Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 6 de marzo de 2017

03 de febrero / 2017







Quevedo el jocoso

“¿Ventanicas para ver toros y cañas, mi vida? ¿Qué más toros y cañas que vernos a ti pedir y a mí negar? ¿Qué piensas que se saca de una fiesta destas? Cansancio y modorra y falta de dinero al que paga los balcones. Dala al diablo, que es fiesta de gentiles, y todo es ver morir hombres que son como bestias, y bestias que son como maridos. Yo, por mí, bien te alquilara dos altos, mas mi dinero es el diablo. Quítate de ruidos, y haz cuenta que los has visto, y verás qué tarde que nos pasamos, tú sin ventana y yo con dineros.”

(Francisco de Quevedo)

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Sin novedad en lo nuevo.


“Es una época que se distingue por cosas nuevas y en modo alguno por pensamientos nuevos.”
(Elías Canetti)

Como aquél enamorado, y bien escarmentado, que juraba y prometía que, en adelante del mal batacazo padecido, “miraría más en la mujer lo que no tiene que lo que tiene”, Canetti nos habla de lo que él estima que no tiene, ‘pensamientos nuevos’, la sociedad de su y nuestra época. Claro que  Canetti no deja de advertir, y en el mismo enunciado, del relleno que, astutamente, trata de cubrir o camuflar esa esencial carencia, ese más que notable vacío, con ‘cosas nuevas’. 

Y ahí tenemos uno de los signos, una de las ‘palabras clave’, más eficaces del llamémoslo así, lenguaje comercial cotidiano: ‘nuevas’.  Palabra clave que por cierto no es nada ‘nueva’, ya que tenemos temprana noticia de ella incluso en la ‘muy comercial’ doctrina cristiana, el evangelio, donde, por ejemplo, se hablaba con suma reiteración de ‘la buena nueva’.

En la actualidad, sobre todo en el campo del marketing y la publicidad, y referente a cualquier ‘mercado’, como podría ser por poner un ejemplo obvio el político-electoral, donde la cosa consista en ‘vender’ cualquier tipo de mercancía, la palabra ‘nuevo’ ha demostrado a lo largo de la historia,  y sigue demostrando en nuestra época, una muy perdurable y rentable eficacia que la convierten en ‘signo’ de presencia imprescindible en cualquier lenguaje comercial-político-religioso.

Si analizamos con un mínimo de rigor la mayoría de los ‘productos’ que en el mercado, repito sea este el que sea, se nos ofrecen como ‘nuevos’, noventa y nueve de cada cien veces comprobaremos que en ‘la realidad’ no tienen nada de nuevo, más allá de esa palabra clave que lo viste y trata de camuflar.

Y así se puede  constatar cómo no andaba demasiado  descaminado aquel enamorado escarmentado: teóricamente, a nivel abstracto, el producto era (tenía o aparentaba esa cualidad) nuevo, en la práctica, en lo real realmente existente, se verifica que no es (no tiene en sustancia) nada nuevo. Nada, maticemos ahora y aquí porque los astutos rufianes nunca olvidan ese uno por ciento de punto de fuga, queremos decir significativamente esencial. Porque, precisamente ese uno por ciento de esencia: sea el envoltorio, la apariencia, la imagen, etc., no puede ser considerado, desde la seriedad y el rigor, un componente esencial de ningún producto, maticemos de nuevo, de verdadera o vital importancia.

Se dice que capturamos la realidad a través del lenguaje. Pero, a partir de ahí pienso yo que nos podemos y debemos preguntar, ¿qué ‘realidad’? ¿qué ‘lenguaje’? ¿qué ‘sujeto’ que captura? Por ejemplo, e insistiendo en la palabra ‘nuevo’, si, por acotar, tomamos por ‘realidad’ el campo de acción de la producción (y de la recepción o consumo) de la  publicidad y la propaganda, ese ‘signo’ conlleva un ‘significado’ no sólo preciso (véase: recién hecho, por primera vez, desconocido hasta ahora, nunca visto ni oído…), sino que además se trata de un significado (fruto de una extraordinaria usurpación del significado originario y no menos extraordinaria sustitución por el 'nuevo' significado bastardo)  que ha sido desde hace mucho tiempo aceptado -forma parte del acervo cultural, de la gran tradición- y asimilado, interiorizado y por fin en lógica consecuencia activamente reproducido por la, falazmente llamada, ‘mayoría social’: basta un pequeño retoque en el diseño de la (cáscara) carrocería y… voilà: ¡coche nuevo! o, unos criminales fascistas prescinden de sus habituales camisas (viejas) azules, y… otra vez voilà: ¡demócratas de toda la vida!

En fin, ‘cosas viejas y pensamientos viejos’ -y no piensen, ni se me ocurre, que trato de enmendarle la plana a mi admirado Canetti- que el eficiente y pervertido lenguaje del poder –al que cada día y de manera dócil cuando no entusiasta consentimos en hacer nuestro-, nos ofrece como originales primicias e innovaciones: ‘cosas nuevas y significados nuevos’… pero, y no se pierdan el gesto de aristocrática displicencia, sin necesidad de matizar, sin prejuicios, con absoluto descaro… total, la chusma (nosotros como ‘individuos’ y ‘masa’), no resulta ser más que una atomizada amalgama compuesta por incontables  ‘sujetos/objetos’ que, en el proceso continuo de su ineludible  relación social, lo captan todo (no se emocionen, es un decir), incluidas esas cosas ya dadas: conceptos, categorías, realidades materiales y concretas llamadas, sin demasiado tino,  ‘lenguaje y realidad’, a través de los imprescindibles, ‘esenciales’ y, por supuesto,  monopolizados codificadores de propiedad exclusiva, digo del poder, el de facto,  el que gusta de ejercer “con más colmillos que treinta mastines”.

ELOTRO



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