Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 5 de febrero de 2017

05 de enero / 2017


Absalón, Absalón!  / William Faulkner

Libro completo aquí:

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Relatos cortos y no tan cortos / 40

A veces te propones (¿consciente o inconscientemente?) construir un arquetipo y te acaba saliendo un personaje muy singular, en otras ocasiones lo que debía de ser el personaje original, excepcional, distinto,  se transforma en arquetipo. El punto de partida muta en meta. En la tradición textual se han realizado todo tipo de intentos, por ejemplo recuerdo ahora aquel personaje arquetípico de un cuento de Borges, escritor arquetípico donde los haya, que intentaba crear un hombre soñándolo. Asumamos que cada escritor se inventa una pregunta dirigida a un mundo que también es de su invención y por ahí aporta su propia respuesta también inventada. A falta de certezas, universal patria común por los motivos o intereses que sean, invención.
Los arquetipos (sus hinchas más entusiastas juran que venimos con ellos al mundo), tan convencionalmente compartidos ellos, nos dan, dicen aquellos mismos que de forma natural, casi todo el trabajo ya hecho: orden, valores, tradiciones, creencias…quizás de ahí, y de su enorme poder de proyección, que resulten tan irresistiblemente seductores, y quizás de la misma materia provenga su capacidad para apoderarse de nuestra perezosa voluntad. Y de nuevo quizás de ahí el carácter arquetípico (con indudable vocación de estereotipo) de la mayoría de las supuestas “invenciones”… y quizás también por eso en mis escritos procuro no construir o mostrar personajes especiales (eso ya lo hizo con notable acierto Dostoievski)  sino vulgares, descarados y burdos arquetipos, modestamente a sabiendas… y es que donde se ponga la potencia de un arquetipo ya homologado…

Confío en que los amables lectores sepan disculpar en este diario/relato la ausencia de un orden (o desorden) cronológico preciso en lo que se refiere a pensamientos y acontecimientos. Es un “estilo” abominable, lo sé, pero hay cosas que, por muy básicas que les puedan parecer, están más allá de mis posibilidades reales. Circunstancia esta inocultable que, les aseguro, me lastima y humilla. Pero ante este tipo de limitaciones y carencias, que sospecho, por supuesto que sin pruebas, sobrevenidas recientemente, he optado, muy conscientemente, por la mansa resignación (además mi editor-chupasangre no se queja, y eso es prueba de que la cosa funciona). Y aunque es bien sabido (sobre todo en el gremio de enfermería) que lo inconsciente constituye una influencia muy poderosa que puede llegar a adueñarse de nuestra voluntad, y por esa vía arruinarnos el estilo literario o,  ya puestos, la propia vida. Craso error pues el del autor/artista moderno (after psicoanálisis) que se piensa dueño y señor, y para colmo desde una supuesta razón crítica, de su supuesta parte consciente.
Ante la fragilidad y volatilidad de las teóricas certezas, no siempre es posible controlar el propio itinerario mental,  la madurez es época propicia para el desarrollo de las afecciones psíquicas, de las psicosis latentes, de las neurosis. Nuestra psique se encuentra,  entre hondos abismos y alturas vertiginosas, permanentemente acechada por elementos oscuros y perturbadores, y en esas, ya sea por medio  del mito o de la ciencia, no resulta fácil ni siquiera comprenderse mínimamente a sí mismo.

¿Es razonable pensar que toda esta parrafada, en lo que a mí y a mis enfermeras se pueda referir, suena a pusilánime autojustificación? Pues lo será.

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