domingo, 19 de febrero de 2017

19 de enero / 2017


La guía de museo  (2 / 4)

“Sólo me gustan los guías extranjeros, ¿Sabes por qué? Porque no los entiendo”, le dije a bote pronto en el jardín del museo donde la abordé y consecuentemente sostuvimos, mal que bien, y durante uno de los reglamentarios tiempos de descanso, la primera conversación a solas. Se trataba de un chiste muy gastado entre el personal de sala que a ella como es natural no le hizo ninguna gracia escuchar, noté además en su mirada cierta hosquedad, y, por mi parte, antes de pronunciar la última palabra ya me había  arrepentido de haber recitado aquel a todas luces  inoportuno chascarrillo. La primera en la frente, como suele decirse me dije. Me había comportado, menuda tarjeta de presentación, como un vulgar idiota que descalifica todo un gremio, al que ella voluntariamente pertenecía, de la forma más chusca que ha inventado otro gremio, al que me adherí, el de los iletrados petulantes. “Supongo que ese pedo se te ha escapado”, me espetó. Y quedé completamente estupefacto. “No te preocupes, añadió con una leve sonrisa, eso pasa en las mejores “famiglias”… comprendo, porque también lo padezco, que no es fácil liberarse de la inercia rutinaria, de la servidumbre que exige el discurso predominante y dominante del “sinsentido común”…

Ya digo, una pequeña muestra de nuestra primera conversación a solas. Para un tipo solitario, retraído y retorcido e introvertido como yo, aunque naturalmente no lo suela reconocer ante nadie como suele hacer cualquier bobo vanidoso y mentiroso, es muy importante saber qué efecto produce en el otro el discurso, la tontería, de uno. Comprenderán que Julia me pareciera, en aquel momento y aún a riesgo de caer en un precipitado y  excesivo entusiasmo enceguecedor, eso que se llama un regalo del cielo, un filón, una mina. Había tropezado sin comerlo ni beberlo con una interlocutora de indudable y competente nivel, con evidente criterio propio y que, sin la menor señal de arrogancia y desde la más sincera modestia se hacía respetar intelectualmente… y por si todo eso fuera poco, muy atractiva. Sí, también reavivó mi muy desfallecida pulsión sexual. Así que ya me dirán.

Julia acababa de cumplir por entonces veinticinco años y recién había terminado la carrera de historia del arte (le parecía el “impresionismo” arte de vanguardia, no sabía prácticamente nada de los vanguardistas rusos o de la Bauhaus y sin embargo había “devorado” todo de Dalí, Botero, Warhol y hasta el “genial” Barceló, le sonaban vagamente Vasari y Gombrich pero no había leído nada de Warburg, Einstein, Panofsky, Blunt, Clark, Benjamin, Berger…y conste que nunca he defendido que baste con afanar cuatro ideas descollantes de los libros de autores canónicos… el arte no vive en la palabra que lo nombra, describe y evalúa, sino en la propia obra material con todo lo que ella contiene y arrastra.) de cuerpo delgado y de talla alta, “más alta que la media” según presumía, llevaba el pelo rubio oxigenado y muy corto, lo que realzaba su grácil y estilizado pescuezo,  a lo Jean Seberg (de la que más tarde me confesó ser devota en sus facetas de actriz y mujer. Afortunadamente en esta ocasión reprimí a tiempo otro divertido y soez chiste, este sobre “morritos” Belmondo, que “antes” me encantaba declamar), se vestía de forma impecable, prendas caras, pero informal y casi siempre con holgadas camisetas de colores lisos sin estampar, era de tetas tan minúsculas que no solía usar  sujetador, largas y delgadas piernas algo patizambas envueltas en pantalones casi siempre vaqueros, negros, grises, azules, y demasiado ajustados para mi gusto, y discretas zapatillas deportivas. Hablaba con mucha calma, diría incluso que con exasperante lentitud, su tono de voz sin embargo era irresistiblemente cautivador, dulce, suave, poco más que un susurro. Se movía, sobre todo las cuidadísimas  manos, con extrema elegancia, y siempre como recién duchada olía, y luego pude comprobar que también sabía, a rosas… por aquel entonces sin espinas.

“Ese sabe pero se lo guarda, se lo pasa dibujando y tomando notas en su pequeño bloc”, me dijo Julia que le habían dicho algunos “anónimos” compañeros de sala sobre mi. “Y por eso, me dijo, te dije lo que te dije.”. Ya lo ven, no falla, son ellas las que van por delante, las que  eligen.

Le expliqué que en realidad no me guardaba nada porque con ellos no había necesidad, no daban la oportunidad. Se trata, añadí, de que simplemente un vigilante de sala sólo demuestra verdadero interés, sólo se digna a hablar, cuando no hace crucigramas o juega con el teléfono móvil, y habitualmente en un continuo estado de autolamentación: de horas extras atrasadas o en perspectiva, días libres para asuntos personales y propios, puentes factibles de convertirse mediante ingenioso ardid en acueductos, vacaciones estratégicamente apuntaladas en las cuatro estaciones del via crucis laboral, horas sindicales que se multiplican como los panes y los peces de aquella otra leyenda, o de innumerables enfermedades y malestares también de carácter personal y propio… ah, y de las hordas de visitantes que provocan todos sus males.


Julia, que luego supe de sus propios labios que era hija-única-pija de familia más que acomodada, de esas niñas que nunca, dentro del dulce hogar, han oído hablar de problemas de dinero, había empezado en el museo realizando visitas guiadas dos días por semana, uno en turno de mañana y otro en turno de tarde, y acabó “currando”, por voluntarista voluntad y por supuesto sin ninguna remuneración material, todas las tardes, que no casualmente era y es  mi turno de trabajo, de lunes a viernes, salvo festivos. “Los fines de semana y festivos son sagrados, decía muy seria, sólo para mí y sólo muy de vez en cuando los comparto con los míos”. Y aquellas numerosísimas, que así comenzaron a parecerme, festividades, ya se pueden imaginar, dolían. Era su mera presencia lo que hacía soportable la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario