Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 31 de marzo de 2017

28 de febrero / 2017

Rafael Chirbes:
"Tenemos gobernantes que la población ha descubierto que no los representa"


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“Dicho en pocas palabras, odio a todos los dioses”
(Prometeo)


Palabras que siempre están en el candelero o palabras que siempre caen en el vacío. Quien dice palabras dice discursos, ideas, pensamientos… unos siempre en boca (de los todopoderosos medios de desinformación) o en mente (¡ y qué remedio!) de todos; y otros, palabras, pensamientos, ideas, discursos… a los que no se alude ni de pasada, entiéndase que en público, porque ya se sabe, mediante algunos libros de historia y literatura, que los asuntos realmente importantes los suele debatir y resolver la élite del poder a puerta cerrada y con los postigos echados. En la realidad práctica realmente existente, ése y no otro es su verdadero, y único, concepto de ‘democracia’.  Cosa que se puede comprobar, insistimos que en ciertos libros de historia o en cierta literatura, y también y sobre todo en su grosero pero muy eficaz contrapunto, en la omnipresente versión del productor, la hegemónica y militar por supuesto, la que figura en todos esos libros de bachillerato que ‘preparan’ (las supuestas instituciones de enseñanza sólo fabrican mentecatos cuya única virtud consiste en la obediencia ciega al poder establecido), para el matadero productivo y consumista, a nuestros indefensos estudiantes (cierto que ya previamente idiotizados desde el mismísimo destete). Nos referimos como ya habrán adivinado a la muy ejemplar ‘Inmaculada Transición’: aquel ‘pacífico’ trasiego (que dejó en pie las columnas del edificio fascista) que nos llevó en volandas desde el ‘apacible’ franquismo con Franco, tirano que firmó penas de muerte contra los luchadores antifascistas  incluso en puertas del último suspiro, ya entubada la sabandija y todo, hasta la prolongación del mismo franquismo con el maleable muñeco Borbón en la sima, elemento escogido democráticamente por el dedo del dictador, en tiempos no tan lejanos amigüito del alma tanto de Hitler como de Mussolini, y cariñosamente conocido entre sus pares curtidos en las matanzas de rojos como ‘Paca la culona’, y, ya por último trámite, y quizá en primer lugar, el preceptivo ‘OK’ del auténtico amo del universo: USA.

Y bien cierto que la faena de aliño se decoró con unas ilusionantes elecciones, testicularmente expurgadas (respaldándose en la vieja cantinela de intenciones malignas, ideas perniciosas, tendencias separatistas…) de candidaturas sinceramente republicanas o postulantes del subversivo derecho a la autodeterminación. Y referéndums debidamente afeitados y apucherados, y, como estaba pactado y bien atado (unos pocos ilusos pugnaron por desatar el nudo, y enfrente la élite contante y sonante por apretarlo. Y ya saben…), sin la más mínima alusión a la bicha fascista, que seguía y sigue bien apalancada y gustosamente amorrada a los poderes y poltronas del Estado.

Todo ello permitió a los criminales y cómplices franquistas, y a sus ya creciditos cachorros, salir  a la calle pulcramente disfrazados (sin incómodas alusiones a la vieja camisa azul y a las cunetas sembradas de cadáveres de rojos)  de honrados demócratas de toda la vida, tan tranquilos (no puede negarse que el éxito seguía y sigue coronando su ‘obra’), sin enrojecer de vergüenza por motivo de la indeleble sangre que, desde el golpe militar de 1936, engalana sus manos y sus copiosos  bienes ‘incautados’.

Pero algunos, a pesar del tiempo que llevan ensombrecidos  los cielos, aquí seguimos, sólo por estorbar a las intenciones del Poder (del capitalismo) en la parte que nos toca. E invocando a Prometeo como hizo Marx:

“Jamás por tu servidumbre trocaría yo
mi desdichado sino, puedes estar seguro”


ELOTRO



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jueves, 30 de marzo de 2017

27 de febrero / 2017

Pierre Bourdieu
CAMPO DE PODER, CAMPO INTELECTUAL


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“Ayer todavía un héroe, y hoy nada más que un canalla.”
(H. Heine)


Leo que “los sentidos te dicen que el sol no tiene más que dos pies de diámetro” y que, en otras palabras, menos mal que el intelecto, si se da el caso de un espíritu inquieto, puede ayudar a corregir la trayectoria del tiro. Epicuro más Kant, se lee también y como conclusión en el mismo papel impreso… lo que, según mi corto pero atrevido entender, parece sostener la idea de la esencia complementaria, nada de  contradicciones antagónicas o excluyentes, de las diversas, y en cierto sentido implícitamente parciales, insuficientes o fragmentarias, escuelas o tradiciones filosóficas.

¿Se imaginan un puzle, por supuesto que ahistórico y adialéctico,  donde cada pieza, (es decir, cada escuela filosófica ya sea idealista, materialista o, simplemente que no sea…), encaje con absoluta precisión (hasta disolverse en el conjunto, fundirse y terminar por hacerse uno) y así agregue su parte, o sea, su específica y exclusiva aportación a esa ¿imaginaria? forma perfecta y acabada del rompecabezas:  ‘todo’ filosófico?
Sería ‘ideal’, o quizá mejor dicho ‘idealista’, ¿no es cierto? Pero, ya se sabe cómo va la cosa: que las ‘equivocaciones’ teóricas (irreal agudeza filosófica y real miopía política), siempre pensando en la realidad práctica, sean duraderas.
O, para que PODEMOS entender: el filisteísmo puro (OTAN, EURO, UE…) bajo el demagógico disfraz de un supuesto pensamiento que, mediante necias declamaciones (estupendamente difundidas ‘urbi et orbi’), farda, en el más deplorable sentido de la palabra, de plural, moderno e …innovador que te cagas por la pata abajo.
(¡Hecho histórico nunca visto hasta ahora… que PODEMOS gracias a PODEMOS!).

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Escucho a Chirbes reflexionar sobre su experiencia de lectura en los soportes digitales, el libro electrónico o la pantalla de la computadora. Cuenta que salvo los titulares de la prensa digital, prefiere leer en papel, y que cualquier artículo que, en principio le pueda interesar, lo manda inmediatamente a la impresora. Comenta de la lectura en pantalla que los contenidos se le olvidan casi completamente al poco rato, que prácticamente al cabo de las pocas horas descubre que no ha retenido prácticamente nada, a todos los efectos como si no hubiera leído. Lo achaca en parte, su inadaptación a los susodichos soportes, a factores como la edad o los hábitos y costumbres de lectura adquiridos y cultivados desde la niñez. Refiere que su manía de anotar, de subrayar, de volver a una página anterior, de repasar una nota a pie de página,  frente a la pantalla se le hace cuesta arriba o prácticamente imposible… y añade argumentos sensoriales, de interrelación o manejo del objeto, el acariciante tacto sobre las cubiertas o las páginas, el olor y la visión del papel, las tintas, la encuadernación… y sin embargo no dice nada sobre la roja e irritada sequedad y el cansancio de los ojos.

(Me acuerdo que alguien en cierta ocasión quiso regalarme, en papel, el libro de Tanizaki: ‘El elogio de la sombra’, y se lo agradecí pero rechacé el obsequio arguyendo que ya lo tenía en formato electrónico y además, añadí muy hinchado, ‘de gratis’ vía Internet. No es lo mismo, me previno, y menos aún en el caso concreto de este libro (colmado de vibrantes colores, texturas, sabores, luces, sombras, olores…), que ella ya había leído y sentido y que el pomposo que ustedes saben no. Y ya se pueden imaginar que, página tras página digital, pude comprobar que mi generosa, en todos los sentidos, amiga tenía toda la razón. Si no han leído aún el libro de Tanizaki, quedan avisados, aunque también es bien sabido que nadie escarmienta en pantalla ajena…

Recuerdo haber leído en Levrero argumentos parecidos a los de Chirbes, aunque Mario si enfatizaba los temitas de la iluminación (la interna del aparato y la externa del ambiente) y el mortificante sufrimiento de ojos. Por mi parte y a la hora de valorar procuro deslindar según qué pantallas. Ocurre que con el libro electrónico, que nunca leo con la luz retroproyectada, no noto que canse o fastidie aún más mis ya de por sí muy castigados ojos. Y aunque comparto casi las mismas quejas de Chirbes y Levrero en todos los demás aspectos, resulta que siempre ando sin un cobre en el bolsillo y que a través de la red suelo conseguir libros electrónicos que me interesan y no encuentro en las bibliotecas públicas que, por cierto, cada vez están peor abastecidas y más desatendidas y caducas (hay ejemplares que, a corta distancia,  apestan y con tal cantidad de mugre encima que ni con guantes, mascarilla y traje de buzo).

Sin embargo la pantalla de la computadora al poco rato se me hace literalmente insoportable. Por eso he reducido al máximo la lectura, y la propia estancia frente al monitor. Lo siento además de por ciertas lecturas que he suprimido, especialmente por las gozosas horas que me pasaba navegando y copiando imágenes y tratándolas con las herramientas del prodigioso photoshop. Mi recurso para seguir leyendo aquello que me interesa de la red no es el mismo que emplea Chirbes, ya que el precio de los cartuchos de tinta de la impresora me resultan absolutamente  prohibitivos. Lo que hago (todo de gratis: la lectura y el archivo), es copiar el texto, transformarlo en EPUB y cargarlo al lector electrónico. No es lo mismo que en el papel pero…

ELOTRO



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miércoles, 29 de marzo de 2017

26 de febrero / 2017

Macedonio Fernández - De Andrés Di Tella - (1995)


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“La buena letra es el disfraz de las mentiras”
(Rafael Chirbes)


Y quien dice la ‘buena letra’, bien puede decir ‘El gran estilo’. Proust, por su parte, aunque con toda lógica ‘formal’ (¿no todo está relacionado bajo la bóveda celeste?) se pueda pensar que no existe la menor conexión con lo anterior, escribió en ‘Sodoma y Gomorra’: “Las teorías y las escuelas, como los microbios y los glóbulos, se devoran entre si y con su lucha aseguran la continuidad de la vida.”
Luchan (y todo apunta a que no lo hacen sólo por pasar el rato) y se devoran entre sí, luchan a vida o muerte, y el vencedor lógicamente acaba con su víctima y, a renglón seguido: lo engulle o no, ¿somos lo que comemos que decía Feuerbach?

Y hablando de engullir y devorar, Freud escribió lo siguiente, de nuevo no sé si concordante o no con las citas anteriores:

“Un padre despótico, celoso, que guarda para sí toda mujer y que expulsa a los hijos que van haciéndose adultos, sin más” (…) “Un buen día se alían los hermanos expulsados, y matan y devoran al padre, con lo cual dan fin a la horda paterna. Unidos se atreven a llevar a cabo lo que por separado les hubiese resultado imposible… E despótico primer padre fue con certeza el modelo temido y envidiado por cada miembro de la grey fraterna. Ahora, en el acto de devorarlo, logran identificarse con él, apropiándose cada uno de ellos una parte de su fuerza. El banquete totémico, quizás la primera fiesta de la humanidad, sería la reproducción y la conmemoración de este memorable acto criminal, en el cual tantas cosas tienen su origen, como por ejemplo las organizaciones sociales, las limitaciones morales y la religión.”

Fue Nabokov, lo que, dicho sea de paso, no deja de tener cierta gracia dada su autoproclamada condición de ‘ser superior’, quien escribió, y lo haría con toda probabilidad en un inusual momento de tristeza y confusión mental, el siguiente aforismo que él mismo se apresura a calificar, con su acostumbrada y farisea malevolencia, de antidarwiniano:

“El que mata es siempre inferior a su víctima”.

Seres superiores y seres inferiores, el opuesto binario preferido del señorito de mierda apellidado Nabokov, al que, según él mismo cuenta en sus aristocráticas memorias, los bolcheviques despojaron de las canchas de tenis familiares, y unos modestos terrenitos con una chabola valorada en unos dos millones de dólares de la época (la propiedad privada, a lo ‘superior’, debe de ser un acontecimiento fortuito), en las que se ganaban el mendrugo ciertos jóvenes zoquetes ‘inferiores’ que, descalzos, sucios y malolientes, le “recogían’ las pelotas al acicalado niñato y familia. Me repito sí, pero a sabiendas.
Las obras del muy reaccionario y muy elitista Nabokov (cualidades ambas en parte de origen natural y en parte cultivadas), técnicamente perfectas o casi, apestan a rancio clasismo aristocrático, a un demagógico racismo y, por no cansar, a un ridículo anticomunismo infantiloide. 
En “Pálido fuego” el genial Vladimir borda la faena:

…cómo y por qué alguien es capaz de destruir a uno de sus semejantes (este razonamiento exige, lo sé, que concedamos temporalmente a Gradus la condición de hombre)?

El parrafito, en mi modestísima opinión de ser inferior, no tiene desperdicio. El que así se expresa no es otro que un Rey o un Zar o el propio Nabokov que para el caso es lo de menos, al que los infames rojos extremistas, bolcheviques por supuesto (el tal Gradus), han tratado de asesinar porque sí, bien que con la peculiar torpeza e ineptitud de los malos de las series de dibujos animados… lo que lamentablemente obligó al cultísimo, humanísimo y superior ‘semejante’ a exilarse en una culta, humanista y superior  universidad radicada en el paraíso anticomunista de los USA. Nabokov, en esas mismas páginas, llega a negar con su habitual jeta de granito y su usual elegancia poética teñida de  elitista displicencia, ni más ni menos que la propia existencia del macartismo en esos mismos años cincuenta, los de la caza de brujas comunistas. Digo yo que sus millones de ‘superiores’ lectores (lo de los críticos propagandistas del anticomunismo es harina asalariada de otro costal) o no caen en la cuenta del burdo engaño o se tragan con sumo gusto la rueda de molino ‘ideológica’ gracias al rico y sabroso envoltorio made in Nabokov.
Recuerdo a mi admirado Piglia (de quien resulta cuando menos curioso el paralelismo ‘profesional’, no digo vínculo laberíntico, con el prota de ‘Pálido fuego’, digo en el paraíso universitario USA, aunque en su caso sea Princeton o Harvard o la golosa Beca Guggenheim), admirado igualmente como autor y lector, alabando la exquisita técnica, casualmente una vez más de matriz  ‘borgiana’, que empleó Nabokov en su novela “Pálido fuego”, y aunque me consta que Piglia no solía olvidar hacer alusión al carácter políticamente reaccionario de escritores como Borges, Gombrowicz, Faulkner o Nabokov, en mi opinión lo hacía de forma demasiado breve y superficial que no me parece ni ‘mijita’ equiparable con la concienzuda profundidad y extensión que por el contrario empleaba en el enaltecimiento elogioso e incondicional  aplauso del aspecto (así, separado) técnico y formal de sus obras, e insisto porque puedo y me da la gana, ‘política e ideológicamente reaccionarias’.
Supongo que a veces (cuatro amplios programas de la TV pública argentina sobre Borges, imposibles sobre el ‘semianalfabeto’ Arlt, ¿no es cierto?), incluso los mejores olvidan, o prefieren oportunistamente olvidar, lo que ellos mismos nos han enseñado, a leer con calma y atención, con sentido crítico, sin olvidar que esos signos, que esos conjuntos de signos que habitan entre tapa y contratapa, poseen formas y significados concretos y convencionales (‘toda forma de arte se levanta contra la convención’ dijo Zola), de marcado carácter político e ideológico, que no sólo vienen de una historia y tradición sino que al mismo tiempo están insertos en su propio  contexto histórico y proceso social, y, en plena lucha (de clases sociales, entre ‘eruditos superiores e iletrados inferiores’, entre ‘acicalados explotadores y mugrientos explotados’…) y que ‘se devoran entre si y con su lucha aseguran la continuidad de la vida.’…o quizá algo por ‘el estilo’ (ya sea ‘estilizar lo inmoral hasta que pueda ser percibido como cierta ética’ o también ‘combinar una belleza exquisita en las formas con una extrema indigencia moral en los temas’) a lo que dijo ‘el mariquita’ Marcel, que diría el último maridito, por ahora,  de Isabel Preysler.

ELOTRO



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martes, 28 de marzo de 2017

25 de febrero / 2017

“El legado teórico de la Escuela de Frankfurt”
José Sazbón

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Charles Baudelaire
“El vino de los traperos” 

Frecuentemente, al claro fulgor de un reverbero
Del cual bate el viento la llama y atormenta el vidrio,
En el corazón de un antiguo arrabal, laberinto fangoso
Donde la humanidad bulle en fermentos tempestuosos,
Se ve un trapero que llega, meneando la cabeza,
Tropezando, y arrimándose a los muros como un poeta,
Y, sin cuidarse de los polizontes, sus sombras negras
Expande todo su corazón en gloriosos proyectos.

Formula juramentos, dicta leyes sublimes,
Aterra los malvados, redime las víctimas,
Y bajo el firmamento cual un dosel suspendido,
Se embriaga con los esplendores de su propia virtud.

Sí, esta gente hostigada por miserias domésticas,
Molidos por el trabajo y atormentados por la edad,
Derrengados y doblándose bajo un montón de basuras,
Vómitos confusos del enorme París,

Retornan, perfumados de un olor de toneles,
Seguidos de compañeros, encanecidos en las batallas,
Cuyos mostachos penden como las viejas banderas.
Los pendones, las flores y los arcos triunfales

Iérguense ante ellos, ¡solemne sortilegio!
¡Y en la ensordecedora y luminosa orgía
Clarines, sol, aclamaciones y tambores,
Tráenle la gloria al pueblo ebrio de amor!

Es así como a través de la Humanidad frívola
El vino arrastra el oro, deslumbrante Pactolo;
Por la garganta del hombre canta sus proezas
Y reina por sus dones así como los verdaderos reyes.

Para ahogar el rencor y acunar la indolencia
De todos estos viejos malditos que mueren en silencio,
Dios, tocado por los remordimientos, había hecho el sueño;
¡El hombre agregó el Vino, hijo sagrado del Sol!

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Decía el gran Rafael Chirbes que vivimos inmersos en una contradicción tremenda. Si eres un ignorante:  cualquiera puede hacer contigo lo que quiera; y si por el contrario eres alguien con cultura (recuerden: el cultivo y cuidado de cosechas, animales y de las facultades humanas) estás a punto de ser un hijo de puta siempre (contra los inferiores, los  iletrados).

En realidad sus novelas no tratan más que de ese, a la vez, sencillo y complejo asunto. O sea, de cómo a través de la ‘cultura’, específicamente en su caso de la cultura de la opresión,  explotación y represión del otro, consigue una élite apoderarse del dinero, el poder y el sexo. Es así, ‘cultivando esa cultura’, como un enano que lo es o se lo ha llegado a creer, ya sea piltrafilla físico o mental o ambas versiones en una, se convierte milagrosamente en un gigante poderoso (porque en la realidad práctica, su dinero, sus bienes, pueden someter a su antojo a multitud de colosos, aunque menesterosos, físicos o mentales o ambas versiones en una), en un ‘ser superior’ que dijo, (cierto que siglo y medio después de que lo enunciara Cánovas para justificar el reparto de las riquezas de  España entre las famosas ‘200 familias superiores’) el buen lacayo  Butragueño de su amado amo Florentino Pérez. A lo largo de su obra, Chirbes nos ha mostrado las muy diversas trayectorias de estos variopintos ‘enanos’ hideputas que, habiendo nacido ya de alta cuna, los más, o muy por el contrario en el bajo arroyo, los menos, han sabido (más bien podido) armarse de esa determinada ‘cultura’ que, a modo de afilado machete, les ha permitido:  ora bien abrir trocha, ora bien cortar pescuezos adversarios en el seno de la salvaje selva que son las sociedades del capitalismo tardío donde nos ha tocado, ay, sobrevivir.

O por decirlo en otras palabras, Chirbes nos cuenta su versión ‘contracultural’ de la oficialmente conocida como ‘Inmaculada Transición’, y el papel que a su juicio interpretaron todos o casi todos sus protagonistas, tanto títeres como titiriteros, ya sea en los oscuros despachos, entre bastidores o sobre las tablas iluminadas y, para completar el cuadro, no puede faltar la audiencia electoral, el minoritario y culto y respetable público del patio de butacas o el algo menos culto y pudiente que ocupa el gallinero y, por último,  la chusma enfadosa e ignorante que, convenientemente idiotizada o no, prefiere el consuelo del fútbol, las telenovelas y la triste vida de los ricos y famosos…

ELOTRO

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lunes, 27 de marzo de 2017

24 de febrero / 2017


José Sazbón
“El fantasma, el oro, el topo: Marx y Shakespeare”



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“La distancia retrospectiva magnifica las cosas.”
(Vladimir Nabokov)

‘Aquí es donde papito orina’, ingeniosísima frase que, a punta de navaja  grabada por un anónimo pillo, luce sobre la vieja corteza del nogal bajo cuya sombra, el mismo  cagatintas que les narra, solía leer, dibujar o echar una cabezada algunas tardes. Puestos a suponer seguramente se trata de una vulgar travesura de estudiante para impresionar a alguna rolliza y vegana moza, ya sea del lugar o más bien  foránea y  con gustos o vicios pelín escatológicos. Y por supuesto cinéfila del de ‘pensar’, o sea, de ese cine que de tan intelectual  incluso permite ver cómo crece la yerba…

Desde que la granja vecina fue reemplazada por un moderno autocine, el pequeño bosque que lleva siglos escoltando al río monte abajo, ya no parece ni por supuesto es el mismo. Y no se trata sólo de las continuas e injustificables agresiones a la abundante flora y a la escasa pero muy valiosa fauna que lo puebla o por mejor decir que lo poblaba, (cosa que ya sería motivo más que suficiente para confinar ‘una buena temporada en el infierno’ –me refiero a un averno del respeto a la naturaleza incluyendo a los propios congéneres- a todos estos zafios, por más que ‘preparados y pedantes’, especímenes. Esas cosas enconan.), sino que desde el funesto día de la espectacular inauguración  del moderno centro cultural cinematográfico,  ocurre que muchos, esos que integran la mayoría de siempre,  de los cultísimos forasteros que a su irresistible llamada acuden con indisimulado entusiasmo, suelen utilizar el bosque y alrededores, sin parar mientes, para realizar ‘de gratis’ sus mas variadas y vanguardistas performances: bien como retrete, bien como vertedero de basuras, bien como taller mecánico o discoteca o barbacoa o burdel con encanto al aire libre…

En fin, que es lo que hay, ‘Mucho ruido y pocas nueces’ bajo mi nogal preferido… cosas de la civilización y el progreso que dicen en ‘los papeles’ los apologistas del capitalismo. Los mismos ‘papeles’ que un día nos cuentan que ha aparecido en una playa una ballena muerta (para consternación de tirios y troyanos y las asociaciones pro-vida de los neonazis), con varias toneladas de bolsas de plástico en sus perplejas entrañas. O que no dicen ni ‘por la gloria de su mare’ que un centro comercial-cultural como la FNAC, propiedad de antiguos revolucionarios y anticapitalistas con orígenes trotskistas, te cobra diez céntimos de euro (16 de las antiguas pesetas si quieren interiorizar la estafa) por una bolsita de plástico impresa en verde esperanza, para así poder transportar cómodamente la publicidad del negocio y el libro que acabas de comprar sobre el temita de moda: ‘eco-capitalismo con rostro humano de emprendedor’. .. y, a más a más, a la nuclear de Garoña, mil años de prórroga… total lo de Fukushima ha quedado, lo han blanqueado, en nada…
En fin, en fin, the end… en el autocine, y ahora llega lo mejor: todos a mear y cagar al monte… ¡al Monte sin Piedad!


ELOTRO

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domingo, 26 de marzo de 2017

23 de febrero / 2017

“Poesía vertical”
Roberto Juarroz


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“Cada árbol tiene su savia y su sombra”
(V. Nabokov)

El motivo es sencillo, esté donde esté, siempre tiene la cabeza en otro lugar, lejos o cerca de allí poco importa, y lo que también suma, enredada en otros lejanos pensamientos. No se trata pues de una conducta exactamente voluntaria porque él no controla lo que le ocurre, pero es incontrovertible que así aparece ante los otros, y de ese modo resulta percibida y valorada, tarde o temprano, por todos como el rasgo definitorio y característico de su personal conducta. Y no es ese, lamentablemente, un comportamiento fácil de entender para nadie o siquiera de encajar como, pongamos: llevadero misterio inexplicable. No, nunca debemos olvidar que vivimos como vivimos y entre quienes vivimos, y tal realidad hay que afrontarla guste o no, que de ahí deriva la manera.

Y esa es pues, al menos ‘a juicio de todos’, su obtusa, que no le conceden siquiera errónea, manera de estar en el mundo. Y el mundo, ¡ay, el puto mundo!, cuando se percata del que por otra parte e indudablemente es, aunque no buscado, su ‘afrentoso’ proceder, responde al supuesto agravio y, con loable aunque inoportuna presteza, castiga desde su posición ventajosa sobre la inalcanzable poltrona inquisitorial, al ya réprobo infractor. Y lo hace con su severo repudio, su innegociable decreto de exclusión y consecuente expulsión a las tinieblas exteriores, acompañada, por si las dudas, del más inquebrantable de los desprecios.

(…todas las cosas aventajadas en nobleza y virtud, corren esta fortuna de ser despreciadas…)




La gente, toda clase de gente con las mínimas, consabidas e irrelevantes excepciones de rigor a las que hay que sumar las ocasionales primitas cariñosas, y ya no digamos las todopoderosas instituciones opresivas y represivas sin excepción, se ofende con mucha, diríase, obviando la ‘Ley mordaza’ que protege el honor de Carrero Blanco –presidente de gobierno franquista presuntamente liquidado por ETA con el presunto visto bueno de Kissinger y la CIA-  y otros recalcitrantes fascistas, incluso con demasiada facilidad. A veces da la sensación, que por elemental cobardía nunca conviene explicitar, de que gentes e instituciones ya salen ofendidas, y algunos incluso empuñando el bate, de casa o de palacio y además obcecadamente resueltas a la caza y captura de cualquier coartada, o sea, de un motivo o no-motivo, hombre o mujer, conejo o perdiz ya que, cualquiera de ellos les resultan igual de aptos como diana a tales fanáticos del gatillo, que se ponga inadvertidamente a tiro y que, en consecuencia, pueda sustentar, ya sea aparentemente, la verdadera e inconfesable condición de vengativo y justiciero pre-ofendido sin causa, al menos una causa de afuera, no inmanente, del propio soma y la propia psiquis –y también en su respectiva encarnación o espíritu   institucional-, ya sea pasada o presente, a la que poder agarrarse aun aventurando el riesgo más que cierto de achicharrarse las putas zarpas.

Una pausa y tomemos un respiro.




(…y de más a más…)

Puede ocurrir que llegue a pensar el improbable lector que lo anterior nada tiene que ver con lo que viene a continuación y, en ese caso, bien puede que acierte. Y si así no fuera, dícese lo uno o lo otro, tampoco es asunto relevante, según opina quien esto narra, ya que de largo tiene por costumbre, entre el agotamiento y la modorra, dejar para peor ocasión el rabo sin desollar…



“Veía fulano la luz por el ojo (del culo) de zutano”. Hay quien, por ejemplo, ve la guerra de Siria por el ojo del culo de los medios de desinformación imperialistas.
Y además se cree muy superior -se le nota en el tono, en el léxico, en el porte de su lenguaje escrito- al que ni siquiera se ocupa en esas cosas que nada tienen que ver, y lo dicen sin ningún rubor ni complejo, con el futbol o la vida de los famosos, al que blasona de pasar olímpicamente de esas ‘cosas’ de la política.
 Nuestro hombre, sensible y culto él, ve, porque de siempre le ha gustado estar bien informado, a un niño de aspecto petrificado, cubierto de polvo y sangre y con la mirada perdida (sin duda es fácil concluir: una víctima inocente de ‘un’ bombardeo) y además muy colocadito la pequeña criaturita en una amplia y flamante ambulancia. Y con eso ya le basta, ya no necesita más desinformación para formarse una sólida opinión, y su consecuente toma de posición, sobre el conflicto sirio en cuestión. Y tanto llega a conmoverle la imagen del casi petrificado infante, que casualmente fue portada, el mismo día, en todos los medios ‘serios’ del planeta Disney, que elige esa misma imagen, terrible y denunciadora de ‘una’ criminal guerra, como, ¡abróchense los cinturones las gentes no comprometidas!: christma de navidad. 
Comprenderán que nuestro buen y desinformado  hombre no tenga tiempo ni ganas de hacerse algunas preguntas sobre el conflicto de Siria: sobre el origen de esa guerra y sobre los ejércitos de mercenarios armados, entrenados y financiados por la CIA, la OTAN, Francia, Israel y Arabia Saudí; sobre los, viejos y nuevos, planes imperialistas de Estados Unidos contra la molesta y poco moldeable Rusia de Putin; sobre las reavivadas ambiciones neocolonialistas de Francia, UK,  Israel o Turquía sobre el pastel sirio; sobre el evidente objetivo de desmembrar y trocear Siria y de camino reconducir el temita de los cuarenta millones de kurdos que las potencias occidentales tienen desperdigados por la conflictiva región desde hace la tira de años; sobre el criminal papel de las supuestas organizaciones no gubernamentales de derechos humanos (Amnistía Internacional, Médicos Sin Fronteras…) o, en fin, sobre la auténtica identidad terrorista de esos ‘rebanacuellos’ de   White Helmets (recomiendo ver la peli “La cortina de humo” protagonizada por De Niro y Hoffman), supuestos héroes rescatadores de la absorta criatura, y que en el colmo del cinismo más despreciable han sido propuestos, por el imperio y sus colaboracionistas, incluso para el premio Nobel de la paz, claro que a este  ya poco lo podrán enmierdar. Pero ya basta, dejemos que nuestro cultureta de pacotilla se muera sin saberlo…


Sigamos: George Soros y sus empleados, sea en ‘eldiario.es’ en ‘La sexta’ o en ‘Podemos’, hacen realidad. Hablar de la realidad es hacer realidad, es intervenir en la realidad. Callar de la realidad es también hacer realidad, es también intervenir, inhibirse de intervenir es una forma, pasiva y activa al mismo tiempo, de intervenir, es una manera de tomar partido, ya sea en la realidad política, cultural o social. Hablar (mentira) y callar (verdad) o hablar sin saber o callar sabiendo son maneras distintas de hacer o deshacer cultura, son intervenciones ideológicas en la realidad. Silenciar o consentir al otro también.

(…halla cátedra para callar como las hay para hablar…)

ELOTRO



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sábado, 25 de marzo de 2017

22 de febrero / 2017






PRÓLOGO A
EL ULISES DE JAMES JOYCE
DE STUART GILBERT

]uanBenet



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Virginia Woolf sobre Joyce

“Cuando murió Joyce, pocas semanas antes que ella se suicidara, anota en el Diario (15 Enero 1941):
Me acuerdo de Mrs. Weaver, con guantes de lana, trayendo Ulises copiado a máquina a nuestra mesa de té en Hogarth House. ¿Dedicaríamos nuestras vidas a imprimirlo? Las indecentes páginas tenían un aire incongruente: ella era muy solterona, abotonada hasta arriba. Y las páginas rezumaban indecencia. Lo metí en un cajón… Un día vino Katherine Mansfield y lo saqué. Ella empezó a leer, ridiculizándolo: luego, de repente, dijo: Pero aquí hay algo: una escena que supongo que habría de figurar en la historia de la literatura… Luego recuerdo a Tom… diciendo —se publicó entonces— ¿cómo podía volver a escribir nadie después del inmenso prodigio del último capítulo? Por primera vez, que supiera yo, estaba arrebatado, entusiástico. Compré el libro azul y lo leí aquí un verano, creo, con espasmos de maravilla, de descubrimiento, y luego también con largos trechos de intenso aburrimiento…”

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Ezra Pound, en mayo de 1933 (English Journal), decía, pensando en quien leyera Ulises “como un libro y no como un diseño o como una demostración o un poco de arqueología”:
“Los paralelos con la Odisea son mera mecánica; cualquier idiota puede volver atrás a rastrearlos”.
Y propugnaba, incluso, ver Ulises, con la perspectiva de los años, como testimonio de una época histórica: …un resumen de la Europa de pre–guerra, la negrura y el enredo y la confusión de una “civilización” movida por fuerzas disfrazadas y una prensa comprada, el deslavazamiento general… Bloom es, en mucho, ese enredo.

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Borges sobre Joyce

Nació en Dublín el 2 de febrero de 1882. Su historia personal, como la de ciertas naciones, se pierde en mitologías. Una de sus leyendas dice que a los nueve años publicó un folleto elegíaco sobre el caudillo Charles Stewart Parnell: hombre supersticioso y valiente, cuya vuelta esperaron los irlandeses durante mucho tiempo, como el pueblo alemán la de barbarroja... Sabemos, con seguridad, que lo educaron los jesuitas y que publicó -a los diecisiete años- un largo estudio sobre lbsen en la «Fortnightly Review». El culto de Ibsen lo movió a aprender el noruego. Hacia 1901 publicó una diatriba contra el proyecto de que se fundara en Irlanda un Teatro Nacional. La tituló El día de la chusma. En 1903 fue a París, a estudiar medicina. Siempre lo atrajeron las obras vastas, las que abarcan un mundo: Dante, Shakespeare, Homero, Tomás de Aquino, Aristóteles, el Zohar.
Los primeros libros de Joyce no son importantes. Mejor  dicho, únicamente lo son como anticipaciones del Ulises o  en cuanto pueden ayudar a su inteligencia. Joyce trabajó el Ulises en los terribles años que van de 1914 a 192 1. (En 1904  había fallecido su madre; en 1904 se había casado con Miss  Norah Healy, de Galway.) Al dejar voluntariamente su patria,  juró forjar un libro que perdurara «con las tres armas que me  quedan: el silencio, el destierro y la sutileza». Ocho años  consagró a cumplir ese juramento. En la tierra, en el aire y en  el mar, Europa estaba asesinándose, no sin gloria; Joyce,  mientras tanto -en los intervalos de corregir deberes de  inglés o de improvisar artículos en italiano para «ll Piccolo  della Sera»componía su vasta recreación de un solo día en  Dublín: el 16 de junio de 1904. Más que la obra de un solo  hombre, El Ulises parece la labor de muchas generaciones. A primera vista es caótico; el libro expositivo de Gilbert -James Joyce's Ulysses, 1930- declara sus estrictas y ocultas leyes. La delicada música de su prosa es incomparable.  La fama conquistada por el Ulises ha sobrevivido al  escándalo. El libro subsiguiente de Joyce, Obra en  gestación, es, a juzgar por los capítulos publicados, un  tejido de lánguidos retruécanos en un inglés veteado de  alemán, de italiano y de latín.
James Joyce, ahora, vive en un departamento en París,  con su mujer y sus dos hijos. Siempre va con los tres a la  ópera, es muy alegre y muy conversador. Está ciego.
[5 de febrero de 1937]

En “Textos cautivos” / Jorge Luis Borges.

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Samuel Beckett (en texto no publicado hasta 1954), cuenta que una vez Joyce le confió: “Quizá he sistematizado demasiado Ulises”.

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Ulises
“Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:
Introibo ad altare Dei.
Deteniéndose, escudriñó hacia lo hondo de la oscura escalera de caracol y gritó con aspereza:
—Sube acá, Kinch. Sube, cobarde jesuita…”



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viernes, 24 de marzo de 2017

21 de febrero / 2017

Sobre los diarios de Ricardo Piglia

327 Cuadernos (Andrés Di Tella-2015)



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A propósito de “El talismán” de Paul Sérusier

Uno se ha pasado algunas (muy placenteras) horas de su vida mirando pinturas (o grabados, dibujos, collages, serigrafías…), obras originales colgadas en las paredes de galerías y museos o también  reproducidas en catálogos de exposiciones o libros de arte. Se trata de dos experiencias igualmente gratas pero, en cierto sentido, muy distintas entre sí, como ya analizó de manera muy perspicaz y brillante el muy inteligente mirón llamado Walter Benjamin.

Experiencias de mirar y ver muy distintas, frente al original o su reproducción, que en ciertas ocasiones se pueden complementar de manera maravillosa. Al menos ese es mi caso concreto en relación con la pintura de Paul Sérusier titulada “El talismán”.  No puedo recordar en concreto cuál fue el primer encuentro, digo la primera vez que pude ver la obra, por supuesto reproducida, y dónde. Supongo que llegué a conocer esta ‘minúscula’ pintura, rápidamente y, quizás exageradamente, convertida en ‘grandioso e histórico icono’ de la pintura moderna y, por cierto, realizada con la técnica del óleo sobre la tapa de una caja de madera que unos traducen de cerillas y otros de puros (27 x 21 cm.), en algún libro sobre el gran Gauguin o sus fervorosos discípulos, el grupo de los Nabis (‘los profetas’, en hebreo).

Sobre la realización de la obra en cuestión, según la cuentan algunos testigos ‘directos’ que vinieron al mundo, según puedo calcular aproximadamente unos ochenta años después, resulta que, prácticamente, el pobre Paul Sérusier no fue más que el estricto amanuense que pintó “El talismán” al fiel dictado de su maestro y guía Paul Gauguin.

Dicen que Maurice Denis contó que Gauguin dijo a Sérusier:
"¿Cómo ve usted los árboles? Son amarillos. Pues bien, ponga amarillo; esta sombra, más bien azul, píntela de color ultramar puro; ¿esas hojas rojas? ponga bermellón".

El lector atento ya habrá adivinado que la pintura que nos ocupa es un paisaje (de hecho el título original del cuadro, hasta que fue definitivamente rebautizado por el colectivo, era ‘Paisaje del Bois d’Amour’), un paisaje probablemente situado en los alrededores de un pueblecito de la Bretaña francesa de nombre, también mítico en la historia de la pintura, Pont-Aven

Sobre ‘El talismán’ (recuérdese, obra de 1888) se han repetido hasta la saciedad algunas cositas, exageraciones y medias verdades: “Que constituyó la base teórica de los Nabis”, “Que sentó las bases de toda la pintura moderna”, “Que rompió radicalmente con los patrones establecidos por la  pintura tradicional y liberó tanto las formas como el color, dando vía libre al  arte moderno”…

Maurice Denis: "Recordar que un cuadro, antes que ser un caballo de guerra, una mujer desnuda u otra anécdota, es esencialmente una superficie plana recubierta de colores reunidos en un orden determinado"



Sin ir más lejos, el propio Maurice Denis, que por cierto cumplía sólo 24 años cuando se pintó “El talismán”, conoció suficientemente la obra de Cézanne (al que por cierto homenajeó en un famoso cuadro de grupo), y su cronología, como para saber que los méritos ‘rupturistas y vanguardistas’ que se adjudicaban ‘en exclusiva’ a la icónica obra de Paul Sérusier, eran, cuando menos, excesivos, desmesurados, interesadamente hinchados. En cualquier caso, lo que nos enseña la historia es que Paul Cézanne fue, (entre otras pero la principal) la fuente nutricia y primigenia de Paul Gauguin que a su vez alimentó la obra de Paul Sérusier.

Pero ya basta, por esta vez, de historia y de historias encuadernadas… lo que pretendo es contarles mi particular historieta con “El talismán”, obra a la que desde el primer encuentro, que repito fue con una reproducción, miré con arrebatadora fascinación. Fascinación que se multiplicó cuando por fin tuve el privilegio de encarar el original en el Museo d’Orsay. La secuencia habitual suele ser esa, primero la reproducción y luego el original, ya con su aura, que decía Benjamin. No sé que pude ver, o percibir, ‘de especial’ en la reproducción de ‘El talismán’ que me impactó y cautivó con tal intensidad. Es seguro que por entonces no tenía ni idea de quien era su autor ni de quienes eran los Nabis, pero aquella obra, repito, aquella reproducción fotomecánica en cuatricomía, dejó en mi mente una huella, tan placentera como indeleble, que la posterior visión del original acabó por profundizar y enriquecer. Sabido es que ciertas imágenes nos seducen y cautivan, como suele decirse ‘al  primer golpe de vista’, y como es el caso que relato, mientras que otras, ni mejores ni peores pero sí evidentemente distintas, exigen, cuando menos y sin ningún compromiso por su parte, insistir y repetir.

Salta a la vista la existencia de imágenes, entre las que yo también situaría “El talismán”, que muestran, o en su caso no pueden ocultar que, por detrás, por arriba, por abajo o en su acorazado interior, atesoran ‘historia’ y que, por lo tanto y si se desea acceder a ella, a sus misterios o revelaciones, hay que penetrar su cáscara y proceder a husmear, oler, escuchar o palpar  minuciosamente entre sus múltiples capas y pliegues.  Y en sentido desigual u opuesto, también es corriente que hallemos imágenes menos dadas, al menos en apariencia, a las ocultaciones, secretos y enigmas, y que, a priori,  ni explican ni interrogan, imágenes hueras o sustanciales que, en cierto sentido o sinsentido, parece que se agotan en un pis-pas.

‘El talismán’ es una pintura que, sin ser en sus formas y tonos una copia o reflejo mimético de la naturaleza, nos muestra de manera casi abstracta pero aún así reconocible: un bosque, un camino, una  hilera de árboles al borde de un río, y un molino. Cada uno de estos elementos (que forman parte de un conjunto lleno de contrastes dinámicos y tan vibrantes como armoniosos), está configurado por una mancha de pintura plana compuesta de sugerentes  y evocadoras formas y colores. Y hablando de sugerentes formas y colores tengo a mano esta cita del libro de Nabokov que estoy leyendo: “Un Picasso de la primera época que me gusta mucho: un muchacho color tierra que lleva un caballo color lluvia”.
¡Qué bien suena eso de ‘color lluvia’!, pues sí, por ahí creo que se puede explicar en parte mi gozoso deslumbramiento primero y el posterior, mantenido y entusiasta apego que siento por esta, en muchos sentidos,­­ extraordinaria pintura.

Me parece una pintura perpetuamente inconclusa, por eso generosa e inclusiva, que pide o permite al mirón su colaboración, y que se arremangue y tome el pincel y cree su propia paleta de formas y colores, y que plasme a su manera y sobre la versión original o su reproducción, en la esfera virtual o real, la suya propia, la versión, por supuesto siempre abierta e inacabada, del que, en cada caso sucesivo,  mira y se mira en la escena…

ELOTRO



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