Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 17 de marzo de 2017

14 de febrero / 2017



Antonio Orejudo
“Un momento de descanso”

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“Es de esa clase de inteligencia parecida a los es­pejos convexos o cóncavos, que representan los objetos tal y como los reciben, pero que nunca los reciben tal y como son.”
(Joseph Joubert)


Contó Piglia que Kafka fue un lector muy intensivo, de un solo libro (cada vez y de cabo a rabo) y muy lentamente masticado y digerido. Dickens fue uno de sus escasos autores preferidos. En el polo opuesto nos cuenta que se sitúa  Borges, primero heredero de una amplia biblioteca paterna y luego, hasta que el peronismo lo puso de patitas en la calle (disculpen el sórdido dato sociológico), empleado bibliotecario (lugar ese donde un libro inevitablemente remite a otro libro y ese otro igualmente a otro y así se eslabonan…), leyó mucho, muchos libros y muy diversos y además en distintas lenguas (hasta que en 1953 y tras varias operaciones poco exitosas quedó ciego y, según Piglia una vez más, el Borges que ya no podía leer ‘directamente’ ni tan siquiera sus propios escritos, aunque estos por entonces fueran dictados, ya fue irremediablemente  otro Borges, muy inferior, de muy diferente calidad que el anterior a la pérdida de la visión). Pero cuando aún podía leyó poca o ninguna novela, simplemente porque no le gustaba el género. Sin embargo en ciertas ocasiones seguro que alguna leería porque no le quedara más remedio, por ejemplo cuando tradujo novelas de Faulkner (quizás por eso conoció y estudió la prosa de Faulkner diez años antes de que Sartre – autor que, en 1970, también quedó ciego y, ante la imposibilidad de escribir y leer, exclamó: ¡estoy destruido!) ‘descubriera’ al autor de “¡Absalón, Absalón!”...  aunque también se conjetura, recuerdo haberlo leído en alguna parte, que era su querida mamá la que, en mayor parte, ‘irrealmente’ traducía. Pero también está documentado  que del cuentista Borges nada o casi nada sabemos con certidumbre –ni siquiera que es falso-.



A Borges se le adjudica la invención de la ‘ficción especulativa’ (Piglia lo elogia, además de por agudo e inteligentísimo  lector, como inventor de procedimientos narrativos que los afortunados que han venido detrás, y cita entre otros a Onetti y su ‘Vida breve’, han podido utilizar, beneficiarse, ya sea con mejor o peor fortuna).

Como es bien sabido la ficción no es verdadera ni falsa, la ficción no es asunto verificable, sólo es o puede llegar a ser, a lo sumo, opinable. Precisamente por eso opino que toda la obra de Borges, tan ‘bien escrita para no decir nada’ como opinaba Canetti, padece de ‘irrealidad’ (sin duda un refugio cómodo, seguro y placentero para el autor): ‘irrealidad’ que en ocasiones se pretende (en el contexto textual) ficción o ficción que cuando conviene se traviste o transforma en ‘irrealidad’, por supuesto, en lo textual.

En suma una ‘irrealidad’, como se puede comprobar en su muy celebrado (y en mi opinión muy sobrevalorado), “TALÖN, UQBAR, ORBIS TERTIUS” muy bien dosificada y ordenada de acuerdo a leyes tan ‘irreales’ como, gracias a oportunos apuntalamientos, realísticamente verosímiles. Pongamos un ejemplo: un enclave físico  inventado, irreal, inexistente, que es rastreado estérilmente en un mapa que por el contrario es real, materialmente existente, obra por lo demás de un autor (editor) también real que verdaderamente (históricamente) existió, llamado Justus Perthes, y que mercadeó entre otros productos, mapas y atlas para ganarse el sustento, o sea la vida, la real, inmerso como estaba en la concreta realidad social (esa vieja ramera), económica y política que le tocó realmente vivir (con lo atroz y lo banal). Bien, pues sirva de pequeña muestra de irrupción de lo real en lo irreal y a la inversa:

“Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres.”




O sea, que aquel que ordena la realidad –traduzco: la ‘ficción especulativa’-, fabrica, de la misma manera que construyó Felipe II “El Escorial”, el laberinto cifrado y, sin ningún propósito confesable (omitiendo o desfigurando a capricho), a continuación esconde la mano, esa misma mano que, en el contexto textual, nunca acabamos de percibir. (En ese universo de ficción, inventado, no se incluye a la chusma foránea, a los inmigrantes de otro país o de otro planeta o de otro universo real o imaginario, esos inmigrantes italianos, gallegos, polacos... a los que el señorito Jorge Luis tanto despreciaba en la realidad y, por lo visto y leído, también en su prodigiosa 'ficción especulativa'. ¿Otra intrusión de la auténtica realidad ideológica en la muy elaborada e imaginativa ficción?)

Claro está que el grosero e irrelevante detalle de la empresa editora y su industriosa producción de mercancías -Atlas y mapas estampados, impresos y encuadernados que, vaya por Dios,  precisamente no llueven del cielo (en el contexto textual borgiano, por lo que se puede leer sí), y que tampoco ‘son aerolitos’ como gustaba de repetir el maestro Piglia- allá por la era de las revoluciones burguesas entre los siglos XVII y XVIII, resultan ser ‘registros’ de realidad  que, en el improbable caso de que se hubiesen colado subrepticiamente en la narración borgiana -ficción especulativa exenta de interrelaciones gravitatorias y de modos y relaciones de producción y propiedad- la hubieran echado totalmente a perder, la habrían ensuciado, contaminado fatalmente de pringosa y hedionda realidad material (¿cosas que no merecen recordación?), de incómodos significados demasiado precisos e impúdicamente tangibles y de no menos desasosegantes conceptos contradictorios y antagónicos o, por lo menos, mucho más conflictivos que mansos y armoniosos; de documentos comprometedores, tanto para la ficción especulativa o de la especie que fuere, como para la ‘irrealidad’ domesticada o no, sobre la, en definitiva, realmente existente (no se apunta ahora en el contexto textual sino en lo real)  civilización ‘de ficción’ y su consecuente fruto e inseparable compañera, la barbarie ‘real’.

“Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto”, escribe Borges, gran cultivador del arte de la cita con o sin comillas. “Lo contrario, conveniente.”, escribió, con menos signos y un rato antes, Heráclito.


ELOTRO



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