Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 29 de noviembre de 2016

04 de noviembre / 2016



“La lectura tiene siempre un efecto perturbador (El Quijote) y delictivo. La lectura en Arlt lleva a la perdición”
(Piglia)

Una pincelada de Proust:
“Desgraciadamente, esos maravillosos lugares,
las estaciones, de donde sale uno para un punto remoto,
son también lugares trágicos; porque si en ellos se cumple el milagro por el cual las tierras que no existían más que en nuestro pensamiento serán las tierras donde vivamos, por esa misma razón es menester renunciar, al salir de la sala de espera, a vernos otra vez en la habitación familiar que nos cobijaba hace un instante. Y hay que abandonar toda esperanza de volver a casa a acostarnos cuando se decide uno a penetrar en ese centro apestado, puerta de acceso al misterio, en uno de esos inmensos talleres de cristal, como la estación de Saint-Lazare, donde iba yo a buscar el tren de Balbec, y que desplegaba por encima de la despanzurrada ciudad uno de esos vastos cielos crudos y preñados de amontonadas amenazas dramáticas, como esos cielos, de modernidad casi parisiense, de Mantegna o de Veronés, cielo que no podía amparar sino algún acto terrible y solemne, como la marcha a Balbec o la erección de la Cruz.”
(Marcel Proust / A la sombra de las muchachas en flor.)





“Para Arlt, el que tiene dinero esconde un crimen”
(Piglia)



Lo que es, lo que debería ser… lo que yo te cuente.
Todo apunta a que la inmensa mayoría de los artistas e intelectuales creativos “consentidos” (ya no digamos los financiados y promocionados directamente) por el Sistema comparten incondicionalmente un principio básico: “Lo real es falso (tal como es), hay que construir una copia verdadera (tal como debería ser)”. De donde parece deducirse que lo real está “demasiado cerca de la vida”, y eso pide a gritos una “mediación” cosmética, una representación desde la ficción. De tal manera que, el que fabrica la copia, nos da lo real bajo su forma juzgada, cribada, seleccionada. Ya se sabe que la clave de toda selección es lo que se excluye, se borra, se silencia, se extirpa. Resta entonces una realidad truncada, inconclusa, vista al sesgo aunque, eso sí, perfectamente embozada. ¿Ver la realidad a través de la ficción?
Pero si no se conoce “el original completo” es francamente difícil por no decir imposible, echar en falta la parte o partes previamente escamoteadas. Ya no digamos si el concreto sujeto receptor, consumidor, se encuentra irreflexivamente predispuesto, consciente o inconscientemente, a tragar con “todo” lo que le sea suministrado por parte de su proveedor-emisor, digamos, de confianza. A partir de ahí no resulta dificultoso confundir lo real con la fabricada interpretación que, acríticamente, se ha recepcionado, deglutido, digerido y por fin asimilado.
En nuestra sociedad, y esa es una las leyes de funcionamiento de sus mecanismo ocultos, toda subjetividad está inscrita en una inmensa red de interrelaciones que canalizan, en mayor o menor grado según la coyuntura y el contexto, las emisiones (datos, informaciones, ideas, formas, imágenes, palabras claves, jergas codificadas, significantes y significados, conceptos…elaboradas –reelaboradas a conveniencia- en su mayor parte por los amos de los medios de producción mental desde su indiscutible posición dominante) y recepciones (de las que, al menos en parte, no se libra ya nadie que ocupe posición subordinada –y no es fatalismo melodramático- en ningún rincón del planeta).
Y con esos “sabrosos” y verosímiles ingredientes, nosotros, ilusos alienados, ¡nos hacemos nuestra propia idea de las cosas y del mundo!

(Mientras mecanografío estas líneas estoy pensando en los “sucesos insólitos” -cuyas conexiones nunca se ven- que acontecen en Siria, en Yemen, en Ucrania, en el Mar de la China Meridional, en México, en mi barrio madrileño, Moratalaz…)




Carta a la vidente  / Juan José Saer

En la gran tradición de iluminados ocupo, continuamente, el último lugar. Y no hablo en sentido cronológico sino jerárquico: el sopor, la somnolencia, la miopía llenan mi carta de presentación. Del maremagnum frenético de Petronio no he retenido más que una frase: “Un día no es nada: el tiempo justo de volverse uno mismo, y sobreviene la noche”. En esas condiciones la pereza no es, por lo tanto, un vicio, sino un tema ontológico. Ahora bien, ¿qué ve un hombre entre dos sueños, cuando no ha terminado todavía de desembarazarse del primero para caer en seguida en el segundo? No ve nada. Porque ver, señora, no consiste en contemplar, inerte, el paso incansable de la apariencia sino en asir, de esa apariencia, un sentido. En una palabra, el trabajo vertical, como el del rayo, del iluminado, que usted conoce y emplea, o por el que usted es, más bien, empleada. Por eso le venía diciendo que en la gran tradición de iluminados yo ocupo, continuo, invisible, el último lugar. El sopor, la somnolencia, la miopía: y la mano también, que, en esa penumbra, se mueve, inequívoca, cerrándose, abriéndose, mostrando abierta, lisa, que no ha aferrado nada. Lo grande, la subespecie, en relación con el sopor y con la mano, es, usted ya lo adivina, la oscuridad. La gran masa magnética, negra, que tira hacia el fondo, uno a uno, nuestros gestos. En esa negrura que es el mundo realizo mi trabajo desganado, torpe, a reglamento. Mi musa, por llamarla así, es, si se quiere, manual. La mecánica súbita del rayo, si a veces me toca, no es útil entre tanta oscuridad. No le mando, por lo tanto, nada. Nada que someter a su videncia. El universo monótono, opaco, no difiere de los fragmentos monótonos, opacos, que quedan en mí. Y si hablo ahora, por esta vez, sin mediaciones, en primera persona, es para mostrar claramente que, a través de mí, ninguna alteridad se manifiesta, nada que no esté en los manchones fugaces, fugitivos, intermitentes, cuyos bordes están comidos por la oscuridad, y a los que llamamos el mundo. De esta carta de semiciego, no le pido que saque ninguna conclusión. Porque una conclusión está siempre detrás y es, en relación con las partes, un “otro”. Ahora bien; para un ciego puede muy bien existir la alteridad, el conjunto, el todo. Un ciego goza del derecho a la imaginación. Un miope debe ser modesto: la mancha móvil ocupa todo su reducido campo visual y aniquila, sin malignidad, lo demás. El ciego, lejos como está del mundo, puede, con una intuición vertiginosa, aferrarlo. El miope está demasiado cerca de unos pocos fragmentos como para salir, de un salto, a la llanura.
De un hombre que cabecea, entonces, ¿qué se puede esperar? Nada como no sea una hilera de fragmentos, espesos, en bruto. Que el mundo resplandezca en ellos, si uno de los modos del mundo es el resplandor.

El todo: fragmentos construidos como tales y que son después soldables entre sí, es decir, explicados como unificables.
(Pavese)



El actante (*)
“Según Habermas el psicoanálisis freudiano propone fundamentalmente una reescritura, una reelaboración novedosa de la vida narrativa implícita del sujeto: así que lo que sale a la luz finalmente es (…) la capacidad de la narrativa para reestructurar nuestra representación ‘imaginaria’ de ese “actante” que es el yo, el ego, la primera persona o como se quiera denominar”
(Fredric Jameson)

(*)Actante, término originalmente creado por Lucien Tesnière y usado posteriormente por la semiótica para designar al participante (persona, animal o cosa) en un programa narrativo. Según Greimas, el actante es quien realiza o el que realiza el acto, independientemente de cualquier otra determinación.


ELOTRO

Una hora llena de fuerte pasión es más larga que una hora de reloj. Nótese que el tedio es una pasión fuerte.
(Pavese)



***

No hay comentarios:

Publicar un comentario