Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 20 de febrero de 2017

20 de enero / 2017


HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA
DE LA NUEVA ESPAÑA

Bernal Díaz del Castillo



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La guía de museo  (3 / 4)

En lo que concierne al que les narra, nada esperaba con mayor ansiedad que los lunes. Los lunes, todos los lunes y únicamente los lunes, Julia y yo practicábamos el coito en el interior del museo, nuestro centro de trabajo y también nuestro picadero clandestino. Camuflado en una de las paredes de lo que fue el estudio del pintor, existía un baño (un retrete, un bidé y un lavabo) en principio para uso exclusivo de  los vigilantes de sala, que en la práctica casi nunca, en mi caso y hasta entonces nunca, se utilizaba salvo en contadísimos casos de ineludible emergencia; se trata de un cuchitril extremadamente angosto y de techo muy bajo que no invita a la demora y que por el contrario   se muestra muy eficaz a la hora de disparar ciertos  mecanismos fóbicos. Todos, entre los que repito me contaba, preferían, incluso en las prisas, los más confortables servicios del no tan lejano vestuario. Factor determinante es que el cubículo casualmente se encuentra situado en un rincón, ángulo muerto o ciego o como se diga pero en cualquiera de los casos fuera del alcance de las indiscretas cámaras de seguridad. Sobre  las delicadas y casi inexistentes relaciones entre los empleados de la seguridad privada, astutamente externalizada y los funcionarios del Estado encargados de gestionar y cuidar el funcionamiento del museo, mejor ni comentar por aquí.

Ya digo, los lunes fueron durante aquel tiempo, tiempo corto, tiempo dramáticamente corto, mis particulares y gloriosos sábados sabadetes. La muy placentera sesión –sobre la que comprenderán que pasado el tiempo y de qué manera, no tenga ninguna gana de realizar descripciones y evaluaciones- de los lunes se convirtió en una gozosa costumbre que pronto desembocó en una necesidad indispensable, acuciante, altamente adictiva, para mí. Para ella, ahora lo puedo asegurar, sólo un medio para completar su formación. No digo sexual.

Habíamos sellado, conste que a iniciativa suya, un acuerdo secreto. En base a él, yo la instruí, la alfabeticé, la guié, la llevé de la manita, la adoctriné, creo que en el buen sentido antidogmático, sobre el insigne artista que daba nombre al museo y el contexto histórico en que nació, creció y gestó su exitosa obra. Ella pareció someterse de muy buena gana al papel de eco, pero el tiempo demostró que sólo fue un posicionamiento táctico. El caso es que yo la regué, la empapé  con todo el chorro a caño roto y hasta la última gota  de mis conocimientos sobre el arte y la sociedad que lo produce, sobre todo esa inmensa parcelita que “casi” no figura en los libros de texto. En síntesis, le hice ver que el genio, bajo cuyos techos bajos alegremente copulábamos cada semana, no pasaba de ser un pintor mediocre que nada digno de ser mencionado había aportado, entiéndase de cosecha propia, a la pequeña o gran historia del oficio que le había hecho, y no sin su esfuerzo, multimillonario en bienes materiales, y  que eso explica su permanente “éxito” entre las “masas” y las élites sin criterio (de cualquier rango y consideración social. Es increíble lo tonta que puede ser la gente, se contentan con cualquier cosa, aunque sea la mayor birria.). Sí que estuvo en cambio sobradamente dotado tanto de un innegable talento innato para el dibujo, así como de una habilidad poco común para adquirir  muy tempranamente y con sorprendente facilidad, una completísima técnica pictórica, aunque despreció el arte gráfico, académicamente homologable, perfecta (no se tiene noticia de que llegara a perpetrar a lo largo de toda su vida artística una sola chapuza). Y, además, de un agudísimo olfato, que primero le sirvió para la larga y  durísima escalada social (el “genio” nació en una familia pobre, se crió en un barrio pobre y todavía en plena infancia quedó huérfano), y ya afianzado en un escalón social superior (el Borbón que le tocó de turno le llegó a ceder durante un verano estancias para toda la  familia en su palacio segoviano), para detectar el lugar y la ocasión idónea (los catetos millonarios de USA que nos acababan de humillar en Cuba) del negocio a lo grande, visto desde el punto de vista social y económico. Un hombre tan logrado (un empresario de sí mismo) y una obra, con toda la intención muñida sólo para agradar al pudiente, tan artísticamente fallida.

Mientras tanto, otros menos espabilados se preocupaban por superar los moldes rancios del academicismo; por liberarse de las ataduras de la tradición más putrefacta; por dinamitar los cimientos del arte al servicio del gusto y la moral burguesa más hipócrita y aberrante; por investigar nuevas maneras de ver y de mostrar; por experimentar técnicas, soportes, lenguajes (el lenguaje pictórico también tiene su gramática, su lógica y su retórica, categorías que tampoco están, ni pueden estar, “acabadas”, y por lo tanto no pueden permanecer estáticas, inamovibles, petrificadas); por transgredir los aburridos y apelmazados (el pasado pisado) límites del conformismo… por prescindir de lo ya largamente obsoleto, de ese concepto religioso-metafísico, absolutamente reaccionario, del arte como algo invariable,  “fijo”, “atemporal”, y en su lugar aportar lo suyo, que no lo del ventrílocuo de turno con sus viejas preguntas y sus viejas respuestas. Aunque ya se sabe que toda creación no es más que re-creación (hecha a partir de la tradición histórica, a la que, en su caso, “agrega” su aportación.)


Y algo de esta erudición, que acabo de intentar resumir, la vertí generosamente sobre mi por entonces querida Julia, Julia “la esponja”, la puerca que todo se lo tragaba y que todo chupaba, lamía y absorbía sin hacer ascos a nada, en el transcurso de aquel corto espacio de seis meses. Que a su súbito término me llegaron a parecer, y no exagero, poco más que seis lunes…

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