lunes, 2 de enero de 2017

04 de diciembre / 2016



“La historia es un proceso sin ‘telos’ ni sujeto”
(Althusser)


Una de Calvino:

“El estalinismo se reforzaba con la necesidad, las cosas no podían ser de otra manera que como habían sido aunque el rostro de la historia no tenía nada de agradable. Sólo cuando llegué a comprender que en el seno de la necesidad más férrea hay un momento en el que las decisiones son posibles, y las de Stalin habían sido en gran parte decisiones desastrosas, toda justificación del estalinismo se hacía inconcebible.”
(Italo Calvino, “¿También yo fui estalinista?”, en Ermitaño en París. Páginas autobiográficas)

Leo: Thomas Mann, lo cuenta en sus diarios,  escogía un tema, luego la trama, los protagonistas, investigaba temas históricos relacionados y luego escribía; es la antítesis –sigo leyendo- de Kafka, que sólo hizo algo parecido una vez, en “América”; si se miran los originales de “El castillo”, por ejemplo, se ve que no sabe qué hacer con los tres personajes, es imposible si no se ha planificado y menos aún intentar hacerla de una tirada.



Una de Idea:


«Estoy aquí
en el mundo
en un lugar del mundo
esperando
esperando.
Ven
o no vengas
yo
me estoy aquí
esperando.»

(Idea Vilariño)







Relatos cortos y no tan cortos / 10

Elegir un camino significa abandonar otros, aunque sea de momento. En un contrato, que se cumpla, ese “de momento” está condicionado por la vigencia del mismo. Yo he firmado un contrato de por vida. Me he comprometido a donar mi obra, “el taco” mecanografiado, y mi sangre. El texto manuscrito (si hubiese sido editado, o sea censurado, comprenderán que no me sienta padre de la criatura) que usted lee, lo que significa que mi desaparición física ya se ha producido,  pertenece a unos cuadernos “privados” que nada tienen que ver con ningún contrato. Si acaso con un contrato conmigo mismo fruto de mis propias interrogaciones, pero en otro orden de realidad.
El “taco”, un híbrido de novela y ensayo, es el proyecto que fundamenta el contrato, y está claramente destinado a ser un producto para el mercado editorial. O sea, una mercancía diseñada y elaborada, de acuerdo a los apetitos previamente estimulados, pensando en un perfil objetivo de un público consumidor determinado, al que hay que satisfacer en su demanda, bueno, que “él” cree suya. En este caso: lector/comprador de libros. Precisamente por eso, en estos cuadernos (comprendan que no sé cuántos pueden llegar a ser) no se trata, en profundidad, del contenido ni de la forma de ese “taco”, es decir, ni de la “máquina programada” que lo escribe ni de la “máquina programada” que lo comprará y leerá. Tampoco del “lector”, abstracto salvo en sus concretos atributos, al que va dirigido: de sus “programados” deseos, o de su “programada” curiosidad, o de sus “programadas preferencias” lectoras, o de su “programado” gusto o potencial cognitivo… programa, programa, programa… hay muchos intereses en juego, repiten, repiten, repiten, y no se puede dejar nada al azar: ni escritura, ni lectura, ni reseñas ni críticas… nada fuera del “programa”. ¡Al embrutecimiento programado por la lectura programada!
Pero aquí afuera, a mano y a la intemperie, se escriben estos cuadernos (fuera de programa) quizás, en mi caso sin quizás, con su eventual valor de uso pero, hoy por hoy, sin ningún valor de cambio. Cierto que los escribo bajo la atenta, e ineludible, mirada del ojo que todo lo graba… pero que en este caso, y por contrato, no “edita” (no reescribe).
Claro que, ¡Se incumplen tantas cosas, quizás por viciosas del azar!


ELOTRO


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