domingo, 29 de enero de 2017

29 de diciembre / 2016




Relatos cortos y no tan cortos / 33

“Cuando en el pasado –escribió Michel de Montaigne- los cretenses querían maldecir a alguien, rogaban a los dioses que se vieran envueltos en alguna mala costumbre.”
Nueva cita con mi enfermera de noche preferida, y les digo sinceramente que no me importaría que la cosa  se hiciera costumbre, me está ayudando a reflexionar y recordar, y me lo paso bien. Esta vez sábado sabadete y en su casa. Y sí, señores, a propuesta de ella (si releen el relato 02, constatarán el desdoblamiento o la radical transformación que ha sucedido y nadie, y yo menos que nadie, sabe como ha sido). Me avisó de que quizás su hermana- la tetuda y estrambótica enfermera de día-, a la que, y así me deja advertido, mantiene puntual y completamente informada, podía aparecer por allí en cualquier momento. Pero no sé si para bien o para mal no fue así. Les cuento ahora, o unas líneas más abajo, el cuento de lo acontecido.
La autonomía de la imaginación es algo que el romanticismo trabajó a conciencia. Hablando en plata puede significar que la imaginación se despega completamente de lo real, que vuela a su aire y capricho, sin límites, ataduras o cualquier otro tipo de condicionante, sin imposibles, sin más ley que la “sin ley”. O eso le gustaba creer, y les gusta, a esos inconscientes autosuficientes. El problema “real” sigue siendo la mezquina duración del hechizo, cuando “realmente” llega a tener efecto.
No sé si estoy haciendo de un relato un diario o de un diario un relato. Simbiosis hay. Lo que es seguro es que nada de lo que cuento, insisto, ocurrió realmente tal y como lo cuento. No quiero decir que les esté  contando trolas sino que lo que aquí figura es sólo una pequeñísima parte de lo ocurrido y probablemente haya optado, unas veces de forma consciente y otras adrede, por  la parte más insignificante de todo lo que acontece de ordinario en mi extraordinaria vida, en cada ordinario día –a lo de Levrero anotando horas y minutos, espero no llegar-. La declaración de guerra y la sesión de natación en el mismo renglón, a lo Kafka.
Me estoy pensando seriamente escribir aquí sobre mi galopante pérdida de vista, sobre la progresiva sequedad de mis ojos poco dados al llanto, sobre el dineral que cuestan, ya no las recetan en la Seguridad Social, las lágrimas artificiales que algo los alivian durante unas horas. De este mismo asunto, claro que cada uno de sus particulares ojitos, he leído en Piglia, en Levrero, en Hermann Hesse…éste último me llegó al alma cuando le leí acerca de su miedo por sufrir un desprendimiento de retina… justo cuando uno que yo me sé  acababa de salir del post-operatorio… pero claro, qué nos puede llevar a pensar en la existencia de un lector interesado en devorar páginas y páginas cuyo contenido: me duele, me escuece, me pica, me marea, me hace pupa en la barriguita por dentro, me pone de los nervios, me desconcentra… consiste en un relato pormenorizado de achaques y miedos físicos y psíquicos de un sujeto groseramente impudoroso, ridículamente aprensivo e inequívocamente  maníaco. Pero como tampoco se trata de ser anti-canónico todos los días y a todas las horas creo que meteré por aquí algo de esa clase de relleno. Tampoco ignoro, aunque no es precisamente el caso, la existencia de enfermizos lectores –y que son mayoría, no se lo tomen a mal, no estoy pensando en estos andurriales,  y que por lo tanto que consumen no conviene ignorar-, que se suelen sentir estúpidamente halagados cuando con inescriptible felicidad descubren, yo mismo, que comparten vulgares patologías y manías y otras conductas inconvenientes con acreditados intelectuales de cierto rango mediático. Las mentes petisas al frente.

Ahora caigo en que una vez más no cumplí una promesa, esta en concreto hecha unas líneas más arriba, y además supongo que la entrada me quedó mamarracho y  les aburrí. Me cepillaré los dientes y me iré a acostar. Mañana lo vuelvo a intentar. La única muerte digna es en el intento. 

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