Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 28 de enero de 2017

28 de diciembre / 2016


Maurice Merleau – Ponty
“La duda de Cézanne”

Ensayo completo aquí:


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Relatos cortos y no tan cortos / 32

Nulla dies sine linea o 'ningún día sin una línea'. Este proverbio se atribuye a Cayo Plinio Cecilio Segundo, también conocido como Plinio el Viejo, escritor, científico, militar y naturalista romano.
(23 - 79 d. C.)

"...aunque sea una línea para decir que hoy no tengo ganas de escribir " (Mario Levrero, “La novela luminosa”)

Ando estos días sumido en la confusión más terrible. No distingo entre lo que ocurre en la realidad y lo que sólo sucede en mi mente, no acierto a discernir entre lo soñado, lo vivido o lo leído. La mente se me desorganiza, no puedo siquiera tomar nota de lo que acontece para que no se borre. Lo que me lleva sí o sí al borde de la histeria, y a ser ineficaz. Tomo el ómnibus, viajo “de guagua” y acabo bajando del autobús en marcha. Voy de Pavese a Piglia, de Levrero a López Pacheco o de Calvino a Kafka haciendo acopio sin casi pararme a cribar, y para rematar lo estoy haciendo con paso y prosa confusa y vacilante. Lo dejó dicho y bien dicho Chandler: “Ninguna trampa tan mortífera como la que uno se prepara a sí mismo”. Y así aparecen cosas absolutamente innecesarias  cuando buscas otras cosas quizás dudosamente necesarias que no se dignan aparecer por ningún lado material o intangible. Cosas algunas de ellas de cuya recuperación depende, créanme, mi paz mental. Y espero que no me malentiendan, ya que tengo leído que los malentendidos son el medio de comunicación de lo no-comunicativo. Y deben saber que soy muy crédulo con todo lo que esté escrito y contenido entre una tapa y una contratapa. Por ejemplo, siguiendo con las apariciones y volatizaciones inexplicables, esta misma mañana han hecho acto de presencia  dos estupendos tuppers atiborrados ambos de fichas para una novela que nunca terminé o ni siquiera comencé a escribir y que maldita la falta que hacen en estos endemoniadamente penosos  momentos...

Estos relatos que voy a duras penas escribiendo aún no los he podido dominar, no tengo noción clara de lo que se trata. Me digo que estos son mis relatos y puedo escribir lo que quiera… pero en la mayoría de las ocasiones sólo escribo, o leo, por disciplina o por curiosidad o por placer… pero en ninguno de esos casos puede uno escribir “lo que quiera” sino lo que corresponde singular y honestamente. También se escribe como escapatoria de las adicciones, esas que de ninguna manera le permiten a uno hacer “lo que quiera”; pero cuando la propia  escritura es una adicción… la cosa resulta bastante pero bastante tonta. Quizás deba insistir por este lado. Muestra bien a las claras el tipo de relación patológica que he entablado con la escritura. Y en cierta forma también puede resultar el mejor modo de dar cuenta de la magnitud del desastre. Y no sólo el propio.  Y esa es precisamente la tarea que estimo como absolutamente impostergable. Se acabaron las pendejadas del tipo: “Mañana estallará la tormenta”. Son esta clase de frasecitas mitificadoras e idealizadoras las que cada “Mañana” te llevan, te vienen llevando invariablemente desde hace muchísimo tiempo, a ese estado de extrema desolación en el que te hundes día sí día también. No producen ningún resultado, ningún cambio sustancial y, por lo tanto, no sirven para nada bueno o útil o positivo. Hay que comenzar por las así llamadas dificultades insalvables, hay que desintoxicar la mente, deshabituarse. Es hora de dejar de confiar, es una acción comprobadamente necia, en que llegará el turno; ni llegará el turno ni llegará Godot.

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