Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 15 de enero de 2017

17 de diciembre / 2016



Relatos cortos y no tan cortos / 21

El ruido cómplice. El ruido sirve, entre otras cosas, para meter de contrabando muy variadas mercancías. El ruido, esa es una de sus funciones principales, atrae nuestra atención, la captura, y así distrae de aquello que se tenía entre manos, o en mente. El silencio también es una forma, contradictoria, de ruido. El silencio que te rodea es el ruido de tus tripas, o de tu esforzada respiración o cavilación. El ruido, instrumento del agravio, también en su forma silencio, ora dilata, ora funciona como tapaporos. De la misma manera que el ruido lumínico por un lado ilumina, esclarece, orienta o por el contrario, de tanto relumbrar, obnubila, embauca, enceguece (¿Qué sabe el estómago si es de día o de noche? Recitaba mi abuela cuando se charlaba sobre los aconsejables o inconvenientes menús nocturnos). Los textos llenos de ruidos (latentes o manifiestos), contra lo que se suele pensar, son muy cómodos de leer. Por ejemplo, para mi gusto, Borges (por el que siento más aversión que interés) es un escritor que rellena sus condensados, y por ello tan alabados, relatos de ruidos. Opino que en el polo contrario, en el espacio de la incomodidad lectora, la obra de Beckett, plena de silencios (el silencio es la nota que reverbera en todos sus escritos) que nos desamparan y soliviantan, está desprovista a su vez de todo elemento no sólo “inocentemente” ornamental, sino velador, encubridor, es  decir, silenciador. El niño que corre tirando de la cometa (en la portada de un catálogo de pintura que tengo sobre mi mesa), ¿vuela?

Creo que debería de hacer una lista de autores del ruido y de autores del silencio (no ruidoso). Por el simple placer de enumerar.

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