lunes, 7 de noviembre de 2016

23 de octubre/2016



“En Chandler la acción va siempre por delante del héroe, que sólo encuentra los efectos de los hechos pero nunca los hechos mismos”
(Piglia)


(La tonta inclinación a garabatear)

El omnipresente “discurso” de la clase media lo escribe, de cabo a rabo y por “mandato imperativo”, la clase alta –para ser precisos su élite culta a sueldo-, la dueña de los medios de producción y difusión ideológica, la que ordena y manda, la que en exclusiva promoción de sus intereses, dirige el cotarro. El consenso capitalista se construye, lo construyen los amos (no sin el consentimiento tácito de los siervos-productores-consumidores), sobre las mercancías, su circulación, su distribución y su consumo, y no, al menos no de manera principal, sobre ciertos valores morales e ideológicos, que ciertamente también forman parte de la cultura hegemónica.

(Como la flor que siempre vuelve su corola hacia el sol)

Escribe Franco Moretti que el “victorianismo” de hoy (o sea, la cultura hegemónica vigente) es el “estilo de vida americano” armado con su antiintelectualismo; su fomento de la adicción a los deportes competitivos, a los conocimientos “útiles” (¿para qué? ¿para quién?), a la comida y la televisión basura; su drástica infantilización globalizadora ya sea en su dimensión explícita, implícita o soterrada con destino al inconsciente (no es casual - subraya Moretti-, que los narradores más representativos de ambas culturas, Dickens y Spielberg, se hayan especializado en relatos que apelan tanto al publico infantil como al adulto); su descarada promoción, tan paradójica en estos tiempos de revolución digital, de una papilla compuesta a partes iguales de analfabetismo científico y superstición religiosa; pero eso sí, con la institución familiar tan fragmentada como  “unida” y al mismo tiempo aislada y por supuesto con todos sonriendo, la guinda del cuadro almibarado a la manera de la “lectura familiar victoriana”), ante la encegadora pantalla, sea esta del tipo y formato que sea “in”.

(Mil maneras de desdibujarse como clase)

En su obra “El burgués. Entre la historia y la literatura”, nos instruye Moretti sobre el lenguaje (el estilo y la “prosa” burguesa  y sus “palabras claves”, a la manera, nos dice, que inició Raymond Williams) como instrumento –“la prosa burguesa mana de la laboriosidad”- para ordenar el mundo y la sociedad.
Palabras tan ubicuas y claves como: “útil”, “eficiencia”, “serio”, “confort”, “influencia” “diversión” (me salen adjetivos –apunta- que son menos centrales que los sustantivos, más adaptables y ajustables. O como decía aquel: “…con los adjetivos se puede hacer cualquier cosa”).

Cierto, “…se puede hacer cualquier cosa”, por ejemplo inducir en los pasivos receptores asociaciones semánticas inconscientes, cuya función consiste en validar las acepciones “de clase” de esas “palabras claves” a las que hemos hecho referencia más arriba. De tal manera que esas “determinadas acepciones” acaban constituyendo esos “determinados conceptos” que, en unión de otros, por supuesto también pertenecientes a los dominantes patrones ideológicos,  conforman esa filosófica grandilocuencia conocida como “concepción del mundo”, en realidad una guía-catecismo personalizada de buena y conformista conducta social.

(¿Se ven los lazos de la modernidad temprana con el presente neoliberal?).




 “El sistema de la lógica es el reino de las sombras… La permanencia y el trabajo en ese reino es la disciplina absoluta de la conciencia”
(Hegel)

“El espíritu de teoría, una vez que ha conquistado su libertad interna, tiende a volverse energía práctica: sale del reino de las sombras y actúa como voluntad sobre la realidad material externa…”
(Marx)

“Acabará mi estatua, porque una sombra se me apareció; cuanto hay de silencioso y de ligero en el mundo se me apareció un día. La belleza de lo sobrehumano se me apareció en una sombra.”
(Zaratustra)

-Del libro de Henri Lefebvre, “Hegel, Marx, Nietzsche (o el reino de las sombras).


ELOTRO



***

2 comentarios:

  1. Son consignas redactadas en las escuelas de negocios, por unos personajes especializados en lanzar el mensaje que conviene al poder. Éste paga los cursos a sus cachorros, sus másters y sus trajes. El cachorro instruido, culto en lo "útil", y bien pagado, se somete a una presión contínua para diseñar las palabras clave que atontan a la población, se trata de fomentar los sentimientos más lacrimógenos, de lanzar mensajes sencillos y contundentes para que cada individuo vote lo que conviene y gaste cuanto tiene, que se endeude y que se calle. Se fomenta la moralina más chusca, se transmiten mensajes idiotizantes, se anula todo pensamiento crítico, se suplanta un programa político por una ilusión. Es el cuento de nunca acabar, amigo mío, la mentira de siempre. Y desgraciado aquel que crea que ha de llegar un iluminado capaz de arreglar esto que hace milenios que dura.
    Salud

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  2. Tienes toda la razón Francesc, ningún iluminado puede ser capaz de arreglar esto, de hecho ningún iluminado ha arreglado, la mayoría de ellos ni siquiera lo ha intentado, nunca nada en ningún sitio ni en ninguna época. Más bien al contrario los iluminados, los caudillos, los héroes, los líderes, los salvadores… siempre han contribuido a agudizar las crisis o los desastres que supuestamente venían a solventar… pero ni siquiera eso, nunca a lo largo de la historia han jugado un papel tan fundamental o tan esencial o determinante en los cambios o revoluciones sociales y políticas. El auténtico motor de la historia es la lucha de clases, no el “espectacular” enfrentamiento de líderes carismáticos o genios políticos o militares. Esa es la versión de la historia oficial, la versión del productor, del que paga y manda. Y les funciona, aunque la cosa no tenga una duración de milenios, ya que hace poco más de doscientos años que la burguesía arrebató el poder, por cierto violentamente, a la aristocracia feudal. En fin, verdad es que parecen milenios, pero ni el más optimista de los neoliberales que hoy pululan o se arrastran por los despachos de los “amos del universo” se atrevería a afirmar, digo en la intimidad, que el capitalismo tardío y global que estamos padeciendo, digo la chusma enfadosa sin bienes, pueda alargar su criminal vida más allá de otros, digamos, cien años… a este ritmo de destrucción del planeta (de las condiciones de vida de la especie humana) desde luego que no.
    En cualquier caso, pienso que ninguna persona decente y consciente debe de desentenderse de la lucha contra las injusticias que genera cada día el capitalismo, este sistema de producción, de explotación y de opresión criminal. Y por cierto que no son las probabilidades estadísticas de triunfo las que nos mueven a luchar…es algo que tiene más que ver con la dignidad del ser humano… si no la ha hipotecado o vendido, claro.

    Salud y comunismo

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