martes, 14 de febrero de 2017

14 de enero / 2017



Relatos cortos y no tan cortos / 49

Por la mañana recibes una nota de la gemela de día, y esa misma noche tienes un sueño, digamos de “factura” surrealista, de película en blanco y negro y muda, rodada a la manera del Buñuel primerizo, o sea, el de más vigorosa malevolencia intelectual.
Las imágenes del sueño unas veces pasan a cámara lenta y otras a cámara rápida, pero siempre borrosas, desvaídas. De vez en cuando aparece un cartel, en realidad es una pizarra con textos escritos con tiza, que, estos sí, se leen con nitidez, en el de cabecera han rotulado: ‘Calle del Último Suspiro’. (Cámara lenta) Aparece un hombre joven trajeado, de rostro irreconocible, montado en una bicicleta de paseo. Parece  una calle devastada,  solitaria, sin tráfico, no se ven viandantes en las asoladas aceras. (Cámara rápida) El ciclista, con los bajos del pantalón ajustados a sus canillas con pinzas de tender la ropa, pedalea sin acertar a meter los pies en los rastrales, conduce con torpeza, dobla el manillar bruscamente de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, va de un lado a otro de la calle sin ningún control. Milagrosamente nunca llega a caer. Aparece de nuevo la pizarra: ‘¡Árbol vaaaa!’. (Cámara lenta) El árbol ha caído justo encima del vientre del ciclista, lo ha dividido en dos, a un lado quedan el torso, los brazos y la cabeza y en el otro las piernas, que aún siguen pedaleando en el aire. (Cámara rápida) La bici, cuya rueda delantera sigue girando, desaparece casi completamente del encuadre. El grueso tronco es como una barrera que cierra el paso  y como un puente que atraviesa la calle de acera a acera. Otra vez  la pizarra: “Van de paisano, pero son curas obreros y algunos, secretas”. (Cámara lenta) Por encima del tronco-puente cruzan la calle multitud de hombres todos uniformados con chaquetas y pantalones de pana, todos llevan el cigarrillo en los labios y las solapas levantadas. Todos cargan con un serrucho en su mano derecha. Pizarra: “Puente de los suspiros”. (Cámara rápida) Cuando cada uno de los miembros  de la comitiva va llegando a la acera contraria, da media vuelta, hace un ostentoso gesto como de resignado suspiro y se encoge de hombros,  y sin parar vuelve a cruzar la calle en sentido contrario.  De nuevo la pizarra: “¿Dónde te has metido todos estos años, mal parido? (Cámara lenta) Dando puntapiés a la cabeza del ciclista caído aparece una mujer joven, algo rellenita, que calza botas altas, minifalda tableada a cuadros y jersey de lana y cuello alto que sujeta de la mano a un niño de unos diez o doce años de edad, de aspecto famélico y vestido de marinerito con silbato y todo. El niño, con la mano libre, sujeta un globo, al tiempo que de forma exagerada y mecánica mastica algo. Que resulta ser, a la vista del globo, un chicle. La mujer además de patearle, abronca al ciclista, se dirige a él con maquinales gestos admonitorios. Pizarra: “Camino al Monte de Piedad”. (Cámara rápida) Un hombre algo grueso, de pelo y barba cana, envuelto en un abrigo negro, pasa de puntillas entre bicicletas, serruchos y globos, portando en una mano una pequeña hoz y en la otra un martillo como de juguete. Sube como un esforzado Sísifo cualquiera la falda del Monte Sin Piedad…  
La pizarra: “SIN FIN”.

Absurdo. ¿Absurdo?

1 comentario:

  1. Qué trágico el lado cómico de este sempiterno drama.

    Salud!

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