Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 25 de agosto de 2016

Buscar una frase…




Pensar quiere decir: buscar una frase.
(Pierre Alféri)

Hay frases que por algún motivo que desconozco parecen estar condenadas a trabajar horas extras. Y claro, sin remunerar. Será  la moda neoliberal, el turno único del pensamiento único. ¿Qué sería de nuestros emprendedores capitalistas sin las plusvalías generadas por las horas de trabajo no pagado…?

Hay frases, pensamientos, que se retuercen y se arremolinan sobre sí mismos, ¿renunciando a intervenir en lo real?
Los zapatistas se taparon la cara con pasamontañas para que los vieran. Se colaron (“se la colaron”) en lo “real” mediático.
Entrometerse, influir, injerir: La tarea de “desfatalizar” lo que erigen como inamovible.
“El arte redibuja las las relaciones entre lo intelectivo y lo perceptivo” (Walter Benjamin)

Según la Escuela de Frankfurt: “Usted creía que era libre, pero no lo es; usted creía que elegía, pero, en realidad, es elegido; y usted creía que realizaba sus propios deseos, pero, en realidad, realiza el deseo de otro”.

“La humanidad ha alcanzado tal grado de autoalienación que puede experimentar su propia destrucción como un placer estético de primer orden” (Walter Benjamin)




Sigamos con el pesimismo. Leo que el famoso enunciado de Gramsci: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”,
fue formulado anteriormente por el filósofo estadounidense John Dewey en su libro Ethics, publicado en 1908.
Y abundando: “Pesimismo de la concepción del mundo y optimismo del temperamento”. De manera que “el origen de la célebre fórmula empleada por Gramsci se ha de buscar, entonces, en el comentario oral que Nietzsche había hecho al texto de Burckhardt durante esas veladas nocturnas de lectura en Sorrento, delante de la chimenea del salón de Villa Rubinacci”.

Quién se lo iba a decir a Riechmann hace un tiempo, el “imbécil” de Nietzsche nutriendo a Gramsci… en fin.




Y sigamos con las citas, las frases, los pensamientos sintetizados, destilados: Sueño, dicen que dijo  Benjamin, con una gran obra compuesta sólo de citas, de retazos, de fragmentos, de astillas… una contelación sin jerarquías. Y yo. Ya estoy tardando en leer sus “Pasajes de París”. Por cierto, también fue Benjamin quien denunció la muerte de la narración oral. De donde quizá también proceda, al menos en parte, la dislocación de la relación  significante-significado: la pérdida de significado. Qué tipo este, qué olfato para lo que verdaderamente tiene importancia, qué manera de leer los “signos” a contrapelo. Aunque alguna culpa aportarían en eso, digo yo, tanto Brecht, como Marx… y quizá Adorno…e incluso Lukács, ya puestos.

Un inciso sobre el jugoso asunto de la narración oral, me permito recomendarles un documental sobre el ya desaparecido escritor Gonzalo Torrente Ballester, donde éste comenta la importancia que tales narraciones orales (imbuidas de formas, contenidos y tradiciones de raíz popular y tanto más lejos del elitismo intelectual) que el susodicho mamó en su infancia-adolescencia, tuvieron posteriormente para su “formación” como novelista.





Se ha dicho que el arte muestra lo que no puede decir la filosofía. Claro está que no podemos olvidar que el engaño, a la hora de mostrar, es el modo genuino de existencia del arte. El arte pinta la verdad con las líneas y los colores de la mentira, dicen que dijo Picasso. Cosa que tiene pinta de ser verdad entendida, y expresada, también de esta otra forma dialéctica: “El arte es verdad en la medida que representa una ilusión de lo no-ilusorio: obligando así a la ilusión a servir a la verdad”. No conozco mejor definición en la que encaje la espléndida obra, forma/contenido, de El Bosco, digo sus paradójicamente articulados “significantes y significados”. Por poner un ejemplo racionalmente ilustrativo.

Y es que efectivamente, como también se ha dicho repetidamente, el arte es en sí mismo una forma “peculiar” de racionalidad, en la que tiene cabida –sentido aporético- lo real y el juego ilusorio.
“La trascendencia del artefacto artístico radica en su poder para dislocar las cosas de sus contextos empíricos y reconfigurarlos en la imagen de la libertad. Lo que significa también que las obras de arte matan lo que objetivan, arrancándolo de su contexto de inmediatez y vida real”, dice Adorno como si tuviera delante las estampas grabadas de los caprichos y disparates de Goya.




Los artistas que producen “arte” (formas, objetos, artefactos…), hacen el camino cargados de inconsistencia. Aportan una crítica implícita/explícita de las formas estructurales (económicas, políticas, ideológicas, culturales…) con las que están entreverados y que al mismo tiempo fatalmente reproducen. El arte es, también y quizá sobre todo y en sutil discordancia, precioso e inútil. Inútil, ahora sí, a la lógica dominante de la alienación del trabajo, a la lógica del mercado. O sea, el arte – que es a la vez ser-para-sí-mismo y ser-para-la-sociedad- también posee, en su propia esencia, un indiscutible valor subversivo.

ELOTRO

“Los prácticos –paradoja- viven separados de las cosas, no las ‘sienten’ pero las comprenden en su mecanismo” 
(C. Pavese)
“Y se ríe de una cosa solo quien está separado de ella”. 
(C. Pavese)

-¡El distanciamiento brechtiano!



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jueves, 18 de agosto de 2016

Por el gusto de pensar…





“La sociedad no se compone de individuos; expresa la suma de los vínculos y las relaciones en que están insertos los individuos”
(Karl Marx, “Grundisse”)


Acabo de fregar los cacharros del desayuno y me he puesto inmediatamente a escribir estos apuntes. Inmediatamente porque mi cabeza no para de dar vueltas como un trompo sobre el asunto del gusto. Cogitaciones que me producen mareos, vértigos, por fijénse que tontería: el gusto. La chispa que ha incendiado esta “praderita” ha sido un librito sobre el sociólogo francés Pierre Bourdieu (Sí, ya sé que es un autor importantísimo –bueno esto ya lo matizamos en otra ocasión- y que una vez más llego tarde pero…), que por cierto tiene una obra titulada “El sentido social del gusto”. Obra que también por cierto tengo en la salita de espera del ebook. Ahí puede estar.

El caso es que en mi mollera la palabra gusto no deja de ejercer una atracción magnética, parece que  irresistible, sobre sí misma pero ya estratégicamente inserta en diversos enunciados. Sin ir más lejos: “Es solo rock and roll pero me gusta”. O, “Por el gusto de charlar” o la “sartriana”: “Follo por el gusto de conocer gente”. O esta mentira grande, “Sobre gustos no hay nada escrito”. Digo yo que será que no hay nada leído… aunque la mayoría de los lectores declaran, en las encuestas o entrevistas “sociológicas”, que leen por el gusto de leer lo que les gusta




¿Nuestros gustos o nuestros juicios? ¿El gusto es el resultado de un juicio? Puedo gustar de algo que no he enjuiciado, porque no he podido o no he querido, previamente. Por lo tanto no todo gusto está necesariamente sujeto a un juicio precedente. Y siendo así, ¿El gusto, subjetivo y social, es innato o de dónde viene, cómo se construye y reproduce? Deberíamos de hacer (Por gusto o por desvelar lo oculto) una lista, con dos columnas gusto/juicio, de las cosas que hacemos por “puro” gusto o no, si es que tal pureza existe en ambas columnas. ¿Es el gusto personal un mito que la hegemonía cultural nos ha inculcado? ¿Elegir entre un menú previamente limitado por el “establecimiento”, es expresar el puro gusto personal o un juicio predeterminado? ¿Es el sucio juicio crítico el aguafiestas del puro gusto? ¿Son antagónicos el juicio y el gusto? ¿Acaso tanto el juicio como el gusto, y a la vista de los resultados, no han dado prueba de su profunda ignorancia sobre las gentes, las conductas y las cosas convenientes y contraproducentes?

Es pecado y engorda, pero me gusta. Ahí lo tienen, el juicio vencido por el gusto, ¿o por la otra cara del juicio?  ¿será el gusto un juicio camuflado de gusto? Desde luego, en el “campo” de la cultura simbólica, tiene mejor prensa abandonarse al gusto que someterse al juicio… y, ahora que lo pienso, que pillines estos sabios opinólogos del Sistema. Así que al gusto lo llaman gusto y lo llaman juicio, según convenga. De tal manera que construyen una contradicción “inexistente” en la realidad, escenifican un conflicto “amañado”, que sólo existe, en apariencia, es decir, dentro del “campo” de la cultura simbólica. ¿Existe la cultura simbólica?




Y aquí dejo un párrafo del librito sobre Bourdie y el capital simbólico de Cecilia Flachsland:
“La violencia simbólica se ejerce con la complicidad del dominado, que no la percibe como tal, a diferencia de la violencia física o la ejercida por formas de coacción mecánica. Construye el mecanismo principal de reproducción social, el medio más poderoso del mantenimiento del orden”.

-Ahora, me pregunto, va a resultar que cuando ejercito mi derecho a hacer lo que me gusta estoy colaborando al mantenimiento del orden establecido, ¿y cuando hago lo que no me gusta?

-Pues también. Es lo que tiene el gusto personal (social): que, como tal enunciado significante, sólo existe en tu mente. Me respondo. ¿Un buen chasco?

“La desgracia de la sociología –afirma Bourdieu- es que descubre lo arbitrario y la continencia allí donde se quiere ver la necesidad o la naturaleza; y descubre la necesidad y la coacción social allí donde se querría ver la elección y el libre arbitrio”.

Y el caso es que se habla, hablan ellos que para eso son los dueños de los medios de producción y difusión masiva, del gusto como algo natural e íntimo, personal e intransferible, neutral, sin dimensión histórica, como surgido por mero accidente y desprovisto de “ideología” y de connotaciones políticas y exento de subordinación a cualquier jerarquía de valores morales y culturales (por supuesto por encima de eso que la chusma subversiva llama el motor de la historia: la lucha de clases). Y lo llaman buen gusto, al suyo. Claro. Como si el gusto se creara por generación espontánea y no formara parte del complejo entramado de la hegemonía cultural vigente (porque tanto el gusto como los criterios y razones que dan base a la capacidad, sea la que sea, de enjuiciamiento, son productos históricos y no meteoritos caídos accidentalmente del cielo) y, precisamente, en el campo de la ideología, de los hábitos, de las tradiciones, de los valores convencionales que sustentan el omnipotente “sentido común”.




Hoy mismo leo en la prensa que Balenciaga, la casa de alta costura parisina, ha puesto a la venta unos bolsos con diseño completamente calcado (ellos no piratean), se muestran las imágenes de ambos productos, de las bolsas de la compra de no se qué país de extremo oriente. El precio de la bolsa original, dice el pie de foto, es de 2 euros; el “producto” Balenciaga marca un PVP de 2.200 euros. Tal es el exclusivo buen gusto (no olviden que es de muy mal gusto hablar de dinero en presencia de sus grandes poseedores), que cantan los eslóganes, del “mercado del lujo”, y sólo al alcance de exclusivos niveles adquisitivos… y de buen gusto sustentado en su valor de cambio, que no de uso: ”aristocratismo consumista”, podríamos llamarlo.

Démonos el gusto de anotar alguna otra extrapolación “factible”: La mayoría de la gente, si es que esa “cosa” existe, ¿vota por gusto o por juicio? No digo sólo el hecho de votar sino la elección concreta que realiza mediante su voto. Recuerdo comentarios entre gente no especialmente imbécil y ya destetada desde hacía décadas, argumentando sobre las opciones Suárez –franquista de toda la vida- y González –pelele de la CIA recién fichado- (UCD o PSOE) en términos de gustos estéticos (la ropa, el peinado, en fin, el look…), de belleza física, incluso de “carisma” sexual. No todo va a ser juzgar. Aunque cuando dejan de lado su peculiar gusto y  se ponen a conceptuar, valorar y por fin utilizar el juicio fundamentado, acaban rendidos ante los encantos de Bertín Osborne o, en su caso, de Ismael Serrano. En fin en fin. (Podría haber nombrado, y quizás con mucha más justificación, a Bruce Springsteen y Los Rolling Stones, pero entonces “la mayoría de los listos” no hubiesen pillado, digo con el mismo gusto, el sesudo chiste. Si lo desean pueden informarse sobre el apoyo de Bruce a la psicópata Clinton o el pelotazo millonario de los Rollings en, pero no precisamente a costa, de Cuba. Entre mil ejemplos más que quizás les puedan ayudar a desandar algunos juicios poco juiciosos o gustos devenidos como manifiestamente contraproducentes).



Es lógico que a la gente no le guste razonar “en contra de todo lo que le han enseñado”. Quién o quienes y dónde es un enigma que  a nadie parece inquietar, por muy presente que puedan tener sus relaciones familiares, laborales y sociales o su paso por las instituciones educativas y formativas. Cansa, es lógico,  esto de tanto cuestionar e interrogarse a sí mismo: no es plato de (buen) gusto. Y el caso es que eso de “desnudar los mitos”, que no digo abolir, puede que acabe produciendo cierto espurio  gustirrinín… y no necesariamente por la misma pudibunda lógica.

En 1989, Francis Fukuyama, funcionario del Departamento de Estado, se dio el gusto de decretar “El fin de la historia”, en un libro que llevaba exactamente ese mismo título. Y concluía que una vez acabada la historia las luchas sociales ya no tenían sentido. Y se quedó tan a gusto con su juicio. La historia se ve que no tuvo noticias de él, o no lo leyó o si lo leyó no lo entendió… vaya usted a saber.

El caso es que esa es, para la gente de mal gusto y rencoroso juicio como nosotros, una buena y saludable noticia histórica, “piensen lo que piensen los conservadores neoliberales auto-apodados posmodernos”.

Por cierto, amigo lector, el gusto es mío.
O tampoco?

ELOTRO


“La civilización y la justicia del orden burgués se muestran en su aterradora claridad siempre que los esclavos y los oprimidos de este orden se alzan contra sus dueños; entonces esta civilización y esta justicia se presenta como barbarie sin disfraz y como venganza sin ley”

(Karl Marx)



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jueves, 11 de agosto de 2016

Reformistas versus ultraizquierdistas




 “Marx no cree que la inevitabilidad del socialismo signifique que PODEMOS quedarnos todos tranquilamente en la cama”
 “Si fuera así, ¿a santo de qué iba a apremiarnos con la necesidad de emprender y proseguir la lucha política?
(T. Eagleton)


Digamos, digo, que entendemos por reformista a aquel que piensa (y de camino actúa) que lo que hay, en este caso la sociedad capitalista, su modo de producción, sus consecuentes relaciones sociales, su hegemonía jurídica, política, ideológica y cultural… es la única o, en su caso consienten en llamarla: la mejor alternativa “realmente existente”.  Aunque eso sí,  no olvidan añadir que mejorable en ciertas facetas, por supuesto siempre dentro de un orden, su orden,  “el realmente existente” y  además siempre y cuando la cosa se haga de forma gradual y pacífica y, por lo tanto, un necesario, insoslayable y determinate punto de partida (y para ellos meta) político, social y cultural; una buena base en esencia eficaz, sana y robusta, conservable, sin negar que, con el inevitable transcurrir del tiempo y el deseable “progreso” general, pueda devenir  ocasionalmente reformable, la obsolescencia programada o no, en algún puntual aspecto parcial y no principal del Sistema (por supuesto, quede esto claro y por eso repetimos: nunca sustantivo: propiedad privada de los medios de producción, subordinación del trabajo al capital…, en determinadas  formas y aristas digamos más incómodas de llevar moralmente, por la fracción más progresista, ya sé que es un mal decir, de la ominosa clase dominante, opresora y explotadora. Pero eso sí, los reformistas  juran y prometen en cada ocasión que les parece propicia, que son sinceros partidarios del CAMBIO. Así, sin más concreción. Que en el caso de los reformistas siempre acaba siendo, tenía que aparecer: “gatopardiana”. Ya saben.

Bien, espero sepan disculpar este largo introito del que tambien espero, ya me ocupo, que no de paso a ningún sermón. Como prólogo me parecía necesario para pasar a explicar la acepción dominante del término que el titular situa en contra: “ultraizquierda”. El ultraizquierdismo es “una enfermedad infantil del comunismo” escribió Lenin en su interesante librito de 1920. Y como era su dialéctica costumbre analizó y argumentó en concreto, en el contexto histórico concreto. La concreción, dijo Lenin parafraseando a Marx, es el carácter esencial de la verdad. Siendo así, la verdad siempre es revolucionaria.  Aunque duela.

Recordemos que el “ultraizquierdista” ha “sustituido” al revolucionario marxista que  Rosa Luxemburgo contraponía al reformista socialdemócrata. El revolucionario, a diferencia del ultraizquierdista, no sólo tiene una meta, la revolución, sino que procura marcarse unos claros y verosímiles objetivos intermedios, jalones en la lucha de clases que le lleven hasta ella. Lo nuevo nace de lo viejo y en lo viejo, que decía Manuel Sacristán. De tal modo que hay que mancharse las manos luchando en y contra las instuciones y organizaciones del estado burgués. Y si hay que comenzar por “reformas” en la lucha sindical y política, ningún problema, siempre y cuando el camino, ora recto ora en zig-zag, tenga como única e insustituible meta la abolición del sistema capitalista de explotación. Lejos de los planteamientos puristas del izquierdismo que, como decía aquel: “Termina así por ser tan impoluto como impotente”. O sea, objetivamente otra versión de las fuerzas de la  “Reforma”.





El caso es que en la ya vieja controversia entre reforma y revolución, a día de hoy en esencia no ha cambiado nada y sin embargo  en apariencia ha cambiado todo. Por eso mismo sigue siendo tan vigente el inolvidable librito de Rosa Luxemburgo, “Reforma o revolución”, escrito en 1900 y la paliza que en él  propina a las contrarrevolucionarias posiciones de la socialdemocracia alemana en la figura de Eduard Bernstein. Una pequeña muestra: “la reforma y la revolución no son, por tanto, distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el polo norte y el polo sur, o la burguesía y el proletariado”.

Desde entonces cada una de las partes (ojo al CAMBIO, que no “son” las mismas, ya que los revolucionarios han sido sustituidos por los “ultraizquierdistas” o “radicales” o “subversivos” o “terroristas”, según los casos) en disputa ha ido introduciendo, o embutiendo sin miramientos más bien, a su propia conveniencia y oportunidad  sucedáneos de variantes argumentales,  que en la mayoría de los casos no pasan de ser cambios cosméticos que sólo buscan oscurecer o enturbiar las aguas (¿Para que uno se pierda en ellas?) de lo que debiera ser un debate esclarecedor. ¿Pero a quién le interesan los debates esclarecedores? Desde luego no a los patrocinadores de la “Reforma”, digo a la ideología contante, sonante y  dominante de la clase, mire usted por donde, también dominante que se encuentra  plenamente satisfecha, digo cuando se explayan en privado, con el orden “realmente existente” que reina “democráticamente” en las mentes, si así se las puede llamar visto su alarmante estado vegetativo, de los componentes de la mayoría social y silenciosa, o sea, de la sumisa militancia del “sentido común” hegemónico. Ya no quedan, “media” mediante, seres pensantes normales y corrientes, digo por cuenta propia.

Y ahí llegamos al meollo del asunto que pretendo destacar en este apunte. Los significantes “realmente vigentes” del sentido común hegemónico. Sin ir más lejos el de la manoseada y desteñida palabra “CAMBIO”. Palabra a la que curiosamente tampoco le hace ascos desde el otro supuesto bando, el llamado “ultraizquierdismo”. Claro que en su caso desde su muy particular noción de “CAMBIO”. Los españolitos atentos pueden comprobar cómo se ha abusado de la susodicha palabreja en nuestra reciente historia, digamos desde la última restauración borbónica: PP, PPSOE, Ciudadanos, PODEMOS, por citar a los más actuales han utilizado el mágico significante “CAMBIO”, en sus campañas electorales. Y un dato más, el eslogan del desaparecido PTE fue: “El partido para cambiar las cosas”. Recuerden a Marx:

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo (CAMBIARLO).





En fin en fin. La palabra “CAMBIO”, su prostituido significante, ha sido, no sólo en España, un valioso y rentable fetiche electoral, en manos de todos los partidos políticos del Sistema. Cada uno ha pintado (rojo, azul, naranja, morado) y disfrazado el suyo con matices diferenciales que, dentro del ineludible orden, les permitan ser mínimamente distiguidos por sus respectivos y fieles parroquianos. En definitiva, toda organización reformista está convencida, otra cosa es el escaparate, de que el “CAMBIO” auténtico, radical, de raíz, es imposible e innecesario y de todas todas, para ellos tan bien instalados, indeseable: Así se expresan y justifican por “El hecho de que seamos criaturas egoístas, codiciosas, agresivas y competitivas por naturaleza, y que ni las más elevadas dosis de ingeniería social puedan alterar esa realidad…” ¡¡Así que por naturaleza somos todos capitalistas!!

Pero de lo que se trata, en el “mercado electoral”, es de vender futuro, o sea humo, un futuro que, esa es la promesa coral e incesantemente incumplida, mejore el manifiestamente mejorable presente, es decir, que incorpore “EL CAMBIO”, el de nunca llegar.


ELOTRO

Dices tú desde dentro:
“La sustancia de una institución es el principio político,
‘ético-jurídico’, de su contenido de clase”

(Antonio Gramsci)



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jueves, 4 de agosto de 2016

Fredric Jameson: El desempleo, una lectura de “EL CAPITAL”




«Cada enunciado que tenemos por verdadero, es conocido o bien por medio de la experiencia o en razón de su significado. No hay más fuentes de conocimiento que el dato de los sentidos o el significado que le damos al enunciado»
(Gottlob Frege)

Lo primero es reconocer que este post que comparto gustosamente con todos los lectores del blog, es un pastiche un tanto anárquico, espero que sólo en su disposición, compuesto de citas, subrayados y párrafos  del libro de Jameson más el relleno de algunas otras involuntarias aportaciones y las acostumbradas apostillas propias realizadas estas últimas con mayor o menor tino pero con la mejor de las intenciones: alambicar pensamientos, ideas, conceptos. Por ello es fácil comprobar que no se trata de un texto fluido,  como si de una reseña peridística al uso se tratara, que permita una lectura sin saltos estilísticos, vaivenes rítmicos o interrupciones y paradas para consultar el mapa… o la brújula.

El objetivo es el de siempre:  fijar ideas o conceptos que uno captura en el transcurso más o menos accidentado de  la lectura y sobre los que en un principio pretende volver, insistir, repasar. Leer al mismo tiempo, intercalando intermitentemente, ‘El Capital’ de Marx y algunas obras, como esta de Jameson, que proponen su propia lectura, nada complaciente, o contralectura (nada que ver con un contra-manual de instrucciones), más de 130 años después de la primera edición de esa pieza capital del pensamiento marxista, no deja de ser una manera curiosa y hasta a ratos relajante y divertida, al menos así ha sido para quien esto transcribe, de recorrer siglo y medio de historia, en todos sus ámbitos, de las sociedades humanas, y simultáneamente de la propia trayectoria del marxismo, o más bien siendo precisos ‘los marxismos’, en paralelo con ese dado discurrir histórico (“EL CAPITAL: Una mera tentativa metafórica de transmitir las complejidades de lo puramente económico”).




A toro pasado se puede ver, claro que hacen falta unos mínimos conocimientos, con calma y claridad qué partes de la obra de Marx han podido quedar caducas u obsoletas (no hay que  escandalizarse por ello, tanto  Marx como Engels escribieron un prólogo para una edición del ‘Manifiesto comunista” veinte años después de su primera publicación en 1848, en el que, con absoluta y despreocupada franqueza, ya constataban que ciertas partes de su “documento histórico” habían caducado, repito, sólo dos décadas más tarde, bien es verdad que ninguna de ellas fueron consideradas por los propios autores como esenciales en el contenido integral. Y no podemos ignorar que en el “Manifiesto…” fue un documento “de encargo” en un contexto muy concreto de los inicios del movimiento obrero revolucionario (socialistas, socialdemócratas, anarquistas, comunistas…), ni mucho menos que no todo allí eran hechos comprobados, también había ciertas hipótesis… y tampoco  debemos omitir que el propio Marx aún no había consolidado sus iniciales conocimientos e investigaciones económicas, por ejemplo, por entonces nada había elaborado sobre la teoría de la plusvalía) …y qué otras continúan  plena o parcialmente vigentes, iluminándonos,  a pesar del tiempo transcurrido y los profundos cambios y desarrollos que ha sufrido el modo de producción capitalista (para entendernos: estructura), objeto esencial de su investigación, y las relaciones sociales y de producción (sobreestructura) que le han sido y son consecuentes durante ese largo proceso que ha pasado por varios estadios,(“El rompecabezas de los rompecabezas es el propio capitalismo”).

“Tomemos el mundo tal como es, no seamos ideológicos” (Marx)
-Y no otro es el punto de partida del pensamiento científico marxista. La actitud científica y el grado de conciencia depende del conocimiento de la realidad. Como afirmaba Manuel Sacristán: “La filosofía y el dogma son básicamente ideología, no conocimiento”.





“Lo que es indiscutible es que ni la Edad Media pudo vivir de catolicismo ni el mundo antiguo de política. Es, a la inversa, el modo y la manera en que la primera y el segundo se ganaban la vida, lo que explica por qué en un caso la política y en otro el catolicismo desempeñaron el papel protagónico. Por lo demás, basta con conocer someramente la historia de la república romana, por ejemplo, para saber que la historia de la propiedad de la tierra constituye su historia secreta. Ya don Quijote, por otra parte, hubo de expiar el error de imaginar que la caballería andante era igualmente compatible con todas las formas económicas de sociedad”. (Karl Marx)

“La ideología unificadora –dominante- puede ser muy distinta: formas de religión, relaciones de poder y dominación personal, como en el feudalismo, o el modo asiático, unificado mediante el dios-emperador como centro)”.

Como se puede apreciar Marx realiza un somero pero muy completo repaso a las formaciones sociales precapitalistas. No olvidemos que “lo nuevo nace de lo viejo y en lo viejo”.

 “Marc Bloch nos enseñó que al comienzo del sistema feudal noble era aquel que simplemente tenía un caballo”.

“En el pasado hubo modos de producción donde no dominó la forma mercancía, que no fueron organizados en torno al mercado en cuanto tal”.

“El pueblo indio y el modo de producción inca lo llama Marx en los “Grundisse”: Modo asiático de producción (formaciones que preceden al capitalismo)”.

“El sabor del trigo no revela quien lo ha cultivado, si un siervo ruso, un campesino parcelario francés o un capitalista inglés”
(Marx)

“El régimen revolucionario de Taiping duró 13 años, hasta su disolución por las cañoneras británicas”.




‘El Capital’ es un libro de principio a fin historicista.. Una obra que nos ofrece una lección magistral de materialismo histórico generosamente adobada con jugosas argumentaciones y citas de autores de las más diversas materias filosóficas, científicas, técnicas, sociológicas y literarias.

“En las viejas alegorías era esencial la presencia de un personaje antropomórfico que ‘representara’ algo, una idea o un valor, cuyo nombre portara a la espalda, como anuncio: ‘¡Soy la avaricia! ¡Soy la virtud! ”

Dice Jameson que una de las formas de leer El Capital –esto es, de comprender el lugar de sus proposiciones y análisis individuales en la construcción del todo- reside en verlo como una serie de acertijos, de misterios o paradojas, a cada uno de los cuales se le suministra una solución en el momento apropiado. Y mirando ventajistamente por el retrovisor: que si le caen palos a Althusser o se replantean las otrora desechadas aportaciones de Lukács…

Y añade: Marx escribe los tres primeros capítulos de ‘El Capital’ (sobre ‘mercancía y dinero’, los más estudiados y controvertidos) ‘filrteando con Hegel’, según el propio Marx dixit. Pero, señala: “El materialismo de Marx es incompatible con el idealismo  hegeliano”. Es curioso y paradójico que Marx siempre reconociera en Hegel a su maestro (filosófico) y, al mismo tiempo, declaraba que tuvo que ponerlo boca abajo (“darle la vuelta como a un calcetín”) para descargar de idealismo su dialéctica y su lógica:”nada es nunca superado sin resto”.

“En ‘El Capital’, y de acuerdo con las tesis de Feuerbach, la filosofía llega a su fin realizándose y actualizándose a sí misma”. No se trata sólo de explicar el mundo, se trata de transformarlo. Marx era ciertamente un ser profundamente político, con un sentido afilado de la estrategia y la táctica del poder.




Sobre reificar / cosificar:
“La máquina no libera del trabajo al obrero, sino de contenido a su trabajo” (Marx) “La palabra clave de los ‘Manuscritos…’ de 1844 es “alienación”. Y hablando de “alienación” conviene no olvidar un pequeño detalle: incluye (el sentido legal de) transferencia de propiedad. Ya sabemos, alienar, enajenar. “La presión despersonalizadora de lo moderno”.

Para Marx, la sustitución de la herramienta por la máquina transforma al obrero de maestro en sirviente de un proceso impersonal. La famosa cuádruple alienación del trabajador. Respecto de sus medios de producción; de su producto; de su actividad como trabajo y artesanía; de sus compañeros de trabajo.

“El modo en que el dinero oculta y reprime la ley del valor de la que surge. La obsesión con el dinero como causa y enfermedad también nos condena a mantenernos dentro del sistema de mercado en cuanto tal, la esfera de circulación, como horizonte cerrado de nuestro conocimiento, de nuestras explicaciones y de nuestras preguntas científicas”.

“El valor real, sin embargo, resulta que reside, no en los objetos producidos por el capitalismo, sino en el capital que ese particular proceso de producción es capaz de acumular”.

“La mercancía ‘es’, por cierto, valor de cambio, en la medida en que en ella se halla incorporada determinada cantidad de tiempo de trabajo”  (Marx)

“Para tener un valor de cambio las mercancías han de tener un valor de uso”.

“El valor de uso es material y físico, carnal y cualitativo, mientras que el valor de cambio es en rigor mental, lo que quiere decir: pura forma en lugar de contenido”.

“En ‘El Capital’, Marx analiza y critica de forma devastadora las obras estándar de economía política”

“La teoría del valor y el trabajo aparece por primera vez en el capítulo VI”

“La teoría del valor y del trabajo explica la expansión irreversible del capitalismo, junto con su emergencia y disolución”.

Con su teoría del “valor y del trabajo”, Marx nos instruye en el hábito de buscar las esencias detrás de las apariencias que nos ponen delante de las narices

“Los intentos de amputar su exposición de la teoría del valor, (Althusser) supone reducir el resto a un tratado de vulgar economía. ‘El Capital’ es un todo”.

“La palabra ‘forma’, extraída de Hegel, implica siempre la predominancia de lo mental o lo espiritual sobre el cuerpo y la sensación. Pero Marx introduce una tercera noción: lo social. La realidad del fetichismo de la mercancía, opuesta a su irrealidad espiritual e irrelevancia física”.



A caballo de la reificación, “los intelectuales capitalistas –tradicionales y de producción- se esfuerzan por frenar y desviar el desarrollo de las contradicciones” que sacuden al Sistema. De donde se deduce que la clase obrera, la productora de plusvalía, ha de tender en su lucha contra la opresión y explotación a agudizar esas mismas contradicciones y debe de batallar al mismo tiempo contra el velo fragmentador, oscurecedor y distorsionador de los procesos y formas de reificación (Eficacísimos inhibidores de la autoconciencia) que genera el propio Sistema.

“La forma fundamental de reificación: el dinero”.

“El dinero no es sino el síntoma de contradicciones estructurales subyacentes, esto es, una ‘mediación’, una solución provisional que no resuelve las contradicciones mismas, sino que “engendra la forma en que pueden moverse”.

“Las yuxtaposiciones de Marx están diseñadas para palpar la materia de un mundo de materias primas distintas en las cualidades y texturas de sus densidades y superficies”.

Pierre Reverdy: “La imagen surrealista surge de la yuxtaposición de dos objetos tan lejanos entre sí como sea posible: ‘El encuentro fortuito de una máquina de escribir y un paraguas sobre una mesa de disección” (Lautréamont)

“Las nociones deleuzianas de lo liso y lo estriado”.

Escribió Guy Debord: “La imagen es la forma final de la reificación mercantil”. Es decir, la imagen impide ver el conjunto, aprehender y comprender el TODO. Y abundando afirma Jameson: “La reificación figurativa es algo objetivo, está ahí fuera en el mundo como tal, es una dinámica fundamental del capitalismo” (…) “Un mundo de deseos individuales completamente colonizados por la publicidad y el consumismo, individualización que impide (reificación) la visión y la capacidad de comprender el Todo”. Y por su parte añade Sacristán: “El capitalismo encubre con bastante eficacia el carácter directo de la explotación del trabajador asalariado. De donde se desprende la tarea de poner la explotación al descubierto”.


ELOTRO (Responsable del pastiche)

“El “desarrollo” ha convertido a los italianos en un pueblo de idiotas neuróticos”
(Pier Paolo Pasolini)


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