Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 5 de noviembre de 2016

22 de octubre/2016




Lo lejano en el tiempo: el pasado; lo lejano en el espacio: lo exótico.
(Pavese)


“…cosas sin nombre, cosas que andaban  por el mundo buscando un nombre, saltaban sin descanso de su boca, o iban brotando porque sí, en cualquier parte remota y palpable. Era – pensé después- un universo saliendo del fondo negro de un sombrero de copa…”
(Juan Carlos Onetti)

Los correos basura que recibes a diario, y que por cierto últimamente son los únicos correos que recibes, te saludan con respeto y cariño. Se trata de gentes o máquinas que sí tienen nombres y dirección electrónica remitente, aunque probablemente sean falsas e inaccesibles, es decir, contactos virtuales unidireccionales a conveniencia de parte. Como las propuestas de lucrativos negocios o sexo “en tu zona” (te informan de la distancia a que se encuentra la mujer o el hombre de tus sueños) que parecen  ofrecer. Lástima que las estimulantes imágenes lleven pie de foto o gif, en lengua muerta. Digo extraña, extranjera. En su vertiente comercial, mayormente ineficaz para este “dear”. Vaciar papelera.

(Decidí callar y se hizo más agresivo el silencio)


Con otros colores. Por encima de la cabeza, también a mis pies (ya secas, caídas), lo que eran decenas de tonalidades verdosas han estallado, como todos los otoños al menos de calendario, en una caótica sinfonía (ahora que todo el mundo escribe borrachera) de amarillos, anaranjados, rojizos, marrones o verdes alimonados o absenta o esmeraldas o menta o pistacho o lima o musgo o manzana o… y como todos los otoños… convidan a mirar, también, un poquito más arriba, o abajo, del anonadante horizonte uniformado del gris hegemónico.

Escribió Pavese:
“En cuanto a lo visible, todo lo más sirve de indicador de lo que hay debajo”.
(Aunque a veces resultan ser meros señuelos)


Eventos que desafían cualquier explicación…
Salen de una en una, a veces coinciden dos o como mucho tres en la acera (con buen tiempo alguno más) junto a la puerta de servicio en el lateral del hotel. Observo a ratos desde el ventanal de la cafetería, situada justo enfrente, en la que almuerzo una vez por semana. La mayoría son mujeres, supongo que limpiadoras de habitaciones o camareras o ayudantes de cocina; por los uniformes que lucen descarto a relaciones públicas, recepcionistas o administrativas. Abundan, en su singularidad, los semblantes pálidos, fuman con ansiedad (según conozco en Twitter, hay que limpiar y arreglar tres habitaciones para ingresar el equivalente al precio actual de una cajetilla de cigarrillos), la mirada y los pulgares fijos en el móvil o, en su defecto y con regularidad, mirada ausente como de naufrago en isla desierta que, por lo tanto, no suele reparar siquiera en la cercanía física, al menos, de la compañera o compañero accidental (desconocido o demasiado conocido) durante esos escasos minutos de descanso. No recuerdo haber visto, tampoco es que vigile sin parpadear, ni una sola sonrisa compartida, ni un solo saludo afectivo (“al final de la jornada ni ganitas quedan de mirarse al espejo”)… lo más compartir la tarjeta electrónica de entrada que cada una lleva en su bolsillo del pantalón o mandil. Deben de ser trabajadoras con contratos temporales o vía ETT, porque llevo varios años (a casi un día por semana) observándolas y salvo un caso: mujer morena de pelo corto, no muy alta y gruesa y de potentes brazos y piernas (fuerza de trabajo personificada), no he conseguido reconocer, recordar, otro caso de acto de presencia digamos  asidua. He leído, en concreto sobre las mujeres que “arreglan” las habitaciones, que dada la dureza del trabajo a realizar, los horarios  y los acelerados ritmos a que están sometidas, tanto espalda, cervicales, muñecas o rodillas junto al estrés y su influencia además como agente desencadenante de patologías físicas y psíquicas, acaban diciendo “hasta aquí hemos llegado” a pesar de la ingesta cotidiana de analgésicos, antiinflamatorios y ansiolíticos, y tras completar un “cuadro” de “fatiguitas” que les obliga sí o sí a abandonar el “oficio” prematuramente, en todo caso mucho antes de la teórica y oficial edad de jubilación. Y paradójicamente aún así todo resulta, en su dramática discontinuidad, “estático y permanente”, metódicamente vulgar y ordinario. Heroínas malviviendo (con “estudios” o con “conocimientos útiles”), que aparecen y desaparecen… por la camuflada puerta lateral… la del servicio.
(“Otro mundo en el que la experiencia ordinaria y dolorosa es cribada por la inteligencia” / Cesare Pavese)


Pego aquí una de Perry Anderson:
“La peculiaridad del consentimiento histórico otorgado por las masas en el marco de las formaciones sociales capitalistas modernas, es la creencia por parte de las masas de que “ellas ejercen una autodeterminación definitiva dentro del orden social existente (…) dar crédito a la igualdad democrática de todos los ciudadanos en el gobierno de la nación: en otras palabras, incredulidad en lo que concierne a la existencia de cualquier clase dirigente”.

Sensibilidades materialistas. Uno puede detectar que tiene las piernas o los dedos insensibilizados, pero eso no ocurre con la materia gris…





Un tuit: La idea de legitimidad burguesa: una clase que no sólo dirige sino que también lo merece.
¡Nacio pa’amo!

(Transcribir rumias)


ELOTRO

¿De qué ceguera sacaba yo mi confianza a los 18 años?
(Pavese)


***

No hay comentarios:

Publicar un comentario