miércoles, 1 de febrero de 2017

01 de enero / 2017


“La falsa acusación de Trump contra Obama”
por Manlio Dinucci

«América es la nación más fuerte de la Tierra. Gastamos en el sector militar más de lo que gastan juntas las 8 naciones siguientes. Nuestras tropas constituyen la mejor fuerza de combate en la historia mundial.»


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Relatos cortos y no tan cortos / 36

Entrega tras entrega va quedando patente que la unidad formal de este relato/diario o diario/relato consiste en una especie de multiplicidad multiformal, un revoltijo a como caiga. Bueno, pues ya tenemos etiqueta homologable, aunque lo único que me sigue preocupando de verdad es que el producto llegue a ser mínimamente potable. Quiero decir algo cómodamente aprehensible por los sentidos. Por lo tanto todo puede ser sacrificable menos la potabilidad. Sólo faltaba que aquí, que no manda el ánimo de lucro, también se envenenara al lector/consumidor.

La deriva hacia asuntos mucho más gratificantes que les anuncié párrafos atrás, se materializó la noche del sábado sabadete en primer lugar, en la sorprendente oferta de cena “literaria” que se me ofreció llegar. Que no tengo secretos para mi enfermera de noche quedó demostrado una vez más, me dio a elegir entre mis lecturas más recientes, Tabucchi y Levrero, o sea, entre omelette a las finas hierbas y la milanesa a la uruguaya. Me ofrecí inmediatamente a batir los huevos… ella diligentemente me acercó la mostaza el orégano y la mejorana antes de irse a poner la mesa…y poco tiempo después,  al finalizar una agradable charla -que así la recuerdo aunque aún no la he podido transcribir- y algunas muchas copas de más, sí, me acuerdo  vagamente que, “Quid pro quo”, le comí el coño, con su consentimiento expreso, lo mejor que pude y supe… en el nebuloso después, y, a pesar de que no sin dificultad, pude llegar a balbucear el otrora habitual dramático llamamiento: “Eh, pija muerta, levántate y vuela”, no hubo más… digo yo que sería el exceso alcohol, porque otra cosa…

Desperté la mañana siguiente “single” en aquella enorme cama, con el correspondiente dolor de cabeza y en la boca la eterna pregunta “post”: ¿pero en qué coño me he metido?
Sobre la mesilla, la de mi lado, el que me asignaron, una nota me ponía nota: “No estuvo mal pero lo valoro manifiestamente mejorable. Habrá que ensayar mucho más. Salgo de viaje, nos vemos lunes noche en el curro. Es mía, pero estás en tu casa.  Chau.”

Manifiestamente mejorable –me dije, sin ganas de levantarme de la cama-, como si se refiriera a las tierras andaluzas, o extremeñas o castellanas, en sucias manos impolutas de quienes no la trabajan, terratenientes indolentes y negligentes. “Manifiestamente mejorable”, ¿Cuántas veces no habré repetido esas mismas palabras, en asambleas, reuniones o mítines, en aquellos lejanos años? Y el tonito de la nota tampoco me agradó demasiado, parecía indisimuladamente condescendiente… empecé a pensar si no me habría equivocado en dar aquel paso, si no hubiese sido mejor no acudir a aquella casa… algo no bueno flotaba en el aire…
Y en ese preciso momento, tal y como debía haber previsto por la situación de las bolas en el tapete y porque la tacada había sido de manual… pero definitivamente lo mío es olvidar dónde tengo la cabeza cuando hay que utilizarla… apareció en el dormitorio la hermanita gemela, la enfermera de día.
Aquí me tienes -dijo, suavemente pero con su genuina voz desagradable-, y como si se tratara de la primera vez que nos veíamos cara a cara, añadió: con veinticinco años más y con tetas postizas. Supongo que ya lo habré repetido cienes de veces pero insisto en que cuando nos asalta el pasado rara vez resulta ser tal y como uno lo creía tener atesorado. Incluso el pasado inmediato. Pensé entonces que el día se ponía feo.
Parecía otra, comprobarán que todos mis descubrimientos son a posteriori, que la que, de forma brusca y descortés, me suele pinchar el brazo cada mañana de lunes a viernes. Se sentó en el borde de la cama y miró fijamente la ligera elevación de sábana y  edredón que producía una inoportuna erección que puedo asegurar que no provoqué ni pude reprimir.
Pero unos segundos después ella apartó la mirada del indiscreto montículo y retomó su monólogo:
-Te habrá soltado algo así como: “No necesito que me hables ni que  me mires, necesito que me comas el coño”, ¿Me equivoco? Y tú habrás picado el anzuelo en la primera cita, ¿Me vuelvo a equivocar? Sería la primera vez en cienes de veces (sí, dijo cienes).
Al monologar parece que divaga, pero ya muy al final del capítulo resulta que no, que en ningún momento ha perdido el rumbo, que nunca perdió el norte, sino que más bien eso es lo que ella te hizo creer a ti ex profeso. Por supuesto que Intenté más de una vez introducir algún paréntesis en su perorata, pero en todas las ocasiones desestimó gestualmente mis deducciones o interpretaciones o las respuestas no solicitadas a sus retóricos interrogantes… era evidente que no había venido a dialogar conmigo ni a  preguntar o reclamar nada. Había venido a contar, a narrar su versión o mejor dicho y por lo que respecta a su gemela, su contra-versión. Y debía limitarme a escuchar y punto. No lo dijo literalmente pero se hizo entender de manera muy potable para mis entendederas.

Hay quien encuentra alivio, una especie de efecto analgésico, en “contar”, a sí mismo y a los demás. Un diario/relato también tiene algo o mucho de eso. Dices lo tuyo a los demás y a ti mismo. Y tal y como recuerdo que afirmó mi enfermera de día en la nota que dictó a su gemela, uno acaba creyéndose Dios dentro de ese artefacto, discurso o diario/relato, que ha construido, debidamente jerarquizado, a la medida de sus propias necesidades. Otra cosa es cuando la cosa se te escapa de las manos, se hace autónoma, se fetichiza…

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