Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 21 de noviembre de 2016

30 de octubre/2016



“Entre ganarnos la vida y sacarnos de encima la realidad, se nos va la juventud”
(Piglia)



Escribe Hegel: “Lo metafórico y figurativo es siempre relativamente equívoco e inexacto”. Y yo me pregunto…
(“Literal: Dicho de un concepto o de una magnitud: Que se expresa con letras.) ¿debemos pues deducir que existe, que es posible, una “literalidad” exacta e inequívoca? ¿Acaso es inocente y resulta inocua la primigenia –no digo sólo intertextual- transposición de lo material a signo? ¿No hay pérdidas en el arrastre? ¿No se producen desgastes en la fricción? ¿No hay conflicto en la coexistencia de las distintas capas semánticas? ¿Se mantienen, a pesar de los cambios temporales y espaciales,  inalterable el tono, el “léxico”, la forma? ¿Qué debemos entender por re-producción? Dijo Goya y más tarde sin citarle repitió Picasso que el tiempo también pinta. Y, las más de las veces, he podido comprobar que lo hace metafóricamente. Metonimias, símbolos, analogías, diferencias… “a la medida de sus necesidades”, que dice el muy manoseado eslogan…pero siempre vigente.

“El siglo XVIII, es la era en la que ‘el dictado de la necesidad’ fue desbancado de una vez de una vez y para siempre por ‘el dictado de la moda’.
(Neil Mckendrick)





Los mismos trayectos que no llevan, o sí, a ninguna parte… Mientras hago la cama cada mañana cotilleo por la ventana. Padres, sobre todo madres, acompañan a los peques al cole. Adolescentes mochileras con faldita a cuadros camino del insti. Paseantes de perros y perros paseadores unidos por la banderita, cinta y collar. Hoy ha saltado la sorpresa. Mujer adulta con dos adolescente (¿Madre e hijos?) entregados cada uno de ellos a la contemplación de su teléfono móvil. Los tres llevan mochila, muy voluminosa, y caminan muy juntos, regularmente equidistantes, sin llegar a tocarse. Marcan un paso largo, uniforme, como de desfile militar. Visten ropas oscuras, incluso la corta falda a cuadros de la adolescente. Cruzan el paso de cebra sin levantar la vista de la pantalla ni dejar de mover los pulgares sobre el teclado. En pocos segundos desaparecen por el ángulo derecho del ventanal. Quince minutos después regresan por ese mismo ángulo. La cama estaba más que hecha, bien estirada y remetida, pero yo seguía allí (¿esperando?), asomado a la ventana y con la mirada ausente. Justo hasta el ¿inesperado? retorno de los ¿autómatas?. Ahora son cuatro componentes. El nuevo elemento soldado al grupo es un hombre adulto (¿El padre?), vestido con pantalón y jersey oscuro. Carga con una voluminosa mochila. Igualmente va abismado en su móvil y aporreando la pantalla con sus pulgares. Segundos después el cuarteto que ahora ha desfilado en sentido inverso frente a mi ventana desaparece por su ángulo izquierdo.
Decido continuar asomado a la ventana, sin abrir las hojas, mirando a cada rato ora izquierda ora derecha. Un ejercicio beneficioso para mis cervicales que hace mucho que dejé de practicar. Una hora y ocho minutos después de reloj de móvil vuelven a aparecer. De nuevo por el ángulo derecho del ventanal. Ya suman cinco islas en el archipiélago. La ultima pieza es un varón adulto casi anciano (¿el abuelo?), de negro vestido, espalda encorvada, con la correspondiente enorme mochila y el preceptivo móvil en sus manos. Ocupa su lugar justo detrás del varón adulto (¿su hijo o su yerno?) y marca el paso cumplidamente. Poco después el conglomerado desaparece de mi vista por el costado izquierdo. Tardan dos horas de reloj en reaparecer. Lo hacen por ese mismo ángulo izquierdo que fue la última salida. Ahora se han incorporado dos mujeres y una silla de ruedas. En la silla va una anciana (¿la abuela?) de negro riguroso, entre sus inmóviles manos el móvil, pero no lleva mochila a su espalda.  Empujando la silla, con sólo una mano, una mujer madura (¿la chacha-cuidadora?), de negro, con móvil al oído, moviendo frenéticamente los labios y mochila gigantesca (¿doble?) a su jorobada espalda. La silla y las dos mujeres acompañan de manera sincronizada el ritmo marcado por el conjunto del grupo.
¿Familia (¿con criada?) en marcha, unida y reunida?
Desaparecen de mi vista por el lateral derecho.

Suena mi móvil. Número desconocido.
Un mensaje: ¡no nos mires, únete!

Pasan seis horas de reloj y sin novedad. No he separado la vista ni un solo segundo de la pantalla, digo de mi ventana. Tengo hambre. Dudo si apagar el mirador. Cuándo voy hacia la cocina me asalta una duda, ¿Dónde guardé mi traje negro?
Y lo peor la certeza, mochila negra seguro que no tengo…
Minimizo la pestaña.
Un bocata, un refresco y vuelvo a mi puesto…
Me siento recuperado, requetebién… reinicio.
De nuevo en línea…
Cavilo: no se tratará de máquinas que  imitan la figura y los movimientos de un ser humano.
¿Será la mochila una tapadera que oculta la llave que les da cuerda?
Y antes de anochecer, fundido en negro.
Puta batería.
Ahora ponte a buscar el cargador de los cojones…


ELOTRO

“El delirio es en realidad la tentativa de reconstruir un sentido perdido”
(Sigmund Freud)


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