Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 4 de marzo de 2017

01 de febrero / 2017



“Conductas que no estaban en mi temperamento -confiesa el personaje que escribe las ‘Memorias del subsuelo”-, que quizás eran fingidas, sacadas de los libros.”

Y llama poderosamente la atención leer a estas alturas del siglo XXI lo de “sacadas de los libros”. Qué tiempos tan bonitos y singulares debieron ser aquellos en los que la lectura aún podía ser de gran ayuda, podía conmover los corazones y producir gozo o, en ciertos casos, aburrir solemnemente y, por si fuera poco, y según podemos deducir de este escueto enunciado, el libro, o sea, principalmente la literatura, disfrutaba además de suficiente poder e influencia sobre las costumbres, hábitos y comportamientos sociales.

A partir de esta cita de Dostoievski, uno se aventura a preguntar, ¿de dónde ‘sacamos’, nosotros, en estos tiempos vertiginosos, en estas sociedades del espectáculo y la comunicación instantánea y globalizada, los modelos ejemplares, los patrones, las hormas que nutren, guían y marcan los límites y objetivos de nuestros valores, creencias, relaciones y conductas? Resulta innegable que los tremendos avances tecnológicos han multiplicado los “sitios” que desinteresadamente nos ofrecen utilísima  “información” y más que suficiente para que “saquemos”, libremente y en el momento en que nos apetezca, tanto modélicas conclusiones como sólidas convicciones, incuestionables certidumbres, asamblearios dogmas o flexibles doctrinas que nos ayuden, llegado el caso, a discernir, a distinguir en cada encrucijada vital, el Bien del Mal, y que además y por el mismo precio nos “echan un capote” en nuestra desigual lucha -ya saben que el maligno y sus secuaces conocen de sobre los puntos flacos de nuestro débil carácter-, contra las infames, y no por ello menos seductoras, fuerzas del Mal.

En nuestros días, permitidme una nueva digresión, por fortuna para las personas de orden, no es difícil dar con esos utilísimos “contenedores” o puestos de avituallamiento, emitiendo 24 horas al día durante 365 días al año sus iluminadoras informaciones, prácticas ideas y consejos e imprescindibles creencias “democráticas”.
Además eso de “sacar” de los libros o de dónde sea, es ya en nuestra modernísima época, un anacronismo ridículo. Ahora te lo ponen todo en casa, te lo estiban todo en tu propio caletre, ningún esfuerzo se exige por tu parte, “ellos” se encargan gustosamente de todo, no sólo de la adecuada producción ideológica sino también de su eficaz y  global  distribución, o sea, del incesante y generoso bombardeo de víveres sobre tu mente, sobre todas las mentes que se ponen a tiro, que, por cierto, son, sin más remedio, todas.

Una televisión en cada mansión, casa o chabola, como mínimo. Por no hablar de las pantallas que se ubican en las calles, en los cines, en los transportes públicos, en las tabernas, en los escaparates, en los estadios, en las salas de espera a Godot… ni de las “exclusivas” pantallas, como mínimo una per cápita, de los imprescindibles teléfonos (computadoras) inteligentes y sus no menos imprescindibles conexiones a Internet y a la Policía de la porra y el pensamiento. Si no es mucha molestia calculen ustedes aunque sólo sea a ojo de buen cubero, y ya puestos comparen, cuantas casas o sórdidos sótanos contenían en su seno al menos un, digamos “influyente”, libro en aquel “romántico” Petersburgo de Dostoievski, y así quizás se podrán hacer una idea aproximada de lo complicado que resultaba, con esa alarmante escasez de instrumentos y medios cultural e ideológicamente  “influyentes” (incluyamos las activísimas sedes de propaganda y sermoneo religioso), principalmente para el Estado, y su fidelísima Iglesia, su noble Policía y su honesta Justicia y leal Prensa, controlar, orientar y educar a la más que vulnerable y no por eso menos  estúpida población, allá en la deliciosa, comprenderán que tal situación de confort no podía ser disfrutada por todos, Rusia zarista del siglo XIX. 
Malditos bolcheviques…

ELOTRO



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