martes, 24 de enero de 2017

Diario sin fecha







Sobre la realidad objetiva y la apariencia subjetiva: El cuerpo humano visto en el día a día nos parece el mismo, no apreciamos cambios; pero desde el punto de vista molecular cambia sin cesar.


De “Minima moralia” / Theodor W. Adorno

No amedrentarse.-Qué sea objetivamente la verdad es bien difícil decidirlo, pero en el trato con los hombres no hay que dejarse aterrorizar por ello. Hay criterios que para lo primero son suficientes. Uno de los más seguros consiste en que a uno se le objete que una aserción suya es «demasiado subjetiva». Pero si se lo emplea sobre todo con aquella indignación en la que resuena la furiosa armonía de las gentes razonables, entonces hay razón para quedar unos instantes en paz con uno mismo. Los conceptos de lo subjetivo y lo objetivo se han invertido por completo. Lo objetivo es la parle incontrastable del fenómeno, su efigie incuestionablemente aceptada, la fachada compuesta de datos clasificados, en suma lo subjetivo; y subjetivo se llama a lo que derriba todo eso, accede a la experiencia específica de la cosa, se desembaraza de las convenciones de la opinión e instaura la relación con el objeto en sustitución de las decisiones mayoritarias de aquellos que no llegan a intuirlo y menos aun a pensarlo, en suma a lo objetivo. Cuán fútil es la objeción formal de la relatividad subjetiva, se pone de manifiesto en su propio terreno, el de los juicios  estéticos. El que  alguna vez, por la fuerza de sus precisas reacciones ante la seriedad de la disciplina de una obra artística, se somete a su ley formal inmanente y a la sugestión de su composición, ve cómo se le desvanece la prevención de lo meramente subjetivo de su experiencia como una mísera ilusión, y cada paso que avanza, merced a su inervación en extremo subjetiva, en su familiarización con la obra tiene una fuerza objetiva incomparablemente mayor que las grandes y consagradas conceptualizaciones acerca, por ejemplo, del «estilo», cuya pretensión científica se impone a costa de tal experiencia. Esto es doblemente cierto en era del positivismo y de la industria cultural, cuya objetividad viene calculada por los sujetos que la organizan. Frente a ésta, la razón se ha refugiado toda ella, y en completa reclusión, en las idiosincrasias, a las que la arbitrariedad de los poderosos acusa de arbitrariedad porque quieren la impotencia de los sujetos; y ello por temor a la objetividad, que en tales sujetos se halla latente.



Bernhardiana…
Que dice Bernhard, al que divierte la demencia de poner el mundo patas arriba, que el fragmento, que en el fragmento está el meollo del asunto. Lo dice dentro de una reflexión mucho más amplia en su libro “Maestros Antiguos”, y se refiere a fragmentos escogidos tanto en la literatura o la pintura como en la música o cualquier otro arte, y se refiere a la vida, sobre todo a la vida de cada uno,  de la que sólo se salvan, reitera, algunos fragmentos.
En la lectura, escribe Bernhard, como en la vida, los fragmentos son, pueden llegar a ser, el mayor de los placeres. Defiende Bernhard su tesis argumentando que un lector normal -se refiere al que lee de forma desatenta, demasiado rápido y demasiado superficialmente-, conoce tan poco el libro que ha leído como un pasajero aéreo el paisaje que ha sobrevolado, del que ni siquiera percibe los contornos. Lecturas que suelen ser realizadas además “mediante  empujón-prescripción mediática” y en la mayoría de los casos llevadas a cabo sin ningún sentido crítico, quizás por venir oportunamente “avaladas” (ese omnipresente dedo indicador, esa eficaz “influencia” que procede de, y nutre a, la hegemonía vigente) por “desinteresados” eruditos y especialistas que nos lo dan (con queso) casi todo “masticado”. Desde luego a quien esto escribe le ha ocurrido exactamente eso mismo demasiadas veces y durante demasiados años.
Hasta un ensayo filosófico –continúa Bernhard- lo entendemos mejor si no lo devoramos todo de una sentada (elogio, aunque no sólo, de la lentitud), sino que elegimos sólo un detalle, a partir del cual podremos llegar al todo si tenemos suerte. De los Maestros Antiguos, sostiene Bernhard, que eran cabezas muy inteligentes, si bien caracteres muy débiles. ¿Por qué no decirlo todo? unos vendidos, por fama o por dinero o por las dos cosas… con la decepción, sentimos el dolor despiadado del engañado.
En general, continúa Bernhard, no debemos decir que este o aquel son buenos y lo son para siempre, sino que tenemos que poner a prueba a todos los artistas una y otra vez, porque al fin y al cabo desarrollamos nuestros conocimientos artísticos y nuestro gusto artístico, de eso no hay duda.
Y concluye afirmando -bueno, lo hace como de costumbre con su método autobiográfico, por boca de otro de sus tan memorables personajes, este Reger protagonista del libro-, que sólo amamos los libros (las obras) que “no” son un todo, que son caóticos, desvalidos.

ELOTRO


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