domingo, 31 de diciembre de 2017

30 de noviembre / 2017


Israel, Italia y la «diplomacia de los cazas»

Manlio Dinucci



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A vueltas con el intelectual, comprometido sí o sí…


Michel Foucault:
“…el papel de un intelectual no consiste en decir a los demás lo que han de hacer. ¿Con qué derecho lo haría? Acordémonos de todas las profecías, promesas, mandatos imperativos y programas que los intelectuales han podido formular en el curso de los dos últimos siglos cuyos efectos se han visto ahora. El trabajo de un intelectual no es modelar la voluntad política de los otros; es, por los análisis que lleva a cabo en sus dominios, volver a interrogar las evidencias y los postulados, sacudir los hábitos, las maneras de actuar y de pensar, disipar las familiaridades admitidas, recobrar las medidas de las reglas y de las instituciones y, a partir de esta reproblematización (donde el intelectual desempeña su oficio específico), participar en la formación de una voluntad política (donde ha de desempeñar su papel de ciudadano)”.

El intelectual que se mueve (sin el preceptivo permiso de la autoridad competente), no es que no salga en la foto, sino que sale ‘borroso’, lo que hablando en plata significa que ha dejado de existir para la sociedad de lo ‘nítido’, de lo ‘fotogénico y lo telegénico’.

Mientras que un intelectual sin ‘orejeras ideológicas’, entiéndase ‘puro y neutral’, o sea, comprometido con el Poder realmente ejerciente, mercenario sin complejos (al final todo se reduce a unos cuantos dineros básicos), o sea; trata, como es lógico a partir de su condición, por todos los medios a su alcance de ayudar a mantener el ‘status quo’, ese que tan generosamente le da de comer y alguna cosilla más. Un modélico intelectual que en todo caso actúa de modo y manera que las cosas transcurran ‘sin choque’ (porque si ya no existen las clases sociales ni el conflictivo antagonismo de intereses, ¿para qué luchar?),  aprovechando de paso las facilidades dadas por ‘los tiempos que corren’ (el colchón de la ideología hegemónica) no sólo para la ‘abdicación de toda responsabilidad personal e intelectual’ sino también para cobijarse cómodamente en la ‘mayoritaria’ indiferencia general ante el sufrimiento y la miseria ajena, lamentable situación considerada ‘por todo el mundo’ tan real como ‘irremediable’.

En la esquina contraria tenemos al, llamémosle así, intelectual ‘borroso’ (el que se echó a perder entre tanta consideración autocrítica), paradójicamente comprometido y/o independiente, o sea, absurdamente no comprometido con el todopoderoso Poder ‘neutral’. Es aquel que, vaya usted a saber a cuento de qué ‘oro de Moscú’, se posiciona contra la mano que le da, o le puede dar de comer, o sea, la clase dominante y opresora (porque así lo quiere y puede ejercer) colocándose de rebote en una situación comprometida, en efecto, la del erróneo compromiso con el bando perdedor (la prueba es que no están en el poder). Y a más a más toman partido contra la tendencia escandalosamente mayoritaria en su propia tribu, es decir: ‘contra la generalizada compulsión a la inserción acrítica en lo dado –que reduce la educación a aprendizaje de mecanismos de mera adaptación-, contra el dogmatismo y, en fin, contra la ofuscación ideológica.’

En definitiva estamos hablando de un tipo de intelectuales no solo ‘borrosos’ sino algo desorientados (aún pretenden ejercer de ‘directores de consciencias’, ¡a contramano!) sobre una cuestión tan básica como la función cultural-económico-social que deben cumplir dentro del orden establecido (y es que fuera no existe ni siquiera un desorden borroso) y, a partir de ahí, lo que les resultaría más provechoso, si es que demuestran ser capaces de afincarse sólidamente en la realidad,  deberían primero definir y a continuación conocer poco menos que al dedillo (necesidades, gustos y preferencias) el tipo de público (el consumidor es lo que manda), el ‘nicho’ de mercado objetivo, al que desean dirigir sus obras (las producciones, intelectuales y materiales, de significado), sus mercancías, si es que verdaderamente pretenden que éste, primero las conozca, las encuentre y las elija entre otras miles de ofertas y, finalmente, se decida a  ‘pagar’ por ellas. Lo del valor de uso parece otro (seguro que por cosas de la 'fetichización'), pero en este caso es el mismo cantar.


ELOTRO


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sábado, 30 de diciembre de 2017

29 de noviembre / 2017




Jorge Riechmann:

“La conferenciante concluyó expresando su deseo utópico de “pertenecer a una comunidad para la cual no haga falta ningún requisito, salvo quizá participar en la aventura humana”.

Siguió un animado coloquio, al final del cual yo pregunté: bueno, quizá la cuestión de las identidades se plantea de manera algo diferente en esta nuestra era del Antropoceno, cuando todo se encamina hacia un colapso civilizatorio y no está asegurada ni siquiera la supervivencia biológica de la especie. Y han sido “ecologistas profundos” como Arne Naess quienes han replanteado de forma interesante este asunto, proponiendo una “expansión del yo” que permita incorporar mucha alteridad dentro de la propia identidad…

La respuesta de la filósofa me dejó bastante patidifuso. Vino a decir: sí, sin duda el mundo avanza rápidamente hacia un colapso catastrófico, ¿quién no se ha enterado? Pero pasemos al siguiente asunto, y vayamos enseguida a disfrutar de nuestra buena comida…

Me quedé bastante atónito, como decía. En este intercambio se evidenciaba una vez más cómo no nos creemos lo que sabemos. Una inmensa cantidad de conocimiento formulado desde un montón de disciplinas, y también transdisciplinarmente, nos advierte de inminentes catástrofes ecológico-sociales; pero hacemos una leve inclinación de cabeza, bromeamos con displicencia, y seguimos adelante con nuestra vida como si lo que sabemos cierto no fuese cierto.


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Cada cierto tiempo vuelvo al blog de Riechmann, es un sitio en el que siempre encuentro cosas interesantes, reseñas de libros, documentos, conferencias, artículos… de los más variadísimos temas, como corresponde a un intelectual, inusualmente prolífico, que además practica tan variados registros: poeta, ensayista, traductor, conferenciante, articulista, activista político, profesor universitario, editor...

No se puede negar que Riechmann es un tipo muy leído, muy erudito, no hay más que ver las numerosas citas y bibliografías que acompañan a sus textos, aunque éstos no superen las cuatro líneas, como se puede comprobar en su blog. A Riechmann lo he visto, hemos coincidido, no es que le persiga, en los más variados escenarios, en manifestaciones, en exposiciones de arte, en conferencias, en el suburbano… siempre con un libro en las manos y casi siempre tomando apuntes… me recuerda a un antiguo camarada del PTE, que, leído y anotado, salía casi a libro diario, y que sin embargo aparecía a medianoche y se sumaba a la ‘tropa’, aquellos que casi no leían ni un libro al mes o al año, a la pegada de carteles, las pintadas o el reparto de panfletos… era de origen gallego, bajito, rubiasco, enclenque y muy pálido; su nombre de guerra ‘Emilio’ y su labor consistía, según supe mucho más tarde, en la ‘formación ideológica’ de cuadros del Partido. No fue mucho el tiempo que milité con él, pero durante ese periodo me pareció un comunista ejemplar, por la coherencia de su praxis, digo.

Y ese temita, el de la coherencia o congruencia entre lo que se predica y aquello que se practica, es la razón por la cual he traído aquí el párrafo de Riechmann. Y es que me ha resultado muy curioso constatar su ‘estupefacción’ ante la evidencia palmaria de que la prestigiosa conferenciante no se creía una mierda de lo que fervorosamente predicaba, y ya tenía su mente, posiblemente desde el mismo momento en que fue fichada para el evento, puesta en la comilona que la esperaba tras su ¿deslumbrante? teorización. 

Gente poco seria, poco de fiar, decía Manuel Sacristán de los intelectuales ‘institucionales’, los de carrera (no por casualidad la figura del intelectual es, precisamente, una creación de la sociedad burguesa), de aquellos que entienden la coherencia en base y relación únicamente con su propia y exclusiva conveniencia. Claro que puede ocurrir que cuando un perro olfatea, despreocupado, el tronco de un árbol, descubra 'estupefacto' el tufillo de su propia meada… digo puede.

ELOTRO


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