Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 19 de noviembre de 2016

29 de octubre/2016




“En el lenguaje el que habla nunca se confunde con sus palabras”
(Claude Lévi-Strauss)


“A fin de cuentas son dos versiones de lo mismo.” Y tal como lo he tomado, bueno, he borrado el contexto, lo dejo ahí, allá cada lector con su particular “aplicación”. Todo texto acrítico tiene su lector crítico y a la inversa. Son dos versiones de lo mismo. Lo mismo aquí es la Doxa burguesa, capitalista –esa palabra otra vez-. La Doxa hegemónica siempre está ahí, en el primer plano, en el ruido de fondo o en los rellenos…”tan patente como invisible”… y en elementos tan aparentemente neutrales como el papel, la tipografía, la encuadernación, el diseño, la faldilla publicitaria…
Por eso Flaubert se podía permitir el lujo, que no cuela, de desaparecer, de no expresar en la narración “su opinión” sobre los personajes y las cosas que les ocurren… y ni tan siquiera hacer comentarios. Todas las voces, previamente “liberadas” de sus significados propios –ninguna amenaza para el orden establecido-, quedan mezcladas, confundidas y convenientemente  subsumidas en el domesticado “puré de opinión” del relato, en el que se reproduce, el tono, el léxico, la forma… dominante, omnipresente y omnipotente. La Doxa que manda.




Dos párrafos de Marx:
“La circulación del dinero partía de una infinita multitud de puntos y retornaba a una infinita multitud de puntos. El punto de retorno en modo alguno estaba puesto como punto de partida. En la circulación del capital el punto de partida está puesto como punto de retorno y el punto de retorno como punto de partida. El capitalista mismo es el punto de partida y el de retorno. Intercambia dinero por las condiciones de producción, produce, valoriza el producto, esto es, lo transforma en dinero y entonces recomienza el proceso. La circulación del dinero, considerada en sí misma, se extingue necesariamente en el dinero en cuanto objeto inmóvil. La circulación del capital se reinicia constantemente por sí misma, se escinde en sus diversos momentos, es un perpetuum mobile.”

“La plusvalía, en cuanto es puesta por el capital mismo y medida por su relación numérica con el valor total del capital, es el beneficio. El trabajo vivo, apropiado y absorbido por el capital, se presenta como la fuerza vital propia del capital, como fuerza de éste que lo autorreproduce, modificada además por el propio movimiento del capital, la circulación, y el tiempo correspondiente a ese movimiento suyo, o sea el tiempo de circulación. Tan sólo así el capital está puesto como valor que se autoperpetúa y se automultiplica, por cuanto el capital en cuanto valor presupuesto se distingue de sí mismo en cuanto valor puesto. Como el capital entra por entero en la producción, y en cuanto capital sus diversas partes constitutivas sólo formalmente se distinguen las unas de las otras, o sea son por igual sumas de valor, el poner valor aparecerá como inmanente a ellas en igual medida.”
(Marx, “Grundrisse”, tomo 2)





“Parece que hablo, y no soy yo, que hablo de mí, y no es de mí”
(Beckett)

Se conocen, dentro y fuera del cine estadounidense, muy escasas excepciones (digo películas “estrenadas en las mejores pantallas” más que “rodadas y enlatadas”) al acatamiento de los, “eficaces” en todos los sentidos, cánones del relato cinematográfico que desde los primeros albores del “nuevo arte” impuso, de hecho, la gran “industria” de Hollywood. De facto las proposiciones de Hollywood son las imposiciones de Hollywood, vía talonario. Por supuesto que la implementación “universal” de tal “catecismo-manual” no fue obra de un día, sino más bien un laboriosos, continuado y complejo proceso que culminó y se consolidó con la llegada del cine “sonoro sincronizado”, en vísperas de la gran crisis de 1929.
Me vienen a la cabeza de forma desordenada algunas títulos sobre el asunto y alrededores: “Ed Wood” de T. Burton; “El crepúsculo de los dioses” de W. Wilder; “Barton Fink” de los Coen… argumentos de Godard, de Chaplin, de Lang, de Wells… declaraciones de Chandler, Faulkner o Fante… todas ellas piezas de un rompecabezas que, bien acoplado, mostraría el revés de la marca y “fábrica de sueños”. “doowylloH”.

En fin, en cualquier caso, han sido varios los autores que no se han rendido ante esa grosera y demagógica “lógica onírica”, y han conseguido rodar obras –en su mayoría financiadas de forma independiente- familias, amigos, cooperativas..., quiero decir al margen de los grandes estudios fabricantes-monopolistas- en las que han conseguido integrar, además de la función entretenimiento y el ingrediente belleza, pensamiento crítico. Sin ir más lejos he visionado estos días dos extraordinarias películas que son buena muestra de ello (que recuerdan al maestro Bergman y que señalan al futuro alumno apropiacionista Allen), de la existencia realmente existente de las excepciones a la sacrosanta “maniera” yanqui; ambas dirigidas por John Cassavetes: “Rostros” y “Maridos” son sus títulos en castellano y, de momento, están disponibles en youtube. Hay también unas jugosas declaraciones de Cassavetes a un programa de televisión “opinando” sobre la propia televisión que le interroga y el cine basura (dos versiones de lo mismo) que, me parece a mí, no tienen desperdicio…

El siglo XVI, el XVII y el XVIII tuvieron el ensayo, luego, en el XIX, vino la novela; en el XX abrazamos el cine… y, sobre todo, la televisión y alguna basura más…


ELOTRO

“Dios –o el diablo- está en los detalles”
(Virginia Woolf)



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