viernes, 27 de enero de 2017

27 de diciembre / 2016


John Berger: “Escribir es una derivación de algo más profundo”


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Relatos cortos y no tan cortos / 31

(El lector atento ya habrá comprobado, y si no que relea o se aguante, que me he entregado con entusiasmo desmedido al  picoteo  en libros y mamotretos que versan sobre asuntos como la memoria, los procesos cerebrales de información, la psicología, el lenguaje… y todo esto lo hago, sé que se lo están preguntando, con el generoso propósito –todas las batallas/guerras que se dan son por “Ampliación de Mercado”- de hacer más potable el relato por entregas que graciosamente regalo cada día a mis amables lectores…
Ya conocerán aquello que dejó escrito el siempre agudo, ingenioso e incluso en ocasiones esforzado Levrero: "La mente es como una dentadura que necesita masticar todo el tiempo", aserto que, por mi parte mental, corroboro aquí. La materia de que se trata ahora y aquí es la materia prima que se mastica todo el tiempo, y más tarde se digiere y se incorpora al banco de datos que nutre nuestra mente. Porque al fin y al cabo, ahí es donde uno echa mano a la hora de procesar las informaciones y en base a ellas elaborar nuestros, supuestamente, propios pensamientos. Y también cuando se trata de tomar decisiones, de elegir, de, en suma, guiar nuestra conducta personal y profesional, social, cultural, política. Esa mente que mastica, por cierto, leo que Kafka recomendaba masticar el bocado 70 veces antes de tragar -¡y aseguran que el tipo así lo hacía!-; es la misma que decide si encendemos la tele o apagamos un libro, si salimos a la calle o nos quedamos en casa ajena calentitos y a mesa puesta; si votamos o no votamos y a qué animal o a cuál no; si nos emparejamos o nos encapsulamos de por vida;  si cultivamos las relaciones sociales o nos engolfamos en la misantropía y en la negativa a fregar los platos apilados en el fregadero mientras aún quede alguno de plástico no estrictamente desechable; si nos duchamos o lo dejamos para el próximo verano por aquello del calentamiento global… y un montón de cosas más que no estimo necesario pormenorizar y seguir volcando aquí de cualquier forma y manera. El asunto en cualquier caso es serio, no es para tomarlo a broma, chanza, cuchufleta o guasa que es lo que, en estos momentos, me pide el cuerpo y me tienta la mente.
No es casual que haya sacado a colación el asunto de fregar los platos porque acabo de leer en Levrero que fue precisamente fregando platos, y haciéndolo como si fuese la cosa más importante del mundo, como consiguió desocupar su mente, liberarla de cosas y gentes que desesperan, deprimen, atormentan…–así consiguió un vacío de auténtico ocio, balsámico, que da fuerzas, vida, energía…- de los mil asuntos que lo atenazaban y lo tenían bloqueado en su quehacer, que no hacía, tanto personal como literario. Y en muchos otros quehaceres también, pero ya menos vitales. Convengamos en que, si funciona, no es mal truco, pero el reto realmente delicado viene después, ¿Cómo y con qué ocupar ese espacio que ha quedado vacante en la mente?
Y conste que no pretendo agobiar a nadie, pero conviene resolver el dilema “mental” cuanto antes… antes de que “ellos”, sean quienes sean, detecten el hueco y lo vuelvan a rellenar y convertir en un estercolero -una especie de reflujo esofágico que inunda la mente de falsos y manipulados recuerdos-, con su propia y muy elaborada basura compuesta de  materia memorística, ideológica, política…
Que están a la que salta es de dominio público, aunque nadie lo reconozca ni siquiera en privado. Miedo, mucho miedo hay sembrado.)


No trato de sacar conclusiones precipitadas porque ni se debe ni está bien visto, pero convendrán conmigo en que las hermanas no parecen muy hermanadas. Y miren, escribo esto y lo primero que me viene a la mente es qué opinará de esta valoración la hermana enfermera de noche, que es la que me consta que lee, casi en tiempo real y no me pregunten cómo, todo lo que escribo aquí, allí y acullá. Pero aunque creo que debo examinar este asunto, esta nueva irrupción, con más calma y detenimiento y, sobre todo, distanciamiento, en principio he decidido no tener en cuenta esta singular e inquietante circunstancia y tratar de evitar cualquier inoportuna tentación de autocensura… no, estimados lectores, no consentiré que me impregnen el inconsciente con ese tipo de basura castrante… además uno ya está más que acostumbrado a la existencia no compareciente de los más diversos especímenes de lo que podríamos llamar cortésmente “Vigilantes de la Playa” así que, a la fuerza ahorcan, ha forjado ciertos modestos recursos que le permiten decir callando y callar diciendo… o eso cree que consigue… Por otra parte y ahora que lo pienso, creo que no debo desaprovechar esta manera indirecta, y no buscada, de conversar con mi enfermera de noche preferida… tenemos que hablar de tantas cosas…

2 comentarios:

  1. “la ley es una ayuda al sujeto, a todos los sujetos, para facilitarles el no reencontrarse allí en la gran cuestión del deseo de otro modo que identificándose con ese Yo terrible y tranquilizador del que la institución dice: es el Otro, constituido y normalizado de acuerdo con la censura existente”
    Legendre, P: El amor del censor.

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  2. Aprovecho tu comentario para, vía palimpsesto jocoso, elaborar el mío.
    Salud.

    “la ley es una ayuda al objeto que se cree sujeto, a todos los objetos que se creen sujetos, para facilitarles, ya que dichos objetos que se creen objetos carecen, en la práctica real, de la más mínima autonomía, el no reencontrarse (esto es pura retórica puesto que su previa y exitosa cosificación les ha llevado, a los sujetos-objetos, a un estado de aislamiento prácticamente absoluto que ninguna mente adulta debe de confundir con los “espacios” organizados para un desarrollo eficiente de las relaciones sociales de producción capitalistas) allí (espacio real o virtual, lo importante es que time a ilusos) en la gran cuestión del deseo (no es que seamos fanáticos del behaviorismo, pero la para nosotros inexistente autonomía de los sujetos/objetos, conseguida y sustentada gracias entre otras cosas a la eficacísima reificación de lo real, les impide materialmente conocer, no digo tener noticia, nada que se parezca a un deseo no “estimulado”, o sea, “determinado” por una estancia digamos “exterior” y por lo tanto independiente de su voluntad, a su teórico YO y su no menos ficticio OTRO (hablamos de realizaciones sociales, de participación efectiva en los procesos de producción, de practicas sociales, no de ‘constructos’) de otro modo que identificándose con ese Yo terrible (signo icónico homologado por los amos del sello ratificador) y tranquilizador del que la institución (¿Puente de mando exterior?) dice: es el Otro (signo icónico homologado por los amos del sello ratificador), constituido y normalizado (¡Vaya, pues parece que las superestructuras legales y políticas, más allá de sus más que probables relaciones dialécticas, no existen. Pero haberlas haylas.) de acuerdo con la censura existente (Es lo que tiene lo “determinante”, que fija límites y ejerce las presiones que estima necesarias para mantener el orden en los estantes donde permanecen almacenados los sujetos/objetos. ”


    Legendre, P: El desamor del explotador/opresor enmascarado.

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