Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 29 de noviembre de 2016

04 de noviembre / 2016



“La lectura tiene siempre un efecto perturbador (El Quijote) y delictivo. La lectura en Arlt lleva a la perdición”
(Piglia)

Una pincelada de Proust:
“Desgraciadamente, esos maravillosos lugares,
las estaciones, de donde sale uno para un punto remoto,
son también lugares trágicos; porque si en ellos se cumple el milagro por el cual las tierras que no existían más que en nuestro pensamiento serán las tierras donde vivamos, por esa misma razón es menester renunciar, al salir de la sala de espera, a vernos otra vez en la habitación familiar que nos cobijaba hace un instante. Y hay que abandonar toda esperanza de volver a casa a acostarnos cuando se decide uno a penetrar en ese centro apestado, puerta de acceso al misterio, en uno de esos inmensos talleres de cristal, como la estación de Saint-Lazare, donde iba yo a buscar el tren de Balbec, y que desplegaba por encima de la despanzurrada ciudad uno de esos vastos cielos crudos y preñados de amontonadas amenazas dramáticas, como esos cielos, de modernidad casi parisiense, de Mantegna o de Veronés, cielo que no podía amparar sino algún acto terrible y solemne, como la marcha a Balbec o la erección de la Cruz.”
(Marcel Proust / A la sombra de las muchachas en flor.)





“Para Arlt, el que tiene dinero esconde un crimen”
(Piglia)



Lo que es, lo que debería ser… lo que yo te cuente.
Todo apunta a que la inmensa mayoría de los artistas e intelectuales creativos “consentidos” (ya no digamos los financiados y promocionados directamente) por el Sistema comparten incondicionalmente un principio básico: “Lo real es falso (tal como es), hay que construir una copia verdadera (tal como debería ser)”. De donde parece deducirse que lo real está “demasiado cerca de la vida”, y eso pide a gritos una “mediación” cosmética, una representación desde la ficción. De tal manera que, el que fabrica la copia, nos da lo real bajo su forma juzgada, cribada, seleccionada. Ya se sabe que la clave de toda selección es lo que se excluye, se borra, se silencia, se extirpa. Resta entonces una realidad truncada, inconclusa, vista al sesgo aunque, eso sí, perfectamente embozada. ¿Ver la realidad a través de la ficción?
Pero si no se conoce “el original completo” es francamente difícil por no decir imposible, echar en falta la parte o partes previamente escamoteadas. Ya no digamos si el concreto sujeto receptor, consumidor, se encuentra irreflexivamente predispuesto, consciente o inconscientemente, a tragar con “todo” lo que le sea suministrado por parte de su proveedor-emisor, digamos, de confianza. A partir de ahí no resulta dificultoso confundir lo real con la fabricada interpretación que, acríticamente, se ha recepcionado, deglutido, digerido y por fin asimilado.
En nuestra sociedad, y esa es una las leyes de funcionamiento de sus mecanismo ocultos, toda subjetividad está inscrita en una inmensa red de interrelaciones que canalizan, en mayor o menor grado según la coyuntura y el contexto, las emisiones (datos, informaciones, ideas, formas, imágenes, palabras claves, jergas codificadas, significantes y significados, conceptos…elaboradas –reelaboradas a conveniencia- en su mayor parte por los amos de los medios de producción mental desde su indiscutible posición dominante) y recepciones (de las que, al menos en parte, no se libra ya nadie que ocupe posición subordinada –y no es fatalismo melodramático- en ningún rincón del planeta).
Y con esos “sabrosos” y verosímiles ingredientes, nosotros, ilusos alienados, ¡nos hacemos nuestra propia idea de las cosas y del mundo!

(Mientras mecanografío estas líneas estoy pensando en los “sucesos insólitos” -cuyas conexiones nunca se ven- que acontecen en Siria, en Yemen, en Ucrania, en el Mar de la China Meridional, en México, en mi barrio madrileño, Moratalaz…)




Carta a la vidente  / Juan José Saer

En la gran tradición de iluminados ocupo, continuamente, el último lugar. Y no hablo en sentido cronológico sino jerárquico: el sopor, la somnolencia, la miopía llenan mi carta de presentación. Del maremagnum frenético de Petronio no he retenido más que una frase: “Un día no es nada: el tiempo justo de volverse uno mismo, y sobreviene la noche”. En esas condiciones la pereza no es, por lo tanto, un vicio, sino un tema ontológico. Ahora bien, ¿qué ve un hombre entre dos sueños, cuando no ha terminado todavía de desembarazarse del primero para caer en seguida en el segundo? No ve nada. Porque ver, señora, no consiste en contemplar, inerte, el paso incansable de la apariencia sino en asir, de esa apariencia, un sentido. En una palabra, el trabajo vertical, como el del rayo, del iluminado, que usted conoce y emplea, o por el que usted es, más bien, empleada. Por eso le venía diciendo que en la gran tradición de iluminados yo ocupo, continuo, invisible, el último lugar. El sopor, la somnolencia, la miopía: y la mano también, que, en esa penumbra, se mueve, inequívoca, cerrándose, abriéndose, mostrando abierta, lisa, que no ha aferrado nada. Lo grande, la subespecie, en relación con el sopor y con la mano, es, usted ya lo adivina, la oscuridad. La gran masa magnética, negra, que tira hacia el fondo, uno a uno, nuestros gestos. En esa negrura que es el mundo realizo mi trabajo desganado, torpe, a reglamento. Mi musa, por llamarla así, es, si se quiere, manual. La mecánica súbita del rayo, si a veces me toca, no es útil entre tanta oscuridad. No le mando, por lo tanto, nada. Nada que someter a su videncia. El universo monótono, opaco, no difiere de los fragmentos monótonos, opacos, que quedan en mí. Y si hablo ahora, por esta vez, sin mediaciones, en primera persona, es para mostrar claramente que, a través de mí, ninguna alteridad se manifiesta, nada que no esté en los manchones fugaces, fugitivos, intermitentes, cuyos bordes están comidos por la oscuridad, y a los que llamamos el mundo. De esta carta de semiciego, no le pido que saque ninguna conclusión. Porque una conclusión está siempre detrás y es, en relación con las partes, un “otro”. Ahora bien; para un ciego puede muy bien existir la alteridad, el conjunto, el todo. Un ciego goza del derecho a la imaginación. Un miope debe ser modesto: la mancha móvil ocupa todo su reducido campo visual y aniquila, sin malignidad, lo demás. El ciego, lejos como está del mundo, puede, con una intuición vertiginosa, aferrarlo. El miope está demasiado cerca de unos pocos fragmentos como para salir, de un salto, a la llanura.
De un hombre que cabecea, entonces, ¿qué se puede esperar? Nada como no sea una hilera de fragmentos, espesos, en bruto. Que el mundo resplandezca en ellos, si uno de los modos del mundo es el resplandor.

El todo: fragmentos construidos como tales y que son después soldables entre sí, es decir, explicados como unificables.
(Pavese)



El actante (*)
“Según Habermas el psicoanálisis freudiano propone fundamentalmente una reescritura, una reelaboración novedosa de la vida narrativa implícita del sujeto: así que lo que sale a la luz finalmente es (…) la capacidad de la narrativa para reestructurar nuestra representación ‘imaginaria’ de ese “actante” que es el yo, el ego, la primera persona o como se quiera denominar”
(Fredric Jameson)

(*)Actante, término originalmente creado por Lucien Tesnière y usado posteriormente por la semiótica para designar al participante (persona, animal o cosa) en un programa narrativo. Según Greimas, el actante es quien realiza o el que realiza el acto, independientemente de cualquier otra determinación.


ELOTRO

Una hora llena de fuerte pasión es más larga que una hora de reloj. Nótese que el tedio es una pasión fuerte.
(Pavese)



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domingo, 27 de noviembre de 2016

03 de noviembre / 2016






“Hacer el “mito” sumergiendo la realidad fantástica en el pasado y en la lejanía.”
(Pavese)


Walter Benjamin:
Hay  palabras o pausas que nos hablan de ese invisible extraño: del futuro  que se las dejó aquí olvidadas.
(W. B. / Infancia en Berlín hacia el mil novecientos)

“El primer armario que se abrió cuando yo quería fue la cómoda. […] ahí me encontraba con mis calcetines,  que descansaban amontonados y enrollados de modo que cada uno de los pares fingía ser una pequeña bolsa. Nada me causaba más placer que ir hundiendo mi mano en su interior […]. Lo que me atraía hacia su hondura era lo que llamaba ‘el contenido’, , que mantenía dentro de mi mano en el interior siempre enrollado. Cuando lo agarraba con el puño para confirmar su posesión […], comenzaba ya a desarrollar la segunda parte de aquel juego, que me conducía de inmediato a un descubrimiento emocionante. Ahora desplegaba ‘el contenido’ desde el interior de aquella bolsa. Lo acercaba a mí cada vez más, hasta consumarse la sorpresa: ‘el contenido’ salía de su bolsa, con lo que ambos dejaban de existir. No me cansaba de poner a prueba esa verdad enigmática: que forma  y contenido, la envoltura y lo envuelto, son lo mismo. Lo son en forma de una tercera cosa: el calcetín en que ambos se transforman.”
(…)

“En mi infancia yo fui prisionero del viejo y el nuevo barrio del Oeste. Todo mi clan vivía en ambos barrios con actitud que era mezcla de obstinación y dignidad, lo que los convirtió en un gueto que mi clan entendía como un feudo. Me quedé encerrado en este barrio de propietarios sin tener conciencia de otros. Para los niños ricos de mi edad, los pobres existían solamente en forma de mendigos. Y mi conocimiento avanzó mucho al ver brillar un día la pobreza del trabajo mal pagado.”
(…)

“No lograr orientarse en una ciudad aún no es gran cosa. Mas para perderse en una ciudad, al modo de aquel que se pierde en un bosque, hay que ejercitarse. Los nombres de las calles tienen que ir hablando al extraviado al igual que el crujido de las ramas secas, de la misma forma que las callejas del centro han de reflejarle las horas del día con tanta limpieza como un claro en el monte. Ese arte lo he aprendido tarde.”
(…)

No sé bien si se debe a la estructura de los aparatos o al recuerdo, pero aquellos ruidos de las primeras conversaciones telefónicas se encuentran presentes en mis oídos de forma muy distinta a los actuales. […] Pocos de sus usuarios actuales saben que la aparición de aquel teléfono de repente, en el seno de las familias, fue devastadora. El ruido con que el teléfono sonaba entre las dos y las cuatro, cuando un compañero de colegio quería hablar conmigo, equivalía a una señal de alarma, la cual no perturbaba solamente la siesta de mis padres, sino también la época de la historia en cuyo seno ellos descansaban. 

Walter Benjamin / Infancia en Berlín hacia el mil novecientos



Y Marcel Proust y el teléfono y las operadoras:

"Para que este milagro se efectúe no tenemos más que acercar nuestros labios a la tablilla mágica y llamar -con insistencia, demasiado excesiva a veces, convengo en ello- a las Vírgenes Vigilantes, cuya voz oímos todos los días sin conocer nunca su rostro, y que son nuestros Ángeles de la Guarda en las tinieblas vertiginosas, cuyas puertas vigilan celosamente; a las Todopoderosas por cuya intercesión surgen a nuestro lado los ausentes sin que nos esté permitido verlos; a las Danaides de lo invisible que incesantemente vacían, colman, se transmiten las urnas de los sonidos; a las irónicas Furias que, en el momento en que susurramos una confidencia a una amiga, con la esperanza de que nadie nos oiga, nos gritan cruelmente: <<¡Escucho!>>; a las siervas perennemente irritadas del Misterio, sacerdotisas recelosas de lo Invisible - a las señoritas del teléfono." 

Proust. " En busca del tiempo perdido- III El mundo de Guermantes"


Como es sabido –escribe Sebald en ‘Pútrida patria”- Kafka padecía una leve “fonofobia” (del griego “voz” / “temor”).
Yo no tenía noticia. La palabra “fotofobia” no está recogida en el diccionario de la RAE, que te desvía vete tú a saber por qué a fotofobia, que sí es de su gusto. Pero en la red encontramos su definición:
“Las personas que padecen fonofobia sienten un miedo irracional a los ruidos fuertes. La fonofobia es un trastorno de ansiedad y no una enfermedad auditiva.”


Y una de Adorno:
«No se admiten cambios.
Los hombres están olvidando lo que es regalar. La vulneración del principio del cambio tiene algo de contrasentido y de inverosimilitud; en todas partes hasta los niños miran con desconfianza al que les da algo, como si el regalo fuera un truco para venderles cepillos o jabón. Para eso está la práctica de la charity, de la beneficencia administrada, que se encarga de coser de una forma planificada las heridas visibles de la sociedad. Dentro de esta actividad organizada no hay lugar para el acto de humanidad, es más: la donación está necesariamente emparejada con la humillación por el repartir, el ponderar de modo equitativo, en suma, por el tratamiento del obsequiado como objeto. Hasta el regalo privado se ha rebajado a una función social que se ejecuta con ánimo contrario, con una detenida consideración del presupuesto asignado, con una estimación escéptica del otro y con el mínimo esfuerzo posible. El verdadero regalar tenía su nota feliz en la imaginación de la felicidad del obsequiado. Significaba elegir, emplear tiempo, salirse de las propias preferencias, pensar al otro como sujeto: todo lo contrario del olvido. Apenas es ya alguien capaz de eso. En el caso más favorable uno se regala lo que desearía para sí mismo, aunque con algunos detalles de menor calidad. La decadencia del regalar se refleja en el triste invento de los artículos de regalo, ya creados contando con que no se sabe qué regalar, porque en el fondo no se quiere. Tales mercancías son carentes de relación, como sus compradores. Eran género muerto ya desde el primer día. Parejamente la cláusula del cambio, que para el obsequiado significa: “aquí tienes tu baratija, haz con ella lo que quieras, si no te gusta, a mí me da lo mismo, cámbiala por otra cosa”. En estos casos, frente al compromiso propio de los regalos habituales, la pura fungibilidad de los mismos aún representa la nota más humana, por cuanto que permite al obsequiado por lo menos regalarse algo a sí mismo, hecho que, desde luego, lleva a la vez en sí la absoluta contradicción del regalar mismo.
Frente a la enorme abundancia de bienes asequibles aun a los más pobres, la decadencia del regalo podría parecer un hecho indiferente, y su consideración algo sentimental. Sin embargo, aunque en medio de la superficialidad resultase superfluo –y ello es mentira, tanto en lo privado como en lo social, pues no hay actualmente nadie para quien la fantasía no pueda encontrar justamente la cosa que le haga más feliz-, quedarían necesitados de regalo aquellos que ya no regalan. En ellos se arruinan aquellas cualidades insustituibles que sólo pueden  desarrollarse no en la celda aislada de la pura interioridad, sin sintiendo el calor de las cosas. La frialdad domina en todo lo que hacen, en la palabra amistosa, en la inexpresa, en la deferencia, que queda sin efecto. Al final, tal frialdad revierte sobre aquellos de los que emana. Toda relación no deformada, tal vez incluso lo que de conciliador hay en la vida orgánica misma, es un regalar. Quien dominado por la lógica de la consecuencia, llega a ser incapaz se convierte en cosa y se enfría».


ELOTRO

“Interrupciones: imaginemos a Robinson Crusoe visitado todas las tardes por un crucero con turistas.”
(Piglia)


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viernes, 25 de noviembre de 2016

02 de noviembre / 2016






“Ninguna trampa tan mortífera como la que
uno se prepara a sí mismo”
(Raymond Chandler)


En los últimos días he visitado tres exposiciones. Una de ellas, la de Renoir en el Thyssen, como ya va siendo triste costumbre en este museo, un fiasco. Las otras dos en la Fundación Mapfre, realmente extraordinarias.

La obra de Renoir, fuera de la relevancia contextual del grupo impresionista, ha soportado mal el paso del tiempo. El más genuino impresionista de todos los etiquetados como impresionistas ha quedado en buen artesano que aportó al oficio una peculiar y efectista maniera de fijar la luz, aplicando el color mediante una pincelada “resbalosa” que mezcla, difumina y confunde los límites y las atmósferas. Y colabora así a la celebrada vibración de formas y luces tan propias de la tierna, risueña y, de puro almibarada, estomagante mirada impresionista. En resumen, obras de bella caligrafía (y groseramente coyuntural) pero cuyo fraudulento e idílico contenido, por contraste en lo moral sumamente indecentes y en lo político claramente reaccionarias, oculta o falsea la realidad social "que proclama mostrar". Autor de miles de piezas, Renoir, nos ha legado una docena de “obras maestras impresionistas” que sostienen su prestigio bajo el peso aplastante de innumerables muestras de mediocridad.
De la expo del Thyssen sólo se salvan algunos “cachos” de pintura, la casi totalidad de lo mostrado, y eso que era un incansable currante, rezuma torpeza y desgana ‘mental’. A efectos artísticos nunca pasó de decorador de porcelanas (que así empezó), lisa y llanamente un fiel servidor del ‘buen gusto burgués’. Pero el éxito de crítica y público lo tiene (y tendrá por mucho tiempo) asegurado. Desde “el sentido común” vigente, el impresionismo sigue siendo, ¡para la mayoría bienpensante, contante y sonante!, un movimiento muy audaz, de atrevida belleza, ¡vanguardista!
Cien años después, tras las múltiples vanguardias y los miles de “ismos”, es lo que pita.





Los fauves, la pasión por el color
Veinte años antes del fallecimiento de Renoir, que siguió pintando hasta el último momento incluso con el pincel atado a su mano inutilizada por la artrosis, comenzaron los fauves (fieras) con su particular odisea vanguardista. Los Matisse, Marquet, Derain, de Vlaminck, Manguin… que habían bebido de las fuentes del posimpresionismo, Van Gogh, Cézanne y Gauguin… dieron un paso más allá –por supuesto que sin romper nada- en los planteamientos –ya digo que nada que ver con la ruptura radical que poco después  significó el cubismo- de forma (más sustancial e innovadora) y contenido (tibio) que habían heredado las “fieras” de sus mayores.
La selección de obras, algunas de ellas verdaderamente icónicas, muestra un nivel excelente, muy completo en calidad y variedad y muy instructiva y representativa de aquél movimiento al que, por cierto, se sumó durante un corto periodo (‘duró lo que duran las cosas nuevas’) un joven Braque
Un gozo de exposición que, si les pilla a mano, no hay que perderse.

Por último la muestra del fotógrafo norteamericano Bruce Davidson. Últimamente ando saturado de tanta fotografía supuestamente “artística”, “de culto” o “maldita” (a lo García Alix), como le tratan de vender a uno desde las paredes de galerías o museos “contemporáneos”. Rara vez encuentro alguna obra que me interpele (debo de ser una momia del siglo XIX), que frene mi “desfilar” apresurado y desatento, desencantado, hastiado de tanta vaciedad dentro de tanto presunto prodigio “técnico”.
Nada que ver, afortunadamente, con este estupendo fotógrafo del que sólo conocía –y no siempre la autoría- algunas obras “sueltas” con las que había tropezado casualmente en exposiciones colectivas, en la red o en publicaciones en papel.
Y esa es la gran diferencia, digo contra la engañosa visión fragmentada y mutilada, que supone esta cuidadísima exposición. Davidson realiza grandes series (no es la pieza suelta, que lo escamotea, sino el conjunto el que ‘porta el significado’) que documentan y conforman la vida ‘real’ de individuos y grupos humanos (norteamericanos, galeses, mexicanos…), y lo lleva acabo con mirada aguda, minuciosa y en profundidad, que no “injerta” ornamentos artificiales y, al mismo tiempo, abarcando también largos periodos de tiempo, tanto la dimensión privada como la pública. No es la otra cara del sueño americano, es la pesadilla cotidiana de una buena parte de esos norteamericanos (primordial fuente nutriente de su obra), o no, que no “salen” en ninguna  “foto oficial”…

Hasta el 15 de enero de 2017 en las salas de Mapfre en la calle Bárbara de Braganza.



David Goddis, el mejor autor de policíacas, para Onetti y Piglia. A propuesta de Onetti acordaron mantenerlo en secreto. Lo cuenta Piglia en su diario.


ELOTRO


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miércoles, 23 de noviembre de 2016

01 de noviembre / 2016




“Yo tiendo a creer que, en ocasión de orar por su pan de cada día, el obispo incluye en esa petición cosas en las que el sacristán no piensa.”
(Bernard Mandeville)


Un tuit:
Cuando ya dábamos por sentado que incumplieran sus promesas electorales una vez en el gobierno, ahora también en la oposición. Aprendizaje de la sumisión.


“La política –escribe Camus- no es la religión, o entonces es la inquisición.” Me parece que Camus es un escritor que siempre arranca muy bien –arriba una muestra-, que promete, que alimenta múltiples expectativas… que lamentablemente rara vez acaban por asomar la nariz. Estoy en plena lectura de “El hombre rebelde” y, por ejemplo,  su texto sobre la violencia “terrorista” (Los criminales delicados, los llama) de los anarquistas y nihilistas rusos me parece penoso, absolutamente desacertado. Casi siempre se queda a medio camino, no culmina, o no puede o más bien –es lo que trasciende- no quiere. Confuso. Pierde fuelle, flaquea y  ya desorientado se rinde ante el primer desvío que le prometa un área de descanso, aunque luego el señuelo obligue a cambiar de sentido (remember Argelia y su poco virtuosa posición ante la represión y las torturas, o la desenfrenada “pasión por los cochazos deportivos y las fiestas y mansiones de Gallimard”). Un sinsentido (que no un sindiós) en el que, sin embargo, pareció acomodarse (hamburguesarse) con sumo deleite y gran rapidez.

Reconozco que, por el contrario, Camus gana en las frases y citas cortas, aforísticas (“¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no.”), y cuanto más descontextualizadas mejor; el historicismo le incomodaba, y con razón vista a flote y sin complejos su base argumental otrora subyacente. Ejercía de romántico tardío, también de pose y  aspecto físico, de “atractivo” idealista, era un pensador muy endeble, raquítico, pero asequible y seductor, de valores y creencias “puras” impregnadas de un mal disimulado dogma religioso (y de un “humanismo universal, pero de clase”, Sartre dixit) que, con habilidad, estibaba en migajas aquí y allá y acullá. Tiene además el vicio maquinal de la equidistancia, establecida a capricho (por ejemplo entre cristianismo y marxismo), sobre cuyos metafísicos polos opuestos él se sitúa (algo más que como fiel de la balanza) invariablemente un escalón, o dos, por encima. Y ya acomodado en esa “superior” (determinante) posición “habla desde la altura irrompible de su propio ego” que decía Onetti de Cela, salvando todas las distancias y alturas, se entiende.

La obra de Camus no ha significado en ningún aspecto de ningún “palo” –novela, teatro, ensayo…- ni el final de algo ni el comienzo de nada; su aportación de epígono no precursor y punto. En suma un escritor, pensador y dramaturgo manifiestamente sobrevalorado por la élite propagandista de la cultura burguesa, que es la suya aposta aunque sea de forma apenas perceptible, y la dominante. Esto es así no sin motivo: legitima el orden establecido- como legitimó la guerra fría- desde la supuesta barricada de enfrente: desde la distorsionada e inofensiva, pero influyente, “seudo rebeldía”.
Ahora bien, que tengan el morro de situarlo al mismo nivel, o incluso cuando se vienen arriba, por encima de Sartre resulta, en mi opinión, sencillamente insensato, y ridículo.

Y aún así, es claro que, a falta de un conocimiento más exhaustivo de su obra, es cierto que se trata de una evaluación algo parcial y peculiar,  y por lo tanto puedo, al menos en parte, estar equivocado. Aunque desde lo que conozco, lo dudo.
Sin embargo espero leer pronto sus “carnets”… veremos si con la “cartografía personal” la cosa mejora… así que ya si eso…


Hoy, un encontronazo feliz. Leo en Fredric Jamenson:
“Este libro –‘Documentos de cultura, Documentos de barbarie-afirmará la prioridad de la interpretación política de los textos literarios. Concibe la perspectiva política no como un método suplementario, no como un auxiliar optativo de otros métodos interpretativos corrientes hoy –el psicoanalítico o el mítico-crítico, el estilístico, el ético, el estructural-, sino más bien como el horizonte absoluto de toda lectura y toda interpretación.”
Y qué quieren que les diga, pues eso, que da gustito.

“Lo que es, ya sea en el texto o en la vida, no siempre tiene significado (a menudo es contingente), mientras que lo que posee significado no siempre tiene existencia real, como ocurre con la utopía o las relaciones no alienadas”
(Fredric Jameson)


Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida.
(Wittgenstein)

“Puesto que el mundo expresado por el sistema total de conceptos es el mundo tal como la sociedad se lo representa para sí misma, sólo la sociedad puede proporcionar las nociones generalizadas de acuerdo con las cuales puede representarse tal mundo... Puesto que el universo existe tan sólo en la medida que es pensado, y puesto que sólo puede ser pensado en su totalidad por la sociedad misma, toma su lugar dentro de la sociedad, se vuelve un elemento de su vida interior, y la sociedad puede verse así como ese genus total fuera del cual no existe nada. El concepto mismo de totalidad no es sino la forma abstracta del concepto de sociedad: ese todo que incluye a todas las cosas, esa clase suprema bajo la cual deben subsumirse todas las demás clases.”
(DURKHEIM)

A quién pueda interesar:

Fredric Jameson / “Documentos de cultura,documentos de barbarie”
La narrativa como acto socialmente simbólico


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Onetti: No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.


ELOTRO


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lunes, 21 de noviembre de 2016

30 de octubre/2016



“Entre ganarnos la vida y sacarnos de encima la realidad, se nos va la juventud”
(Piglia)



Escribe Hegel: “Lo metafórico y figurativo es siempre relativamente equívoco e inexacto”. Y yo me pregunto…
(“Literal: Dicho de un concepto o de una magnitud: Que se expresa con letras.) ¿debemos pues deducir que existe, que es posible, una “literalidad” exacta e inequívoca? ¿Acaso es inocente y resulta inocua la primigenia –no digo sólo intertextual- transposición de lo material a signo? ¿No hay pérdidas en el arrastre? ¿No se producen desgastes en la fricción? ¿No hay conflicto en la coexistencia de las distintas capas semánticas? ¿Se mantienen, a pesar de los cambios temporales y espaciales,  inalterable el tono, el “léxico”, la forma? ¿Qué debemos entender por re-producción? Dijo Goya y más tarde sin citarle repitió Picasso que el tiempo también pinta. Y, las más de las veces, he podido comprobar que lo hace metafóricamente. Metonimias, símbolos, analogías, diferencias… “a la medida de sus necesidades”, que dice el muy manoseado eslogan…pero siempre vigente.

“El siglo XVIII, es la era en la que ‘el dictado de la necesidad’ fue desbancado de una vez de una vez y para siempre por ‘el dictado de la moda’.
(Neil Mckendrick)





Los mismos trayectos que no llevan, o sí, a ninguna parte… Mientras hago la cama cada mañana cotilleo por la ventana. Padres, sobre todo madres, acompañan a los peques al cole. Adolescentes mochileras con faldita a cuadros camino del insti. Paseantes de perros y perros paseadores unidos por la banderita, cinta y collar. Hoy ha saltado la sorpresa. Mujer adulta con dos adolescente (¿Madre e hijos?) entregados cada uno de ellos a la contemplación de su teléfono móvil. Los tres llevan mochila, muy voluminosa, y caminan muy juntos, regularmente equidistantes, sin llegar a tocarse. Marcan un paso largo, uniforme, como de desfile militar. Visten ropas oscuras, incluso la corta falda a cuadros de la adolescente. Cruzan el paso de cebra sin levantar la vista de la pantalla ni dejar de mover los pulgares sobre el teclado. En pocos segundos desaparecen por el ángulo derecho del ventanal. Quince minutos después regresan por ese mismo ángulo. La cama estaba más que hecha, bien estirada y remetida, pero yo seguía allí (¿esperando?), asomado a la ventana y con la mirada ausente. Justo hasta el ¿inesperado? retorno de los ¿autómatas?. Ahora son cuatro componentes. El nuevo elemento soldado al grupo es un hombre adulto (¿El padre?), vestido con pantalón y jersey oscuro. Carga con una voluminosa mochila. Igualmente va abismado en su móvil y aporreando la pantalla con sus pulgares. Segundos después el cuarteto que ahora ha desfilado en sentido inverso frente a mi ventana desaparece por su ángulo izquierdo.
Decido continuar asomado a la ventana, sin abrir las hojas, mirando a cada rato ora izquierda ora derecha. Un ejercicio beneficioso para mis cervicales que hace mucho que dejé de practicar. Una hora y ocho minutos después de reloj de móvil vuelven a aparecer. De nuevo por el ángulo derecho del ventanal. Ya suman cinco islas en el archipiélago. La ultima pieza es un varón adulto casi anciano (¿el abuelo?), de negro vestido, espalda encorvada, con la correspondiente enorme mochila y el preceptivo móvil en sus manos. Ocupa su lugar justo detrás del varón adulto (¿su hijo o su yerno?) y marca el paso cumplidamente. Poco después el conglomerado desaparece de mi vista por el costado izquierdo. Tardan dos horas de reloj en reaparecer. Lo hacen por ese mismo ángulo izquierdo que fue la última salida. Ahora se han incorporado dos mujeres y una silla de ruedas. En la silla va una anciana (¿la abuela?) de negro riguroso, entre sus inmóviles manos el móvil, pero no lleva mochila a su espalda.  Empujando la silla, con sólo una mano, una mujer madura (¿la chacha-cuidadora?), de negro, con móvil al oído, moviendo frenéticamente los labios y mochila gigantesca (¿doble?) a su jorobada espalda. La silla y las dos mujeres acompañan de manera sincronizada el ritmo marcado por el conjunto del grupo.
¿Familia (¿con criada?) en marcha, unida y reunida?
Desaparecen de mi vista por el lateral derecho.

Suena mi móvil. Número desconocido.
Un mensaje: ¡no nos mires, únete!

Pasan seis horas de reloj y sin novedad. No he separado la vista ni un solo segundo de la pantalla, digo de mi ventana. Tengo hambre. Dudo si apagar el mirador. Cuándo voy hacia la cocina me asalta una duda, ¿Dónde guardé mi traje negro?
Y lo peor la certeza, mochila negra seguro que no tengo…
Minimizo la pestaña.
Un bocata, un refresco y vuelvo a mi puesto…
Me siento recuperado, requetebién… reinicio.
De nuevo en línea…
Cavilo: no se tratará de máquinas que  imitan la figura y los movimientos de un ser humano.
¿Será la mochila una tapadera que oculta la llave que les da cuerda?
Y antes de anochecer, fundido en negro.
Puta batería.
Ahora ponte a buscar el cargador de los cojones…


ELOTRO

“El delirio es en realidad la tentativa de reconstruir un sentido perdido”
(Sigmund Freud)


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sábado, 19 de noviembre de 2016

29 de octubre/2016




“En el lenguaje el que habla nunca se confunde con sus palabras”
(Claude Lévi-Strauss)


“A fin de cuentas son dos versiones de lo mismo.” Y tal como lo he tomado, bueno, he borrado el contexto, lo dejo ahí, allá cada lector con su particular “aplicación”. Todo texto acrítico tiene su lector crítico y a la inversa. Son dos versiones de lo mismo. Lo mismo aquí es la Doxa burguesa, capitalista –esa palabra otra vez-. La Doxa hegemónica siempre está ahí, en el primer plano, en el ruido de fondo o en los rellenos…”tan patente como invisible”… y en elementos tan aparentemente neutrales como el papel, la tipografía, la encuadernación, el diseño, la faldilla publicitaria…
Por eso Flaubert se podía permitir el lujo, que no cuela, de desaparecer, de no expresar en la narración “su opinión” sobre los personajes y las cosas que les ocurren… y ni tan siquiera hacer comentarios. Todas las voces, previamente “liberadas” de sus significados propios –ninguna amenaza para el orden establecido-, quedan mezcladas, confundidas y convenientemente  subsumidas en el domesticado “puré de opinión” del relato, en el que se reproduce, el tono, el léxico, la forma… dominante, omnipresente y omnipotente. La Doxa que manda.




Dos párrafos de Marx:
“La circulación del dinero partía de una infinita multitud de puntos y retornaba a una infinita multitud de puntos. El punto de retorno en modo alguno estaba puesto como punto de partida. En la circulación del capital el punto de partida está puesto como punto de retorno y el punto de retorno como punto de partida. El capitalista mismo es el punto de partida y el de retorno. Intercambia dinero por las condiciones de producción, produce, valoriza el producto, esto es, lo transforma en dinero y entonces recomienza el proceso. La circulación del dinero, considerada en sí misma, se extingue necesariamente en el dinero en cuanto objeto inmóvil. La circulación del capital se reinicia constantemente por sí misma, se escinde en sus diversos momentos, es un perpetuum mobile.”

“La plusvalía, en cuanto es puesta por el capital mismo y medida por su relación numérica con el valor total del capital, es el beneficio. El trabajo vivo, apropiado y absorbido por el capital, se presenta como la fuerza vital propia del capital, como fuerza de éste que lo autorreproduce, modificada además por el propio movimiento del capital, la circulación, y el tiempo correspondiente a ese movimiento suyo, o sea el tiempo de circulación. Tan sólo así el capital está puesto como valor que se autoperpetúa y se automultiplica, por cuanto el capital en cuanto valor presupuesto se distingue de sí mismo en cuanto valor puesto. Como el capital entra por entero en la producción, y en cuanto capital sus diversas partes constitutivas sólo formalmente se distinguen las unas de las otras, o sea son por igual sumas de valor, el poner valor aparecerá como inmanente a ellas en igual medida.”
(Marx, “Grundrisse”, tomo 2)





“Parece que hablo, y no soy yo, que hablo de mí, y no es de mí”
(Beckett)

Se conocen, dentro y fuera del cine estadounidense, muy escasas excepciones (digo películas “estrenadas en las mejores pantallas” más que “rodadas y enlatadas”) al acatamiento de los, “eficaces” en todos los sentidos, cánones del relato cinematográfico que desde los primeros albores del “nuevo arte” impuso, de hecho, la gran “industria” de Hollywood. De facto las proposiciones de Hollywood son las imposiciones de Hollywood, vía talonario. Por supuesto que la implementación “universal” de tal “catecismo-manual” no fue obra de un día, sino más bien un laboriosos, continuado y complejo proceso que culminó y se consolidó con la llegada del cine “sonoro sincronizado”, en vísperas de la gran crisis de 1929.
Me vienen a la cabeza de forma desordenada algunas títulos sobre el asunto y alrededores: “Ed Wood” de T. Burton; “El crepúsculo de los dioses” de W. Wilder; “Barton Fink” de los Coen… argumentos de Godard, de Chaplin, de Lang, de Wells… declaraciones de Chandler, Faulkner o Fante… todas ellas piezas de un rompecabezas que, bien acoplado, mostraría el revés de la marca y “fábrica de sueños”. “doowylloH”.

En fin, en cualquier caso, han sido varios los autores que no se han rendido ante esa grosera y demagógica “lógica onírica”, y han conseguido rodar obras –en su mayoría financiadas de forma independiente- familias, amigos, cooperativas..., quiero decir al margen de los grandes estudios fabricantes-monopolistas- en las que han conseguido integrar, además de la función entretenimiento y el ingrediente belleza, pensamiento crítico. Sin ir más lejos he visionado estos días dos extraordinarias películas que son buena muestra de ello (que recuerdan al maestro Bergman y que señalan al futuro alumno apropiacionista Allen), de la existencia realmente existente de las excepciones a la sacrosanta “maniera” yanqui; ambas dirigidas por John Cassavetes: “Rostros” y “Maridos” son sus títulos en castellano y, de momento, están disponibles en youtube. Hay también unas jugosas declaraciones de Cassavetes a un programa de televisión “opinando” sobre la propia televisión que le interroga y el cine basura (dos versiones de lo mismo) que, me parece a mí, no tienen desperdicio…

El siglo XVI, el XVII y el XVIII tuvieron el ensayo, luego, en el XIX, vino la novela; en el XX abrazamos el cine… y, sobre todo, la televisión y alguna basura más…


ELOTRO

“Dios –o el diablo- está en los detalles”
(Virginia Woolf)



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jueves, 17 de noviembre de 2016

28 de octubre/2016



“La poesía nace de los instantes en que levantamos la cabeza y descubrimos con estupor la vida.”
(Cesare Pavese)

Anota Piglia en su diario:
“La literatura muestra la opacidad del mundo. Yo conozco mejor a Anna Karénina que a la mujer con la que vivo hace años.”
Cierto, menudo “poder” el de la literatura, aunque, puestos a decirlo todo, sobre todo abunda la literatura que contribuye generosamente a esa “conveniente” opacidad del mundo. Claro que es un poder que, en principio, se limita a los lectores más o menos asiduos de literatura. Que muchos ciertamente no son, no hay más que ver las tiradas y el número de ejemplares vendidos, incluso si consideramos literatura a la basurilla que fabrican los millonarios autores (y sus “negros”) de best-sellers.
En cualquier caso y aún sin cribar y descartar, no resisten la comparación digamos sobre todo “cuantitativa” con, por ejemplo, las audiencias televisivas de un solo día. En resumen, no nos llamemos a engaño, la relevancia de la literatura a la hora de evaluar el poder de opacar o revelar la opacidad del mundo y sus significados, es decir, su determinada “función social” es, hoy por hoy y en el mejor de los casos, insignificante. Para el bando crítico, digo.


Una de Deleuze:
“Para Proust escribir es leer ese libro interior de signos desconocidos. No hay logos, hay jeroglíficos. Escribir es interpretar lo que ya está escrito y es ilegible”.

Reflexiones sobre el “oficio”, Pavese:

“El protagonista, si es él quien narra, debe de ser más que nada un espectador (Dostoievski: “en nuestro distrito”. Moby Dick: “Llamadme Ismael”. (…) Si se narra en primera persona, es evidente que el protagonista debe saber desde el principio cómo va a acabar su aventura a menos de hacerle hablar en presente.”

“Las imágenes de Faulkner son imágenes narrativas, no contemplativas, que sustituyen al objeto con una evidencia expresiva, las imágenes que crean lengua: Por ejemplo, los ojos del viejo sordo de ‘Santuario’: ‘como vueltos hacia dentro y enseñando el trasero de los globos’.”

“…también puede ser dramático un relato con un solo protagonista aparente (Defoe), pero en este caso hay un hombre y un ambiente que se enfrentan.”

Piglia sobre Pavese:
“Para la gloria, se ha dicho, no es indispensable que un escritor se muestre sentimental, pero es indispensable que su obra, o alguna circunstancia biográfica, estimulen el patetismo. Este epigrama sirve, sin duda, para explicar la presencia de Cesare Pavese en la literatura contemporánea. Ninguno de sus libros ha favorecido más su ambigua gloria que los acontecimientos de aquel 25 de agosto de 1950 en que un hombre de rostro distante y de lentes alquila una pieza anónima en un anónimo hotel de Turín (el Albergo Roma, en la Piazza Carlo Felice). Pide un cuarto con teléfono –narra su biógrafo Davide Lajolo en Il vizio assurdo– y lo instalan en el tercer piso. Pavese se encierra en su cuarto. Durante el día hace varias llamadas telefónicas. Habla con tres, cuatro mujeres. Las invita a salir, a cenar. Todas se niegan. Por último llama a una muchacha que ha conocido unos días antes, una bailarina de cabaret. De este diálogo de un escritor de cuarenta y dos años, recién consagrado con la máxima distinción de la literatura italiana (el Premio Strega), y una mujer que se gana la vida divirtiendo a los hombres se sabe poco: es el último diálogo que Pavese mantiene en su vida y la telefonista del hotel recuerda el final: «No quiero salir con vos, porque sos un viejo y me aburrís», dice la bailarina. Pavese desconecta el teléfono. No baja a cenar. Al día siguiente (el domingo 27 de agosto), al anochecer, un camarero, preocupado por ese cliente que no se ha dejado ver en todo el día, llama a la puerta. Como nadie responde decide forzar la entrada. Pavese está tendido en la cama, muerto, vestido pulcramente, sólo se ha quitado los zapatos. Sobre la mesa de luz hay varios tubos de somníferos, vacíos, y un ejemplar de su libro más entrañable: Diálogos con Leucó. Con su letra de araña Pavese ha escrito en la primera página su última frase: «Los perdono a todos y a todos les pido perdón. ¿Está bien? No se hagan demasiado problema».

(RICARDO PIGLIA, Los diarios de Emilio Renzi: Años de formación)






Más de Piglia:

“El diario es como un sueño, todo lo que sucede es verdadero pero pasa en un registro tan condensado, tan cargado de sobreentendidos que sólo lo puede entender el que lo escribe.”

“La confirmación de que ellos (Beckett, Hemingway…) también han tenido dudas y han estado a punto de fracasar…”

“Debemos creer que pasa una cosa y no otra por razones que la narración no dice pero muestra, esto es, hace ver.”

“Joyce construye su técnica usando el saber contemporáneo: el psicoanálisis.”

“Beckett (o Kafka) narra una sucesión continua e inconexa de acontecimientos mínimos. Acción más acción más acción, desarticulada, sin conexión causal (causa-efecto)”.

“La obra de Borges es una cuidadosa elisión de la sexualidad y el cuerpo. Un sueño casto.”

“La inspiración es el modo de nombrar la capacidad que tiene un escritor para olvidarse de sí mismo y pasar al otro lado (del lenguaje) al escribir (diferencia entre escribir y redactar).

“Escribe en el diario lo que no puede pensar, lo que no se anima a decir o a enfrentar, esos apuntes son el revés de su voluntad.”

“Mi torpe relación con lo imprevisto que, sin embargo, es siempre igual a lo que ya conozco”
(Piglia)


ELOTRO



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