Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 2 de febrero de 2017

02 de enero / 2017



EL HOMBRE EN EL CASTILLO / Philip K. Dick

Libro completo aquí:


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Relatos cortos y no tan cortos / 37

El caso es que la versión de la historia –en la que en parte comparto protagonismo con ellas según ellas-, que firma la enfermera de día no es sólo ni fundamentalmente la versión contraria, el polo opuesto, de la historia que cuenta su hermana gemela… no sé cuantas veces llevo señalado por aquí el “parece otra”, y ello pienso que es debido a que ambas sufren una muy evidente escisión, aunque en ninguna de ellas llegue a ser total. Desde luego, y ahora tras constatarlo empíricamente lo puedo afirmar con rotundidad, que no son las mismas en el curro que fuera de allí. Supongo que yo tampoco me libro de cierta “doblez”, aunque quiero pensar que el mío es un  desdoblamiento menos radical, no tan antagónico como el que detecto en las gemelas. Antagonismo que creo inequívocamente real pero que, a veces, y es lo que me deja perplejo, aparece irreal, extraña unidad de contrarios esta que, realmente, me fascina. Lejos en el tiempo del angosto vientre materno algo misterioso las impele a convivir, ya sea  forzosamente. Algo hay en ambas que oficia de contrapeso con respecto a la otra. Qué pinto yo en esta historia, insisto en que hablo de la que ellas “narran”, es asunto harto lioso del que prefiero de momento no opinar, más que nada por evitar un mayor embrollamiento al lector. Tampoco me parece que convenga apresurarse ni apostar irreflexivamente por abrir trocha en línea recta; el rodeo siempre te puede regalar tiempo para pensarlo mejor.
El caso es que cuando las escucho narrar “en vivo y en directo”, nunca dejo de sentirme culpable, aunque es igualmente cierto que siempre ignoro de qué. No me explico aún el origen del afecto que las profeso, y que mucho me temo que en los dos casos va en aumento, que me impide despreciarlas por algunos hechos que a mi entender resultan éticamente injustificables. Pero ya he declarado que no quiero enredar aún más la madeja, así que vasta de elucubrar en voz alta. Sobre todo ahora que tengo constancia de que las dos gemelas me leen, o sea que están leyendo esto mismo, claro que también me interpretan y reescriben cada una a su manera, con su estilo y enfoque. Y barrunto que por eso las cuentas nunca pueden cuadrar. Que, la verdad, tampoco veo la necesidad.

Según la enfermera de día nuestra relación, que sí, que existió también según ella,  duró poco y no pasó de ser muy superficial, vamos, que la dejó poca huella, aunque la posterior ruptura tuvo, y recalca que exclusivamente para ella, consecuencias inesperadas, también sólo para ella sigue subrayando, de carácter catastrófico, de las que sin embargo no me culpa más que indirectamente y aún así no me adjudica más allá de un 10 por ciento de responsabilidad. El otro 90 por ciento se lo achaca a “la otra”, de la que no da más detalles (y a mí se me disparan las suposiciones y las sospechas). Fue en un momento como este donde traté de interrumpir su discurso-monólogo e introducir de mi cosecha un pequeño paréntesis aclaratorio en el que le pretendía comunicar que desgraciadamente mi memoria no conservaba ningún registro, de ninguna naturaleza, sobre aquellos años. Y que aún así, yo la creía. Pero como ya he dicho, fueron intentos fallidos, no hubo forma.
Hay quien encuentra alivio, una especie de efecto analgésico, en simple o no tan simple hecho de “contar”, sea a sí mismo o a los demás. Un diario/relato también tiene algo o mucho de eso. Dices lo tuyo a los lectores y a ti mismo como escriba/primer lector. Y tal y como recuerdo que afirmó mi enfermera de día en la nota que dictó a su gemela, uno acaba creyéndose Dios dentro de ese personalizado artefacto. ¿Será también una forma de autoerotismo?

Dentro de ese artefacto y por supuesto de esas relaciones, en cierto modo contractuales, de producción/emisión/recepción del discurso o diario/relato, que ha construido, debidamente jerarquizado y a la medida de sus propias necesidades. Otra cosa, todos los medicamentos, es sabido, adjuntan efectos secundarios, según el prospecto: no deseados pero ineludibles; y por ahí, por esa al parecer “inevitable” brecha, es por donde la cosa se te escapa de las manos, e inmediatamente se hace autónoma, se fetichiza… por lo tanto también es cuando la relación que mantienes con ella cambia radicalmente, entonces de dominador pasas a ser dominado… entiéndase por el propio fetiche que un infausto día construiste. O no sólo tú, y no tan infausto.







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