Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 16 de marzo de 2017

13 de febrero / 2017


“Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismo”

Francisco Espinosa Maestre


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 “El significado fuera del signo es una ficción. El significado es la expresión de una relación semiótica entre un trozo particular de realidad y otra clase de realidad, la cual este reemplaza, representa o reproduce.”
(Valentín Nikoláievich Volóshinov)




He recordado esta cita a la vista de ciertos ‘signos’ (espacios, objetos e imágenes) obra del artista galo Christian Boltanski que se exponen estos días en Madrid. Doy vueltas a esa idea de que los signos (en este caso concreto los seleccionados y elaborados por  Boltanski) representan, con ‘otra clase de realidad’ trozos particulares de la que, siguiendo el enunciado, se supone verdadera realidad.

El caso es que la definición de Volóshinov me parece impecable pero, cuando la traslado a un caso concreto, digamos dentro de ‘la verdadera realidad’ (por ejemplo la ya aludida expo de Boltanski) la cosa, a mi corto entender, se complica, se oscurece, se hace menos legible o, a la inversa, te muestra claramente tu palmaria estupidez.



Quiero decir que en cuanto uno abandona la abstracción teórica y penetra en lo concreto, con todas sus capas y ramificaciones y, sobre todo, con todos sus complicados procesos interactivos, sus enrevesadas influencias recíprocas, en resumen, con todas sus continuas y enmarañadas interrelaciones dialécticas, todo se vuelve, como por otra parte no podía ser de otra manera, más complejo. O, probablemente mejor dicho: todo se nos aparece en su verdadera y originaria complejidad.

En mi experiencia particular, y tras encararme (el autor dice que nos prefiere ‘dentro’) con algunas de sus obras, montajes o instalaciones, siento cómo en primera instancia, tales obras capturan rápidamente mi atención, creo percibir que algo hay en ellas (sin duda que a través de su evidente forma bien acompañada de su correspondiente significado, y por su puesto todo ello según mi peculiar lectura) que llega a producirme un estado de cierta fascinación y que, por algún mecanismo extraño desconocido a mi propia consciencia, reclama imperativamente (¿toda?) mi atención.  El caso es que,  salvada esa ‘primera instancia’, y a poco que reflexiono sobre el asunto en cuestión, caigo en la cuenta de que ‘esa determinada percepción’ que me ha llevado en volandas a ese estado de fascinación, tiene más que ver con cierta ‘ideología emocional’, dicho en el más rotundo sentido de falsa conciencia, que con mi propio pensamiento, digamos crítico, aunque la cosa suene, una vez más, petulante.
(Y es aquí donde constato la inquietante paradoja que transcribo en palabras del propio Volóshinov: “pensamiento este que había nacido en mi conciencia ya con una orientación hacia un sistema ideológico, y él mismo había sido engendrado por los signos ideológicos que yo había absorbido antes”)




El propio Boltanski declara: “Artista es el que provoca emociones” y, efectivamente, en segunda instancia, en lo que debe ser una relectura a ser posible más atenta y ‘distanciada’, o si se quiere menos impulsiva y emocional, no resulta difícil observar que prácticamente nada en la obra de este  consagrado (claro que así catalogado por el Mercado y sus adulones y lisonjeros secuaces a sueldo), multimillonario artista francés, forma parte de un dominio específicamente histórico y social.

En realidad el intrigante Boltanski no es más que un, otro más, astuto comerciante, un artero emprendedor ‘post-conceptualista’ que, con sumo éxito, vende ‘proyectos’ artísticos a ‘insolventes’ pero muy poderosas, económicamente hablando, instituciones artísticas (no niego que además disponga de riquísimos y cultísimos  socios-mecenas) que de esa manera se nutren y se ratifican a sí mismas con la posesión y exhibición de  ‘mercancías’ de, me da la risa tonta, ese impresionante ‘calado’ cultural, emocional e intelectual.

Y comprendan que no se puede considerar como bagaje histórico sus tramposas apropiaciones (‘…y todo lo que se adquiere con trato ilícito y pernicioso’) de los trucos técnicos e instrumentales de los surrealistas: que si estilizados y esterilizados objetos encontrados -o no, al menos un montaje con 30 toneladas de ropa- en cualquier mercadillo de obligado enclave exótico; que si nostálgicas imágenes en blanco y negro tan manifiestamente  desgastadas y desvaídas que casi llegan a desvelar sus tan oscuras como artificiosas partidas de nacimiento; que si melancólicas bombillas mortecinas; que si herrumbrosos cachivaches con improbable encanto probablemente añadido en el taller de utilerías y atrezos…  o sus desvergonzadas incautaciones e infames manipulaciones de ‘signos’ como, seguimos en la expo en cuestión, los ineludibles ‘judíos’ o ‘los mineros belgas’ ya que, como se sabe, el prestigiante e inofensivo toque de pátina proletario nunca debe faltar.



Boltanski (por supuesto que en compañía de otros de su misma calaña)  envilece las formas y los significados primigenios de los ‘signos’, aquellos ‘signos’ de los que con todo descaro se adueña (tal y como hacían ciertos vaqueros de película que, primero enlazaban las reses robadas y luego les grababan, a hierro y fuego, su “propia” marca de nacimiento y pertenencia) y así, los tales ‘signos’ son despojados a su vez de sus, para entendernos, auténticas ‘raíces’ histórico-sociales. O sea, que de tal manera se consigue  borrar toda huella material de la genuina historia (y por las mismas se fabrica, con el objeto de ocupar y habitar, digo en la re-creada  ‘nueva historia’ y en la también impostada ‘memoria oficial’), del que fue el legítimo ‘lugar’ del “trozo particular de realidad” y, por añadidura, del signo original que, “en otra realidad”, lo reproducía.

Una cosa es segura (‘…se libre ejecutoria de necio y majadero sin apelación’) según la propia experiencia (‘cada uno llore en su casa si tiene qué’), siempre se encuentra ocasión, a poco que se cavile un ratito, de reír a pierna suelta sobre uno mismo y su misma sombra, digo de la propia tontería (¿Cómo es eso, que no he estado en ello?), esa que nunca, afortunadamente, osará  abandonarnos…

ELOTRO


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