Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 13 de febrero de 2017

13 de enero / 2017


Philip Roth / “Me casé con un comunista”

Libro completo aquí:

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Relatos cortos y no tan cortos / 48

Sólo se deberían escribir relatos para que el lector los pueda entender a primera vista, o sea, como dijo Pacheco, a primera lectura. Al menos hacerlo con ese propósito siempre en mente, sin perderlo de vista, ese debe de ser el predominante impulso subyacente;  otra cosa será el grado de acierto, o sea, el grado de potabilidad que se consiga materializar  en cada relato concreto. En definitiva un relato potable es un relato que se deja leer, y si un relato se deja leer es porque antes se ha dejado escribir de la misma diáfana manera en que luego se deja leer. Y en la culminación de ese hipotético y exitoso caso habríamos logrado engranar  dos triunfales potabilidades. Del mismo modo que siempre hay un  roto para un descosido, no se quejará V-M, todo escritor potable, en el grado que sea, tiene, en algún lugar por muy recóndito que sea, su lector agradecido, en el nivel o extensión que sea, que esa es otra. Por ejemplo mi potabilidad como escritor (¿escritura vertical, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda?) suele encontrar muy diferente eco en mis dos lectoras más cercanas y contrastables, o sea, las enfermeras gemelas.
Mi enfermera favorita de día, que durante la jornada laboral sigue siendo exactamente la misma chiflada de siempre, tan distinta de la que solía encontrar los domingos en el “piso”, me ha dejado esta mañana una nota (esta vez mecanografiada) sobre el escritorio. Su contenido dice así: “No te falta parte de razón en lo del ‘piso’, pero sólo parte, y para tu información te apunto que no se trata ni mucho menos de la parte fundamental. En lo que me toca admito el error, o quizás sería mejor decir, admito la torpeza de las “formas” de expresión y comunicación empleadas (¿el porcentaje de autismo otra vez?), pero no lo acepto de ninguna de las maneras en el fondo de la cuestión. Sigues sin ubicarte, sigues confundiendo los bandos, las barricadas, la identidad de enemigos y amigos o aliados, sigues sin percibir y situar lo que entonces, precisamente tú, llamabas ‘la contradicción principal’ (el conflicto entre patronos y trabajadores, entre Trabajo y Capital)… pero bueno, paciencia y persuasión, otro binomio muy frecuentado por entonces, habrá que seguir intentándolo, en lo que a mí respecta no me queda otra… y por cierto, guapo, no se trataba de ostentar símbolos de riqueza… simplemente es que ya tampoco tenemos, ninguno, ‘mocedad’ para un cuarto piso vallecano sin ascensor (Calle de ‘El último suspiro’)…¿recuerdas?”
Bueno, ya lo leen, parece que se instaura el diálogo-debate cuaderno-notita notita-cuaderno, no es lo mismo que los pasados  “findes out”, y no lo digo sólo por la falta del muy gratificante ingrediente sexual, pero es cierto que menos es nada. O eso espero. La nota, ya sin heraldo interpuesto, de la “esclava a tiempo parcial” del turno de mañana, me ha dado mucho que pensar… y no sólo por ese interrogante final: “¿recuerdas?”.
Y es por eso que insisto en que menos es nada. No olvide el hipotético lector que soy un hombre perseguido en el presente por un pasado que no conozco, y como no lo conozco no tengo con qué corroborar, probar o descartar o ratificar las “ofertas” de recuerdos que recibo o que pueda descubrir ¿accidentalmente? por propia cuenta. Se trata pues de una “memoria” que, de momento, no se deja escribir, ni tan siquiera como desmemoria.  Ningún recuerdo de las gentes (o lugares o cosas) que rodearon, entraron o salieron de mi vida, del leve rastro o la profunda huella que dejaron o no.

Claro que, según pude deducir de lo que leí, la memoria también se inventa. O por las mismas te la inventan, repito. Y a veces cuesta trabajo no creer, porque es innegable que te llegan recuerdos que son un gozo, aunque sólo sea porque brindan algo de consuelo. Abundan las técnicas y los medios que alimentan nuestra mente para distraernos  interminablemente de lo que realmente importa, y nos debería de importar. Y es que nos tienen muy bien estudiados, medidos, pesados, calibrados: fichados. Saben más de nosotros, de lo que realmente somos y de lo que realmente deseamos ser, que nosotros mismos. A “ellos” no les pasa desapercibido, y además lo dejan meticulosamente   registrado, ni siquiera ese inoportuno e inexplicable sarpullido que apareció anoche en tus manos al irte a acostar. Una semana después, el evento sarpullido ha desaparecido completamente, sin dejar el más mínimo rastro, de tu mente. Pero en tu ficha ocupa un lugar perfectamente datado, muy potable para cuando se tercie.

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