Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 6 de febrero de 2017

06 de enero / 2017



Relatos cortos y no tan cortos / 41

Fue una escasa cosecha de información pero entre otras curiosidades, me contó la enfermera de día que su hermana gemela, la enfermera de noche, no sólo porta un chip como todo hijo de vecino sino dos, el oficial y otro que se auto-implantó por cuenta propia y que, sospecha ella, puentea al reglamentario. Eso podría explicar los aires de superioridad que se gasta, añadió. Cosa que, y puesto que hay indicios suficientes, a quien esto escribe (armado de lapicera en esta ocasión) la  hipótesis no le suena a disparate. También supe que viven juntas, aunque me confirma que el piso pertenece a su hermana. Del piso en cuestión habrán notado que no he apuntado por aquí ninguna de mis impresiones. No sé hasta que punto una descripción más o menos detallada de la morada de mis enfermeras gemelas pueda interesar, o por lo menos no aburrir en demasía, a un hipotético lector que no sea yo o las gemelas. De momento sólo dejaré anotado que, más que una “vivienda” permanente, aquello, que desde luego no huele a hogar ni por el forro, se asemeja más bien  a una suite de “hotel con encanto urbano” o uno de esos apartamentos completamente equipados  para altos ejecutivos en tránsitos estacionales. Qué extraño es todo, y además, doble. Ya he repetido por aquí que soy partidario de cuidar la potabilidad de mis textos y que por lo tanto no veo la necesidad de ser un escritor oscuro, por eso es que prefiero ir narrando las pequeñas anécdotas de todos los días y dejar de lado los fenómenos paranormales. Aunque no existen súcubos e íncubos, haberlas haylas.
Sigo muy haragán también en el trabajo mental. Me canso de rebuscar en la memoria y no encuentro datos precisos, sólo imágenes borrosas (y eso que nuestra mente “moderna” contiene una cantidad incalculable de imágenes ya sean de origen real o fantástico), ¿mal borradas? Y ruido, mucho ruido, pero ningún sonido nítido, limpio, que resulte inteligible. Pero sí he conseguido delimitar la década de los setenta como “la gran laguna seca” de mi memoria. Me acuerdo de gentes, cosas y hechos que no sin esfuerzo he podido datar con cierta precisión a finales de los años sesenta, y luego ya el negro y ruidoso aunque mudo túnel, no termina hasta los últimos setenta o primeros años ochenta. Aproximadamente una década, desde los veinte hasta que cumplí los treinta años de edad. Páginas que, ¿obligatoriamente?, tengo que saltear de mi biografía. Pero no me resigno, y “ellos” lo saben, a asumir esa pérdida, aunque tampoco es que pretenda reescribir, a capricho,  esa década de mi vida desde hoy y desde mi actual situación, además ya sexagenario avanzado. Quizás por eso me ilusionó y  me mantiene expectante la “irrupción” (o injerencia, o cruce, o intromisión), digamos en la trama, de las hermanas gemelas, cada una de ellas, por su lado o a cuatro manos, currándose la reescritura de algunas “escenas” de mi biografía ¿censurada? ¿no autorizada? ¿o no biografía?
Esta es una hipótesis que vengo barajando (más expresiones trilladas para el pedestal de V-M) desde que recibí aquella  nota manuscrita al parecer dictada por una y caligrafiada por la otra gemela.
Uno de los aspectos que más intrigado me tiene de la cuestión, es el posible origen de sus fuentes de información o documentación, aunque con mis limitados medios he podido detectar (¿inventan historias a partir de lo que yo invento al escribir aquí o allá o acullá?) que una de esas fuentes es, precisamente, aunque con algunos matices, mi literatura, o sea, el “taco” y estos cuadernos. No deja de tener su gracia que mi endeble fantasía, aunque sea sólo de forma parcial, pueda estar iluminando y nutriendo la supuesta parte oscura y anémica (o emborronada) de la zona para mí completamente desconocida de mi propio pasado. ¿O, si así fuera, debería entonces llamarla autobiografía involuntaria?
Pues, a quién pueda interesar (esto no va con usted, hipotética lectora), dejo aquí apuntado que, por muy corto y perezoso que pueda uno llegar a ser, el simulacro autobiográfico indirecto, como que no me vale. Y no lo digo sólo en beneficio del socorrido, improbable e hipotético lector.

Vamos bien.

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