Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 21 de febrero de 2017

21 de enero / 2017



La guía de museo  (4 / 4)

Un día, viernes, ¿acaso la muy puta no pudo elegir el martes?, al dirigirse al grupo de curiosos visitantes que pastoreaba, cambió mi guión de forma radical. Julia ni tan siquiera usó el suyo, me refiero al de sus inicios. Inexplicablemente retomó el caduco y universal discurso del manual del buen (baboso) guía. Se demoró especialmente en mi sala, puso su dulce voz y su lindo cuerpo al servicio del trasnochado discurso en todo opuesto al que yo le había enseñado y del que ella, hasta ese preciso momento, se había adueñado alegremente. De forma indirecta disparó aquel grosero pregón sobre mí, sobre mi pensamiento. Comprobé que a Julia le resultaba tan fácil aprender como desaprender. En el brillo de sus ojos, que ni siquiera me miraron, pude ver que la muy estúpida chorreaba sobreestimación. De nuevo y por la sinrazón contraria quedé estupefacto. Aquel viernes desapareció de mi vida, y del museo, sin dar ninguna explicación. Salvo que  dejó en el chat, el de los currelas del museo, unas imágenes, no lo suficientemente borrosas, grabadas traicioneramente en el cuchitril. Un nuevo fracaso tragicómico se había consumado. Sólo había existido una relación de burla, y me pregunto ahora: ¿por ambos bandos?
Con el tiempo, largo o corto, ni el engaño ni el autoengaño se sostienen.

En alguien que es una publicista nata, de su limpieza exterior se puede y se debe deducir la suciedad interior. El margen de error, doy fe, es muchísimo menor. Julia resultó tan innoble como no hubiera creído posible. Tras su espantada me encontré absolutamente vacío. Salvo los recuerdos, que le atruenan a uno los oídos ininterrumpidamente. Y es ese mismo uno el que piensa bobadas del tipo: “cuanto mejor nos portamos con ellas, tanto más horriblemente nos pagan”. Pero hay que comprender, hay que esforzarse en comprender que nos acostumbramos a un ser humano, lo amamos, nos encadenamos de mil maneras a él, nos aferramos a aquel con el que creímos compartir, el ser afectuoso que llegamos a creer que nos lo dio todo; y luego, un día, lo perdemos… nos deja en la estacada, y es como si realmente lo hubiéramos perdido todo. ¿También todo lo de antes de J.?

El día que se fue, así lo viví, morí yo (¿O nací?). Pero afortunadamente  somos dos. Fui un muerto que se dejaba vivir. Ella era el tema de mi vida por mucho que digan que la vida no tiene tema. Sin ella, al rememorar su amor perdido, todo quemaba, todo manchaba, todo pinchaba, todo aburría, por mucho que digan que dicen. Sin ella, y quizás también por ella,  miraba hacia delante y andaba hacia atrás: como es natural tenía que fracasar. Además no supe ver que a partir de cierto momento era ella quien claramente marcaba la pauta de nuestra relación y yo el que estaba completamente a su merced. Pero no lo ves, sientes sin duda que es así, pero no lo ves, pero no lo quieres ver, y esa es la tragedia.
Quedamos solos, heridos, convalecientes sin remedio, un poco muertos para enfrentar el terror y el misterio del mundo. La terrible realidad es la única fuente de la ficción, y solo la ficción que se nutre  de la realidad es, puede llegar a ser, verdadera ficción…

Inmerso en ese demencial desvarío, incluso llegas a pensar  que te abandonan porque no te has plegado a su testarudez. Y te interrogas, ¿obré bien?, y esa duda insoluble que tú mismo has creado  te persigue, te obsesiona, te corroe. Piensas que te hubiera gustado trabajar más en ella, sí, también los lunes. En fin, no hubo suerte. En realidad, también te dices, fue una fingidora genial, genial comediante, lo fingió todo, nada fue verdad. Y no supe verlo. O, repito, no quise verlo. Durante medio año después de la desaparición de Julia no pude mantener una conversación con nadie, y menos en el museo, a cuya cita sin embargo no falté un solo día. Debo reconocer también el apoyo, aunque pasivo, que recibí de mis compañeros, ya que ninguno de ellos hizo la menor referencia a lo ocurrido -ninguno metió el dedo en la llaga-, a la escabullida de Julia. Incluso cuando en alguna ocasión de especial debilidad pregunté a algunos de ellos por ella, me respondían extrañados, cuanta amabilidad, que no recordaban a ninguna Julia, a ninguna guía de esas características que yo ingenuamente les trataba de describir con todo amoroso detalle. A esa Julia la has debido soñar, me decían todos… ¿Sería Julia la presencia de una ausencia?

No quería seguir viviendo pero por cobardía seguía viviendo. Escuálido, aturdido, pálido, mal afeitado, apoyado en un bastón, horrorizado de mí mismo y a veces con los cordones de los zapatos sin atar, pues bien, aún así, ni en los peores días dejé de asistir puntualmente a mi puesto de trabajo.

Aquí existo yo, en estas salas, un trabajo mentiroso que alterno, desde mucho antes de conocer a Julia, con una vida igualmente mentirosa… pero el arte, como complejo sistema de significados y valores producidos por su desarrollo histórico y, en consecuencia, como forma de vida voluntariamente elegida, me salva una y otra vez, me salvan las artes, me salva que el arte siga viviendo en mí, casi como el primer día. Casi.

Y de nuevo, constatas, dejas de ser de las personas que disfrutan el presente y vuelves a ser de los desgraciados que se empeñan en disfrutar de un pasado mistificado. Conductas enfermizas, aunque bien es verdad que en defensa propia… un ir tirando.

Has vuelto a alcanzar el más siniestro fondo de la ciénaga existencial, me decía. Y salvo dejar pasar el tiempo, la cochina verdad es que no puedes hacer nada para remediarlo. Es para deprimirse, para desesperarse, Julia me condujo, te dices sin demasiada convicción, irremediablemente al abismo total. Señal de que no andabas muy lejos, piensas para tus adentros. Todo en el museo, ya pueda mirar adondequiera, recuerda a la innoble Julia, lo que es verdaderamente desgarrador, y no niego que también ridículo.

Un día crees que te estás acostumbrando a su ausencia, que por cierto ya casi no percibes. Otro no sientes nada en relación con ella, como si nunca hubiese existido. Y eso también, paradojas del sentimiento, es espantoso.
Poco tiempo después su recuerdo te deja frío. Y de repente parece que sale uno de la desesperación. Aunque todavía hubo retrocesos, con su retirada, te dices, en realidad me volví libre. Todos los dolores envejecen con el tiempo, pierden peso, se desecan, se consumen. Los dolores agotan pero, si logras resistir, a la larga son ellos los que terminan agotados. Eso también se aprende… pero claro, cuando ya es historia.

(A pesar de que el relato tiene bastante de autobiográfico, es evidente  que recuerda, casi en cada frase, sospechosamente a Bernhard y sus Maestros Antiguos, ciertamente aquí plagiado y  falsificado de la forma más innoble. Dicho queda.  Aunque, y esto lo digo sinceramente, confío en que puedan encontrar alguna cosilla más…)

La verdadera legibilidad siempre es póstuma. Escribió en su diario el recientemente fallecido Ricardo Piglia.

ELOTRO


***


No hay comentarios:

Publicar un comentario