jueves, 1 de diciembre de 2016

05 de noviembre / 2016




La norma marxista que Fredric Jameson se impuso:
¡Siempre historizar!

Un escritor de primera línea escribe sobre otro escritor de primera línea, Sebald sobre Handke. Y son contemporáneos, y por lo tanto, y no es un dato baladí, además de compartir oficio comparten mercado, así que en última instancia son productores-vendedores-competidores (ante la industria editorial, la crítica y los lectores). Por entonces, años ochenta, Sebald era un entusiasta admirador de la obra de Handke, con el tiempo ese entusiasmo fue perdiendo intensidad hasta llegar a un frío distanciamiento, a un declarado rechazo de su “nueva” obra –en sus palabras aquella que escribió después de los primeros veinte años de fecunda y brillante labor-, aunque bien es cierto que no se desdijo de sus públicos elogios a aquellas primeras obras de juventud y temprana madurez.
Una periodista, que lo visitó en su despacho para entrevistarle poco antes del accidente que provocó su prematura muerte, se percató de que el retrato de Handke que colgaba –la huella del polvo acumulado así lo atestiguaba- en una de las paredes junto a la de otros escritores favoritos de Sebald, había sido recientemente descolgado y penaba, depositado en el suelo, su nuevo estatus…(Sebald corroboró)

Se ocupa Sebald, en “Pútrida patria”, de la novela de Handke, “La repetición”. Nos señala páginas “…con lo más hermoso de la literatura en lengua alemana de los últimos decenios” donde narra la figura de un vulgar camarero inmerso en sus quehaceres cotidianos a los que añade algunas ‘escenas’ llenas de ecos tan oscuros como poéticos. O subraya la plasmación y encarnación del concepto paranoide de patria en la Austria postimperial –uno de sus propios temas recurrentes-  que debe inexorablemente “extenderse a costa de otras patrias”… o esos apuntes sobre las fronteras y el folklore, se entiende que el propio, “cuyo significado en última estancia es la negación de todo lo extranjero”.

Las coincidencias temáticas e incluso en la construcción de los personajes, narradores o no, entre Sebald y Handke son numerosas. En cierta medida se puede decir que ambos cuentan una historia que es, además, la suya. El abandono (provocado por las miradas hacia atrás o nostalgias devoradoras), y los regresos al  seno -o cepo, huida y parálisis- familiar (“no dejaba en paz a los parientes sino que… se les estaba muriendo todos los días” o “era recibido con la habilidad para servir convertida en segunda naturaleza por las mujeres… le puso una taza delante, como si fuera un gran señor, un huésped inesperado”) y de la patria (“en busca del cambio de una existencia oprimida a una posición de orgullosa indomabilidad”.)




La naturaleza viajera, también interior, con claras resonancias homéricas y también kafkianas de sus personajes: “salvarse en el flujo de transeúntes” o “viajar y estar en el camino se convirtió en su verdadero hogar… (…) …el modelo profesional que el narrador ha elegido para su labor narrativa es el del peón caminero, al que incumbe en la comunidad la conservación del camino…(…)…lo mismo que el escritor vive en su carcasa (…) el centro del mundo (…) isla de calma”

“El narrador anima las palabras y, por ellas, las cosas”. Ciertamente narrar puede surtir un efecto saludable. “Aprender y enseñar son en la obra de Handke formas de conservar el mundo”, afirma Sebald con todo el peso de la razón que aporta, pienso yo, la obra de ambos.


En tiempos de invisibilización, de lo real y de los mecanismos ocultos del poder y su reproducción, y siguiendo a Lukács y Benjamin, podríamos afirmar que una, si no la más, de las formas revolucionarias del NO, es sin duda, en el marco de los antagonismos de clase, la lucha práctica de los trabajadores frente al Estado capitalista, actuando a la manera de un disolvente de la superficie “reificada” (enajenada, cosificada, velada...) de la realidad, de lo real inmediato que, así embozado y convenientemente situado fuera de alcance, escapa a nuestra capacidad de conocimiento y, por lo tanto, de aprehensión y comprensión... lo que impide de hecho, -y este es el asunto sobre el que hay que arrojar luz y situar el foco- a las clases sometidas y explotadas, dado el caso de su inexcusable transformación radical, revolucionaria.

La moral sexual es un paliativo de los celos. Tiende a evitar la confrontación con la capacidad viril de otro. Los celos son el temor a esa confrontación.
(Pavese)


ELOTRO

“Contornos imprecisos en la niebla” Kafka.


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