incluso lo que parece un lloro medio autosofocado.

Y es en esta tendenciosa tesitura que me ha dado por cavilar, creo que por vez primera, sobre mi peculiar relación con todas estas  máquinas que, en cierto modo me ayudan y me sirven y, espacialmente, también me acompañan, y me rodean, y me cercan; digamos que en principio se trata de  máquinas domésticas, domesticadas o presuntamente domadas y  adiestradas. Y ya puestos a elucubrar también me alargo sobre la propia existencia de estas máquinas que, curiosamente, no aparentan tener vínculos entre sí, auténticas solistas que no parecen compartir ningún  lenguaje común o cualquier otro tipo de código de comunicación, y que presumiblemente no pertenecen a ninguna orquesta o banda, vaya, que no comparten, que se sepa, obediencia a ninguna batuta, digamos  unificadora.
Se pone uno a enumerar y sorprende el número de máquinas de las que depende o precisa, en mayor o menor grado, para la vida cotidiana: microondas, lavavajillas, horno, tostadora, batidora, caldera, acondicionador de aire, campana extractora, lavadora, secadora, refrigerador, plancha, cafetera, televisor, equipo de música, video, teléfono, computadora, cocina vitrocerámica, freidora, robot de cocina…  menudo parque de aparatos, todo un regimiento de artilugios mecánicos, electrónicos o digitales… ¿no es cierto?
Claro que en este caso se trata de un regimiento fragmentado, atomizado, donde cada uno de sus componentes, por mucha cercanía física o espacial que comparta, vive su propia aunque idéntica subordinación y  esclavitud completamente aislado, apartado, incomunicado.  Y si lo piensas un poquito, tú que eres el sujeto que los posee, (como reglamentariamente avala el contrato de compra/venta,  y la factura del pago y la pertinente carta de garantía), y que se beneficia del trabajo y la servidumbre de tanto artilugio-objeto, pues casi te alegras, porque, la verdad, da escalofríos sólo imaginar que la faenita que te acaba de hacer la lavadora se viera acompañada y agravada, en el tiempo y el espacio, por parecidos actos de desobediencia, insumisión, o incluso sabotaje, por parte de cada uno de esos otros numerosos componentes de la colectividad electrodoméstica que te escolta en tu morada.

Uno llega a sopesar la idea de que estas ‘cosas’, en la realidad práctica, nos estén ocultando las huellas de su auténtica naturaleza esencial, es decir,  que en el fondo sean ‘otra cosa’, agazapada, bajo el inocente disfraz de mera ‘cosa’. Porque, y sigo sopesando, si aceptamos que ese batallón de impostores  está única y exclusivamente compuesto de meras ‘cosas’, ¿dónde dejamos el hecho incontrovertible de que puedan reaccionar, ¡y con plena autonomía!, a estímulos tanto visuales como sonoros o al menor movimiento o el simple tacto? en serio señores, ¿son esas conductas las propias de lo que se entiende por meras ‘cosas’? Y sepan que de este calibre tengo un saco lleno de preguntas amatojado dentro del horno… sí, ese artilugio casi inútil que otros utilizan para  guardar las sartenes…


Y por último, miren y sopesen qué cosas, casualmente, se leen en la prensa ‘seria’:
“Hackers ‘secuestran’ el servicio informático de un hotel en Los Alpes y bloquean todas las puertas de las habitaciones.”
“Un grupo criminal se infiltró en el sistema informático del edificio”
“No vamos a decir que tengamos miedo de estar en nuestra propia casa (dice el director del hotel), pero muchos hogares inteligentes, con puertas robotizadas sí confían en un Internet de las Cosas que, si no se actualiza, puede tener consecuencias”.
“El dueño ya ha pensando cómo evitar que esto suceda de nuevo. Lo hará con una vuelta a los orígenes del hotel, que tiene 111 años. Van a cambiar todas las cerraduras y volver a la llave física tradicional. “Como lo hicieron mis bisabuelos”.

La prensa dice (y el FBI) que ha sido cosa de hackers, yo, por mi parte, me inclino por pensar que ha sido ‘cosa’ de las “meras cosas”… ustedes sabrán… de sus ‘cosas’…

ELOTRO


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