Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 27 de febrero de 2017

27 de enero / 2017




Francisco de Quevedo nació en Madrid en 1580, el mismo año, leo,  en el que Cervantes es rescatado de su cautiverio de Argel. Cervantes quedó manco de un arcabuzazo y Quevedo nació, muy corto de vista y con una grave deformidad en los pies que le obligaba a cojear. A estos defectos físicos achacan algunos estudiosos la conformación de su peculiar carácter (colérica mala leche) y su exagerada misoginia (aunque incluso llegó, dicen que presionado, a casarse con una tal Esperanza de Mendoza. Pero al poco rato se separó).
No parece tenerse muy en cuenta, sin embargo, para esa concreta configuración,  su noble ascendencia y su pertenencia a una familia cortesana, o que quedara huérfano de padre a temprana edad o que se educara, junto con los cachorros de la nobleza como el futuro duque de Osuna, bajo la custodia de los jesuitas.

Sus contactos “de pupitre” le facilitaron el acceso a la política. Quevedo poseía una gran formación, estudió en la Universidad de Alcalá de Henares: humanidades, lenguas modernas y filosofía. Y en Valladolidid, cursó estudios, que no llegó a finalizar, de teología, sagradas escrituras y patrística. Precisamente en 1604, Quevedo se había instalado en Valladolid, donde Felipe III había trasladado la corte, dejando el gobierno de España en manos de su valido el duque de Lerma. Y al servicio del valido que se puso inmediatamente nuestro hombre. Y algo más tarde, 1610, fue el duque de Lerma quien nombró al ya mencionado compañero de pupitre de Quevedo, el también duque, solidaridad de clase, pero en este caso de Osuna, nada más y nada menos que Virrey de Sicilia.
Y allí que marchó solícito Quevedo a prestar sus fieles servicios como consejero del señor de Osuna. Y es así como don Francisco, a sus treinta y tres años se instala en Palermo como hombre de confianza del virrey, lo que le permitió, junto con su incuestionable habilidad para maniobrar en las alturas, conseguir una gran influencia en Nápoles o entrevistarse con el papa Pablo V como heraldo del Rey. Había llegado a la cima política.  En 1621 muere el rey Felipe III, y es entonces cuando Felipe IV asciende al trono y entrega el timón al todopoderoso conde-duque de Olivares. Y el efecto “bola de billar” Lerma-Osuna acaba arrastrando a Quevedo que, rápido de reflejos oportunistas, no tarda en dedicar, tan adulador como servil, una obra al nuevo encumbrado, el susodicho  conde-duque. Más tarde (travesuras del ingenio) incluso consigue que Felipe IV le nombre secretario suyo, eso sí, sólo a título honorífico. Pero la cosa no se acaba de enderezar, en 1639 fue hecho preso en casa de, su por entonces protector, el duque de Medinaceli, y se le traslada, por cuatro años, al convento de San Marcos en León. “Cerrado solo, escribió, en un aposento, sin comercio humano” y también “Vivo contentísimo de mis trabajos, porque creo que me convienen más que las felicidades que antes gozaba”.
Murió en septiembre de 1645, a los sesenta y cinco años de edad. “Soy un ‘fue’ y un ‘será’ y un ‘es’ cansado…”

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Origen y definición de la necedad 
Francisco de Quevedo

El Confiado de sí mismo y la Porfía, al cabo de largo tiempo y de entrañable amor, que el uno al otro se tuvo por inclinación natural amando cada uno a su semejante, se casaron. Deste ayuntamiento tuvieron copia innumerable de hijos. Éstos se juntaron unos con otros por dispensación del Tiempo; y no perdiéndolo en el producir, dio este grano ciento por una, a cuya causa vino a ser infinito el número de necios, y sus impertinencias y abusos sin enmienda ni reparo. Cada uno de por sí introdujo nuevo lenguaje y jerigonza procurando que ni el olvido los sepultase ni el tiempo los consumiese; y así lograron sus designios, de suerte, que, con haber comenzado pocos años después, que el yerro de nuestros primeros padres o por mejor decir cuando ellos, y con el buen paramérito del limitado y no conocido número de discretos, a quien la Necedad aflige y persigue con la mano que vemos. Necedad se llama y es todo aquello que se hace o dice encontrando o repugnando las costumbres de cortesía o lenguaje político. Algunas necedades se apuntan en este breve discurso, como por él se verá –porque todo sería intentar lo imposible, siendo, como es, tal y tanta su diversidad, calidades y muchedumbre -, de las que el hombre debe huir como el navegante del peñasco o bajío que le amenaza, y son las siguientes: El ocupar uno lugar donde le pueden decir que se quite, necedad a perfil. El competir con persona poderosa el que no lo es, necedad a prueba de mosquete. Sacar el lienzo y sonarse las narices habiendo comenzado algún discurso o plática, necedad azafranada; y si alguna vez advirtiere en las conversaciones de recogerle, haciendo alarde y mirando, superfluidad del celebro que quedó en él, porquería y asquerosa resolución. El preguntar uno al otro cuando le entra a visitar, habiendo visto la ocupación en la que está: “¿Qué hace vuesa merced?”, necedad aventajada. El decir uno a otro cuando se ven en alguna parte: ”¿Acá está vuesa merced?”, necedad garrafal. Tener uno un libro en la mano y quitárselo otro, necedad con capirote; y si a esto añade quitársele estando leyendo, necedad con falda, de que no revela la amistad, y si ya no es que el que le lee se le ofrece segunda vez. Lo mismo se entiende con un instrumento en que uno está tañendo; y si tras quitársele de la mano se pone a templar, dando a entender el defecto del que le tañía y su mal oído, queda declarado por necio de pendón y caldera. Preguntar una persona a otra, viéndole con entera salud y muestras della que cómo está, superfluidad parece en medio de necedad, siendo más propio decir: “Huélgome de veros con salud”. El sacudirse un hombre los pies del polvo o lodo habiendo ya entrado a estancia o pieza adonde está la persona a quien va a visitar, necedad de capuz. El deshollinarse y escombrarse uno con los dos dedos hasta las narices estando en conversación, o en visita, necedad lampreada; y si hiciere hormigos y fideos de lo verde y seco del remanente, declárase por porquería del horno. El repetir uno en un mismo día y en una misma conversación una misma cosa, por la primera vez se le atribuye a falta de memoria, y a la segunda se declara necedad venial, y la tercera reincidencia se confirma por necedad entera con bordón y esclavina y notoria falta de caudal…


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Epístolas del Caballero de la Tenaza
de Francisco de Quevedo

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