miércoles, 18 de enero de 2017

20 de diciembre / 2016





Relatos cortos y no tan cortos / 24

Deshágase de ella, hágale ese favor y hágase ese favor. Me espeta la enfermera de noche, cuando le pregunto por la situación de su hermana, por el silencio que ha seguido a su misiva de hace más de una semana…déme una razón, al menos un motivo que justifique tal decisión, le respondo. Pero como de costumbre me deja con las ganas… ¡no es para contar acá!, zanja.
Al irse dejó, sin dar aviso, una hoja meticulosamente plegada sobre la mesilla. Para mi sorpresa la nota estaba escrita con la misma letra, juraría que idéntica caligrafía, que la misiva de su hermana, ¿Debería escribir “supuesta misiva” y “supuesta hermana”?
Literalmente la nota dice:
“Ahora tenemos el diseño fundamental de la base de datos que subyace a la memoria humana. El sistema de memoria es una colección organizada de rutas que especifican posibles itinerarios a través de la base de datos. La recuperación de información de una tal memoria viene a ser algo así como recorrer un laberinto. Partiendo de un nódulo dado, se ofrece una multitud de opciones posibles sobre los itinerarios a seguir. La elección de una de esas rutas conduce a una serie de encrucijadas, que llevan a conceptos diferentes. Cada nueva encrucijada es como un nuevo laberinto, con un nuevo conjunto de puntos a elegir y un nuevo conjunto de rutas a seguir. En principio es posible partir de cualquier punto de la base de datos y, siguiendo la adecuada serie de vueltas a través de sucesivos laberintos, terminar en cualquier otro punto. Así, en el sistema de memoria toda información está interconectada.” (Peter H. Lindsay / Donald A. Norman, “Memoria y Lenguaje”).
Clarito el significado, ¿no?... es broma. Se ve que la nota tampoco es el acá apropiado. Y más abajo se completa de forma menos esotérica con un PS donde me pide vernos fuera, en el exterior del recinto. Y concreta la posible cita en una discreta cafetería, llamada “Punto y coma”, de la que por cierto recuerdo vagamente  haber sido parroquiano en mi lejana mocedad, situada en la parte alta, lejos del bullicioso centro de la ciudad. Reconozco que, además de intentar resolver la para mí enigmática conducta de su hermana, me tienta la posibilidad de superar los graves y ya antiguos problemas de comunicación que comparto con ella. Esa rajadura que no deja de crecer entre dos mundos que, a la vista está, se atraen y repelen al mismo tiempo y con la misma fuerza. También hay cantidad de razones para no salir (ya contaré pasadas experiencias), aunque por supuesto ninguna que emane de las infranqueables condiciones del proyecto y el contrato que lo rige, para que el “escritor residente”, es decir, “con techo” (¡y chip!), no pueda abandonar durante unas horas, incluso días, su confortable y segura guarida. Además me consta, en mollera propia, que los aislamientos demasiado prolongados provocan o, en su caso, fomentan y aceleran los trastornos psicóticos. De los que siempre anduve más que sobrado. Creo que sí, que me daré un garbeo por esa cafetería-laberinto. Además, aunque la sola idea de “salir” ya me resulta engorrosa, necesito ocio.

Ahora ya puedo ensobrarme.

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