martes, 28 de febrero de 2017

28 de enero / 2017



“Las palomas armadas de Europa”
por Manlio Dinucci


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“Hácense leones con los corderos y corderos con los leones”
(Quevedo)

Que se lo hacen, dice don Francisco. Que adoptan uno u otro hábito según convenga a la ocasión, según oportunista entendimiento del travestido. Nótese el especial significado de ambos (conjuntos de)  signos, ya sea “cordero”, ya sea “león”. No parece que se trate, en este caso concreto, de unos significados ajenos a “lo social”, ¿no es cierto?

Se trata, por parte del poder establecido, de instrumentalizar el lenguaje, de falsificar y deformar las palabras y su sentido y  significado primigenio (aquellos que, antes de su intensa e  interesada adulteración, se habían constituido, bien que según los casos con distintos e incluso opuestos matices, acervo común de todos los hombres), de desfigurarlas y desvirtuarlas, para así desnaturalizar los signos, tergiversarlos, distorsionarlos, amañarlos: ponerlos al servicio de la ceremonia de la confusión que conviene en la defensa y consolidación del  orden hegemónico vigente.

Aunque es bien sabido (“Ojos que tal ven. Oídos que tal oyen”) y cosa de no olvidar que, la relación interna entre signo (forma) y el significado (contenido) que conlleva, no es en la práctica ni fija ni arbitraria. Pero claro, no parece que nuestro autor, al menos en este preciso caso, sitúe “la acción” en plena sabana o en bucólico prado… más bien parece, si hemos de tomar decidido partido, tratarse de una especie de  circo urbano, “ciudadano”, donde infortunadamente cohabitan esas alimañas dominantes y esos vulnerables animalitos mansos, y donde finalmente (¿por desventurado azar?) se  interrelacionan socialmente (“honra y provecho no caben en un saco”). Y es ahí precisamente donde pensamos que se encuentra la raíz del concreto significado de ambas palabras (león, cordero), o sea, en la acción social determinada, dependiente de una específica relación social (de propiedad, de producción, de dominación… en cualquier caso antagónica).

En definitiva, “no tarda si llega”, una pequeña viñeta de, “dice Marx, y dice bien”, la lucha de clases, aunque situada en los lejanos tiempos que vivió y padeció don Francisco de Quevedo y Villegas.

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“El concepto del genio emparentado con la locura, ha sido cuidadosamente alentado por el complejo de inferioridad del público”
(Ezra Pound)

Tan palabra clave es “loco”, como “cuerdo”. Una “palabra clave”, allá donde figure, nos remite automáticamente a su contraria, lo que conlleva, en la mayor parte de los casos, a que un significado dado se configura y ratifica en el congruente desafío a su opuesto, al que al mismo tiempo también corrobora en su “normal” forma y contenido convencional, usual, común. Se construye así una antítesis, cuya lógica interna nos guía, nos aboca, nos empuja  inconscientemente a aceptar un paquete ideológico con todos sus elementos ya predeterminados: el campo de batalla, los contendientes y los frutos conceptuales. Todo ello revestido de un crédito avalado por un consenso social mayoritario, única autoridad con capacidad efectiva para homologar, en la práctica, las palabras, los grupos de signos: su forma, sentido y significado en el terreno de juego del lenguaje.
Un genio es una cosa, un loco es una cosa y un genio loco es otra cosa. A un loco sin más, se le etiqueta y se le aparta, cuando no se le achicharra, y punto. Un genio sin más es una cosa mala, una existencia que humilla, por oposición, la propia existencia  de  los mediocres y sufridos componentes de la mayoría social. En cambio, un genio loco es otra cosa, es una existencia amortizable, digamos que perfectamente asimilable por la estructura social, que sabemos  compuesta por una aplastante mayoría de  elementos vulgares y corrientes que, no tienen porqué ver con malos ojos, el toque de color que representa la incorporación, por supuesto que convenientemente reglada y regulada,  de ciertos componentes extraños y extravagantes, pero que reglamentariamente desactivados, no ponen en peligro el orden establecido. Orden que, sospechan ellos, se sostiene sobre sus propias cornamentas y, a más a más, con su tácito o explícito consentimiento. Y es que a veces, como es el caso, las tinieblas no habitan en el exterior.

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“Lo que Bernard llamó el suicidio de Cézanne: Aspirar a la realidad negándose los medios para alcanzarla”

Encontrar una vía de ingreso a la realidad, no es tarea fácil, para evitar el voluntarismo infructuoso, hay que conocer el camino, el modo, el procedimiento. Conste que se descarta la arbitraria penetración, siempre traumática, de la casi inerte costra. Tras su coraza, la realidad se muestra hostil e indescifrable.

Cézanne necesitaba horas de observación para encontrar “el motivo”, y sólo cuando daba con él (¡ya tengo mi motivo! exclamaba contento), daba comienzo el trayecto, el proceso, el acto de pintar. Cuenta Merleau-Ponty que Cézanne necesitaba, aproximadamente, cien sesiones para un bodegón y más de ciento cincuenta para un retrato (la síntesis, que no la oposición, del pintor que mira y el pintor que piensa: pintar un rostro, escribió, como un objeto no significa despojarlo de su “pensamiento”. Nada que ver con ese ficticio y fraudulento “observador neutral”). Y que de palabra, con aquellos escasos congéneres con los que se dignaba dialogar, se explicaba mal, y que por esa sensación de impotencia solía perder los nervios a mitad de la propia y accidentada argumentación, y que en consecuencia prontamente buscaba refugio en el silencio oral, y que en seguida se fugaba de la realidad y pasaba a encerrarse y concentrarse en sus investigaciones, o tanteos, del lenguaje pictórico, lenguaje que también se le resistía, pero al que, poco a poco y en parte, tras dar con la calma que necesitaba para pintar, acabó, en cierta medida de fracaso, conociendo y domeñando. Una pincelada atrás de otra, y luego otra y otra…el trabajo como único momento de plenitud. Porque no ser omnipotente no tiene por qué significar necesariamente ser, todo el rato y en todo, impotente, como en su retraída desesperación pensó, a lo largo de su vida, Paul Cézanne.

ELOTRO

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