Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 24 de abril de 2017

24 de marzo / 2017


Desde Camp Darby, armas estadounidenses para la guerra contra Siria y Yemen
por Manlio Dinucci


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“Karl Marx / Historia de su vida.”
Franz Mehring
Libro completo aquí:

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¡Ay del que muerde el fruto de la verdad y,
necio insigne, no acierta a callarse
sino que va ante el pueblo a confesarse:
acaba siempre en la hoguera o en la cruz!
(Goethe, ‘Fausto’)


“La minoría (de la Liga Comunista) suplanta la posición crítica por la dogmática, la materialista por la idealista. Para ella, el motor de la revolución no es la realidad, sino la voluntad. Allí donde nosotros le decimos a la clase obrera ‘tienen que pasar por quince, veinte, cincuenta años de guerras civiles y luchas de pueblos, no solo para cambiar la realidad, sino para cambiarlos a ustedes mismos, capacitándose para el poder’, ustedes le dicen: ‘¡O subimos inmediatamente al poder o nos echamos a dormir! Allí donde nosotros le hacemos ver concretamente a los obreros de Alemania el desarrollo insuficiente del proletariado alemán, ustedes los adulan del modo más descarado, acariciando el sentimiento nacional y los prejuicios de casta de los artesanos alemanes, lo cual no negamos que los hará más populares. Hacen con la palabra proletariado lo que los demócratas con la palabra pueblo: la convierten en un icono". 
(Karl Marx)

(…)

“VIDA DE EXILIADOS
Aquellos días de noviembre señalaron casi matemáticamente el tránsito de la primera a la segunda mitad de su vida, e internamente también representan un cambio muy importante en la vida y en la obra de Marx. Él mismo tenía la sensación viva de que era así, como la tenía también Engels, con una percepción quizá todavía más clara.

"Cada vez se convence uno más -le escribía a Marx en febrero de 1851- de que la emigración acaba por convertir fatalmente en necio, idiota y vil rufián a todo el que no se retrae por completo de ese ambiente y se refugia en la posición del escritor independiente, sin andar preguntando por el que llaman partido revolucionario a diestra y siniestra”.

Contestación de Marx:

“A mí me agrada mucho este aislamiento público en el que ambos nos encontramos ahora. Se ajusta totalmente a nuestra posición y a nuestros principios. Eso de andar haciéndose concesiones mutuas, de tener que aguantar, por cortesía, todas las mediocridades, y de compartir ante el público con todos estos asnos el ridículo que echan sobre el partido, se ha acabado”.

Y Engels, otra vez:

“Por fin, volvemos a tener ocasión -por primera vez, desde hace mucho tiempo- de demostrar que nosotros no necesitamos popularidad ni apoyo de ningún partido de ningún país, y que nuestra posición está enteramente al margen de todas esas miserias. En adelante, solo seremos responsables de nosotros mismos... Por lo demás, en el fondo no tenemos grandes razones para lamentarnos de que esos ‘petits grands hommes’ nos huyan; ¿no nos hemos pasado, acaso, tantos y tantos años aparentando que Fulano o Mengano eran de nuestro partido, cuando en realidad no teníamos partido alguno, y gente a quien tratábamos como si fuera del nuestro, oficialmente al menos, ignoraban hasta los rudimentos básicos de nuestros trabajos?”

(…)

“No dejaba de contribuir a estos planes editoriales la "imperiosa necesidad de un trabajo lucrativo” en la que Marx se encontraba. Vivía de una manera muy ajustada. En noviembre de 1849 nació su cuarto hijo, un niño, al que pusieron por nombre Guido. Lo criaba la propia madre, y he aquí lo que escribía:
"El pobre angelito me ha bebido en la leche tantas penas y amarguras calladas, que no hace más que estar enfermo, presa de dolores los días y las noches. Desde que ha venido al mundo, no ha dormido bien una sola noche, dos o tres horas a lo sumo”.

La pobre criatura murió al año de nacer. La familia de Marx se vio brutalmente desalojada de su primera casa de Chelsea porque, aunque le habían pagado puntualmente el alquiler, la señora que se las arrendaba, inquilina ella misma, tenía una deuda con el casero. Tras muchos esfuerzos y contratiempos lograron acomodarse en un hotel alemán situado en la Leicester Street, de donde no tardaron en trasladarse al número 28 de la Deanstreet, Soho Square. Durante una media docena de años encontraron allí calma y sosiego en un par de cuartitos. Pero con esto no estaban conjurados, ni mucho menos, los agobios. Todo lo contrario, cada vez era más angustiante su situación. A fines de octubre de 1850, Marx se dirigió a Weydemeyer, residente en Frankfurt, para que le sacara de la casa de empeños de aquella ciudad unos cuantos objetos de plata que tenía allí y se los vendiera, con excepción de un cubierto de niño que pertenecía a la pequeña Jenny y que habría que salvar por todos los medios.

"Mi situación actual es tan apretada, que no tengo más remedio que sacar dinero de donde sea, para poder seguir trabajando”.

Eran los días en que Engels se trasladaba a Manchester para dedicarse al "aborrecido comercio”, y seguramente que en esta determinación no dejaba de influir el deseo de poder ayudar a su amigo. Por lo demás, ya se sabe que los amigos, cuando se necesitan, no abundan.

"Lo que me duele verdaderamente hasta en lo más íntimo, y me hace sangrar el corazón -le escribía la mujer de Marx a Weydemeyer en 1850- es tener que ver a mi marido pasar por tantos trances mezquinos, verlo aquí solo, sin ayuda de nadie, a él, a quien con tan poco se lo ayudaría y que a tantos ha ayudado generosa y alegremente. Y no crea usted, querido Weydemeyer, que exigimos nada de nadie para nosotros mismos. Lo único que mi marido exigiría seguramente de aquellos que tantas ideas, tantos ánimos y tanto apoyo tuvieron en él, sería un poco más de energía, de celo y de entusiasmo para la revista. Tengo el orgullo y el atrevimiento de decirlo así. Para él, no necesita nada. Y creo que nadie hubiese salido perdiendo nada con eso. A mí estas cosas me duelen, pero él piensa de otro modo. Jamás, ni en los momentos más terribles, pierde su seguridad en el porvenir, ni su buen humor siquiera, y para estar contento no necesita más que verme a mí un poco alegre y a los niños rondando y haciéndole caricias a su pobre madre”.

Y así como ella se preocupaba por él cuando los amigos enmudecían, él velaba por ella cuando aquellos mismos amigos hablaban más de lo necesario. Al propio Weydemeyer le escribía Marx:

“Mi situación es, como puedes suponerte, bastante fastidiosa. Si esto dura mucho tiempo, acabará con mi mujer. Los desvelos constantes y toda esta mezquina y ruin campaña burguesa la tienen abatida. A esto viene a añadirse la infamia de mis enemigos que, incapaces de atacarme objetivamente, se vengan de su impotencia volcando sobre mí sus viles sospechas burguesas y las infamias más inconcebibles... Yo, por mí, me reiría de todas esas basuras, naturalmente, que no me quitan el sueño ni interrumpen un instante mis trabajos, pero ya comprenderás que a mi mujer, que no está bien de salud, que pasa los días enteros sumida en todas estas ingratas miserias burguesas, con el sistema nervioso destrozado, no le sirve precisamente de alivio que todos los días desfilen por aquí imbéciles para traer y llevar las fétidas emanaciones de las cloacas democráticas. Es increíble la indiscreción a la que llega en esto cierta gente".

Hacía algunos meses -en marzo- habían tenido una niña, Francisca: el parto, aunque feliz, había postrado a su mujer unos días en cama, "más por preocupaciones burguesas que por causas físicas"; no había un centavo en toda la casa “y eso que, por lo visto, no hace uno más que explotar a los obreros y querer alzarse con la dictadura”, le escribía Marx a Engels con tono de amargura. Para él, encontraba refugio y consuelo inagotable en los trabajos científicos. Se pasaba los días, desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde, en la biblioteca del British Museum. Refiriéndose a los devaneos de Kinkel y Willich, escribía:

"Esos simplones democráticos a quienes les viene la inspiración 'de lo alto’ no necesitan, naturalmente, imponerse semejantes esfuerzos. ¿Para qué van a torturarse, esos hombres afortunados, con el estudio de los materiales económicos e históricos? ¡Es todo tan sencillo!, como solía decirme aquel pobre diablo de Willich. ¡Sí, es todo muy sencillo! En sus cabezas vacías. Ellos, ellos sí que son sencillos”.


(…)

domingo, 23 de abril de 2017

23 de marzo / 2017


‘La llegada de Lenin a Rusia’
Grigory Zinoviev


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De marcha con Chirbes…

“…y porque el miedo o el rencor y la venganza no deben nunca traspasar ciertos límites, porque, si los traspasan, degradan al hombre y lo convierten en un pelele…”

(Rafael Chirbes, “La larga marcha”)



Cuenta Rafael Chirbes de un tiempo lejanísimo, pongamos que nos referimos a la criminal posguerra española (“Decir España era llenarse la boca con un coágulo de sangre”), en el que todavía no se transpiraba sino que sencillamente se sudaba (así en la ficción censurada como en la realidad obligatoriamente ovacionada). Y no sólo lo hacían así los energúmenos que a cambio de una buena paguita daban patadas a un balón o las analfabetas folklóricas que con artificioso salero alzaban el brazo y ventilaban sobaco cara al sol… del aplique o la bombilla, y armadas de estrepitosas  castañuelas.

Se nos reseña que, por entonces, los engominados falangistas (tanto los ya acreditados asesinos profesionales como los todavía prometedores aficionados vocacionales), lucían muy requeteplanchados, azulados y adornados con pintorescas  medallas ganadas o compradas de tapadillo y lustrosos correajes cargados de abrillantados “jierros”, y de tal guisa  ataviados se pavoneaban día sí y día también por las calles, plazas y tabernas relatando ‘la caza del rojo’ que, en grupo, siempre en ventajista grupo, habían llevado a cabo, en medio de la más heroica impunidad, la noche anterior, e informaban a la acojonada concurrencia, con ese garbo y tronío que siempre ha caracterizado a los valientes, no sólo por la ‘estampa’, medio maricones del yugo y las flechitas, explayándose sobre pormenores tales como el número de piezas cobradas (y los favores sexuales caritativamente dispensados a esposas e hijas, luego rapadas,  de los bolcheviques) y lo remataban, fanfarroneando cierto que con púdica modestia, de los impactos de bala y manchas de sangre que habían agregado generosamente al ya muy desportillado paredón que, eso si que sí, cada santo domingo acudía a bendecir el obispo de guardia en persona o, si al venerable se le acumulaba el trabajo de santificar a tantos eméritos criminales, delegaba con evidente pesar en un propio, de pringosa sotana y acreditada calaña, fiel al  nacional-catolicismo.

Que la posguerra resultara para algunos tan penosamente larga, unos quince añitos más o menos, y cruel, “cuando no asesina muerde con dentelladas de fuego”, no se debió tanto, (según proclama aún hoy la predominante versión franquista y, más tarde en su solapado apoyo acudió la tibia variación   socialdemócrata), a la conocida afición de los sanguinarios fascistas a matar y robar (recordemos el “Muera la inteligencia” dirigido a un vencedor/vencido Unamuno, por aquel esperpento llamado Millán Astray) como a la necesidad de culminar, se ve que un millón de muertos había sido poca cosa, la “Santa Cruzada” contra  las hordas rojas que querían “hundir a España en un lodazal”.

Ante la risa siniestra de las hienas franquistas, los ‘vencidos’ que por azar no ocupaban ‘cristianamente’, como sí lo hacían otras decenas de miles, las fosas o las cunetas, sobrevivían literalmente hambrientos y escondidos o simplemente vueltos en silencio sobre sí mismos (no confundir con el silencio interesado de los que se pasaron al bando victorioso y  renegaron públicamente de su pasado, voluntario o accidentalmente republicano), “como cadáveres que seguían engendrando… (…) Helena con hache, por favor…” ¿Por la Santa Helena de Troya?.

A la fuerza se buscaban la vida, malvivían en las desoladas e inhóspitas  calles habitadas entonces por legiones de mendigos o palurdos despojados de todo y huidos del yermo y arruinado campo hacia la futurible promesa de una  ‘colocación’ en la gran ciudad; o sirleros o carteristas y estraperlistas de medio pelo, y en fin, reciclados buscavidas de todos los oficios y pelajes.

Por aquellos días tales calles, avenidas y plazas fueron católicamente bautizadas con nombres de valerosos asesinos que declararon la guerra a un Estado democráticamente constituido. Y hoy, casi ochenta años después, ahí siguen en su mayoría todos esos valientes para orgullo de sus agradecidos herederos.

Hundidos por su parte los vencidos (más algunos ilusos de la estirpe: ‘vencedores sí, pero de pacotilla’), en aquella ciénaga de miseria (“…no gana más que lo que se come a mediodía, trabaja por el pan, el tocino y el gazpacho.”) sin salida ni alternativa (“…un Madrid sin huertas, ni corrales, ni ríos trucheros”), ellos que ya casi ni sienten ni padecen… “…no tenían nada, salvo sus manos y su espalda, sus patas y su lomo…”, aunque sólo unos años antes (del glorioso golpe militar faccioso) alguno hubiera ejercido su oficio de cirujano en el Hospital Clínico…, vencidos, repito,  que “apuraban hasta las heces el cáliz amargo de todas las humillaciones y miserias”…

ELOTRO


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sábado, 22 de abril de 2017

22 de marzo / 2017



Escalada nuclear en Europa: Estados Unidos ensaya la bomba B61-12
por Manlio Dinucci


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De la manita de Raymond Williams…

Un ‘presente’, históricamente hablando, desconectado del pasado no es, no puede ser en ningún caso: ‘presente’; sería en cualquier forma un presente mermado, mutilado, un ‘presentito’ o un ‘estadio’ postizo de ‘presente’. Se trataría  como mucho de una pequeña abstracción de ‘presente’ (adiciones, supresiones y modificaciones realizadas con la burda intención de sustituir el todo por la parte, además con una parte aislada, desnaturalizada e inerte), un fragmento, un trozo, un cacho (¿fundamental, secundario, marginal?), perteneciente a un primigenio ‘todo’ que, sólo como tal totalidad si fuera el caso y únicamente tratado como proceso total (que no es en modo alguno un proceso aislado y que incluye todas las  complejas interrelaciones dinámicas de sus diversos elementos con el, digámoslo así, pasado que no acaba de pasar, que se hace presente además con sus remanentes ‘áreas de experiencia’ y que resulta ser, también   en cierto modo aunque nunca como producto ‘acabado’, pasado residual en cuanto conlleva valores y significados reales e imperantes) se podría denominar, ya en un sentido propiamente cabal, ‘presente’ con todas las letras.

Sin embargo, y aunque la evidencia práctica en su contra es abundante, resulta ser el profundamente deformado y jibarizado (reducido y disecado) concepto de ‘presente’, sutilmente desconectado del pasado, el que se muestra sobre el terreno como verdaderamente hegemónico. Es por eso que se suele dar un conflicto, una discordante tensión entre la interpretación recibida (desde los sistemas influyentes de explicación y argumentación) y la propia experiencia práctica. Y es aquí donde quizás venga a cuento insistir en  aquello de que la ‘conciencia práctica’ (sentimiento en oposición al pensamiento) es lo que verdaderamente se está viviendo, y no sólo lo que se piensa que se está viviendo.

El presente, visto como proceso total y por tanto este sí conectado al pasado y al futuro, deviene pues en una conceptualización alternativa (más que opositora porque esta, de hecho, no suele pasar la mayor parte de las veces de ser otra forma velada de aceptación de lo dado), que sólo tiene lugar fuera o contra el modo dominante.

Conviene clarificar la separación entre lo social (relaciones, instituciones, formaciones…) y lo personal (esto, aquí, ahora, vivo, activo, subjetivo…). Y en esa esfera de análisis teórico aceptemos pues que lo social es siempre pasado, en el sentido de que siempre está formado. Pero no olvidemos contar (para el completo análisis del incesante proceso en su conjunto), con la innegable ‘experiencia’ del presente.

La experiencia, en oposición a la creencia, es así mismo un ininterrumpido proceso formador y formativo y, por tanto, presencia viviente en continua transformación. Por ejemplo la producción de arte no se halla nunca ella misma en tiempo pasado. Es siempre un proceso formativo dentro de un presente específico. Y desde el mínimo rigor es bien sabido que lo viviente no puede ser reducido a formas fijas e inertes, so pena de incurrir en...

ELOTRO



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viernes, 21 de abril de 2017

21 de marzo / 2017



El desorden de mi orden. Frente a mí, además del monitor, el teclado, el escáner/impresora, los altavoces y un disco duro,  tengo una estantería abarrotada de libros (y de cachivaches). Digo abarrotada porque prácticamente no queda hueco que aprovechar ya sea este vertical, horizontal o diagonal y también por el desorden de temas y autores. Concretemos algunos puntos periféricos del mural: arriba a la izquierda se sitúa “Los ojos de Rembrandt” de Simon Schama. También en el extremo izquierdo pero en el estante inferior tenemos a Miguel Sánchez-Ostiz y su obra “El Escarmiento”. Y en la balda de más abajo: “Los ensayos” de Michel de Montaigne”. Bajando otro escalón: “El juguete rabioso” de Roberto Arlt. Y por fin sobre la mesa de la computadora en horizontal obras de Céline, Lukács, Franco Moretti, Canetti, D.H. Lawrence, Brecht… Y si pasamos a la parte derecha de la estantería y de abajo hacia arriba tropezamos en sus extremos con: “El Capital” de Marx. “Soberanos e intervenidos” de Joan E. Garcés. “Por el bien del Imperio” de Josep Fontana. “Marxismo y literatura” de Raymond Williams. “La era del imperio” de Eric Hobsbawm. “Antonio Gramsci, Antología” de Manuel Sacristan y “Poesía completa de César Vallejo”. Debo añadir que, con el mismo desbarajuste y parecida mezcolanza tengo en la pared de mi izquierda y colgadas sobre un costado y a los pies de la cama otras dos pequeñas estanterías y a mi espalda cubriendo toda la pared y desde el suelo hasta el techo la librería más grande. Calculo un tumulto de unos mil libros en total y de ellos quizás más de un tercio sin leer.
En fin, una muy escueta y muy parcial muestra del pandemónium a que me refiero, y por supuesto una referencia que creo que  puede ilustrar, al menos en parte, el  caos de mi mente y que, a su vez, puede colaborar a explicar o al menos clarificar el fárrago de este diario de lecturas, con alguna cosilla más, que anoto en este blog.

Pero este particular introito realmente sólo viene a cuento debido a la mareante y confusa sensación que tengo en este preciso momento en mi propia mente tras la diaria y ‘obligada’ lectura, finalizada hace escasos minutos, de la prensa digital, en concreto quiero destacar la de ‘eldiario.es’ (el diario del filántropo Soros en Spain), hoy 6 de marzo de 2017, y que a continuación comparto en  sus titulares con el amable lector:

“Ciudadanos baraja las opciones de "moción de censura o elecciones" como salida a la situación en Murcia.”

Ángel Gabilondo
"El PP ha probado su propia medicina con la Lomce"

“El hallazgo de unos restos en Canadá pone en cuestión la fecha en que se originó la vida.”

“Luis Delso contradice la versión de los cabecillas de Gürtel sobre 'Luis el cabrón”

“Ken Loach: Corbyn no debe pagar por los pecados de Blair, Brown y el Nuevo Laborismo”

“El padre Román niega los abusos sexuales ante el juez y dice que era "amor cristiano"

“El Corte Inglés traslada al juzgado la lucha de poder entre los clanes del grupo”

Iglesias, sobre el equipo de Errejón: "Hay compañeros que dentro defendían una cosa pero fuera no decían nada"

“El sueldo medio en la cúpula de TMB alcanzó los 139.000 euros en el último gobierno PSC-ICV”

“Dimite el presidente de la falla que quería homenajear a la Fundación Franco.”

“Peugeot-Citroën confirma la compra de Opel por 2.200 millones de euros.”

“El Gobierno sigue privando a los trabajadores temporales de la tarjeta sanitaria europea.”

“Condenados a tres meses de cárcel por protestar en la universidad contra un profesor homófobo.”

“Trump pide al Congreso que investigue el supuesto espionaje de Obama a su campaña electoral.”

“Jane Fonda revela a Brie Larsson que sufrió abusos sexuales y fue despedida por no acostarse con su jefe.”

“Una foto 'delata' a Marhuenda, tras llamar 'frikis' a Hazte Oír en 'la Sexta Noche”

¿Por un casual, han oído ustedes hablar, en medio de este bien diseñado y tumultuoso jaleo, de eso que el, según dicen los amos del altavoz, redomado estalinista y pedantesco Lukács llamó reificación? Yo por mi parte pienso que, ante tanta fragmentación de la realidad ya previamente ficcionada y tantísima cosificación de ficciones ya refritas, sobran más comentarios, ¿no les parece?

ELOTRO



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jueves, 20 de abril de 2017

20 de marzo / 2017




La "misma mierda es" denuncia y piropea  a la "misma mierda es"...

Cuando a un demagogo, pongamos a cualquier cerebrito de PODEMOS, se le calienta la boca… y es que la ‘maldita retórica’ les permite ir desde la extrema izquierda hasta la derecha más rabiosa sin hacer transbordo (¿será la línea nº 6 del subte, la circular?). Y el trayecto de la prédica de estos agentes colaboracionistas del sistema, ‘sobradamente preparados’, suele ser invariablemente ese (ellos, a pesar de circular en círculo, nunca confunden el punto de partida con la meta), el que parte desde el fervoroso y entusiasta ‘piropo de boquilla’ disparado con mucho tino al oído de un supuesto radicalismo revolucionario con más o menos ardor juvenil y fanático, para acabar, con las redes de arrastre ya atiborradas de primero encandilados y luego rendidos ilusos, en las más sensatas playas donde siempre reina:
‘la necia confianza del filisteo en las reformas pacíficas por vía legal’.

Los sobradamente preparados, que conocen sobradamente la Historia, porque la han (en su mayoría escrito) leído y estudiado  sobradamente, saben, también sobradamente, dos cosas: la primera que los incautos radicales revolucionarios no han leído, porque no han podido (se les ha escamoteado fácticamente) en la mayoría de los casos, ni estudiado ‘críticamente’ la Historia, luego las criaturitas adolecen, para la práctica cotidiana, de su valiosísimo magisterio. Y la segunda cosa es que, precisamente gracias a la sobrada ignorancia que en su inopia  disfruta puerilmente la plebe (trabajadores en general se tengan o no por miembros del semi-exclusivo club ‘clase media’) sobre las batallitas de la lucha de clases (otra cosa es el fútbol, el tour, el tenis, la fórmula uno, los videojuegos, las app…), sus tácticas y estrategias, que se han venido dando con más o menos fortuna práctica a través de los tiempos, como el tosco y viejo ardid de acariciar con una mano el lomo de la bestia y colocar simultáneamente el yugo con la otra, sigue siendo un engaño social-político-cultural  sobradamente eficaz. Para ellos y su bolsa, que sobradamente se lo curran.

Resulta evidente pues que el desconocimiento del acontecer histórico (desconocer de dónde venimos es ignorar dónde estamos y por lo tanto camino de dónde vamos) condena al trabajador a la animalidad intelectual y física. Por mucho móvil (teléfono inteligente) que tenga a todas horas entre sus garritas. O precisamente, en estos tiempos de incomunicación globalizada, también y a más a más por ello.

No debemos de infravalorar el poderío de ese, ya prácticamente indispensable, artefacto ‘sobradamente preparado’. A través del llamado ‘smartphone’ los súbditos-productores-consumidores permanecemos conectados al mundo (relaciones con las administraciones del Estado, comerciales, laborales…) y a nuestro mundo (relaciones sociales, de producción y consumo, familiares, personales…). Conectados a Internet recibimos puntual y desinteresadamente toda, entiéndaseme, la desinformación (por supuesto que en magnitudes absolutamente inabarcables) fabricada a conciencia por los todopoderosos medios hegemónicos de producción y avituallamiento ideológico. Se trata, aparentemente, de lo nunca visto contra el raquitismo cultural que de siempre caracterizó las mentes de  las masas trabajadoras y, a la par, y aquí está el documento de barbarie, la causa de la bendita, entiéndaseme, ignorancia enciclopédica que, por el bien del amo explotador y opresor, las aqueja.

Comprenderán ahora, digo salvo el que por ventura o privilegio llegase sabido de casa, por qué los sobradamente preparados (y generosamente patrocinados y subvencionados, demagogos de PODEMOS, como antes, históricamente, ocurrió con los ‘colaboracionistas’ del PSOE, los del PCE y los charlatanes socialdemócratas, trotskistas y reformistas de todo pelaje que les precedieron), encuentran un terreno tan bien abonado y propicio para su delicada y traicionera labor en el seno de la, inevitable, lucha de clases. Lucha de clases que, con móvil o sin smartphone, sigue siendo, por muy eficazmente que lo oculten, la rueda motora del proceso histórico. Ese que a los obreros, por la cuenta que nos tiene, no nos conviene desconocer…

ELOTRO



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miércoles, 19 de abril de 2017

19 de marzo / 2017




Por lo que se ve, a veces les conviene desligar la causa del efecto. Y en algunas ocasiones se puede comprobar que les basta con contraer una y/o dilatar la otra. Lo que no quita que, llegado el caso, si resulta imprescindible mutilar, amputen sin más miramientos. En ocasiones se les ha visto apoyarse y con sumo desparpajo en la teoría de la relatividad, y a partir de ahí  intervenir ‘simultáneamente’ en ambos sentidos terminológicos  y campos espacio-temporales. 
Siempre encuentran un clavo ardiendo (y si no lo fabrican) al que asirse cuando se trata de expresiones sin sentido, puramente verbales, no verificables.  Según convenga, promueven o impiden el uso lingüístico inexacto, defectuoso. Una prueba de que, en ciertas circunstancias, lo eficaz puede ser lo defectuoso. Paradojas semánticas. Es conveniente diferenciar entre el lenguaje ‘del que’ se habla y el lenguaje ‘en que’ se dice algo. No debemos olvidar que el lenguaje no es sólo el instrumento de la investigación filosófica, sino también su objeto.
Demasiados efectos, ‘no deseados’, son el resultado de un uso lingüístico inadmisible… desde el punto de vista del oprimido.

Una muestra: El efecto que se consigue tras simplificar un hecho histórico puede ser el de enturbiarlo, puede consistir tras esa ‘intervención’ en empujarlo o hacerlo caer ‘casualmente’ en el cieno de la metafísica. Nada como la inseguridad y la inexactitud del lenguaje para el (des)conocimiento humano.

Otra ‘turbia’ manera de enturbiar puede basarse en (por ‘ligar’ un ejemplo causal), derramar sobre y desde los ‘media’  un verdadero mar de tinta, imágenes y sonidos para, aparentemente, poder analizar correctamente el asunto en cuestión, y de esa manera hacer surgir una ingente cantidad de literatura (y sobre todo ruido) especializada que prácticamente no se pueda ya dominar.

¡Qué efectos, Dios mío, tiene la causalidad programada!

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Una de Gonzalo Torrente Ballester:

“El profesor Andrew había sido crítico literario, especializado en Shakespeare. Solía, sin embargo, rechazar semejante atribución. “Yo no soy especialista en Shakespeare, sino en un verso de Shakespeare, en uno solo, y con tan mala fortuna que se trata de un verso ambiguo, con dos interpretaciones posibles o contradictorias, tan racional y concluyente la una como la otra. De modo que no sé con cuál quedarme.”

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De Rosa Chacel en “Memorias de Leticia Valle”:

“…antes no había hecho más que enseñarme lo que yo ya sabía, en aquel momento se me hizo evidente. Todas sus explicaciones habían tomado siempre como base puntos centrales cuyo conocimiento poseía yo profundamente y él a aquello le añadía ramas por donde corría una sustancia que nunca era extraña para mí. De pronto cambió, aunque no de un modo ostensible. No me daba lugar a preguntarle por qué las cosas eran diferentes, pues, es más, si yo hubiera intentado demostrar que percibía la diferencia, no me habría sido posible señalar en qué consistía. El caso es que cuando todo parecía marchar por sus cauces habituales, con un inciso abordaba regiones desconocidas, sin prevenirme, como dando por sentado que aquellas regiones habían sido siempre dejadas al margen por condescendencia suya o más bien por certidumbre de que mis fuerzas eran escasas para penetrar su intrincamiento. Así, al abordarlas, lo hacía siempre con una frase neta, precisa y tan compleja que en un instante proyectaba delante de mí todas las perspectivas de mi ignorancia. La frase no era nunca una explicación ni tampoco una pregunta brusca, pues con esto hubiera descubierto su nueva táctica: era generalmente una alusión a cosas de las que se podía decir mucho y de las que no había ni por qué preguntar…”


ELOTRO



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martes, 18 de abril de 2017

18 de marzo / 2017


Emory Douglas: The Art of The Black Panthers


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Leo  por vez primera ‘Memorias de Leticia Valle’ de Rosa Chacel (y el caso es que tenía en casa, lo acabo de descubrir, y desde hace años dos ediciones diferentes del libro en papel y una en formato pdf pero…) y por mi parte comparto la sorpresa y el entusiasmo de Jorge Valotta (Mario Levrero) por esta inteligente y transgresora (1946) novela de memorias en la que, por mostrar algunos ejemplos entre muchas otros pasajes,  uno puede tropezar con párrafos tan sugerentes como el siguiente:

“Yo pensaba que me faltaba el principio, que nunca llegaría a comprender sin haber oído lo que habían dicho antes, pero no momentos antes, sino días antes, siglos antes…’

Dentro de mi particular lectura y en un sentido en el que quizás, y digo quizás, la Chacel (una escritora que, al menos en esta obra, dice mucho y muy bien dicho) no pudo siquiera ni sospechar , este fragmento me parece o más bien me sugiere un hermosísimo, y reivindicativo, canto a la historicidad, un vivo llamamiento a la necesidad imperiosa de ir a conocer, más allá de la naturaleza del asunto, los primigenios orígenes, de comparecer a la ineludible cita (desde el criterio del rigor, con la concreta verdad de la totalidad, es un decir, de los hechos, individuales y/o colectivos, en el transcurso de todo su proceso social) con las primigenias raíces o fuentes para de ese modo conocer y poder comprender, aprehender,  en toda su extensión y profundidad, junto con el complejo aporte del vivo  presente, la ‘cosa’ que sea (en la cita que nos ocupa se trata, digo la ‘cosa’, de una inefable conversación entre dos hombres adultos que es comentada y valorada –mediante habla memorística interior- por una niña de doce años de edad, y por muchos motivos rarita, a la que, quizás a la defensiva, las mujeres adultas e iletradas que la rodean  reprochan ‘que lee demasiado, pasea poco y habla como un libro’ –en el texto lo hace vía Leticia Valle adulta, la narradora que repasa sus recuerdos-).

Y aquí pego otro fragmento:

“…con lo que yo pensé en el trayecto de la cocina al despacho podría llenar cientos de páginas; envejecí diez años en ese momento…”

Supongo que un poquito picará la curiosidad por el (histórico) antes, el precedente-resorte, el hecho ocurrido en el inmediato  pasado que provocó en la niña ‘marisabidilla’  aquel arrebatado y caudaloso torrente de pensamientos que, suponiendo el caso de que a la tal Leticia le hubiese dado por fijarlos negro sobre blanco,  ocuparían lo que una novelita de César Aira o similar. Aunque seguro que no con su cansina, insignificante y estulta pirotecnia imaginativa.

Añado un trozo más:
“…las palabras del libro que había intentado tragarme seguían delante de mi como una masa sin forma, como un fango donde iba hundiéndome; sin embargo sabía que otros habían avanzado por ellas; luego, aquella blandura, aquella viscosidad que yo notaba no estaba en el terreno que pretendía atravesar, sino en mis propios pies”.

Y qué me dicen de este otro, e igualmente  deslumbrante, fragmento:

“…leer un párrafo y no comprender, volver atrás, seguir adelante y encontrar una frase que se tambalea porque más de la mitad es incomprensible, encontrar aquí y allá las palabras del uso diario y, entre unas y otras, puentes o callejones oscuros por donde no se puede pasar y, si se pasa, es como si no se hubiese pasado.
¿Por qué no le advertirán a uno algo de esto? Tienen por sistema quedarse a la orilla; así les sentía yo, parados detrás de mí, a ver si nada uno en esta agua turbia o si se va al fondo.
(…)…pausadamente, como cuando quiere uno convencerse a sí mismo de que no tiene miedo, cogí el libro otra vez y lo abrí…”


Claro está que no todos los renglones de la novela tienen el altísimo nivel que lucen estos cachos (palabras, frases, pensamientos… forma y significado) que he abstraído de ella, aunque algunos de ellos les puedo asegurar que más, muchísimo más. Igual que la valoración que me merece el magistral conjunto, el contenido total entre tapa y contratapa. Por lo tanto creo que ya sobran más comentarios, ¿no les parece?
Si no tienen nada mejor que hacer, léanla y disfruten a mente suelta.

ELOTRO



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lunes, 17 de abril de 2017

17 de marzo / 2017

Simon de Beauvoir


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Marx, al que apodaron “el Moro” (‘mi pequeño jabalí’ lo llamaba su prometida y luego única esposa, Jenny) debido seguramente a su tez morena, ojos negros y pelo negrísimo y abundante también en sus mejillas, brazos, oídos y nariz, presentó su tesis “La diferencia entre la filosofía de Demócrito y la de Epicuro” en la Universidad de Jena. 
En 1841, a la edad de veinte y tres años, Karl Marx consiguió su título de doctor. Pero lo que quiero destacar, porque aquí me parece lo realmente importante, es que Marx fue durante toda su vida, un insaciable autodidacta. Prefirió siempre el estudio organizado a su exhaustiva y crítica manera; los libros, siempre muchos, que él consideraba necesario no sólo consultar sino resumir y anotar; y los debates, también las juergas y ‘perfomances’, con sus ‘pares mayores’ fueran alumnos o profesores, porque poco o nada aprendió en las reglamentarias clases, a las que por cierto terminó por no asistir. No le gustaba al joven Marx desperdiciar el tiempo y tampoco tenía vocación de coleccionista de títulos académicos. El caso es que no tardó mucho tiempo en ver cómo su flamante doctorado no conseguía ser siquiera condición suficiente, claro que adjunto a su ya inquietante e ‘indeseable’ persona, para que la reaccionaria institución universitaria prusiana le concediera un pequeño  hueco remunerado.



Yo, que nunca he pisado un aula universitaria, a pesar de haber tratado, con más o menos intensidad, a mucho ganado que sí lo ha hecho y por cierto con notable nota y abundante  cosecha de diplomas (incluso algún catedrático y algún rector en ejercicio), siempre he profesado, ‘a priori’, cierto respeto, claro que en la mayoría de las ocasiones acababa por resultar  absolutamente infundado, por lo que consideraba, de forma evidentemente acrítica ante el imponente decorado y la deslumbrante parafernalia del ‘establecimiento’, auténticos santuarios del saber.

Quizás por eso me hizo tanta gracia conocer que la famosa frase (según leo ahora en la red, matizada en su significado contextual, negando la mayor en propio interés, por algunos funcionarios de la institución que no dudan en denunciar a los citadores necios –a bote pronto recuerdo a Baroja- y en autoproclamarse listos, diplomados y deshacedores de entuertos potencialmente insurgentes), “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, fue pronunciada por un  rastrero capitoste universitario de Cervera, allá por el siglo XIX, para tranquilizar al puntual amo patrocinador, conocido entonces y después como ‘el rey Felón’, Fernando VII.

Por supuesto que la peripecia muy particular y el ejemplo de Marx en su concreto contexto histórico, véase que Hegel había sido años antes profesor en Berlín, no es más que uno entre muchos de los casos sobre los que, ‘luego’, aunque no demasiado tarde, he tenido noticia.

Por abundar en el asunto y sin ir más lejos acabo de escuchar al profesor Josep Fontana, en un fragmento de una conferencia, enumerar el contenido, digamos el temario, que compone la carrera de historia y que los alumnos deben cumplimentar, hablamos en la actualidad, en algunas de las más prestigiosas universidades británicas y, por consiguiente, del mundo. Subraya Fontana que, el alumno que supere con un simple aprobado ese a todas luces raquítico temario, podrá considerarse a sí mismo y ser considerado por la comunidad un licenciado  en Historia (con las salvedades de rigor conozco de primera mano idéntico caso, para nada singular, en ‘Historia del arte’ y en la UCM), a pesar de no ‘conocer’ más que cuatro (es sólo un decir no me vengan con pendejadas aritméticas), fragmentos salteados, aislados e inconexos de ciertos, y muy arteramente escogidos, acontecimientos o simples accidentes históricos convenientemente vaciados de su verdadero sentido y significado ‘real’. Y añade Fontana un dato interesante: ni Hobsbawm, probablemente el autor historiador más leído del siglo XX, ni ninguno de sus compañeros  ‘marxistas’ del grupo de Birminghan (Cristopher Hill, E.P. Thompson, Rodney Hilton…) fueron nunca admitidos como docentes en las grandes instituciones universitarias británicas.

Porque efectivamente de eso se trata, de bajar de las algodonosas nubes de la abstracción teórica y poner los pies en el suelo, enfangado o no. Es esa buena manera de descubrir que la tan cacareada ‘naturaleza humana’ no es otra cosa, digo en la realidad, que la concreta naturaleza social del hombre.



Resulta, al menos en mi caso, raro enterarse cómo el ya doctor Marx, allá por el año 1842 y a la fuerza desengañado de su probable futuro como brillante docente universitario, que -lo que es más paradójico aún-,  gracias al ejercicio del oficio periodístico ‘sobre el terreno’, se vio obligado, en sus propias palabras a: ‘hablar de lo que suele llamarse intereses materiales”. Chocó el brillante teórico con lo real. En concretó se trataba de un asunto a priori de escasa trascendencia: el robo de leña en bosques de propiedad privada. Pero resultó que el fino olfato del ‘pequeño jabalí’ lo empujó a escarbar, a escarbar y escarbar hasta que por fin salió a la luz esa otra realidad (de relaciones sociales, de producción y propiedad) que, a modo de iceberg socio-económico-jurídico-político, permanecía oculta -también para él-, y bien ocultada, a la potencialmente indiscreta vista de los estudiantes díscolos, los profesionales progresistas, los intelectuales críticos y, digámoslo así, la sociedad en su conjunto (salvo claro está los hábiles autores del camuflaje y los  directos implicados: beneficiados –terratenientes- o perjudicados –campesinos pobres-).

Por hoy, suficiente.

ELOTRO


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domingo, 16 de abril de 2017

16 de marzo / 2017

Entrevista sobre Venezuela
a la socióloga Ángeles Diez



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Ricardo Piglia
“Por un relato futuro”
(Conversaciones con Juan José Saer)

Libro completo aquí:


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Cuento de Ricardo Piglia:
“Hotel Almagro”



“Cuando me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial. Le preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a Purdy y con lo que me pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en Buenos Aires. En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La Plata dictando clases. Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar.
Lo que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de “tener” una vida personal, de no tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar cuartos. La dueña de la casa estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo en el hospicio de Las Mercedes.
La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un techo altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata, encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas. Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la sensación de que se estaba despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie conocía a ninguna Angelita.
Por supuesto me olvidé del asunto pero un tiempo después, en Buenos Aires, tendido en la cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata.
Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce.
La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires. También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.”

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Conversación entre Ricardo Piglia y Roberto Bolaño



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