sábado, 18 de febrero de 2017

18 de enero / 2017



A 2 minutos y medio de la Medianoche
por Manlio Dinucci


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La guía de museo  (1 / 4)

Hace más de veinte años que soy vigilante de sala en un museo, yo, que hasta aquel día en que vestí por primera vez el reglamentario uniforme gris no había visitado un museo en toda mi vida. Así que llegué y tomé posesión, más contento que unas castañuelas, de mi plaza “fija”, que se dice pronto, pero quede claro que, vocación lo que se dice vocación, ninguna.

Cierto que es un trabajo cómodo -“esto no es la mina” se repite entre los funcionarios cuando se evalúan los pros y los contras-, que no exige grandes esfuerzos físicos, aunque no hay vigilante, con un poco de veteranía a sus espaldas, que no disfrute ya de su propia espalda atrofiada y de un conjunto de aparato locomotor algo más que cascado, por no hablar de probables varices infladas, tobillos perennemente hinchados y los imprevisibles e inoportunos calambres en las pantorrillas, o los pies “delicados”, que si callos, durezas, cebaduras, uñas encarnadas, dedos encabalgados, pies cocidos o resecos y agrietados gracias a, todo en uno, la tarima, la moqueta, el mármol, el granito y la calefacción y el aire acondicionado de nombre. Tampoco es destacable en el ejercicio de este llamémosle oficio, el esfuerzo mental, aunque, y sobre todo los malditos días de entrada gratuita -siempre he aborrecido las aglomeraciones humanas-, menudean los agobios, sofocos y tensiones sufridos en el incierto transcurso de la siempre dura porfía, me refiero al típico y titánico tira y afloja que, irremediablemente, se establece contra las sucesivas oleadas invasivas de las  anárquicas hordas de visitantes, armados estos de cerebro o mochila o no.

¿Por qué motivo -te suele espetar una zangolotina cerril con rostro caballuno que un momento antes ha llegado a rozar, ¡sin darse cuenta!, con una punzante hebilla, sea de mochilón,  sea del maxi-bolsón ¡el acompañante indispensable cada minuto del día!, un lienzo oficialmente tasado en casi tres millones de euros que, casualmente cuelga en la sala de la que tú y sólo tú eres temporalmente único cuidador y responsable-, tengo que llevar “obligatoriamente” la mochila por delante y no a la espalda que es como en todos los sitios hago y me resulta más cómodo?

Sobre el círculo vicioso de la escasez, insuficiencia y manifiesta carencia proporcional de taquillas, consignas y lavabos y retretes  que resulta especialmente padecible y visible en “días gratuitos”, ya les cuento en otro cuento si eso. En cualquier caso todo se agrava en una sociedad que padece, fundamentalmente porque así se incentiva y estimula, un consumismo museístico enfermizo.

Se trata ya digo de un museo pequeño, casi familiar, si hablamos de espacio físico y lo comparamos con los, en todos los sentidos, grandes museos públicos, pero que en cambio se puede calificar justificadamente de grande e importante si atendemos más a la calidad y variedad de las obras, ya sean pictóricas, escultóricas, arquitectónicas, decorativas… que en buen número atesora. Para ser precisos no es  un museo al uso sino propiamente una casa-museo, en realidad un palacete que en su día sirvió, cumplió las funciones, de taller, estudio-galería y residencia “con encanto” familiar. Eso, entre otras diversas aplicaciones y utilidades de las que sólo se debe, a sabiendas, conjeturar sin pretender profundizar en nada ni por supuesto concretar de nada... ya que la presunta vida golfa de algún coronado Borbón pudo pulular asiduamente por entre estas estancias…y ya podrán deducir los lectores el porqué de la aludida prudencia en boca de un modesto servidor del monárquico estado al que servimos y que nos aplasta.

Pero este relato no va de rufianes coronados y sus patéticas  aventuras prostibularias. Aun así no se preocupen que por aquí habrá tiempo y  lugar para el ingrediente sexo, aunque eso sí, plebeyo, muy plebeyo… en el que, por otra parte, nunca decae la llama del amor. Hasta que se apaga, claro.

Empecemos por el principio, cuando saltó la chispa y prendió la llama. Si hay una tortura constante e inevitable para los vigilantes de sala sepan que se llama guía: femeninos, masculinos, oficiales, privados o voluntarios. Las visitas guiadas públicas o privadas son un negocio añadido, para el museo y empresas privadas patrocinadoras o no, del que llegan algunas migajas a manos de los susodichos guías. Los voluntarios ni casi eso, ya sabe el lector lo psíquicamente complejo y socialmente reaccionario que suele ser cualquier versión del voluntariado.

Ella era guía voluntaria, aunque en mi opinión le faltaba, así me lo parecía, todo lo que en esencia caracteriza al guía, sea oficial, privado o voluntario. “Si me equivoco, dímelo. Me gusta aprender.” Así me dijo, por ejemplo,  el primer día que se dignó en dirigirme la palabra. Ningún guía, que haya conocido, da por hecho, ni en público ni en privado, que él o ella se pueda equivocar, lo más que llega a aceptar es desconocer algo sobre algo, poco o mucho, o sea, no saberlo todo de todo. Exactamente como el sabio más sabio, y nada más ni menos que eso está dispuesto a conceder a ese respecto.

Tiempo después, ella, confesó que, cuando llegaba a la sala en la que yo estaba plantado ese día, se sentía invariablemente enjuiciada con severa inclemencia e intimidada tanto por mis miradas y gestos faciales como por, así los interpretaba ella, mis displicentes silencios. Y ciertamente así fue, aunque por puro y flagrante automatismo por mi parte, hasta que afortunadamente caí en la cuenta, gracias por supuesto a su inestimable ayuda, de que ella no era ni mucho menos la típica, la auténtica guía, ni oficial, ni privada, ni voluntaria. Para nada era el guía de manual que suele atacarme los nervios con su estúpida prédica repetida una y otra vez a base de las mismas trivialidades, de idénticas cosas mil veces manoseadas, manidas y trilladas que nada en definitiva dicen ni significan y que a nada llevan; informaciones y cotilleos pueriles e insulsos que ningún conocimiento digno de ese nombre puede aportar a ningún oyente profano o no. Qué placer o gratificación, me pregunto, puede reportar a alguien, y aun menos a un militante llamémosle  del sector voluntariado, la permanente insistencia, en cuanto a forma y fondo, en una cháchara de esas infames características, es algo que escapa a mi comprensión y que tampoco disminuye en grado alguno  mi absoluto aborrecimiento por tales loritos y cotorras.


Quiero suponer que, con léxico algo menos áspero, esto mismito le dije a Julia, que así supe que se llamaba la joven guía, en respuesta a su sorprendente por insólita demanda y aun menos inusual disposición de aprender. Al fin y al cabo hasta aquel momento sólo conocía de ella la costra, los aspectos externos más triviales, o sea, prácticamente nada; y como es natural di por hecho que lo mismo ocurría a la inversa...

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