lunes, 30 de enero de 2017

30 de diciembre / 2016




Relatos cortos y no tan cortos / 34

Retomando con ilusión el cuento sobre la cita del sábado que prometí contar y no conté, les diré que resultó muy instructiva y gratificante en varios aspectos. Por ejemplo nada más llegar y como si fuera el primer punto impostergable del orden del día, recibí abundante y exhaustiva información, que no creo haber solicitado, sobre los gemelos monocigóticos y el por lo visto determinante detalle de que tales personas no poseen un genoma exactamente igual. Y a más a más, que diría Brossa, en los llamativos casos en que ambos sujetos resultan prácticamente indistinguibles, conviene tener en cuenta que siempre existen rasgos intrínsecos en la complexión de cada uno. Diferencias causadas normalmente por haber recibido una desigual nutrición durante el tiempo de gestación y más tarde por otras variables que intervienen después del nacimiento, y que pueden cambiar en cierto grado sus respectivas apariencias durante el crecimiento. Como no quiero abrumar ni aburrir con tantos datos científico-médicos que obtuve de la generosidad de mi enfermera de noche favorita (formula que repetiría obsesivamente Bernhard según suele apuntar obsesivamente Levrero), y cuyo fin último el lector atento ya habrá podido sospechar; sólo añadiré algo que subrayó sobre una rara patología genética, llamada el síndrome de Turner, nada que ver con el pintor,  que sin embargo se da únicamente entre las mujeres, y es provocada por la ausencia total o parcial de un cromosoma, que por suerte es el único que no es letal.  Abundando un poco más, y ya termino, resulta que la ausencia del cromosoma “Y” determina el sexo femenino de todos los individuos afectados, y la ausencia del segundo cromosoma “X” determina la falta de desarrollo de los caracteres sexuales primarios y secundarios. Esto confiere a las mujeres que padecen el síndrome de Turner un aspecto infantil y esterilidad de por vida. Y entre muchos otros datos recuerdo haber oído algo sobre un desarrollo retardado o ausente de las características sexuales secundarias: ¡mamas pequeñas!... Y ya por decirlo todo les diré que, a pesar de que por mi parte también estoy grabando íntegramente estos deliciosos  encuentros, casi toda la información que recibí coincide, lo puede comprobar cualquiera, casi  literalmente con el contenido de algunas páginas de la Wikipedia. A partir de ahí cada perro y cada perra se lame su rabo. Pero quede claro que no estoy tratando de “criminalizar” un acto, el copia lo ajeno y pega en tu propio discurso, que viene practicándose, claro que en muy diversas formas y maneras, desde hace siglos y con estupendos resultados creativos en algunos casos, véase Shakespeare sin ir más lejos…  porque la lista sería interminable…
Cuando finalizó el apunte biológico-genetista, evidentemente abaratado en su forma y contenido, supongo que es circunstancia que se justifica por clara deferencia hacia mis escasos recursos en el tema, se nota que mi enfermera de noche preferida me conoce bien, eslabonó un nuevo monólogo quizá algo deshilachado  sobre su hermana gemela. La dibujó como alguien que se menosprecia a sí misma, a sus cosas y a todo lo que hace. Añadió también  que desde hace ya demasiados años su gemela hermana padece un grave complejo de inferioridad que los azares de la vida, una vida con muchas más decepciones y tristezas de las que suelen tocar a cualquier otra vida, no han hecho más que acentuar; lo que penosamente ha desembocado en una peligrosa situación de absoluto aborrecimiento de sí misma. Añadió que su confusión mental la mantiene tan distanciada del mundo como de su propio cuerpo. Y que este lamentable estado, de chica ya era así, remachó, sólo encuentra benigna tregua en pequeños paréntesis temporales de cierta lucidez psíquica. En este punto aludió superficialmente a la nota que me hizo llegar y que confirmó escrita por su mano aunque sólo en el papel de mera amanuense. La notita por lo visto trajo cola y conflicto entre ambas, ya que la hermana de abundante pechera, implantada confirmó la relatora, acusó a la portadora de “mamas pequeñas” de haber transcrito torticeramente el texto que ella le había dictado. El antagonismo entre la normalidad desquiciada y los paréntesis de lucidez, zanjó. Y ahí terminó la tarjeta de presentación de quien posteriormente no llegó a hacer acto de presencia… quedó claro, supongo que era el objetivo, que las gemelas son como agua y aceite.
Y una vez superado el consultorio médico y el somero retrato robot o casi alegato corrosivo que trazó de su hermana gemela, que me dejó un horrible sabor de boca, la cosa derivó hacia asuntos mucho más gratificantes…

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