Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 5 de marzo de 2017

02 de febrero de 2017




ELÍAS CANETTI
LA PROVINCIA DEL HOMBRE
(CARNET DE NOTAS 1942-1972)

“Los aduladores apasionados son los hombres más desgraciados del mundo. De vez en cuando les acomete un odio feroz e imprevisible contra la criatura que durante mucho tiempo han estado adulando. No son dueños de este odio; por nada del mundo pueden amasarlo; ceden a él como un tigre a su sed de sangre. Es un espectáculo sorprendente; el hombre que antes, para su víctima, no tenía otra cosa que palabras de la más ciega adoración, retira cada una de estas palabras y las convierte en una serie de dicterios igualmente exagerados. No olvida nada de lo que hubiera podido agradar al otro. En medio de su enloquecida rabia, recorre la lista entera de sus viejas melifluidades y las traduce justo a la lengua del odio…”

Libro completo aquí:


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Desde el subsuelo/subterráneo…


Cuando escribo me saco la lengua a mí mismo, también me arreo soplamocos o me propino bofetadas limpias, de las que, eso pienso, solo yo -el que al mismo tiempo que las ejecuta,  las padece- estoy en condiciones de percibir como tales, y por lo tanto de registrar convenientemente.

Se trata de una especie de ajuste de cuentas conmigo mismo cuando al hilo de lo que escribo, de lo que voy escribiendo,  me parece pertinente, como primer y privilegiado lector, bajarle los humos al “autor” y ejercer, de manera simultánea y de forma relativamente privada, el papel, al propio tiempo, de verdugo y víctima.

Cierto que no siempre el “autor” recibe de buen grado la regañina del “lector” (y además casi siempre se siente injuriado, lo que descubre su ya palmaria e innata estupidez), pero así son las contradicciones en el seno de la lucha del intelecto uno y no trino (¿o existe un tercero infiltrado?).

Por supuesto que todo “autor” prefiere, aunque no lo reconozca públicamente, un “lector” incondicional, rastrero y siempre pronto a aplaudir con el ardor entusiasta de un lacayo adulador. Eso se comprende, porque bastante tiene uno, en el papel de “autor”, con el sempiterno enemigo “exterior”. Pero al final, viendo lo insoluble de la cosa, el “autor” se resigna, aunque de cara a la audiencia prefiera decir cachazudamente que se acostumbra, no sólo porque suena mucho mejor, sino porque resulta a todas luces menos (auto)humillante.

La (auto)venganza (‘un odio sirve de combustible al otro, cuando el sentimiento de venganza nos domina, no somos accesibles a ningún otro sentimiento”) del ofuscado e intolerante  “autor” sobre sí mismo, o sea, el impertinente y quisquilloso “lector” que también es sincrónicamente, acostumbra a consistir en régimen de  riguroso ninguneo (lo que con frecuencia suele acabar incubando un odio incurable entrambos), o sea otra vez, en que aquél, a la hora de escribir, lo hace como si no tuviera al “lector” dentro, delante o simplemente espiándole por encima del hombro, y como si sólo lo acompañara y rodeara el vacío (“Yo soy yo, ellos son todos”).

De tal manera que mutuamente avivan -rehén uno y otro y otro y uno de una lógica confusa-, un absurdo y dañino rencor que a ambos ciega y debilita a partes iguales… pero, ¿qué digo? A partes iguales de (auto)ceguera y (auto)desgaste que, finalmente suman en la misma y única casilla realmente existente, la totalidad integral. Porque es tan obvio en el caso concreto de éste “autor” y éste “lector” el hecho incontrovertible de que inseparablemente  navegan en el mismo barco que…

Es necio, no lo discuto, pero como solía decir aquel cuando peroraba sobre las ininteligibles automutilaciones en el seno del pueblo: “no sólo puede suceder sino que sucede realmente”. Y sí, cuanto menos se comprende, más duele. Y sí, mírese como se quiera, pero lo peor de todo es entregarse a la voluptuosa inercia del autoengaño, es silenciar este sindiós, porque cuanto más se silencia, menos se comprende la cosa y más acaba doliendo.

No sé si consigo esclarecer algo o no hago más que escribir una sarta de disparates para no explicar nada. Hablo, (conmigo mismo) sobre esto porque me gustaría saber si (el otro) otros sienten la misma rabia y el mismo horror ante la hegemónica y aplastante convención que ,con arrogante chulería,  “recomienda” (a los ilusos que aún se resisten), como única alternativa, hacerse cargo y subirse, como sea y dónde sea, al carro de lo que hay, de lo dado, de lo “irremediable de la situación”.

Apostaría que piensas, vengativo “lector”,  que escribo esto de una manera afectada para lucir mi ingenio y así ocultar, según tu atormentada y rencorosa imaginación, la que según tú sería mi auténtica y cobarde, que no prudente, condición de intelectual solipsista… pero… “lector” y señores lectores, me es en absoluto indiferente lo que podáis pensar (nunca he tratado de justificarme con los demás) y, por favor, dejad ya de bramar como toros y de hacer aspavientos, y aceptadlo como un hecho:

“Claro que no golpearé la pared con mi cabeza, si no tengo bastante fuerza para derribarla; pero no voy a reconciliarme con ella por la sencilla razón de que es una pared de piedra y no tengo fuerzas”

(Dostoievski o Dostoyewski, “Memorias del subterráneo o subsuelo”, como prefieran)


ELOTRO

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