lunes, 20 de marzo de 2017

17 de febrero / 2017



“El biólogo no puede ignorar el punto de vista sociológico, desestimar el hecho de que el organismo humano no pertenece al dominio absoluto de la naturaleza sino que forma parte de un dominio específicamente social.”
(V. N. Volóshinov)


Últimamente se habla mucho, se filosofa, del ‘cuerpo’, de la cultura (obsesión) y de la incultura (abandono) del ‘cuerpo’; de la desmesura en la mesura, que decía Camus. Estos son tiempos raros, tiempos de abundante doblez en los que se dice lo que no se hace y se hace lo que no se dice.

Los ricos con cuerpos gordos,  por ejemplo, pagan un impúdico dineral por encerrarse, para purificarse, durante unos días entre unos muros ajardinados a pasar hambre y beber sólo agua (recomendaciones no siempre atendidas por la clientela  pero igualmente  apoquinadas al establecimiento). A las primeras de cambio (el espejo, el enema, la inmisericorde báscula…) suelen sus señorías renegar, cuando lo de la convención cultural ya no cuela,  del propio metabolismo y hasta de la misma madre que los parió. Impulsados por la propia desesperación, tratan sin embargo, inasequibles al desaliento, de modificar, por medio de una muy onerosa tensión dialéctica, su triste realidad con sus carísimos deseos.

En el prohibitivo balneario (todo un microclima social y cultural) al que asistía, con el cuerpo y con la imaginación literaria,  Vázquez Montalbán, o Carvalho, se recomendaba a la distinguida clientela, íntegramente compuesta de ricos gordos o ricos esqueléticos, masticar cada bocado, ¡incluso de agua!, treinta y tres veces, lo que a ojo de buen cubero viene a ser menos de la mitad de lo que por su parte aconsejaba Kafka, también fuera del recinto clínico-balneario, que igualmente, aunque por distintos motivos, solía frecuentar.

No sé si aposta o por casualidad pero, hoy mismo, día 1 de febrero de 2017, se puede leer en la portada del diario-digital “El País” el siguiente titular: ‘La pobreza acorta la vida más que la obesidad, el alcohol y la hipertensión.’ No me negarán que el enunciado resulta, como poco, raro, chocante, paradójico. Por mi parte pienso, tras mi particular lectura,  que se trata de una sutil llamada dirigida directa y exclusivamente a las barrigas ricas (¿Cuántos pobres gordos o flacos leen, con la barriga, el diario de Langley?), esas barrigas multiformes que en cuanto abonan la obscena comanda y abandonan presurosas  el coercitivo recinto del hambre y las enmascaradas filosofías autodestructivas, además de la dieta, los enemas, los barros y las aguas sulfurosas, y, una vez resuelto el expediente aunque no siempre con la corona de laurel sobre las sienes, regresan, de inmediato, a los gratificantes vicios del alcohol, de la gula, de la carne en todos los sinsentidos y de la molicie rentista. Y lo hacen lejos, muy lejos, completamente fuera de alcance de la letal pobreza que arteramente invoca, o pérfidamente sacude, el super-agente ‘mediador’ político-ideológico (ya se sabe gracias al malintencionado y obsoleto marxismo que la ‘mediación’ modifica el contenido originario).



MVM, rojo de balneario, nos ilustra en su mediocre novelita sobre lo que el “cuerpo” tiene de insoportable y degradante. Nos habla, con la indignación del vencido, del ojo del culo, ese, escribe, que la naturaleza diseñó como puerta exclusivamente de salida (¡el gusto que da liberarse de lo peor de uno mismo!) y que, tanto la medicina, con sus reglamentarios enemas, como la sexualidad, con sus caprichos consumistas, han convertido en puerta batiente. Nos muestra el cuerpo ora como enemigo,  ora como aliado, ora como ignorante y perezoso mental… y es que, como él mismo dice, digo el ‘cuerpo’: ¡Es que a mí hay que conocerme!... y vaya usted a saber, y no es bueno pasarse el día elucubrando, la cantidad de verdad que hay en el eslogan: ‘Tu cuerpo es tu mejor amigo’

Y, por decirlo todo, hace mucho tiempo que mi cuerpo no tiene excesiva confianza en la línea argumental que se agazapa en mi cerebro… y ya no sé que hacer… y me entra la depre… y como… y bebo… y me pregunto frente al espejo y sobre la báscula, ¿que hago yo aquí dentro de este cuerpo impresentable e imperdonable?

ELOTRO



***

No hay comentarios:

Publicar un comentario