domingo, 8 de enero de 2017

10 diciembre / 2016




Lecturas ambulantes


Un final para el Diario de la beca
«Estoy cansado de esta situación, estoy cansado de esta vida gris, estoy cansado del dolor que me produce la extraña relación con Chl, el saber que la he perdido pero que está ahí a mano, la tensión sexual de cada encuentro, que no se resuelve en otra cosa que en la adicción absurda a la computadora; estoy cansado de mí mismo, de mi incapacidad para vivir, de mi fracaso. No he logrado cumplir con el proyecto de la beca; estuvo mal pensado, es inviable, no me di cuenta de que el tiempo no vuelve atrás, ni de que yo soy otro. Tengo pegado a la piel este rol de escritor pero ya no soy un escritor, nunca quise serlo, no tengo ganas de escribir, ya he dicho todo lo que quería, y escribir dejó de divertirme y de darme una identidad. No es cierto lo que dice en algunos ensayos mi amigo Verani, especialmente en su trabajo sobre `El discurso vació´, de que mi desesperación nace de no poder escribir. Yo puedo escribir; vea usted cómo estoy escribiendo ahora y qué bien lo hago. Puedo escribir lo que se me antoje; nadie me molesta, nadie me interrumpe, tengo todos los elementos y toda la comodidad que necesito, pero simplemente no tengo ganas, no quiero hacerlo. Y estoy cansado de representar ese papel. Estoy cansado de todo. La vida no es más que una carga idiota, innecesaria, dolorosa. No quiero sufrir más, ni llevar más esta miserable vida de rutinas y adicciones. Apenas cierre estas comillas, pues, me volaré la cabeza de un tiro.»

Mario Levrero, La novela luminosa, Uruguay


El compromiso según Flaubert
Se acusa de sensualidad a los escultores que representan mujeres de verdad, con pechos que pueden dar leche y caderas que pueden concebir. Pero si, al contrario, hicieran ropajes rellenos de algodón y figuras lisas como postes, los llamarían idealistas, espiritualistas. ¡Ah, sí!, es cierto: descuida la forma, dirían; ¡pero es un pensador! Y los burgueses, entonces, venga a dar voces y a forzarse a admirar lo que les aburre. Es fácil, con una jerga convenida, con dos o tres ideas en boga, hacerse pasar por un escritor socialista, humanitario, renovador y precursor de ese porvenir evangélico soñado por los pobres y por los locos. Ésa es la manía actual; se avergüenzan del propio oficio. Hacer simplemente versos, escribir una novela, tallar mármol, ¡ni hablar! Eso valía antiguamente, cuando no teníamos lamisión social del poeta. Ahora cada obra ha de tener su significado moral, su enseñanza graduada; hay que darle un alcance filosófico a un soneto, es preciso que un drama dé palmetazos a los monarcas y una acuarela debe moderar las costumbres. La picapleitería se cuela por doquier, la furia de discurrir, echar peroratas, defender; la musa se convierte en el pedestal de mil ambiciones. ¡Oh, pobre Olimpo! ¡Serían capaces de plantar en tu cima un campo de patatas! Y si sólo se metieran en esto los mediocres, se podría dejarles hacer. Pero la vanidad ha desterrado al orgullo, y ha establecido mil pequeñas codicias allá donde reinaba una amplia ambición. También los fuertes, los grandes, han pensado a su vez: ¿por qué no ha llegado ya mi día? ¿Por qué no agitar a esta multitud a todas horas, en vez de hacerla soñar más tarde? Entonces se han subido a la tribuna; han entrado en un periódico y ahí están, apoyando con su nombre inmortal teorías efímeras. Se esfuerzan por derribar a un ministro que caerá sin ellos, cuando podrían, con un solo verso satírico, atar a su nombre una ilustración de oprobio. ¡Se ocupan de impuestos, aduanas, leyes, de paz y de guerra! Pero ¡qué pequeño es todo eso! ¡Cómo pasa! ¡Qué falso y relativo es! Y se animan con todas estas miserias; gritan contra todos los tramposos; se entusiasman con todas las buenas acciones comunes; se apiadan de cada inocente muerto, de cada perro atropellado, como si hubieran venido al mundo para eso. Es más hermoso, me parece, ir a varios siglos de distancia a hacer latir el corazón de las generaciones y llenarlo de alegrías puras. ¿Quién dirá cuántos divinos estremecimientos ha causado Homero, cuántos lloros ha transformado el buen Horacio en una sonrisa? Sólo en lo que a mí respecta, siento agradecimiento hacia Plutarco debido a esas tardes que me dio en el colegio, llenas de ardores belicosos, como si entonces hubiera llevado en mi alma el ímpetu de dos ejércitos.


El libro secreto de Macedonio Fernandez
Una de las aspiraciones de Macedonio era convertirse en inédito. Borrar sus huellas, ser leído como se lee a un desconocido, sin previo aviso. Varias veces insinuó que estaba escribiendo un libro del que nadie iba a conocer nunca una página. En su testamento decidió que el libro se publicara en secreto, hacia 1980. Nadie debía saber que ese libro era suyo. En principio había pensado que se publicara como un libro anónimo. Después pensó que debía publicarse con el nombre de un escritor conocido. Atribuir su libro a otro: el plagio al revés. Ser leído como si uno fuera ese escritor. Por fin decidió usar un seudónimo que nadie pudiera identificar. El libro debía publicarse en secreto. Le gustaba la idea de trabajar en un libro pensado para pasar inadvertido. Un libro perdido en el mar de los libros futuros. La obra maestra voluntariamente desconocida. Cifrada y escondida en el porvenir, como una adivinanza lanzada a la historia.

La verdadera legibilidad siempre es póstuma.

RICARDO PIGLIA


“Lo que hace Gramsci en realidad, más que ‘propugnar’, es ‘constatar’ el predominio de las élites”
(…)
“Como escribió Las Casas en la vida de Cristóbal Colón, en muchos casos es más difícil ‘desaprender’ que ‘aprender’.”
(…)
“En la práctica, es inevitable el predominio de una minoría organizada, que obedece a un único impulso, sobre la mayoría desorganizada. La fuerza de cualquier minoría es irresistible frente a cualquier individuo de la mayoría, que se encuentra solo ante la totalidad de la minoría organizada; y al mismo tiempo puede decirse que está organizada precisamente porque es minoría.”

Luciano Canfora

“Hay tanto que hacer y hago tan poco. Aquí la vida casi sería perfecta si siempre que ‘pretendo’ trabajar lo hiciese de verdad. Fíjate en los cuentos y cuentos que sólo esperan un toque… ‘Mañana’. Pero fíjate en esta mañana, por ejemplo. No tengo ganas de escribir nada. Hace un día gris, plomizo, triste. Los cuentos parecen algo irreal, algo que no vale la pena escribir. No quiero escribir; quiero ‘vivir’. ¿Y qué quieres decir con eso? No resulta fácil explicarlo. ¡Ves, ya volvemos a estar en lo mismo!”.

Katherine Mansfield


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