domingo, 11 de diciembre de 2016

10 de noviembre / 2016



La verdadera amistad debe de ser incondicional… pero sólo a ratos.
(ELOTRO)


Dice Jameson que la “alta cultura” tiene su contrapolo dialéctico inseparable en la “cultura de masas”. Tan inseparable como que ambas comparten, bien que dialécticamente, las mismas raíces y el mismo tronco hegemónico. Esa es la cuestión en la que tenemos que “estar”, estar estamos sin más remedio pero digo implicados conscientemente, y la que, de esa manera, da que pensar:

“Tenemos la obligación imperiosa de pensar: ¡Imperiosa!”
(Che Guevara)

“Pensar no es elucubrar –dice Marina Garcés-. Es confiar en que el pensamiento transforma la vida y que las palabras, bien empleadas, sirven para ello”. Ahí y desde ahí (en y desde lo viejo que no hay que confundir con lo ya muerto) debemos superar la contradicción entre retórica y praxis. En primer lugar se trata de percibirla, la mayoría se rinde anonadada ante las seductoras cabriolas ideológicas, y a continuación desvelarla -mostrar la cruz de la barbarie en el revés del documento de cultura-, porque ya no existe discurso (para eso sirven las muy premeditadas e intencionadas mutaciones semánticas que nos asedian en el léxico político) que no postule aunque sea a la manera conservadora: “transformar las cosas”; quien dice transformar dice “cambiar”, “reformar”, “sanear”, “mejorar”, “afinar”, “pulir”, “ajustar”, “adecuar”, “actualizar”… cualquier cosa que, bajo ninguna circunstancia, toque nada esencial en el engranaje, que no cuestione la raíz, que no socave el orden establecido, que, en definitiva, resulte inofensiva, cuando no nutricia (que lo irrelevante desplace a lo relevante), para el sistema de producción, propiedad y explotación capitalista.

Una de Sartre:
“Basta que el prójimo me mire para constituirme en lo que soy y sólo soy en tanto que soy captado en la mirada del otro y así soy siempre conciencia para el otro”.

Párrafos de Marina Garcés:

“Cada cual tiene su opinión. Éste es uno de los dogmas más estúpidos de nuestro tiempo. Se transmite en las escuelas, en los medios, en los bares. Confunde libertad y arbitrariedad, y neutraliza la potencia de la palabra pública mediante la homologación de la opinión privada. Hace 25 siglos, en Grecia, una serie de voces se alzaron contra esta forma de dogmatismo. Los filósofos, que no se fían ni de sus propias opiniones, plantearon una distinción importante: que todo el mundo desee saber y pueda hacerlo no significa que todas las opiniones valgan. Poder pensar y poder decir significa, precisamente, poder someter nuestras opiniones al examen de una razón común, es decir, de una común capacidad de razonar acerca de ellas.”

“Hay, en nuestro país, una generación de defensores de la filosofía que invocan la democracia y el pensamiento crítico como virtudes inherentes a la disciplina filosófica, supuestamente en peligro de extinción. Invocan estas grandes palabras en abstracto, como si por ellas mismas pudieran salvarnos de la catástrofe a la que nos aboca el capitalismo actual. En filosofía no hay palabras sagradas ni palabras que salven. Tampoco abstracciones a las que recurrir como paraguas en la intemperie. La fuerza de la filosofía es la potencia del concepto, que siempre es concreto, contra las abstracciones y los credos que nos confunden.”

“Si la filosofía puede tener alguna fuerza hoy es la de devolvernos esta posibilidad: encontrar conceptos concretos para nombrar el plan del capitalismo actual, hacer una crítica de su ideología desideologizada y reapro­piarnos de la decisión colectiva y la razón común. Porque así es: el capitalismo actual es ideológico y tiene un plan.”






Relatos cortos y no tan cortos / 04
Soy duro de olfato, pero se trata de una señal olfativa demasiado intensa. La nueva enfermera del turno de mañana abusa del perfume. Es joven y tetuda, debe ser el perfil oficial matutino. Se llama Ana y se la ve nerviosa. No da con la vena que le parezca idónea. Suda a chorros, “gruesas gotas de sudor le perlan la frente”. Ahora prueba con mi brazo derecho y su teta izquierda. Por fin. Pide disculpas y arrima un poco más su teta a mi brazo. Viene advertida. Sonrío a la cámara. Ya más relajada, y mientras recoge sin ninguna prisa la cosecha de sangre, la muestra de orina y el instrumental, me cuenta que es su primer empleo “serio”, recalca, y me pide un poco de comprensión y paciencia. Sonrío a sus ojos claros. No te preocupes, le digo, lo has hecho muy bien para ser tu primer día. Lo importante –añado- es que consigas disfrutar de tu trabajo, no está prohibido gozar con lo que se hace. Tomo buena nota, responde, al tiempo que frota cariñosamente mi espalda con su mano izquierda sudada y caliente y me atraviesa con una muy profesional mirada picarona. Cuando por fin se dirige a la puerta de la celda la delata una mirada furtiva a la cámara.
No la quiero volver a ver, escribo a mano en un folio.


ELOTRO



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