sábado, 11 de febrero de 2017

11 de enero / 2017




Relatos cortos y no tan cortos / 46

La lectora inteligente, atenta, siempre te acaba descubriendo, quiero decir al escribidor, no al narrador. Por eso no conviene mentir más de lo necesario, más de lo inexcusable en la esfera de “lo irreal”. Se trata de no perder al lector, de que encuentre motivos para seguir ahí, interpretando, reescribiendo (que no se sienta reducido a la conformidad unidireccional, que le conste que la cosa opera en ambos sentidos), con su presencia digamos silenciosa e invisible que, además, y eso conviene que se le haga saber, nos obsequia con la agradable sensación de no estar solos.

Cuesta despegarse de ciertas inercias que han llegado a arraigar en uno, por muy recientes que sean, y en ese sentido las relaciones (extraterritoriales) con las gemelas cumplen el requisito. Claro que la posible evolución también depende (¿únicamente?) de ellas, supongo. Es tiempo de reexaminar, con cierta calma, la naturaleza del vínculo, y hacerlo al margen de pueriles condicionantes, mejor con cierta amplitud y flexibilidad de criterios, en el acuerdo de que, en el tramo de bajada, casi todo acaba por admitir y necesitar  enmienda o reparo. Por no hablar de que ninguno de los tres implicados sea capaz de  poner en pie cuánto hace que dejó de cumplir años de mocedad. Y no se malentienda, esto no es una llamada a asentar la cabeza, a adaptar los deseos a las relaciones realmente existentes, a la racionalidad del reaccionario pragmatismo, o a la asunción acrítica  del punto de vista hegemónico, ese que predomina y nos domina a todas las edades. Y ahora creo que me estoy poniendo solemne con estas disquisiciones, es decir, ridículo, así que se impone un volantazo… y perderse por ahí…

Con la forma y el fondo a veces pasa que la contradicción interna no resulta tan evidente, aunque lo sea en grado sumo. En ocasiones es la forma más escandalosa la que arropa un contenido más conservador. Con menos frecuencia, no es que lleve la cuenta, también ocurre a la inversa. La enfermera de día, de la que ya he informado que gusta de cambiar de atuendo prácticamente a diario, me confesó el domingo pasado que guarda y colecciona los envoltorios, el papel de regalo, bien alisadito, que exige en cada compra de todas y cada una de las prendas que adquiere, supongo, en sus boutiques de confianza.

Creo que el papel de regalo, por lo que en mí evoca, me dijo, es el factor principal, el determinante, para la decisión final de mis compras compulsivas, que no son todas pero casi.

Te comprendo, añadí, a mi me ocurre con los libros, con sus formatos, con sus tapas y contratapas, con sus texturas…que también en ciertos momentos o circunstancias suelen ser la causa  primordial, y única en determinados casos, de la resolución de comprar. Algunos de ellos aun sabiendo de antemano que no me los voy a poner nunca… leer… verdaderamente casi todos hemos acabado siendo un conglomerado de compulsiones consumistas…

Y de las otras…

Cierto, ya lo dijo el poeta, nos hemos convertido en todo aquello contra lo que combatimos… o algo así…

Sí, algo así… por cierto que al hilo de esto recuerdo que un día lejanísimo de aquellos… dijiste algo así como que la mejor manera de luchar contra la sociedad de consumo, que así era como la llamábamos por entonces, era huir del comprar por comprar, del acaparar mercancías sin ton ni son…  o sea, venías a decir que de toda esa adicción pequeñoburguesa había que huir “como el navegante del peñasco”… y esas frases tuyas, perfectas y perfectamente encajadas, esas originales analogías, me impactaban mucho, me dejaban conmocionada… tiempo después la misma frase la  leí en el jocoso y misógino Quevedo…

Veo que lo mío con las citas sin entrecomillar viene de lejos…

Sí, parece que las “buenas costumbres” no las olvidas…

Bueno, ya sabes que mi memoria esta severamente averiada (¡un túnel de diez años de largo!), pero estos datos que me das, la verdad es que tienen un valor incalculable para mí… me sirven como de agarradero…

Pues a mandar, que para eso estamos…

No te cachondees…

Me río por no… recuerdas esta otra: “El secreto de la vida es hacer como si tuviésemos lo que más dolorosamente nos falta”

Pues la verdad es que no…

Es de Pavese, de “tu” Pavese, por cierto otro pedazo de misógino, de su diario, el primer libro que me regalaste ¡sin envoltorio de regalo!... bueno no, perdona, el primero fue “El estado y la revolución”, de Lenin, y además convenientemente subrayado… supongo que para que no me extraviara por el proceloso laberinto de la revolución bolchevique…

El caso es que hasta donde recuerdo siempre he subrayado los libros, los de mi propiedad… incluso los he acribillado de anotaciones en los márgenes… aunque luego rara vez haya vuelto por allí… lo que si me molesta, y mucho, es encontrar subrayados los libros de préstamo de las bibliotecas públicas… hay mucho cabrón que no conoce el respeto por lo público… y lo peor de todo es que los muy cretinos subrayan mal, muy mal, se dejan atrás las frases y los párrafos más portentosos, los más extraordinarios…


(Me canso, como  transcriptor soy una mierda.)

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