Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 28 de julio de 2016

Y el dinero se metamorfosea en capital…/ Marx



“Hay algo inmutable: lo que no es ciencia”
(Manuel Sacristán)


Despacio, a veces muy despacio, continúo la lectura de “El Capital" de Carlos Marx. La leída pausada, o cachazuda, no es sólo debida a la necesidad de leer, releer, dar muchas veces marcha atrás en la paginación, subrayar, tomar notas o consultar otros autores y obras citados o no, pero que se me ocurre que pueden venir a cuento… el caso es que a cierta edad lectora, uno ya no lee esclavizado por ningún tipo de ansia o apremio…si acaso por lo mucho que queda por leer y releer y el más que previsible poco tiempo que le va quedando a uno para tanto escrito aplazado o pendiente en vaya usted a saber cuándo y dónde… Recuerdo a Fernando Fernán Gómez mirando los anaqueles de su biblioteca y comentándole a algunos de sus libros algo así como “a ti ya no te podré leer…”
(En la peli, “La silla de Fernando”)


“La forma de circulación en la que el dinero se metamorfosea en capital contradice todas las leyes expuestas hasta aquí sobre la naturaleza de la mercancía, del valor, del dinero y de la circulación misma”. Así comienza Marx el capítulo V, “Contradicciones de la fórmula general del capital”.

El movimiento y sus contradicciones, lo Uno y lo Múltiple, una investigación dialéctica de esta sociedad basada en la producción de mercancías. Esta sociedad “popularmente (des)conocida” como “sociedad de consumo, economía de mercado”. Será por significantes vacíos. O vaciados. Continúa Marx: “…en el mercado sólo hay poseedores de mercancías, y el poder que estas personas ejercen unas sobre otras no es otro que el poder de sus mercancías”. Estas líneas son un buen ejemplo de la densidad que caracteriza a este libro. Hay mucho condensado, pienso yo, en ese enunciado.

Por ejemplo, y ya que habla de “ejercicio de poder” se le ocurre a uno cavilar sobre los poseedores de esa mercancía llamada “fuerza de trabajo”, los llamados por el propio Marx, “proletarios”. El proletariado es creación de la Revolución industrial, se nos dice y se nos fundamenta de forma historicista, o sea, con base en los hechos objetivos de la historia: materialismo histórico.




Las grandes poblaciones de campesinos y ganaderos fueron despojadas de sus casas y tierras de cultivo y expulsadas –puestas de patitas en el camino a la urbe-, y de la misma tacada  transmutadas a ‘ciudadanos libres’, claro que  pobres como ratas, con una mano delante y otra detrás, que dice la tradición. Al voluntarioso infeliz que se resistía  a cumplir la órden echa ley de aquella manera, a abandonar la tierra que le vio nacer, como había visto a sus ancestros, y que le había permitido mal que bien hasta entonces cobijar, alimentar y vestir a su familia –Marx relata algunos casos concretos de extremada violencia ya documentados en la propia época- se le prendía fuego con todas sus pertenencias, así ocurrió allá en las tierras de Escocia, como ejemplarizante advertencia a posibles y obcecados  “rebeldes”. Ahí se nos dibuja con gran precisión el origen indudablemente criminal y sangriento del saqueo y la acumulación de la propiedad privada de los medios de producción.

“El Capital” no es la Biblia, además de porque por su parte se trata de una investigación científica, bajo criterios y métodos de pura ciencia, y no idealistas relatos supersticiosos y ahistóricos, pero por su parte tampoco anda escaso, como ocurre con la lucha de clases misma, de violencia en todas sus “formas” y grados.

Grandes multitudes que fueron puestas, por las bravas, en camino hacia las emergentes ciudades o núcleos fabriles donde se empezaban a concentrar, a la fuerza ahorcan (segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra, que dio paso ya a mediados del siglo XIX a la llamada era del Capital), las primeras grandes manufacturas, talleres e industrias auxiliares y de servicio.

Y allí arribaron los más afortunados, ya que el “utilísimo” ejercito de desempleados nacío, como no podía ser de otra manera, de forma sincrónica a la irrupción en la historia de la nueva clase proletaria,  poniendo en venta, “alquilando”, la única mercancía que poseían: sus brazos y piernas, su cuerpo y su mente, literalmente su pellejo, su salud: o sea, su fuerza de trabajo. ¿A quién se la ofertaban? a los capitalistas, ¿en qué condiciones y a qué  precio? En el que los amos del capital y de los medios de producción imponían con la muletilla del socorrido “esto son lentejas” como ultimátum a los desesperados y hambrientos proletarios. Pues ni para lentejas daba en la mayoría de los casos.





El meollo del asunto es que los poseedores de la auténtica mercancía creadora de riqueza, la fuerza de trabajo, fatalmente se alquilaban al capital por poco más o menos que lo necesario para sobrevivir, como vulgares animales de carga. Mientras que, al mismo tiempo y por el mismo precio, aportaban, más o menos inconscientemente, al propietario del capital plusvalías millonarias. Pues ya ven ustedes, ya, ya sé, cómo una minoría propietaria de unas mercancías (Dinero que transmuta en capital, y detallada y minuciosamente se nos explica cómo; la tierra, los medios de producción) ejerce su poder absoluto y “dictatorial” sobre la gran mayoría de la población que sólo posee, paradójicamente, la verdadera e indispensable mercancía generadora de “valor”, para entendernos, de riqueza.

Esto que para algunos aún hoy resulta una aseveración  escandalosa o poco menos que “una falacia marxista”, no fue Marx el primero que lo afirmó y mostró, antes lo hicieron, bien que sin tanto o casi ningún fundamento científico, los economistas clásicos: Adam Smith, David Ricardo y alguno más. Y permítanme añadir en este preciso lugar una cita de mi admirado Manuel Sacristán que creo que encaja muy oportuna:
“A mí no me importa que la doctrina de la lucha de clases de Marx le venga de un policía reaccionario prusiano, Von Stein, como le venía. Lo que importa es lo que se dice. A mí no me importa con quien coincida”.

En aquella época basaba, digo la clase burguesa, su dominio explotador más en métodos coercitivos y represivos –legislativo, judicial y policial- que por medio de la persuasión y el adoctrinamiento ideológico, religioso y cultural, que también pero no con la altísima eficacia que lo consigue, con los potentes y omnipresentes medios actuales, la muy hegemónica ideología burguesa vigente a nivel global.

Se apoya Marx a lo largo del libro en innumerables citas de autores y obras que van desde los griegos hasta pensadores y técnicos estrictamente contemporáneos suyos; veamos una pequeña muestra sacada de este capítulo:




Hablando sobre el “capital comercial” y el “capital a interés” cita a Aristóteles: “La crematística es una ciencia doble; por una parte se refiere al comercio, y por otra, a la economía; desde este último aspecto es necesaria y laudable; desde el primero, que se basa en la circulación, es, en justicia, reprobable (pues no tiene su fundamento en la naturaleza de las cosas, sino en un engaño recíproco); por eso el usurero es odiado, y con razón, ya que el dinero se convierte aquí en medio de lucro y no se le da el uso para el que se inventó. Su fin era favorecer el cambio de mercancías; pero el interés hace del dinero más dinero. De todos los medios de lucro, es éste el más contrario a la naturaleza”.

No deja de resultar graciosa o cuando menos curiosa, entiéndaseme, la muy crítica valoración que hace Aristóteles de la “usura”, sobre todo si la comparamos con la servil calificación de “benefactores sociales” que los dirigentes del “amasijo” político-electoral PODEMOS dan a sus “venerados amos” del Banco de Santander y cia.

Y para terminar una nueva cita de un tipo que hoy por hoy y en base a sus opiniones, como la que ofrecemos, sería considerado un peligroso radical subversivo, se trata de un tal Benjamín Franklin y dice así: “La guerra no es más que rapiña; el comercio, estafa y engaño.”

En fin, no les canso más por hoy.

Esta simplificación, ciertamente un tanto pueril que servidora deja anotada por aquí, la tienen, ya saben, perfectamente ampliada, documentada y didácticamente argumentada en las “sólidas y fluidas” y contradictorias y dialécticas páginas de El Capital.

Hagánse el favor. De nada.

ELOTRO

“Una obra reaccionaria nos puede ser útil. Ahí están Balzac y Marx. Otra cosa es que sea dañina socialmente.”
(Manuel Sacristán)



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jueves, 21 de julio de 2016

Caravaggio y los opuestos binarios



El prerrequisito, existe
(ELOTRO)

La luz y la oscuridad, como sustancia automotriz,  en permanente combate, a veces sangriento, a veces amoroso, pero siempre en busca del esquivo equilibrio. Una, qué más da cual, nace de la otra y, en el proceso interno de la pintura, muere, quizás para renacer más tarde en el tiempo y en el espacio, en esa misma otra. Opuestos complementarios que se dan, intercambian, ora la vida ora la muerte recíprocamente. Que vehiculizan vida y muerte, la de la propia y concreta obra de arte poseída por esa vida que muere y nace contra esa muerte que, en la misma obra, engendra vida destinada a morir. Ese negro del que nacen esos rojos, esos pardos, esos cabellos castaños que por un lado desembocan en sienas pálidos y por el otro naufragan en una oscura mezcla de azul de Prusia y amaranto casi negro. Todas esas luces y sombras que Caravaggio encarna en labios, túnicas, violines, ventanas, cuchillos, miradas, paredes, uvas, puños o pliegues.



La convergencia y la divergencia. Las miradas que convergen, la divergencia de los gestos y sus sombras, el lenguaje que los contiene y los expulsa. La tensión tanto dentro como fuera de la obra (siempre viva y en perpetuo movimiento en cuanto obra de arte cierta). La batalla por la legibilidad, el diálogo de sordos o no, que se establece entre lo que supuestamente muestra y dice la obra y entre lo que, en cada caso, escucha y cree o puede ver, según su bagaje, el mirón. Todo mirón construye o reconstruye -“todos somos o tenemos algo de artistas” decía aquél- tras su peculiar observación,  su propia versión – o interpretación- de la obra de arte a la que se encara.



“En la base del arte hay una capacidad de trabajo”, en la base de la observación del arte debe de haber tanto de lo mismo “Porque el arte, su observación más placentera, precisa de conocimientos” (…) “este saber, que no es solo saber, sino tambien un sentir” concluye Brecht.

 Evidentemente la legibilidad de una obra de arte se valida, ratifica y materializa en la efectiva culminación del acto de la “comunicación”, digo más allá de las impurezas e interferencias de la particular conexión existente entre la tal obra y su accidental receptor (cada uno, en todos los casos, desde su tiempo/lugar en el mundo).

Se puede mirar y no ver, pero no se puede ver sin mirar, aunque sí ser vistos, (hablamos del y en el mundo visible). Y ya no digamos captar las relaciones e interrelaciones (sensoriales e intelectuales) entre objetos, sujetos y demás elementos inmersos en contexto y atmósfera que así completan el “todo” de la obra (sin salir del mundo de las apariencias). O sea, se trata de una circunstancia posible, de facto,  gracias a que  ambos elementos “conectados”, emisor y receptor, comparten, aunque no sea en su totalidad ni en las mejores condiciones, “lenguaje y códigos simbólicos”.



Los grandes artistas, eso prueban sus “irrepetibles, comprensibles, didácticas y gozosas” obras de arte, siempre se han dirigido a todos “los hombres, independientemente de su edad, educación y condición”, como se suele decir. Claro que esto no es así, no puede haber sido  así en todos los casos, ya que muchas de las obras que, tras el correspondiente y determinante encargo, han llegado a realizar, estaban dirigidas a un “valor de uso” muy específico, “actuante” sólo entre élites sociales muy determinadas.

Pero las grandes obras de Caravaggio iban dirigidas, principalmente, a ilustrar, adoctrinar y conmover a las masas populares, a esa mayoría de parroquianos visitantes asiduos  de templos. Y no cabe duda de que Michelangelo se daba a entender, incluso demasiado: según el inquisitorial criterio de alguno de sus poderosos y cultísimos clientes y mecenas.




Se califica a Caravaggio, artista versátil donde los haya (sólo le veo un pequeño pero: no sabe o no se esmera en pintar el paisaje: véase la obra titulada, “El sacrificio de Isaac”), de pintor “legible” (que no necesita “de explicaciones” ad hoc), en sus comienzos, y de “difícil” (que reclama asideros y guía) en sus últimas obras. Sin duda que por la parte del “mirón” conviene “participar” lo más plenamente posible de la obra de arte, y abandonar cualquier actitud pasiva de consumidor distante, desconectado, impermeable a otra circunstancia que la de “engullir” despreocupadamente  algo que, en esas condiciones,  carece de la más mínima historicidad, digo la de la propia “producción” de ese algo. Y es ahí, entre la primigenia chispa del origen, y el tangible fruto final, donde reside el trabajo artístico en sí, los conocimientos precisos para la comprensión y el disfrute profundo y extenso de la obra de arte (por parte del artista y por parte del mirón). Y aún más, para la elaboración del propio palimpsesto, con sus borrones y recargos, que, voluntaria o involuntariamente, cada mirón, en su modo de ver, traducir y reproducir, acaba realizando.

¿Error o acierto? El artista através de  su obra nos enseña a mirar, a observar: su obra es primeramente fruto de la observación, después y determinada por ésta viene la elaboración. Lo que el artista y su mirada ha percibido, lo encontramos, su apariencia, su aspecto, seleccionado y dispuesto convenientemente según su criterio en la obra que conocemos concluida. Cada obra es pues una lección magistral de observación y, consecuentemente, de “traducción, transcripción o reproducción”. Y tanto en una como en  otra esfera podemos interrogarnos sobre las distintas fases del, para nosotros, más o menos hipotético, proceso de producción (“…lo auténticamente interesante y divertido”, escribió Paul Klee), sobre los tanteos, juicios, elecciones, correcciones, fracasos o aciertos que han jalonado –hayan o no dejado indeleble  huella- la labor del artista, o sea, las fatigosas vicisitudes de la obra, sus etapas de formación, sus metamorfosis, hasta llegar a su completa culminación o acabado sea o no accidental (Por ejemplo la crepuscular pintura  “El martirio de santa Úrsula”, es una obra visiblemente inacabada)




¿Legible o ilegible? Concretemos en base a la expo del Thyssen. Al comienzo de la misma nos encontramos con el formidable cuadro: “Los músicos”, fechado en  1596-1597, cuando Caravaggio cumplía veinticinco años, que podría ser buen ejemplo de lo que se califica como “periodo legible”. Una obra modelo que contiene los comúnmente más apreciados elementos de su estilo, donde predomina lo luminoso, un dibujo limpio, claro, sin aristas ni pliegues. Una composición de “movimiento lento”, muy armoniosa, en consonancia con un cromatismo “naturalista” de cadencias “musicales” y donde el “bien” no deja casi espacio vital  al “mal”. Un equilibrio perfecto entre forma y contenido, dicho así para entendernos los no muy “entendidos”. Ya saben, la legibilidad.

En el polo opuesto de la contradicción sobre el grado variable de legibilidad en la obra de Caravaggio tenemos la pintura que cierra la expo: “El martirio de santa Úrsula” fechado en 1610. Si el predominio de la oscuridad -negro, zinc, gris, plata, azul cobalto, granate sucio, borgoña- se toma por signo de ilegibilidad, este cuadro es, en comparación, ciertamente más ilegible, bastante más. Y el caso es que aquí tambien encontramos un cromatismo, como siempre diestramente aplicado, muy musical, pero eso sí, en este caso se trata de una música mucho más estridente, dominada claramente por los destemplados metales (ver las armaduras). Y el fino dibujo ha devenido en una “ticianesca” mancha, en plena concordancia con una dramática expresividad, con una manera de decir y mostrar, la composición, mucho más inquieta, temblorosa, imprecisa y quizás resignadamente trágica: incluye su ácido autorretrato. Donde el “mal”, en el desequilibrado claroscuro, casi no deja espacio “visible ni audible” al “bien”. La desigual lucha, ¿eterna o transitoria?, de los contrarios.
Caravaggio: un genial e inagotable camorrista cuya obra produce en el espectador, al menos en servidora, “un estado propicio al pensamiento”.

ELOTRO

“Lo que importa es lo que se dice. A mí no me importa con quien coincida”
(Manuel Sacristán)



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jueves, 14 de julio de 2016

Jaroslav Hasek, “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk”







“Los preparativos para matar a las personas se han llevado siempre a cabo en nombre de Dios o de un elevado ser hipotético que han inventado los hombres y que han creado en su fantasía”.
(Jaroslav Hasek, “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk” /  1921-1922.)

En su admirable y divertido libro (un imponente y ambicioso ejercicio literario de crítica social que abarca y eslabona innumerables esferas de la historia, tradiciones y  relaciones sociales: económicas, geográficas, políticas, ideológicas y culturales, y que fue fruto en parte de material autobiográfico y, lamentablemente, inacabado por el inoportuno, doblemente, fallecimiento del autor) el escritor checo Hasek realiza un detallado, profundo y extenso repaso – es mucho más que “un divertido y  satírico alegato antibelicista”- a las más importantes y determinantes instituciones del Estado (en concreto la monarquía austro-húngara): Gobierno, Ejército, Justicia, Policía, Iglesia, Instituciones de control y represión, formación y adoctrinamiento, como las  sanitarias y educativas; sin olvidar los espacios concretos de implementación: comisarías, manicomios, tabernas, o prostíbulos de muy distinto caché. Y, claro está, a su “función y conducta” como garantes del orden establecido, antes y después de las “siete balas de Sarajevo”.




Asistimos los lectores a las “aparentemente incongruentes” peripecias -en una “obra-laberinto” que sin embargo  se recorre sin la más mínima inquietud o prisa por encontrar la salida-  del valeroso soldado Schwejk durante el primer año de la Primera Guerra Mundial, en un mundo que política, económica y culturalmente puede resultar hoy “aparentemente” desvanecido, inexistente, pero, como concluirá cualquiera que lo reflexione con un poquito de calma: sólo aparentemente, puesto que la esencia, el núcleo de ese “mundo”, permanece. Cierto que tras aquella primera guerra imperialista y la segunda de 1939-1945, ahora nos encontramos en la fase de expansión global de ese imperialismo cada vez más ciego y criminal, en todos los sentidos.. Y por cierto, tuvo que ser  Brecht, que de fino olfato para lo “crítico” siempre  demostró que andaba más que  sobrado, quien se animó a escribir una “continuación” de las aventuras del soldado Schwejk situándolas “en la Segunda Guerra Mundial”.

La lectura de la ambiciosa obra de Hasek nos permite disfrutar y aprender  de una aguda, escrutadora y certera mirada, al tiempo inclemente y selectivamente compasiva (“referirse a los que mandan, dirigirse a los que obedecen”), que va de lo muy particular a lo general y de la superficie a lo profundo (de las encarnaciones de lo progresista a lo retrógrado), demorándose ni mucho ni poco sino todo lo contrario  en los más vulgares y en los más extraordinarios asuntos (primorosamente enmarcados en sus correspondientes contextos sociológicos sin escatimar sus  precedentes históricos o sus atmósferas sentimentales) y personajes (dibujados y coloreados en sus multiformes  “psicologías”, a pesar de que ya sabemos que “no es fácil atravesar la coraza de cierta gente”): taberneros, chachas, jueces, baronesas, putas, médicos, curas, generales, perros falderos sin pedigrí y demás tropa… vamos que no se deja nada ni a nadie en el tintero.



Decía Brecht, gran admirador de la obra de Hasek: “Hay que escribir la verdad combatiendo la falsedad, y no puede ser una cosa genérica, abstracta y ambigua”. Y remachaba recordando que precisamente “esas” eran las características que suelen vestir las falsedades. Hasek cumple a rajatabla con este axioma. Muestra la irracionalidad “reinante” sin velarla con la más mínima expresión de ambigüedad. La asumida y descarada “estupidez” que “ejerce” el  propio  Schwejk, nos revela las contradicciones, nos permite contrastar el choque brutal entre las instituciones e instrumentos de gobierno y los súbditos que las padecen conscientemente o no. Y su interacción.

“Ni hablar de que es fácil encontrar la verdad” (Brecht)

Pero se busca, sin desmayo. No hay otra. La creación artística consiste precisamente en atribuir importancia a una cosa que “aparentemente” no la tiene, por ejemplo:

“”En Prusia un pastor acompaña a los desgraciados a la horca, en Austria un sacerdote católico los lleva al patíbulo y en Francia a la guillotina, en América los llevaba un pastor a la silla eléctrica, en España a un sillón en el cual eran estrangulados con un ingenioso instrumento, y a los revolucionarios rusos los acompañaba un barbudo pope. (…) “Los capellanes castrenses de todos los ejércitos rezaban y celebraban misas de campaña por la victoria del partido cuyo pan comían” (…) “En toda Europa los hombres iban al matadero como los buenos animalitos, acompañados por los emperadores-carniceros, los reyes y otros potentados y caudillos, así como por sacerdotes de todas las confesiones…”

“El poder informante está en todas partes y en ninguna a la vez” escribió Jameson. Y el párrafo anterior es una buena muestra.




No cabe duda de que estamos ante una de esas obras que incomodan y desagradan a las clases acomodadas. Ellos consideran muy dañino “socialmente” cuestionar radicalmente, aunque sea en base a “sus verdaderas prácticas”, instituciones como la monarquía, el ejército o la iglesia… tarea, dicen, que fue y es propio de subversivos, radicales, terroristas…

Es sabido que todo poder despótico quiere siempre crítica “positiva”, o sea reformista, nunca negativa. Menos mal que nuestro valeroso soldado Schwejk era de esos “idiotas” que no se enteran de nada, que no maduran, que no asientan la cabeza, que no aposentan el culo, que no se amoldan sumisamente al orden establecido mediante el terapéutico terror.

En fin, ya les digo, una “ocurrente” novela que trata sobre un mundo “moderadamente cruel y absurdo y aparentemente desvanecido”. Y de ahí creo yo su gran virtud: mostrar lo que ocultan esas inocentes “apariencias”.  Apariencias aún hoy “demasiado” vigentes, por cierto.

ELOTRO


Hemos de decir la verdad sobre las condiciones de barbarie que reinan en nuestro país, y que existe la manera de hacerlas desaparecer.
(B. Brecht)


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jueves, 7 de julio de 2016

¿Volver a Marx?



“No es fácil no pensar como los burgueses. Tienen el poder y las ideas dominantes”.
(Manuel Sacristán)

Cierto que algunos, muy pocos, nunca lo abandonaron del todo, quiero pensar que fueron aquellos que lograron aprehender parte de su extraordinaria, variadísima y compleja obra. Por el contrario la mayoría, y muchos de ellos ni siquiera habían llegado a leerlo, más allá de reseñas y solapas, y sólo lo conocían de oidas,  sí lo hicieron, y por muy diversas razones, conveniencias o modas. Por ejemplo en España, Marx, su obra y su “figura histórica”, estuvo muy de moda tras la muerte de Franco, en los primeros tiempos de la llamada “Inmaculada Transición”.

Cualquier tolai se las daba de marxista. Salvo contadísimas excepciones, se trataba de gente espabilada, muy oportunista, que no encontró mejor manera de borrar o hacer olvidar su pasado más o menos “azul”, franquista, fascista, falangista… que la de autoaplicarse una manita de, primero un denso y opaco tapaporos y después gruesa capa de  brillante pintura roja, “marxista”, que era por entoces en los círculos más progres -¡círculos!- una definición suficientemente amplia, prestigiada y “moderna que te cagas” –a pesar de que “El Capital” había cumplido cien años-, y muy antifranquista sin asustar (como Lenin o Stalin). Ya digo, un “marxismo” de pose, postizo, cosmético.

Marx sin embargo no se ha movido de su sitio en siglo y medio. O por mejor decir de sus sitios. Todo es obra de Marx, pero como es natural hay sensibles diferencias entre sus obras de juventud (“Manuscritos de Economía y Filosofía”, 1844) y las de madurez. Incluso en lo que concierne a su obra principal, “El Capital”, Tomo I, de la que realizó al menos catorce versiones -¿o sitios?- diferentes entre septiembre de 1857 y abril de 1868. Por cierto, fue el único tomo que se publicó en vida del autor. El tomo segundo y el tercero fue obra de revisión y compilación de manuscritos más o menos acabados y sin pulir, realizada por su amigo Engels.

¿Volver a Marx? “La razón reside en la identidad y la diferencia entre los estadios del capitalismo, cada uno se mantiene fiel a su última esencia y estructura (el afán de beneficio, la acumulación, la expansión, la explotación del trabajo asalariado) al tiempo que subraya una mutación en la cultura y en la vida cotidiana, en las instituciones sociales y en las relaciones humanas” (Fredric Jameson, “Representing Capital”)

Este pequeño pero muy denso párrafo me parece un buen “mapeo” del “actual” campo de batalla de la lucha de clases, que diría el propio Jameson. Cincuenta años después, y no sólo en España, Marx el arcaico y caduco filósofo, economista y revolucionario, es revisitado, citado, desempolvado e interpelado –en la intimidad-. Parece que la “momia” revolucionaria del siglo XIX, tantas veces enterrada, ha vuelto a resucitar entre aquellos que lo odian y lo aborrecen pero que “lo han leído”, y, por su propio interés, no pueden “despreciar” ni “desechar” su esclarecedora y didáctica obra.

“Hay que escribir la verdad combatiendo la falsedad, y no puede ser una cosa genérica, abstracta y ambigua. (…) de esa especie es la falsedad” escribió Brecht.


Cuando las cíclicas crisis zarandean los pilares del sistema capitalista, las miradas de éstos “intelectuales orgánicos” se vuelven a los papeles que escribió aquel que investigó y mostró el origen histórico, el desarrollo y la esencia del modo de producción capitalista (“Nadie ha visto nunca una totalidad, tampoco el capitalismo es visible como tal, más que a través de sus síntomas.” (…) “Ahora bien, la conclusión que se desprende aquí no afirma que, como el capitalismo es irrepresentable, el capitalismo es inefable” (…) El libro de Marx exhorta a redoblar los esfuerzos para expresar lo inexpresable a este respecto” F. Jameson).

Y es precisamente esa esencia la que sigue determinando la “conducta” estructural del sistema: “el afán de beneficio, la acumulación, la expansión, la explotación del trabajo asalariado”. Nadie niega que las “formas”, las “representaciones” (El imperialismo, los monopolios globales de producción y financiación, la división internacional del trabajo y del comercio, los tratados mercantiles tipo TTIP, ciertamente han evolucionado, han mutado, pero no en el fundamento de sus “órganos y constantes vitales”, en su raíz y esencia, señalada con precisión científica por Marx.

Y siendo así, qué absurdo tanto entierro. O, precisamente, qué lógico y sensato tanto vaivén, tanto y tan periódico: ahora sí ahora no. Desde el punto de vista de los capitalistas, digo, no desde la vereda “de clase” opuesta. Y además lo hacen para exclusivo consumo propio, que la tal obra del de puertas afuera “caduco revolucionario” sigue siendo, si lo sabrán ellos, materia altamente inflamable. Será por eso que abundan los “marxistas cosméticos”, mercenarios que nos proponen envueltas en brillante celofán (cubiertas plastificadas) “sus amañadas lecturas” de Marx, “sus” particulares interpretaciones y valoraciones –casi siempre a contramano del casi inalcanzable  original, digo en el tentador escaparate del “mercado” (Véase “El Capital del siglo XXI” de un tal    Thomas Pikketti, que es, porque así lo ha fabricado la industria editorial, un apabullante éxito de ventas en todo el mundo y cuyo autor ha reconocido no haber leído El Capital de Marx))- y demás “representaciones” del pensamiento del comunista judio. Todo sea por desincentivar y reprimir, ya desde lo que los “papeles” esconden en su manipulado interior, cualquier atisbo de rebeldia. Y por otro lado, se afanan vía vectores del aparato ideológico en tildarlo de charlatan anticuado y desfasado.

Pues si tan inofensivo es, ¿a qué viene tanto entierro, tanta ocultación o, por fin, tanta tergiversación desactivadora?


(Apuntes sobre el libro de Fredric Jameson, “Representing Capital” / “El desempleo: Una lectura de El Capital”)

ELOTRO

“Somos muy juguetes de falsificaciones y deformaciones”

(Manuel Sacristán)


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